Repasando someramente la historia
del vestido, o la historia del traje, en cualquiera de los autores, en
cualquier idioma, en cualquier escuela, el lector irá encontrando, una tras
otra, las razones por las que el hombre se ha vestido, las más profundas e
íntimas al igual que las más superficiales, porque a lo largo de nuestra
civilización, en cada etapa de la Historia hemos venido aplicando unas y
otras. Esa misma Historia nos demuestra que incluso la incomodidad, llegando
hasta la agresión al propio cuerpo, ha acompañado el uso de la vestimenta;
en el caso de la mujer, su represión física y social se dio aplicada en
ciertas formas de vestir: canastos, miriñaques, ballenas, corsés, y en
peinados y adornos harto complicados. Vestirse se ha convertido en algo
innato para el ser humano, en algo imprescindible. Hasta en la sociedad
nudista más radical o primitiva, los humanos que la forman se adornarán, se
peinarán y cuidarán su aspecto, porque ello está asimilado tan profundamente
en su personalidad que se sentirían extraños si no lo hicieran.
Vestirse, como andar, diferencia al
homo sapiens del resto de los animales; el hombre no sólo liberó sus brazos
cuando se irguió, también visualizó su cuerpo de una forma más completa, lo
estudió e incidió sobre él; posiblemente de una manera sutil, al principio,
y luego, según la civilización y la cultura se hacían más complejas,
sofisticó su ornamentación. El vestido es quizás la primera expresión de
diferenciación entre los de nuestra especie; tan pronto como nos habituamos
a la indumentaria ésta tiende a especializarse, tendencia que no ha cesado
todavía desde que aparecimos como pobladores de este planeta.