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2. El dimorfismo sexual
Observando
lo que ocurre en las llamadas culturas primitivas actuales y en las pruebas
evidentes de las edades del hombre, puede afirmarse que el dimorfismo sexual
es un fenómeno que aparece tardíamente en el uso de la vestimenta.
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Pero desde su aparición, el dimorfismo sexual es
tan contumaz y reiterativo que le ha imprimido a nuestra indumentaria un
movimiento pendular constante, oscilando siempre de un lado a otro, de un
sexo a otro, aproximándose a uno e inmediatamente separándose de él.
Dice Renato Sigurtá que
mientras que en el caso de la mujer el lenguaje del traje ha sido
siempre una alternancia entre exhibición y pudor, el masculino ha sido,
sobre todo, simbólico. Eso parece deberse al hecho de que todo el cuerpo
femenino se vive como atracción sexual, mientras que en caso del
hombre se da una concentración de dicha atracción en el órgano genital. Por
consiguiente, mientras que la mujer expresa "sexo" con toda su persona, el
hombre, ante la imposibilidad de recurrir a la exhibición específica, por
ser demasiado directa, se refugia en el símbolo. |
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Por lo
general, el traje a lo largo de la Historia ha dado lugar a dos tipos:
Traje
masculino = pantalón
Traje femenino = falda
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Excepciones a la norma inexorable de "masculino -
pantalón y femenino - falda" se dan en la Roma y Grecia clásicas, donde los
hombres llevaban túnicas (faldas); también en Escocia los hombres visten
falda (kilt). Y al contrario, hay mujeres en oriente que tradicionalmente
usan pantalones anchos.
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Una falda escocesa en tartán
watch negro. Imagen de Wiki commons (de dominio público). |
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En 1870 Redfern crea el traje sastre para la mujer,
a imitación de la vestimenta masculina; la prenda es adoptada con
satisfacción por las sufragistas de la época. En 1920 Coco Chanel lanza su
famoso tailleur, que subraya y matiza lo anterior; sin embargo,
enseguida provoca el efecto contrario: realza el gusto por la
individualización de hombres y mujeres. Aparece el
prêt-à-porter, en 1949, modelo de prenda fabricada en serie pero que
conserva parte de la calidad de la alta costura, y ello inicia el breve
lapso de veinte años en que la mujer se ha apropiado de gran parte de la
indumentaria típicamente masculina, llegando a una cierta uniformidad en
algunas modas; por contra, el hombre se abstiene de incorporar a su
vestuario aspectos considerados netamente femeninos, como, precisamente, la
falda. |
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