Serie A. Historia
Los Mojos y el Paykikin
Al poco tiempo de la llegada
de los conquistadores al Cuzco, comenzó a sonar fuerte la palabra Paititi.
La ciudad y el cempò vieron disminuir ostensiblemente el número de
habitantes. Se habían ido al Paititi. Mientras los españoles estaban en
Vilcabamba capturando a Manco Inca, otros principales incas salieron del
Cuzco, con miles de seguidores, con rumbo a ese misteriorso destierro. Resumiendo
los que ampliaremos en próximos capítulos, y contra los que han afirmado
que el Paititi no existe, diremos que hubo no uno, sino dos Paititi. El
primero y original fue la cultura del Gran Paititi o de los Mojos (mosos,
moxos o musos) y que estuvo situada en el actual Matto Grosso, estado de
Rondonia, en Brasil, entre los paralelos 8 al 14 y meridianos 61 al 67. Es
anterior a la conquista española, contemporáneo y confederado con el
Tahuantinsuyo, con el cual tenía un gran comercio y comunicación.
Testigo de esto son los caminos y restos de antiguos tambos, en las lomas
del Pantiacolla, en los valles del Kallanga, Yuncari, Palatoa. Uno de
estos caminos pasa junto a los petrogluifos del Pusharo, en valle del
Palatoa. Este
imperio del Gran Paititi estaba conformado por una serie de naciones
llamadas Antis o Andes. Tan extensa y poderosa fue esa cultura que terminó
por dar su nombre a nuestra cordillera. Y así como su fama había llegado
al Cuzco, en tiempo de los incas, también llegó al Paraguay, Bolivia y
al Río de la Plata. Fue tal la fama de sus riquezas, especialmente en
oro, que los deslumbrados y codiciosos conquistadores lo llamaron El
Dorado, y lo buscaron afanosamente por toda América del Sur. Pero el
grueso de las expediciones por El
Dorado (Paititi) fueron buscándolo entre los ríos Orinoco y
Amazonas, en la idea de que los grandes depósitos de oro se hallaban en
la zona ecuatorial; todas las expediciones se realizaron al norte del
Amazonas, donde no estaba. De ahí se formó la idea de su inexistencia; y
El Dorado se convirtió en una
utopía e idiotez. La
sierra de Parecis era el centro de este imperio. El río Madeira (entonces
llamado Paititi) se forma de la unión de los ríos Amaru
Mayo (actual Madre de
Dios), el Beni y el Mamoré. El poderoso gobernante de este enorme imperio se llamaba Gran Paititi, Haidaterano (Gran Señor) y otras denominaciones. Los incas, conocedores de esta gran potencia, no pudieron contener su instinto de conquista. El primero fue Inca Roca (VI Inca, sgún Garcilaso), que conquistó Pilcopata, Tono y Abisca. Tupac Yupanqui (X Inca) llegó él mismo hasta el Gran Paititi o tierra de Los Mojos o Mosos; pero no lo pudo conquistar. A la llegada de Pizarro, el Gran Paititi y el Tahuantinsuyo estaban confederados (que no conquistados). Siempre
los incas consideraron el Paititi como su salvación posible por el
Oriente. Hasta aquí un resumen del primero de los dos Paititi. Mas tarde veremos el segundo. Los Incas después de Cuzco
Hubo en el Cuzco la gran matanza de los incas ordenada por Atahualpa antes de la llegada de los españoles; y estos fueron, después, quienes mataron a Atahualpa. Tengamos presente la gran cantidad de oro que llegó a Cajamarca, con motivo de este hecho. Llegan los españoles al Cuzco y son recibidos de forma triunfal por sus habitantes, por haberlos liberado de Atahualpa. Ciencuenta años después ocurría la gran decepción para los incas cuzqueños: la rebelión de Manco Inca y la muerte de Tupac AMARU.
Cuando los españoles parten
hacia Vilcabamba, en busca de Manco Inca, parace que fue el momento en que
los Orejones y príncipes de sangre real (que habían sobrevivido de la
matanza) salieron de Cuzco con 40.000 hombres, llamas, víveres, estatuas
sagradas y todos los tesoros aún no incautados por los españoles. El
rumbo que tomaron fue hacia el Paititi. Por la ruta norte de Cuzco,
cruzaron el Valle Sagrado, siguiendo por Choquecancha y Mantto, donde
dejaron las huellas de su paso en un gran tambo. Se cree que en la laguna
de Alhajuay (Alhajuay, en quechua, podría traducirse al castellano como “donde
hicieron desaparecer”) sepultaron la gran cedena de oro de Huascar (que
pesaba demasiado). En la laguna Pomacocha, de aguas frías, a más de 4000
m de altitud, todavía hoy se observan los restos de lo que vaciaron.
Llegaron al río Paucartambo, o Mapacho, actual valle de Lacco, que
cruzaron por Incappitana, y subiendo el último contrafuerte de la
cordillera de los Andes, bajaron luego a Opatari, actual Pilcopata, por
las quebradas del Yunkari, y tal vez del Kallanga. Es la puerta de la región
llamada Abisca, nombre perdido ya pero que nos refiere Garcilaso; es también
la puerta del Paititi, el segundo, el postrero de los Paititi, que
nosotros (el equipo AMARU)
llamamos Paykikin. Este centro refugio de aquella gran expedición inca,
que también fue el centro al que quisieron llegar con la última y trágica
expedición, la del salvamento de Tupac AMARU,
es en centro refugio en el que ubicamos el Paykikin[1]: entre los paralelos 12º15" - 12º35"
y los meridianos 71º30" - 71º45". Los
incas que se asentaron en este segundo Paititi quedaron allí con el
encargo sagrado de “no dejar pasar a los españoles”, guardar por los
siglos aquello que era el resto, el último reducto de imperio inca. El
equipo AMARU tiene fundadas sospechas para pensar que aquel mandato sagrado
de hace casi cinco siglos se ha heredado de generación en generación
entre los naturales del lugar y que aún hoy sigue pesando sobre quienes
lo habitan; ello es así; ello es PAYKIKIN
(tal cual: tal como está: tal como quedó).
Esta región está localizada en los mapas y fotografías de satélite que
posee el equipo AMARU. Este es
el inicio de la serie que se producirá en el Proyecto AMARU;
y es también el inicio de la leyenda. Más tarde contaremos el resto.
Vitcos y Vilcabamba
Entre el
primero y el último Paititi están los dos intentos incas de restablecer
el imperio; ese poderío que los españoles obstentan ahora desde el
Cuzco. Este
capítulo y el siguiente son antítesis (en su planteamiento) respecto a
la tesis[2]
de quiebra del primer mestizaje y primera generación criolla para el
desarrollo pacífico de las colonias. El reinado de los dos ultimos incas,
simultáneos al virreinato español, son estudiados desde posiciones
opuestas. a) Qué hay de error en la política inca, que no aplica a su
situación de conquistado la misma sabia teoría política que aplica a
los pueblos conquistados por ellos: adaptación civil pacífica; b) Qué
craso error virreinal ceder a la intriga seudocortesana cuzqueña y
pretender anular, de forma maníaca, la supervivencia de la civilización
inca, en vez de enriquecerse con ella.
En ella se instalaron la
imagen del dios solar y los tesoros de Cuzco que se habían podido salvar
del pillaje; también se restauraron los cultos de las divinidades del
imperio, servidas como antiguamente por sacerdotes y accllas, e incluso se
reconstituyó una vida cortesana, regida por el ceremonial de antaño. Sin embargo, por ambigua que fuera esta gloriosa tradición, Manco
reconoció la urgente necesidad de adaptarla con el fin de asegurar su
supervivencia. Los españoles se sorprendieron de ver a su imperial
adversario en el campo de batalla, revestido de una coraza y de un casco
de acero, montado sobre un caballo de guerra y armado con una espada, y al
sufrir la carga de los jinetes indios o el fuego de los arcabuceros autóctonos,
quedaron fuertemente impresionados por la rapidez con que los incas habían
adquirido el dominio de técnicas militares de las que creían poder
reservarse la exclusividad. Pero los incas se encontraban situados en la
escuela de los europeos en muchos otros campos diferentes al de la guerra.
Manco parecía ser consciente del hecho que, para resistir a los invasores
con alguna posibilidad de éxito, debían tomar numerosos elementos de su
cultura, cuya eficacia instrumental aparecía tan considerable; por esto,
más que por desinteresada
generosidad, tenía la preocupación de procurarse una abertura en el
universo cultural de Europa, lo que le condujo a perdonar a los españoles
prisioneros y a acoger a todos los blancos que venían a pedirle asilo. La interpenetración de la civilización inca y de la civilización
hispánica se prosiguió, a través de contactos armados o pacíficos,
bajo el reinado de Sayri Tupac, un hijo muy joven de Manco que, en 1545,
los notables de Vitcos colocaron al frente del Estado de Vilcabamba. Las
incursiones lanzadas contra las propiedades españolas que empezaban a
formarse en las tierras templadas de la región de Abancay, suministraron
a los incas «ganado de Castilla» y también utensilios de hierro y de
acero cuyo uso no tardo en extenderse. La interceptación de las caravanas
que transitaban por la ruta de Lima a Cuzco les procuraba tejidos y toda
especie de bienes manufacturados de la península, tan apreciados como los
otros. Además, el comercio de contrabando que prosperaba en torno al
reducto inca les permitía adquirir, a precio de oro, las mercancías que
no podían adquirir de otra manera. Para poner fin al clima de inseguridad que la resistencia india
ocasionaba en el sur del país, las autoridades españolas intentaron
transigir con los incas; estaban dispuestas a grandes concesiones, ya que
todavía no podían considerar la posibilidad de lanzar contra Vilcabamba
una expedición militar cuyo resultado parecía por otra parte incierto.
Las negociaciones con el joven soberano empezaron por mediación de una tía
de este, que se había casado con un español y que vivía en Cuzco. Sayri
Tupac se mostró interesado por las ofertas que se le ofrecieron a cambio
de su colaboración con los vencedores, y cuando se encontró en edad de
imponer su voluntad a consejeros reticentes, decidió aceptarlas. En 1555,
después de haber jurado fidelidad a la Corona de España, abandonó
definitivamente Vitcos, y se retiró a los vastos dominios que se le habían
concedido alrededor de Yucay, muriendo algunos años más tarde, en 1560,
rodeado de atenciones y colmado de honores. Sayri Tupac sólo había sido seguido por una parte de los incas de
Vitcos. No obstante, su rendición había ocasionado suficientes
defecciones en las filas de la resistencia, que ahora animaba otro hijo de
Manco, Titu Cusi, para debilitar el Estado de Vilcabamba y acrecentar su
dependencia con respecto a los campas, machiguengas y otras tribus silvícolas.
Al no poder conquistarlas, los incas habían mantenido a estos «bárbaros»
en las tierras bajas del piedemonte oriental; pero rechazados a su vez en
el piedemonte por la invasión europea, debieron superar la repugnancia
que experimentaban respecto a ellos y solicitarles una ayuda que en
aquellas circunstancias era preciosa, y que después del advenimiento de
Titu Cusi se convirtió en indispensable. El nuevo soberano se vio incluso
obligado a recurrir a varios centenares de guerreros con el rostro pintado
de colores chillones y con el cuerpo adornado de aderezos de plumas para
asegurar la defensa de su capital y la guardia de su palacio. De
hecho, los incas sólo podían continuar escapando a la dominación española
aceptando sufrir la influencia cada más enojosa de los bárbaros de la selva. Esta influencia, que contrariaba la
experiencia de síntesis cultural indohispánica empezada bajo el reinado
de Manco, tendía irresistiblemente a devolver a la cultura cuzqueña
hacia sus oscuros orígenes; tal situación condenaba al Estado de
Vilcabamba, al que Titu Cusi se esforzaba en prolongar su existencia
practicando una política que quería ser sutil pero que en realidad era
equivoca. En 1565 se dignó recibir a un emisario del virrey en la persona
de Diego Rodríguez de Figueroa, el cual nos ha legado un pintoresco
relato de su estancia en Vitcos, pero rehusó obstinadamente aplicar los
acuerdos a los cuales había llegado con él. Sin embargo, el año
siguiente, consintió en bautizarse y autorizó a dos agustinos a
establecerse en Vilcabamba para predicar el cristianismo. Uno de ellos,
Fray Marcos García, fue el que dictó su Crónica
de la vida de Manco, destinada al rey Felipe II, en la cual
justificaba la actitud de su padre, al mismo tiempo que aseguraba su
propia lealtad para con el soberano español. Pero, incapaz de resistir a
las presiones de los sacerdotes del Sol, que estaban celosos del éxito de
la predicación misional, volvió a enviar en seguida a Fray Marcos a
Cuzco. En cuanto al otro religioso, Fray Diego Ortiz, sería ajusticiado
después que Titu Cusi, al que no logró curar, murió de una pulmonía en
1571, y después de que la reacción antieuropea pareció triunfar de
nuevo con el joven Tupac AMARU.
De Titu Cusi a Túpac Amaru
El reinado
del hermano y sucesor de Titu Cusi fue de los más efímeros; las
autoridades españolas, decepcionadas por el fracaso de interminables
negociaciones, estaban decididas a terminar la resistencia inca por la
fuerza. El virrey Toledo, que acababa de llegar al Perú con instrucciones
precisas de Madrid e ideas personales muy decididas, organizó una campaña
militar que dirigió personalmente. Dos columnas de tropas invadieron el
territorio de Vilcabamba, cuyos pasos ya no estaban vigilados dado la
avanzada desintegración del Estado. Vitcos cayó con débil resistencia,
y Tupac Amarru intentó refugiarse en las profundidades de la selva, pero
fue alcanzado y llevado cautivo a Cuzco. Y a pesar de la intervención del
clero cerca del virrey, fue condenado a muerte “por rebelión contra la
corona española” y decapitado en la plaza principal de la vieja metrópoli
inca, en medio de una gran multitud de indios abatidos. Este
inútil asesinato ponía fin al linaje de los agrupadores de tierras y de
pueblos que habían dominado todos los Andes y cuya celebridad se había
extendido al conjunto de América del Sur, haciendo pasar definitivamente
en manos extranjeras su herencia reivindicada en vano por Manco y sus
hijos. En lo sucesivo, nada ni nadie iba a oponerse a la voluntad española
en lo que había sido el imperio de los incas. El
secreto del Punchao, la reliquia
incaica, lo más sagrado de su cultura, que desapareció al ser ejecutado
Túpac AMARU, y de la que no ha
vuelto a saberse más, aunque se sospecha su localización. La zozobra de
la religión inca ante la nueva religión llegada con los españoles, por
un lado, y la oponente del Titicaca, siempre amenazando desde el Sur.
Paucartambo
FitzcarraldoEl cauchero que en 1912
descubrió un paso que une las cuencas de los ríos Ucayali y Madre de
Dios. A partir de ese descubrimiento, aventureros y comerciantes
utilizaron la nueva ruta para transportar el caucho explotado,
especialmente del bajo Manu. Esta región selvática comienza a recibir
una atención muy especial por políticos y particulares. Las minas de oro en explotación
actualmente.
Por mucho que se diga no será
suficiente para describir lo que de dolor humano ha significado la
explotación cauchera de la selva. Está bien visto socialmente criticar
el mal uso de los recursos naturales en la Amazonía, acusar a unos y
otros de la deforestación, de la ganadería y cultivo extensivo, que
aniquilan el sutil equilibrio biológico de la pluvisilva; está de moda,
en fin, ser ecologista o político verde. Sin embargo sólo algunos románticos
se atrevieron a hablar de la crueldad sin límite soportada por los peones
caucheros, auténtica esclavitud ejercida lejos de toda ley, de toda
civilización, aplicada con toda clase de tormentos sobre los hombres que
la sociedad desterró de ciudades y arrabales.
La historia del caucho marca una etapa de especial importancia para
la entrada del hombre en el medio que le es ajeno: la selva amazónica.
Pero no lo es sólo por la importancia industrial y económica que tuvo el
caucho. Entraron en la selva los caucheros y todos los que se hicieron
dependientes de aquella sobervia riada de goma: tratantes de todo género,
comerciantes, aventureros y buscadores sin cuento. Con el auge y caída
del caucho quedó trazado el actual mapa de la Amazonía. Expediciones y fracasos
Expediciones anteriores a esta
región que han fracasado en la búsqueda del Paititi. Expedicionarios
muertos. El paco-pacori autor de la muerte de expedicionarios. Otras
incursiones (militares) peruanas en la selva del Manu (filmaciones del
coronel Uscaimata). La superstición de que los Apus (los dioses-montañas
sagradas) guardan celosamente el secreto de esa antigua civilización,
hasta ahora todavía escondida para nosotros.
La expedición de los Mc Millen, la de los
franceses Serge Debru y Gerard Puel,
con el norteamericano Robert Nichols, así como todas las de Carlos
Neuenschwander, han conseguido varias cosas: sumir aún más en la
incertidumbre la complicada geografía de la región y aumentar el
misterio de unas ruinas imponentes, que nadie ha visto pero de las que
muchos han oído hablar. Como positivo y cierto de todo lo logrado, sí
hay algo que anotar; y eso es lo que más ha aproximado al equipo AMARU
a este proyecto: a) De una parte, el tema Paykikin ha trascendido más allá de las tertulias de aventureros y se ha convertido en una verdadera cuestión científica, suamando los datos históricos a las narraciones populares; sumando el interés geográfico de una región muy especial al interés etnohistórico. b) De otra parte, paulatinamente las tradiciones orales, los narradores (nativos) de hechos transmitidos de padres a hijos han ido acercándose más a nosotros, tanto que han venido a formar parte de nuestro equipo. Y nuestro centro de operaciones para la expedición AMARU, Villa Carmen, vivienda de nuestro compañero Abel Muñiz, es desde hace veinte años el lugar de encuentro con los habitantes históricos del legendario Paykikin. [1]Paykikin,
en lengua quechua, sería “tal cual” en castellano. [2] Nuestra, al menos, pero no exclusivamente nuestra; sin embargo son escasos los autores que planteando esta tesis lo hacen abiertamente, con seriedad, de forma rzonada, y con interés en marcar las diferencias con las demás acerca de lo fundamental en que fracasó el entendimiento del imperio español con los más o menos poderosos imperios americanos que conquistó. |