Serie A. Historia

Grabado de Martín Hurtado de Arbieto, capitán al mando de la tropa que capturó al último rey Ica, Tupac AMARU.


Los Mojos y el Paykikin

 

Grabado de indios Moxos en el virreinato del Peru, por Lazaro de Ribera 1786-1798. “Hace diecisiete años que se fundo una reduccion con unas diez familias de estos indios, y hasta ahora no se han hecho mayores progresos”; dice de ellos el cronista, dando una idea de la idiosincrasia cultural y religiosa de estos habitantes.

Al poco tiempo de la llegada de los conquistadores al Cuzco, comenzó a sonar fuerte la palabra Paititi. La ciudad y el cempò vieron disminuir ostensiblemente el número de habitantes. Se habían ido al Paititi. Mientras los españoles estaban en Vilcabamba capturando a Manco Inca, otros principales incas salieron del Cuzco, con miles de seguidores, con rumbo a ese misteriorso destierro.

Resumiendo los que ampliaremos en próximos capítulos, y contra los que han afirmado que el Paititi no existe, diremos que hubo no uno, sino dos Paititi. El primero y original fue la cultura del Gran Paititi o de los Mojos (mosos, moxos o musos) y que estuvo situada en el actual Matto Grosso, estado de Rondonia, en Brasil, entre los paralelos 8 al 14 y meridianos 61 al 67. Es anterior a la conquista española, contemporáneo y confederado con el Tahuantinsuyo, con el cual tenía un gran comercio y comunicación. Testigo de esto son los caminos y restos de antiguos tambos, en las lomas del Pantiacolla, en los valles del Kallanga, Yuncari, Palatoa. Uno de estos caminos pasa junto a los petrogluifos del Pusharo, en valle del Palatoa.

Este imperio del Gran Paititi estaba conformado por una serie de naciones llamadas Antis o Andes. Tan extensa y poderosa fue esa cultura que terminó por dar su nombre a nuestra cordillera. Y así como su fama había llegado al Cuzco, en tiempo de los incas, también llegó al Paraguay, Bolivia y al Río de la Plata. Fue tal la fama de sus riquezas, especialmente en oro, que los deslumbrados y codiciosos conquistadores lo llamaron El Dorado, y lo buscaron afanosamente por toda América del Sur. Pero el grueso de las expediciones por El Dorado (Paititi) fueron buscándolo entre los ríos Orinoco y Amazonas, en la idea de que los grandes depósitos de oro se hallaban en la zona ecuatorial; todas las expediciones se realizaron al norte del Amazonas, donde no estaba. De ahí se formó la idea de su inexistencia; y El Dorado se convirtió en una utopía e idiotez.

La sierra de Parecis era el centro de este imperio. El río Madeira (entonces llamado Paititi) se forma de la unión de los ríos Amaru Mayo  (actual Madre de Dios), el Beni y el Mamoré.

El poderoso gobernante de este enorme imperio se llamaba Gran Paititi, Haidaterano (Gran Señor) y otras denominaciones.

Los incas, conocedores de esta gran potencia, no pudieron contener su instinto de conquista. El primero fue Inca Roca (VI Inca, sgún Garcilaso), que conquistó Pilcopata, Tono y Abisca. Tupac Yupanqui (X Inca) llegó él mismo hasta el Gran Paititi o tierra de Los Mojos o Mosos; pero no lo pudo conquistar. A la llegada de Pizarro, el Gran Paititi y el Tahuantinsuyo estaban confederados (que no conquistados).

Siempre los incas consideraron el Paititi como su salvación posible por el Oriente. Las fabulosas ceremonias de ostentación que los cronistas nos entregan acerca de los mojos o mosos son relatos escuchados de los incas, pues jamás los españoles estuvieron en esas ceremonias.

Hasta aquí un resumen del primero de los dos Paititi. Mas tarde veremos el segundo.

Los Incas después de Cuzco 

Hubo en el Cuzco la gran matanza de los incas ordenada por Atahualpa antes de la llegada de los españoles; y estos fueron, después, quienes mataron a Atahualpa. Tengamos presente la gran cantidad de oro que llegó a Cajamarca, con motivo de este hecho. Llegan los españoles al Cuzco y son recibidos de forma triunfal por sus habitantes, por haberlos liberado de Atahualpa. Ciencuenta años después ocurría la gran decepción para los incas cuzqueños: la rebelión de Manco Inca y la muerte de Tupac AMARU.

El río Yunkary, con su profundas gragantas, es una de las entradas a la región del Paititi, desde Cuzco, que fue utilizada por los incas, desde los tiempos de Manco Inca hasta la última expedición, la del grupo de nobles y guerreros que acompañaban a Tupac Amaru en su huida de Vilcabamba. En las inmediaciones del Yunkary Tupac Amaru fue apresado por el capitán Martín Hurtado de Arbieto

Cuando los españoles parten hacia Vilcabamba, en busca de Manco Inca, parace que fue el momento en que los Orejones y príncipes de sangre real (que habían sobrevivido de la matanza) salieron de Cuzco con 40.000 hombres, llamas, víveres, estatuas sagradas y todos los tesoros aún no incautados por los españoles. El rumbo que tomaron fue hacia el Paititi. Por la ruta norte de Cuzco, cruzaron el Valle Sagrado, siguiendo por Choquecancha y Mantto, donde dejaron las huellas de su paso en un gran tambo. Se cree que en la laguna de Alhajuay (Alhajuay, en quechua, podría traducirse al castellano como “donde hicieron desaparecer”) sepultaron la gran cedena de oro de Huascar (que pesaba demasiado). En la laguna Pomacocha, de aguas frías, a más de 4000 m de altitud, todavía hoy se observan los restos de lo que vaciaron. Llegaron al río Paucartambo, o Mapacho, actual valle de Lacco, que cruzaron por Incappitana, y subiendo el último contrafuerte de la cordillera de los Andes, bajaron luego a Opatari, actual Pilcopata, por las quebradas del Yunkari, y tal vez del Kallanga. Es la puerta de la región llamada Abisca, nombre perdido ya pero que nos refiere Garcilaso; es también la puerta del Paititi, el segundo, el postrero de los Paititi, que nosotros (el equipo AMARU) llamamos Paykikin. Este centro refugio de aquella gran expedición inca, que también fue el centro al que quisieron llegar con la última y trágica expedición, la del salvamento de Tupac AMARU, es en centro refugio en el que ubicamos el Paykikin[1]: entre los paralelos 12º15" - 12º35" y los meridianos 71º30" - 71º45".

Los incas que se asentaron en este segundo Paititi quedaron allí con el encargo sagrado de “no dejar pasar a los españoles”, guardar por los siglos aquello que era el resto, el último reducto de imperio inca. El equipo AMARU tiene fundadas sospechas para pensar que aquel mandato sagrado de hace casi cinco siglos se ha heredado de generación en generación entre los naturales del lugar y que aún hoy sigue pesando sobre quienes lo habitan; ello es así; ello es PAYKIKIN (tal cual: tal como está: tal como quedó). Esta región está localizada en los mapas y fotografías de satélite que posee el equipo AMARU. Este es el inicio de la serie que se producirá en el Proyecto AMARU; y es también el inicio de la leyenda. Más tarde contaremos el resto.    

Vitcos y Vilcabamba 

Entre el primero y el último Paititi están los dos intentos incas de restablecer el imperio; ese poderío que los españoles obstentan ahora desde el Cuzco.

Este capítulo y el siguiente son antítesis (en su planteamiento) respecto a la tesis[2] de quiebra del primer mestizaje y primera generación criolla para el desarrollo pacífico de las colonias. El reinado de los dos ultimos incas, simultáneos al virreinato español, son estudiados desde posiciones opuestas. a) Qué hay de error en la política inca, que no aplica a su situación de conquistado la misma sabia teoría política que aplica a los pueblos conquistados por ellos: adaptación civil pacífica; b) Qué craso error virreinal ceder a la intriga seudocortesana cuzqueña y pretender anular, de forma maníaca, la supervivencia de la civilización inca, en vez de enriquecerse con ella.  

 

El norteamericano Gary Ziegler, filmando el palacio de Manco Inca en Vitcos; 1970.

 

A la muerte de Manco, los incas se replegaron en las escarpadas arboledas de Vilcabamba. Esta región de relieve escabroso se encontraba situada en la ladera oriental de los Andes, entre el Urubamba y el Apurímac, impidiéndole el acceso la imponente barrera nevada de la cordillera. Manco la había escogido desde 1538 como base de operaciones contra los huancas, estableciendo sus acuartelamientos en la ciudadela de Vitcos, por lo que hizo de este antiguo puesto militar avanzado de la marca amazónica la capital de un pequeño Estado, en el cual la tradición imperial, bajo una forma cada vez más grosera y casi de parodia, iba a mantenerse hasta 1572.

En ella se instalaron la imagen del dios solar y los tesoros de Cuzco que se habían podido salvar del pillaje; también se restauraron los cultos de las divinidades del imperio, servidas como antiguamente por sacerdotes y accllas, e incluso se reconstituyó una vida cortesana, regida por el ceremonial de antaño.

Sin embargo, por ambigua que fuera esta gloriosa tradición, Manco reconoció la urgente necesidad de adaptarla con el fin de asegurar su supervivencia. Los españoles se sorprendieron de ver a su imperial adversario en el campo de batalla, revestido de una coraza y de un casco de acero, montado sobre un caballo de guerra y armado con una espada, y al sufrir la carga de los jinetes indios o el fuego de los arcabuceros autóctonos, quedaron fuertemente impresionados por la rapidez con que los incas habían adquirido el dominio de técnicas militares de las que creían poder reservarse la exclusividad. Pero los incas se encontraban situados en la escuela de los europeos en muchos otros campos diferentes al de la guerra. Manco parecía ser consciente del hecho que, para resistir a los invasores con alguna posibilidad de éxito, debían tomar numerosos elementos de su cultura, cuya eficacia instrumental aparecía tan considerable; por esto, más que por desinteresada generosidad, tenía la preocupación de procurarse una abertura en el universo cultural de Europa, lo que le condujo a perdonar a los españoles prisioneros y a acoger a todos los blancos que venían a pedirle asilo.

La interpenetración de la civilización inca y de la civilización hispánica se prosiguió, a través de contactos armados o pacíficos, bajo el reinado de Sayri Tupac, un hijo muy joven de Manco que, en 1545, los notables de Vitcos colocaron al frente del Estado de Vilcabamba. Las incursiones lanzadas contra las propiedades españolas que empezaban a formarse en las tierras templadas de la región de Abancay, suministraron a los incas «ganado de Castilla» y también utensilios de hierro y de acero cuyo uso no tardo en extenderse. La interceptación de las caravanas que transitaban por la ruta de Lima a Cuzco les procuraba tejidos y toda especie de bienes manufacturados de la península, tan apreciados como los otros. Además, el comercio de contrabando que prosperaba en torno al reducto inca les permitía adquirir, a precio de oro, las mercancías que no podían adquirir de otra manera.

Para poner fin al clima de inseguridad que la resistencia india ocasionaba en el sur del país, las autoridades españolas intentaron transigir con los incas; estaban dispuestas a grandes concesiones, ya que todavía no podían considerar la posibilidad de lanzar contra Vilcabamba una expedición militar cuyo resultado parecía por otra parte incierto. Las negociaciones con el joven soberano empezaron por mediación de una tía de este, que se había casado con un español y que vivía en Cuzco. Sayri Tupac se mostró interesado por las ofertas que se le ofrecieron a cambio de su colaboración con los vencedores, y cuando se encontró en edad de imponer su voluntad a consejeros reticentes, decidió aceptarlas. En 1555, después de haber jurado fidelidad a la Corona de España, abandonó definitivamente Vitcos, y se retiró a los vastos dominios que se le habían concedido alrededor de Yucay, muriendo algunos años más tarde, en 1560, rodeado de atenciones y colmado de honores.

Sayri Tupac sólo había sido seguido por una parte de los incas de Vitcos. No obstante, su rendición había ocasionado suficientes defecciones en las filas de la resistencia, que ahora animaba otro hijo de Manco, Titu Cusi, para debilitar el Estado de Vilcabamba y acrecentar su dependencia con respecto a los campas, machiguengas y otras tribus silvícolas. Al no poder conquistarlas, los incas habían mantenido a estos «bárbaros» en las tierras bajas del piedemonte oriental; pero rechazados a su vez en el piedemonte por la invasión europea, debieron superar la repugnancia que experimentaban respecto a ellos y solicitarles una ayuda que en aquellas circunstancias era preciosa, y que después del advenimiento de Titu Cusi se convirtió en indispensable. El nuevo soberano se vio incluso obligado a recurrir a varios centenares de guerreros con el rostro pintado de colores chillones y con el cuerpo adornado de aderezos de plumas para asegurar la defensa de su capital y la guardia de su palacio.

De hecho, los incas sólo podían continuar escapando a la dominación española aceptando sufrir la influencia cada más enojosa de los bárbaros de la selva. Esta influencia, que contrariaba la experiencia de síntesis cultural indohispánica empezada bajo el reinado de Manco, tendía irresistiblemente a devolver a la cultura cuzqueña hacia sus oscuros orígenes; tal situación condenaba al Estado de Vilcabamba, al que Titu Cusi se esforzaba en prolongar su existencia practicando una política que quería ser sutil pero que en realidad era equivoca. En 1565 se dignó recibir a un emisario del virrey en la persona de Diego Rodríguez de Figueroa, el cual nos ha legado un pintoresco relato de su estancia en Vitcos, pero rehusó obstinadamente aplicar los acuerdos a los cuales había llegado con él. Sin embargo, el año siguiente, consintió en bautizarse y autorizó a dos agustinos a establecerse en Vilcabamba para predicar el cristianismo. Uno de ellos, Fray Marcos García, fue el que dictó su Crónica de la vida de Manco, destinada al rey Felipe II, en la cual justificaba la actitud de su padre, al mismo tiempo que aseguraba su propia lealtad para con el soberano español. Pero, incapaz de resistir a las presiones de los sacerdotes del Sol, que estaban celosos del éxito de la predicación misional, volvió a enviar en seguida a Fray Marcos a Cuzco. En cuanto al otro religioso, Fray Diego Ortiz, sería ajusticiado después que Titu Cusi, al que no logró curar, murió de una pulmonía en 1571, y después de que la reacción antieuropea pareció triunfar de nuevo con el joven Tupac AMARU.

 

Camino de mulas que lleva a a la ciudadela deVitcos, a tarvés de una dura geografía de montañas.

De Titu Cusi a Túpac Amaru 

  24 de septiembre de 1572; Plaza Mayor de Cuzco, el último rey inca, Tupac Amaru es ejecutado públicamente aquí y enterrado en el más sagrado templo inca, el Coricancha,  La Casa del Sol ¿Pidió El Inca ser sepultado allí?

El reinado del hermano y sucesor de Titu Cusi fue de los más efímeros; las autoridades españolas, decepcionadas por el fracaso de interminables negociaciones, estaban decididas a terminar la resistencia inca por la fuerza. El virrey Toledo, que acababa de llegar al Perú con instrucciones precisas de Madrid e ideas personales muy decididas, organizó una campaña militar que dirigió personalmente. Dos columnas de tropas invadieron el territorio de Vilcabamba, cuyos pasos ya no estaban vigilados dado la avanzada desintegración del Estado. Vitcos cayó con débil resistencia, y Tupac Amarru intentó refugiarse en las profundidades de la selva, pero fue alcanzado y llevado cautivo a Cuzco. Y a pesar de la intervención del clero cerca del virrey, fue condenado a muerte “por rebelión contra la corona española” y decapitado en la plaza principal de la vieja metrópoli inca, en medio de una gran multitud de indios abatidos.

Este inútil asesinato ponía fin al linaje de los agrupadores de tierras y de pueblos que habían dominado todos los Andes y cuya celebridad se había extendido al conjunto de América del Sur, haciendo pasar definitivamente en manos extranjeras su herencia reivindicada en vano por Manco y sus hijos. En lo sucesivo, nada ni nadie iba a oponerse a la voluntad española en lo que había sido el imperio de los incas.

El secreto del Punchao, la reliquia incaica, lo más sagrado de su cultura, que desapareció al ser ejecutado Túpac AMARU, y de la que no ha vuelto a saberse más, aunque se sospecha su localización. La zozobra de la religión inca ante la nueva religión llegada con los españoles, por un lado, y la oponente del Titicaca, siempre amenazando desde el Sur.

A TUPAC AMARU LE CORTAN LA CEBZA EN EL CUZCO, dice la escueta leyenda en la parte superior del grabado (Sol de los soles, Luis Enrique Tord; Ed. Universitaria, Lima, 1999).  Bautizado Tupac Amaru, sus funerales en la catedral de Cuzco son incas y cristianos; “Chaquiscuy Taita huahuayauita paimi llipinchispa ñacarec” (“Recibe Dios el alma de tu hijo sacrificado por todos”), rezaban los nobles incas.


Paucartambo 

Camino inca que baja desde la Cordillera de Paucartambo hacia las ruinas de Mameria, y de allí hacia Paykikin.

Una vista  de la cordillera de Paucartambo, que encierra el otro desconocido mundo inca y que pudo ser territorio de contacto entre el imperio inca y el reino de los muxos o El Gran Paititi.

 

Fitzcarraldo

El cauchero que en 1912 descubrió un paso que une las cuencas de los ríos Ucayali y Madre de Dios. A partir de ese descubrimiento, aventureros y comerciantes utilizaron la nueva ruta para transportar el caucho explotado, especialmente del bajo Manu. Esta región selvática comienza a recibir una atención muy especial por políticos y particulares.

Las minas de oro en explotación actualmente.  

Caucheros de la selva amazónica, a finales del siglo XIX.

Por mucho que se diga no será suficiente para describir lo que de dolor humano ha significado la explotación cauchera de la selva. Está bien visto socialmente criticar el mal uso de los recursos naturales en la Amazonía, acusar a unos y otros de la deforestación, de la ganadería y cultivo extensivo, que aniquilan el sutil equilibrio biológico de la pluvisilva; está de moda, en fin, ser ecologista o político verde. Sin embargo sólo algunos románticos se atrevieron a hablar de la crueldad sin límite soportada por los peones caucheros, auténtica esclavitud ejercida lejos de toda ley, de toda civilización, aplicada con toda clase de tormentos sobre los hombres que la sociedad desterró de ciudades y arrabales.

            La historia del caucho marca una etapa de especial importancia para la entrada del hombre en el medio que le es ajeno: la selva amazónica. Pero no lo es sólo por la importancia industrial y económica que tuvo el caucho. Entraron en la selva los caucheros y todos los que se hicieron dependientes de aquella sobervia riada de goma: tratantes de todo género, comerciantes, aventureros y buscadores sin cuento. Con el auge y caída del caucho quedó trazado el actual mapa de la Amazonía.


Expediciones y fracasos 

Expediciones anteriores a esta región que han fracasado en la búsqueda del Paititi. Expedicionarios muertos. El paco-pacori autor de la muerte de expedicionarios. Otras incursiones (militares) peruanas en la selva del Manu (filmaciones del coronel Uscaimata). La superstición de que los Apus (los dioses-montañas sagradas) guardan celosamente el secreto de esa antigua civilización, hasta ahora todavía escondida para nosotros.

La pareja Jorge y Joan Mc Millen, con el doctor Neuenschwander (dcha). Este es uno de los últimos proyectos expedicionarios a la región del Paititi; 1970. 

 

La expedición de los Mc Millen, la de los franceses Serge Debru y Gerard Puel,  con el norteamericano Robert Nichols, así como todas las de Carlos Neuenschwander, han conseguido varias cosas: sumir aún más en la incertidumbre la complicada geografía de la región y aumentar el misterio de unas ruinas imponentes, que nadie ha visto pero de las que muchos han oído hablar. Como positivo y cierto de todo lo logrado, sí hay algo que anotar; y eso es lo que más ha aproximado al equipo AMARU a este proyecto: 

a)       De una parte, el tema Paykikin ha trascendido más allá de las tertulias de aventureros y se ha convertido en una verdadera cuestión científica, suamando los datos históricos a las narraciones populares; sumando el interés geográfico de una región muy especial al interés etnohistórico.

b)       De otra parte, paulatinamente las tradiciones orales, los narradores (nativos) de hechos transmitidos de padres a hijos han ido acercándose más a nosotros, tanto que han venido a formar parte de nuestro equipo. Y nuestro centro de operaciones para la expedición AMARU, Villa Carmen, vivienda de nuestro compañero Abel Muñiz, es desde hace veinte años el lugar de encuentro con los habitantes históricos del legendario Paykikin.



[1]Paykikin, en lengua quechua, sería “tal cual” en castellano.

[2] Nuestra, al menos, pero no exclusivamente nuestra; sin embargo son escasos los autores que planteando esta tesis lo hacen abiertamente, con seriedad, de forma rzonada, y con interés en marcar las diferencias con las demás acerca de lo fundamental en que fracasó el entendimiento del imperio español con los más o menos poderosos imperios americanos que conquistó.

Edym Multimedia / Proyecto audiovisual Amaru