Introducción

En los valles donde nace el río Amazonas, en lo más recóndito y exuberante del pie de selva peruano, a 300 Km. al oriente del Cuzco, antigua capital del Imperio de los Andes, un puñado de nobles incas se refugió luego de la conquista española. 

Aunque buena parte de la selva amazónica ya ha sido explorada y hasta colonizada por los occidentales, esta zona permaneció siempre oculta bajo espesa y misteriosa niebla que de forma casi perenne la cubre.  

Sólo antiguos caminos incas se adentran en la espesura, caminos transitados nada más que por las tribus indígenas que habitan el territorio y que, lejos de nuestra civilización, mantienen incólumes viejas tradiciones y costumbres. Esos caminos conectaban con un territorio y una civilización aún más antigua que los incas, que nunca fue conquistada ni por ellos ni por los españoles, que no ha sido conocida ni colonizada por otra población ni otra cultura ajena a quienes siempre estuvieron allí. Este territorio fue llamado El Paititi, en tiempos de la conquista española; fue ansiado por los más osados descubridores, los más codiciosos buscadores de tesoros, los más fogosos misioneros. Pero jamás ha sido conocido ni poseído por completo por poder alguno de los que llamamos civilizados. Este territorio se extiende desde el río Madre de Dios (el Amaru Mayo, de los incas) hasta la llanura de selva que lleva a la actual Bolivia y Brasil[1]. Esas últimas estribaciones de los Andes peruanos, en el Oeste y a la altura del Cuzco, encierran un corazón misterioso que late ejerciendo una fuerte atracción.



[1] Los casinahuas, aun hoy, dicen que sus antepasados vivieron en el Cuzco y que las familias de sus líderes se casaron sellando sus alianzas y amistades 100 años antes de la caida del imperio Inca; y esto lo recuerdan sus habitantes en un territorio que hoy es brasileño, a más de 200 km de la frontera con Perú sobre el río Tahuamanu.

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