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José de la Cuadra, el mayor de los cinco |
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© ALFREDO PAREJA DIEZ-CANSECO, Quito, julio de 1958. © De esta edición, Edym, 1993-2006 |
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"Éramos cinco, como un puño". ¡Fui uno de ellos!. Por haberlo sido, pude tener la certidumbre de que, en aquellos días grávidos de entusiasta creación, yo era parte, más que de la pequeña sociedad de cinco jóvenes, cuya amistad fraterna habíase hecho y persistía por sobre la literatura, de una generación, de un síntoma de crisis colectiva, de una necesidad de cambio; parte, actor y espectador, todo en uno, de una causa reajustada por lo subjetivo del ánimo a los grandes problemas de la realidad social y humana que nos circundaba. Adolecido de algo violento, y acaso con pocas ganas de quedarse por aquí, Cuadra murió poco después de haber cumplido los treinta y siete años de edad. Era el mayor de los cinco entrometidos -con tan débiles armas, lo sé- en el universo incalculable y oscuro, del que no se alcanza jamás otro perecedero beneficio que el esfuerzo en sí por escudriñarle su inalcanzable sabiduría. Era el mayor, mas no por los años vividos sino por la maestría. Los otros éramos (duele emplear el tiempo de pretérito, pero así está dicha la verdad) Joaquín Gallegos Lara (al que también se le acabó prematuramente la vida, en 1947, antes de cruzar la cuarentena, en pleno carácter de suscitador y como nunca de clara y poderosa su inteligencia), Demetrio Aguilera Malta, Enrique Gil Gilbert y yo. A estos cinco se dio en llamar "Grupo de Guayaquil". Años más tarde, se agregaron Ángel Felicísimo Rojas, que venía de la Loja sureña y lejana, Pedro Jorge Vera, de la misma capital montuvia, y Alberto Ortiz, de la mágica Esmeraldas. Nadie va a decir aquí que el grupo creó obras extraordinarias. Pero sí hay quien diga que, guardadas las distancias, conocidos el móvil y el deseo de una instancia histórica y apreciada la circunstancia vital en que entonces nos movíamos, es preciso reconocer que, para el Ecuador y el menester de su cultura, la generación de 1930 vale como un momento de lucidez en común, apto para recibir el mandato de eso que, a veces inexplicablemente, se impone desde los desconocidos torrentes de la intimidad social, por manera que deja de pertenecer a los dominios del azar y se establece como una consecuencia de antecedentes no vislumbrados antes. Bien puede que esto sea, en la historia de la sociedad, como pasar de la casualidad a la ciencia, de la libertad a la necesidad. Digo pues que, si se considera la validez de la época y si se esfuerza uno por comprenderla, es fácil explicarse la arquitectónica condición del lenguaje expresivo de José de la Cuadra. Pues todo lo que dijo y todo lo que dejó escrito tiene la solidez de la piedra, la brevedad tajante de ciertas líneas en los edificios majestuosos y la verdad de un descubrimiento al que todos los ojos, más tarde o más temprano, hubieron de abrirse. Esto último, en todo caso, conviene a los que hicieron literatura en esos años, movidos por idéntico afán, tanto en la Costa como en la Sierra. Pero, claro está, el primer descubridor es quien realmente descubre. Por otro lado, la misma época y su pujante ansiedad por expresarse han de explicar a satisfacción el sobrante de factores externos, la exageración y la proclividad por las escenas sexuales. Trópico encendido y rijoso, de altas voces y malas palabras, llenó su aire; y valiente nobleza para denunciar el crimen social. Unid ambos ingredientes al sacudimiento crítico de pasar de una a otra edad histórica y sabréis muy bien por qué se hizo la literatura de esos años y a qué necesidades legítimas del alma respondía. De la Cuadra, que, al comenzar su tarea de escritor, no hacía sino soñar como un adolescente, enderezó pronto el fervor hacia el áspero territorio de la pasión humana: donde se tiene fe en alcanzar justicia en la convivencia. Y cuando su instrumento estuvo presto y logrado, llegó a lo más alto que la técnica narrativa del cuento ha llegado en la lengua por estos lados de América y también -no será mucho atreverse- de la España contemporánea. Así fue De la Cuadra, limpio y terso de estilo, profundo y audaz de pensamiento. Hasta cuando se equivocaba. |
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Lo conocí y andaría él rondando los veinte o veintidós años; yo los quince o diecisiete. No hubo presentación ni saludos. Fue en un teatro, un viejo y feo teatro guayaquileño, durante una fiesta lírica de beneficencia, de esas que suelen organizar las señoras distinguidas para un puñadito de pobres. Caigo ahora en que tal vez no se trató de función de caridad sino de alguna velada estudiantil, pero no hace al caso dilucidar tan pequeña cuestión. Pepe salió a escena, muy ceñido de negro, la faz de niño -así la habría de conservar hasta que le fue cortada la vida-, el paso en puntillas, por manera que parecía que el aire no pasaba entre sus miembros al moverse o que el sigilo de estos era una forma más del aire; salió a escena Pepe y recitó, con los pies juntos y la mirada soñadora, una simpleza de esas que tanto gustaba entonces a todos y que ahora siguen gustando a los cándidos. Recuerdo que aplaudí mucho, no sólo por lo adorable que me resultaban las cabecitas rubias y esquivas, sino porque sabía que De la Cuadra era un distinguidísimo estudiante de la Universidad de Guayaquil y que, hombro a hombro con mozos tan bien dotados como Colón Serrano, Antonio Parra, Teodoro Alvarado Olea, hacía literatura en revistas, al mismo tiempo que propugnaba soluciones radicales a tremendos problemas sociales y políticos. Mostraba así un contradictorio apasionamiento por lo inmediato, él, que vivía soñando y contaba, con suave lírica, cuentos del amor oscuro y de la decepción taciturna, del lánguido abandono y del spleen semi-importado de París. De ambas naturalezas participaba su carácter: soñador y realista. Lo cual, por cierto, no significaba condiciones antinómicas, sino, todo lo contrario, complementarias. Pero entonces, a la altura de esos señores tan jóvenes, escribía de un modo y vivía, como en una militancia vigilante, de otro. Pues el hombre había partido primero y la literatura le seguía. Hasta que se juntaron en una combinación admirable, en una ósmosis perfecta, hombre y asunto, hombre y poeta, conducta y vocación. |
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Ayudará a comprender el proceso de Cuadra -y con eso el que corresponde a todo el movimiento literario de su época- el recuerdo de dos acontecimientos: una huelga de trabajadores en Guayaquil, en noviembre de 1923, y una revolución de jóvenes militares, en julio de 1925. La primera terminó, obvio es suponerlo, en una organizada matanza de más de un millar de hombres, mujeres y niños; en fin, diremos, en una cuestión de fuero militar, como la insolencia se atreve a proclamar de vez en vez, entre himnos, glorificaciones y todo lo demás. La segunda, en broma de doble fondo para los jóvenes ideólogos de charreteras, pues fracasaron en la administración y fueron burlados por su inutilidad, pero quedaron por ellos abiertas las puertas a lo contemporáneo, a lo que llamo, por cierto interés que hoy no debo explicar, "los nuevos años". En 1925, con un retraso que volvíalo apresurado, el Ecuador entró en la modernidad. Apresuradamente también, se hizo la literatura que pudo comprender el fenómeno. De la Cuadra nació a la vida del espíritu entre esas dos fechas: 1922 y 1925, en tanto pasaba de sus diecinueve años a sus veintidós años de edad; es decir en el más importante momento de la vida, cuando desde la triste y arriesgada encrucijada de la adolescencia se arriba al camino ancho y duro de la responsabilidad, también a los vericuetos fáciles en los que se hace de todo por no hacer nada ni responder por nada. Y es aquí, si cabe alguna vez, la elección. Pepe, ni a qué decirlo, eligió bien: entró en la responsabilidad de su época con una valentía poco común. |
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Dos o tres noches después de aquella de lirismo circunstancial, empecé a dialogar con Pepe. Y no he terminado aún ni terminaré de hacerlo hasta que me alcance a mí lo que a él llegó tan anticipadamente, con esa precoz estupidez con que se placen en proceder las fuerzas sin gobierno de la naturaleza. Siempre sin gobierno, conviene añadir, fuerzas casuales y no causales, absurdas, incomprensibles para el entendimiento que nos ha sido dado a entender, y sin el orden y la armonía aparentes que el afán de la semejanza con el deseo les otorga por conveniencia. Acaso ahora mi conversación con Pepe me repara más provecho, pues los menudos incidentes y discrepancias han sido tragados por el tiempo, y sólo queda el monumento de su obra artística, a la que es necesario ver y rever si se quiere comprender como se debe el gran salto de fortuna que, especialmente desde 1930, dio la literatura ecuatoriana de ficción. Entre 1927 y 1928, Pepe se doctoró en leyes. Al paso de estas líneas, valga que diga que yo lo admiraba como a un campeón, y no principalmente por lo que escribía sino porque en la Universidad él, y yo con otros más jóvenes fuera de ella, capitaneábamos actitudes rebeldes contra cierta dictadura centralista, que hoy nos parece -¿verdad, Pepe?- uno de los buenos gobiernos de verdad que ha tenido el Ecuador en los últimos cuarenta años. Por cierto que lo de dictadura provenía sólo de que no había ordenación jurídica aún, pues gobernábase con las secuelas de novedad que dejara la revolución juliana; y lo del centralismo, de que se estaba procurando organizar el Estado con métodos modernos. Habría que añadir, al margen y especialmente para quien, no siendo de este país, lea este libro y, lo que es más difícil, este prólogo, que en el Ecuador, exceptuados sean Gabriel García Moreno, mucho menos Veintimilla y el caso del primer Flores -que es otro problema-, no han crecido a mayores las flores nocturnas y malolientes de la tiranía. No lo ha permitido nunca el pueblo. Aquí llamamos dictadura, como se debe, a la carencia transitoria del orden legal. Perdonada la disgresión, quisiera que se recordara a Pepe como organizador del primer intento de Universidad Popular, en Guayaquil, tarea a la que se consagró con admirable fervor. Esta fue su principal virtud: el fervor. La encontraréis en las mejores páginas de sus libros. Por esos años, y antes de que se diera a la renovación del tema y de la forma, muy joven él, más joven yo, leí su cuento -uno de los muchos que con tema de amor escribiera- "Si el pasado volviera", éste ya de estructura noblemente conseguida; y me pareció su condición de autor-personaje más auténtica, por él comenzada a ser restablecida, de adentro hacia afuera, en el claroscuro de esta descripción que pone en palabras de su heroína: "Usted tenía veinte años; comenzaba a escribir y estudiaba jurisprudencia. ¿Recuerda? Vivía usted en mi mismo barrio y pasaba siempre por frente a mi casa. Yo lo miraba, pero usted andaba siempre con la cabeza inclinada, y no me veía". Se estaba empezando, pues, a meter con sus criaturas, a encarnarse en ellas, y por el único medio que tamaña osadía puede ser acometida por un autor: sin que se le advierta intruso ni perorante. La cabeza inclinada, pisando levemente, meditando, así solía Pepe trajinar por las calles; imagen física muy evocadora de cómo recogía el espíritu para abrirse a la creación, cada vez que su demonio le movía las preocupaciones contra las exigencias profesionales y los diarios apetitos bastardos de la vida. |
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La gente habla muy fácilmente de la habilidad de los escritores. Y la gente no sabe lo que dice. Porque duro y hasta despiadado es el oficio, y cada vez más, así se va en él adelantando. ¿Inspiración? Por cierto que todo esfuerzo sobraría sin ella, buena musa intemporal, a ratos desnuda y terrible, en otros sin carne y sin huesos al alcance, reducida sólo a medias sonrisas amargas. De todos modos, complaciente o esquiva de favores, tremenda aventura la de buscarla y someterla, deslinde entre morir y amar, como lo hacen los hombres y las mujeres en la realidad de todos los días. Pepe no era, a Dios gracias, un escritor fácil. Componía calculando (¿no consiste en cálculos toda magia?), se angustiaba, veníanle malas palabras a la boca, maldecía del estilo y estaba preso en él. Y luego, una buena tarde, al último golpe de sol, frente a un jarro de cerveza helada, venían a nosotros sus cuartillas, nítidas ya, amartilladas a párrafos secos como el buen trabajo en buena plata. ¡Y qué cosas y cómo las decía!, merced, acaso, o sin duda, a esa trabajada depuración. Todo hacer requiere de filtraciones y eliminación de substancias nocivas: ley de existencia orgánica, de la química pura, de la mecánica exacta; ley, por eso mismo y con mayor razón, de la expresión hablada y escrita, pues lo que se ha dicho no admite compostura. Poca gente, es la verdad, se ha dado cuenta como De la Cuadra que hablar puede valer tanto como actuar, porque, multitud de veces, sólo al enunciar un modo íntimo ya ha surgido el acto. Y él entendía a la perfección que el estilo es el único medio de alcanzar la precisa correspondencia entre la intención, consciente o no, y la expresión, el único procedimiento para que forma y fondo sean lo que en sí mismos son por naturaleza: una sola gran unidad, verbo y acción, y tanto que al nombrar el uno ya se ha dicho la otra, y así recíprocamente. Para cumplir con tamaño propósito, Cuadra buscaba con mucho ahínco las palabras. Hay formas en relatos de Pepe que tienen el sabor y el aroma de lo clásico. Dábase en él esa contradicción de la que tanto padeció y se aprovechó, a un tiempo, Goethe, aunque a Cuadra no le tocara muy de cerca la tormenta romántica, sí el barroquismo de nuestra cultura mestiza. Que superara la contradicción y salvarse de los excesos barrocos del tropicalismo, es su mérito como estilista. Habitaba Pepe un departamento de planta baja (¿1931?, ¿1932?) en una transversal de la Avenida Rocafuerte; me parece que hacia el barrio de Cangregito. Disponía para él solo de un cuarto grande, lleno de libros por todas partes y atravesado diagonalmente por una hamaca. Meciéndose en ella, durante esas tardes sofocantes de la canícula guayaquileña de febrero o marzo, nos leía a dos o tres amigos sus últimas cosas, ajustadas, de una gran elegancia formal. Sonreía. Advertíasele la fatiga en el rostro. No; claro que no le había sido nada fácil hacerlo, pero qué fácilmente se le podía leer. Secreto, después de todo y ante todo, de gran artista. |
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De la Cuadra empezó a publicar -artículos, poemas, breves crónicas de amor- a los diecisiete años de edad. En 1930, al cumplir los veintisiete, apareció de él una selección de cuentos bajo el título del primero, EL AMOR QUE DORMÍA. Son cuentos bien hechos, de buena fábrica argumental, hasta de sugestivo poder narrativo, pero todavía débiles y candorosos, trabados por restos de altisonancia adjetiva y de un sí es no es de afectación romántico-modernista, lo cual no quiere decir que Cuadra fuera víctima de la ampulosidad verbal (mal llamada) en ciertos círculos de entonces, parnasianismo, cuando no era ni mas ni menos que los deshechos de un romanticismo trasnochado, llegado con retraso a incorporarse a lo nativo, ni que se hubiera dado tampoco a la endeble, casi enfermiza, sutileza a la que el modernismo, después de Darío y los principales epígonos, rindió tributo por estos sitios, muy colonias espirituales aún. Cuadra no estaba en lo uno ni en lo otro: salía indemne del maleficio decadente, pero no acababa tampoco de forzar la puerta de lo que su inteligente visión de la época presentía. Por eso EL AMOR QUE DORMÍA es un libro en el que se despide de su primera forma de soñar; una despedida que no fue propiamente adiós, sino advertencia de volver con otras cargas de sueños. En el pie de imprenta del libro EL AMOR QUE DORMÍA no hay sino el año y no sé concretar más la fecha de su publicación. En el mismo 1930, el 11 de octubre, inmediatamente después -así debo suponerlo- del libro de Pepe, apareció uno terrible y arbitrario: LOS QUE SE VAN, cuentos de Joaquín Gallegos Lara, Demetrio Aguilera Malta y Enrique Gil Gilbert. Yo leí los dos en 1931, a la vuelta de un viaje, y por eso no puedo cotejar las fechas exactas. Con el libro de Cuadra -simultáneo o anterior, poco importa en fin de cuentas- despedíase una literatura fatigada, huidiza, bella, pero inadecuada a los valores esenciales de la cultura en formación. Con el de los jóvenes recién llegados nacía otra, cuya belleza no consistía en lo que normalmente suele consistir, sino en la profundidad casi heroica con que alcanzaba una parte de la verdad, brutalmente revelada desde el subsuelo, inclemente y ríspido, de nuestra diaria condición vital. Era esto lo que el nuevo país reclamaba, gustase o no gustase a los melindrosos. Decir cosas en las que nadie quería creer es ya un atrevimiento. Decirlas con violencia, sin duda, un exceso. Y era obvio que la forma, en esos días, correspondiese a la magnitud del exceso y, por tanto, deformase en algo o en mucho la verdadera identidad del problema y el personaje. Con todo, bienaventurado "feísmo", como se ha dicho; no por pensar siquiera que deba hoy continuarse escribiendo como entonces, sino porque en haberlo hecho consistió el acierto de abrir el camino a la identificación de nuestra cultura -o de nuestro proyecto de cultura, por mejor decir- con el mundo de todos los hombres. Me diréis que abrir el camino no es haberlo hecho. Desde luego. Sólo que sin empezar no es posible recorrerlo. Me diréis que la forma adoleció de quebrantamientos y debilidades que la disminuían. Por cierto que habréis acertado en la crítica, y nadie os lo discute. Hay, empero, que reparar en que, a una distancia de casi treinta años4, el pequeño libro de los tres, de bronca tipografía y mal hablado, excesivo y "feísta", magnífico y potente, ha adquirido tal solidez de enunciado que ya puede afrontar el fallo histórico con entera tranquilidad. En la literatura, como en cualquiera de los dominios del arte, los elementos formales son casi todo, pero no lo son todo; y hay formas de formas e ideas de ideas: las unas sin las otras poco tienen que hacer en la vida terrestre o en cualquier otra. La idea es territorio abstracto; la forma, realización concreta. ¿Qué podría ésta realizar, si la idea que ha de vestir le es opuesta? No se trataba tampoco de un golpe de audacia que daba un grupo de advenedizos, sin padre y sin madre conocidos. Ni LOS QUE SE VAN, ni los posteriores libros de Cuadra y de otros escritores de la generación treintista, nacieron por generación espontánea. Veamos por qué. El Ecuador es un país mestizo. No ha de volver, ni lo quisiera, a la trunquedad del pasado indígena, ni mucho menos ha de procurar convertirse en lo que nunca estuvo en su sangre ni en su deseo: un país de blancos. Si reparáis en la historia, advertiréis que las luchas que ha librado el Ecuador son luchas mestizas, ya debido a la sangre de los rebeldes, ya a la influencia decisiva de una nueva naturaleza humana crecida y desarrollada en un paisaje inédito e insólito para el blanco; de todos modos, a la indiscutible presencia de una mezcla del alma, que pudo haber sido forastera, con la tierra y el aire distintos. Así ocurrió durante la Colonia, así en la República. Pero cuando el hecho, preparado largamente por el fermento histórico -tiempo, espacio y hombre- aparece más corpóreo y conclusivo es en la gran revolución ecuatoriana, triunfante en 1895, conducida por un heroico y genial mestizo: Eloy Alfaro. Cuadra empezó a escribir una vida de Eloy Alfaro, de cuyos originales, si existen, no se tiene noticia. Tenía también proyectada -y creo que empezada- una vida a gran lirismo épico, válgame la expresión, del líder mulato Pedro Montero, un montuvio suyo con todo derecho, pues nadie como él conoció y amó mejor a ese personaje inolvidable del litoral ecuatoriano. Alfaro, lo sabéis, es uno de los héroes hispanoamericanos de mayor estatura moral. Montero, un lugarteniente valeroso y de anécdota, un montuvio que vivió con suerte. Cuando la alfareada triunfó, el mestizo comenzó a subir en el conglomerado social con una velocidad que contrastaba con el lento reptar que, en dos o tres siglos, había empleado para destacar sólo individualmente y como casos de excepción. Poco después del triunfo liberal, apareció A LA COSTA (1904), que es, ahora sí, la primera novela verdadera que dio el género en el Ecuador, no obstante los ensayos afortunados anteriores, entre los cuales necesariamente ha de contarse CUMANDA, de Juan León Mera. Algo más tarde, y ya entrado en adolescencia el siglo, empezaron a publicarse los relatos maestros del maestro José Antonio Campos (Jack the Ripper) cuyo humor y alegría perfeccionó Cuadra hasta el límite de lo posible, añadiéndole el ingrediente que faltaba, la ironía, muchas veces amarga, y la inmersión decidida en el universo oscuro de aquellos personajes montuvios que, antes de Campos, habían estado olvidados. De la Cuadra es nieto, en línea recta, de Martínez y de Campos. Toda nuestra generación del treinta proviene de la semilla de estos dos abuelos grandes. Y, a su vez, ellos son los hijos de la pujanza mestiza del acontecer histórico nacional. Los hombres del treinta están más cerca de esos dos escritores de principios del XX que de los inmediatamente anteriores, pues estos habían sobrenadado, muchos con altas virtudes y capacidades, por el realismo naturalista de sus predecesores y buscado la corriente fácil de un modernismo simplificado, del simbolismo, del post-romanticismo o el parnasianismo. Hace tres décadas, esa literatura dejó de interesar. |
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Sobre una diferencia conviene insistir: el libro nuevo, LOS QUE SE VAN, suscitador y campeador de nuestra literatura contemporánea, era formalmente deficiente, muy vacilante; el de José de la Cuadra, del mismo año, EL AMOR QUE DORMÍA, de forma ya casi lograda con el virtuosismo que después adquiriera el autor. ¿Pero qué decía el uno y qué el otro? Cuadra quiso contestarse la pregunta; y a poco, un año después, en 1931, publicó, con el título de REPISAS, una rigurosa selección de los que hasta entonces eran sus mejores relatos. Es lástima que no sepamos la fecha en que escribió cada uno de ellos. Y bien pudiera ser que, antes de LOS QUE SE VAN, hubiera escrito Pepe de temas y valentías que luego (como un cuento de Leopoldo Benites, publicado en 1927, "La Mala Hora") tomaran carta de filiación definitiva en el pequeño libro de los tres. Disgresiones y suposiciones aparte, lo verdadero es que en REPISAS José de la Cuadra es ya, de un golpe, el maestro del relato breve ecuatoriano. Hay en este libro varios asuntos y varios métodos de realización. Cuentos elegantes, irónicos, melancólicos. Cuentos rudos. Y de la amenidad deliciosamente sencilla, como "La Muerte Rebelde", donde el hastiado don Ramón quiere morirse, pero no matarse, un cuento muy a la manera noveladora de Anatole France, maestro, según propia confesión, de Pepe; no, claro está, porque el ecuatoriano imitase al genial francés, sino porque la capacidad de ironía, gran virtud de gran arte, se acomodó, por coincidencia más que por influencia, al temperamento criollo de nuestro autor. Casi al final de este libro, y agrupados en el subtítulo de "Las Pequeñas Tragedias", hay unos cuentos que reproducen fielmente el temperamento contradictorio y la conducta desigual que con frecuencia se advertía en Cuadra. Pero salía victorioso de esas luchas, aunque con desgarraduras profundas; y entonces su espíritu alcanzaba la clarividencia poderosa, o se daba en olas sucesivas de ternura poética tan fina como en "Maruja: Rosa, Fruta, Canción". A ratos, entristecido por el agotamiento que debía producirle su íntima y dolorosa tensión, resolvió el problema por la catarsis, y salían de su inteligencia cosas violentas, excesivas, como "Chumbote". La inclinación por el amor-sexo y el amor-violencia fue una característica general, casi inevitable, de los primeros encauzadores de la literatura realista contemporánea. Cuadra no había de ser una excepción. No obstante, no exageró con la misma frecuencia que otros; se medía. La fascinación de su pulcritud era, muchas veces, más poderosa que la corriente literaria de esos días y servíale de contrapeso al entusiasmo que sentía por el relato de aventuras. Desde luego, ni el autor de estas notas, ni nadie que las lea con buena propensión han de creer que se trata de reemplazar una cuestión de orden natural y vitalísimo por la gazmoñería gárrula de los santurrones. Por otra parte, la insistencia en lo sexual proviene, sin duda, del primitivismo de la sociedad montuvia, no depravada pero sí sumida aún en las fuentes naturales de la vida: incesto, amor con forzamiento, lucha física para el placer, travesura constante y burla agria de la sensualidad... Cuadra y los autores de LOS QUE SE VAN, vivieron cerca del montuvio, conocieron sus penas, sus valentías, sus derrotas, su altanería de alma y su picardía. Y tenían, por tanto, empeñados como estaban en el reto a la circunspección estéril e hipócrita, que ofrecer el personaje-acción de su batalla en la única forma en que se pueden hacer las revoluciones: sin transacciones, con declaración de guerra a muerte. Sólo que el exceso tiene un precio: ciega un ojo y se ve con lo poco que resta del otro, inundado ya por un riego tumultuoso de sangre. Y la fragmentación de la verdad reclama luego un retorno a formas más equilibradas de la vida, para ahondar más en ella y para empezar de nuevo con una nueva insolencia. La más grave censura, pues, que puede hacerse a la literatura treintista es la de que, debido al natural deslumbramiento de la parte terrible que de la verdad descubriera, no llegó a ser todo lo realista que pretendió: faltábale, a más de la externa, la de adentro. De los escritores de entonces, Cuadra es, no haya duda alguna, el que penetró más en la vida interior de sus personajes. Fue, por eso, el mayor de los cinco, como ya se ha dicho. REPISAS es un libro en el que así lo demuestra y en el que apunta, con las lógicas limitaciones del tiempo en que fue escrito, cómo debían hacerse las cosas algunos años más tarde. |
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LOS SANGURIMAS es la gran obra de José de la Cuadra, aquella en donde todo lo dio, todo lo supo, todo lo que tenía en la cabeza y el corazón se le alivió. Es una novela. No es un cuento largo, menester es afirmarlo categóricamente. Una novela completa, por más que sea corta. Cuadra nunca quiso o nunca pudo escribir con latitud: le daba la gana de hacer, gozar y largarse. Cuestión de temperamento y de ansiedad. Muchas veces me dijo que no le gustaban morosidades pero sí el destello, la llama que de una sola vez ilumina, el grito que revela mil pasiones del alma, cuyo detalle no conseguiría ni acentuarlas ni hacerlas más patéticas. Sí, todo esto es porque Cuadra es cuentista y no realmente un novelador. Empero, LOS SANGURIMAS es una novela, de las mejores que el género americano, hispanoamericano, ha producido. Lo cual podría comprobar que Pepe no estuvo en la verdad completa y que hubiera podido detenerse apenas un poco, un momento más, y darnos otras novelas. Tal vez. Lo cierto es que la forma, la técnica, la osadía y el símbolo hacen de LOS SANGURIMAS una novela típicamente española de América. Esto es lo que yo creo. Empieza con unas palabras acerca de la "Teoría del Matapalo", árbol montuvio, ave de presa vegetal, de muchas raíces, que todo se lo va comiendo, que mata, hiere, se extiende, muere y resucita de mil modos arbitrarios. "El pueblo montuvio (dice Pepe) es así como el matapalo, que es una reunión de árboles, un consorcio de árboles, tantos como troncos. La gente Sangurima de esta historia es una familia montuvia en el pueblo montuvio: un árbol de tronco añoso, de fuertes ramas y hojas campantes a las cuales, cierta vez, sacudió la tempestad. Una unidad vegetal, en el gran matapalo montuvio. Un asociado en esta organización del campesinado del litoral, cuya mejor designación sería: MATAPALO, C.A.". En apenas un centenar de páginas -siempre tu prisa, Pepe- viven una gloriosa sinfonía tres partes, tres grandes tiempos, y un epílogo, una coda brillante que, como el matapalo, abatido por la tormenta o la ancianidad, aún se debate en herir y derribar a otros árboles. Quisiéramos ver extenderse hasta las consecuencias, anticipadas en los arranques orquestales del primer movimiento, donde la cauta y vigorosa repetición de los temas profundos y ligeros, majestuosos y efímeros, prometen y comprometen un desarrollo final caudaloso. Pero De la Cuadra, ya lo sabemos, cumplía antes del vencimiento. Cosa de gustar o no gustar, más que de verdadera frustración. Es "El tronco añoso" la obertura y la primera parte, todo en uno. Don Nicasio, don Nicasio Sangurima, mestizo de español, de indio y de alguna travesura gringa, aparece con ojos de hechizar a mujeres. Cien veces abuelo, gran fornicador bíblico, exuberante, emancipado de leyes que no le cuadran, dicenle que no puede ser de sangre gringa, porque "los gringos se mientan Juay, se mientan Jones, pero Sangurimas no"; y él responde: "Es que yo llevo el apellido de mi mama... de los Sangurimas de Balao, gente de bragueta". Y a la alusión de intimidades no santas, sin perder el humor, el viejo pícaro replica: "Mi mama no era así, don Cojudo". Así empieza la versión artística, transusbtancia de realidad en símbolo, secreto ontológicamente verdadero de la buena literatura, ser y condición hechos de nuevo por la energía creadora, la versión del fondo histórico mestizo de una región ecuatoriana inmensa, prodiga y, por lo menos entonces, todavía en gran parte primitiva. El montuvio tipifica, como ningún otro poblador nuestro, el mestizaje fragoso e indómito de los comienzos de la formación cultural, una operación de espíritu y de cuerpo de mancomún hecha, violenta y pesarosa, pero necesariamente vital e histórica aunque parezca de naturaleza opuesta a ciertas formas civilizadas de la coexistencia. El incesto y la ilegitimidad, por ejemplo. Y bien, Nicasio, el viejo, era un valiente, pero también -montuvio pues- ladino. Y supo hacerle trampa al diablo, al "patica". Todos los hombres han querido burlarse del demonio alguna vez. Todos han querido lo que él ofrece sin pagar el precio justo y convenido. Argumento, claro, de El Fausto. Sí y no; porque en el drama goethiano la trampa la hace Dios desde el comienzo, con el propósito de explicar los designios del Creador y la razón por la cual el demonio y el mal son indispensables al juicio teológico de la vida. Sangurima el viejo se ha metido y ha engañado al diablo por su propia cuenta; y tanto que, por sorna, por mejor reputar la burla tremenda, deja contar a la gente que el desquite del demonio ha consistido en no dejarle morir nunca. Y el pobre Nicasio, que tanto gusta de vivir y engendrar, hace creer que el descanso es lo único que ansía, pues, a la verdad, y por culpa de sus tratos con el maligno, hace tiempo que está completamente muerto por adentro. El matapalo vive también de trampas, por dentro hueco y carcomido, pronto a doblarse si el viento lo ataca, pero siempre poderoso, dador de vida y muerte con sus mil tentáculos nutricios. Don Nicasio, hombre de muchas hembras y muchos hijos, "tantos como granos de maíz", nunca dejó, como el matapalo, de fecundar, pero tampoco, como el árbol increíble, de jugar con lo macabro, pues que lo orgiástico no se alcanza sino al llegar al filo paroximal de la muerte, y en el placer cada minúscula fecundación va en compañía de un estertor. Amor y muerte son amigos y se necesitan, uno y otra, para afirmarse. Y Sangurima el viejo está sembrado en un lugar donde "los muertos se convierten en árboles", donde, con más fertilidad que en cualquier oro lado, de la muerte crece el fermento del amor y de la vida. La segunda parte, el segundo gran tiempo de esta novela, está compuesto por "Las ramas robustas"; los hijos más queridos y cercanos: Ventura, de mote Raspabalsa, tacaño y servil, apaleado cierta vez por orden de don Nicasio y, además, como el viejo solía decir, "un grandísimo pendejo"; don Terencio, cura de San Francisco de Baba, que se administraba grandes borracheras con el hermano Ventura; el doctor Francisco, abogado, asesinado misteriosa y salvajemente; el Coronel Eufrasio, presunto asesino del hermano abogado, "ojo derecho de don Nicasio, militarote de montonera, guapo, mujeriego, oficial del general montuvio Pedro Jota Montero, saqueador, capaz de todo y, como el padre, autor de muchos hijos "cocinados en hornos diferentes, pero hechos con la misma masa"; Felipe, llamado "Chancho Rengo", que cohabitaba faraónicamente con su hermana Melania, hablillas tal vez de las que el viejo Nicasio decía, al ser interrogado para que pusiera remedio: "Tenían que hacerle (a Melania) lo que les hacen a todas las mujeres... Que se lo haiga hecho Chancho Rengo... bueno, pues que se lo haiga hecho...". Así fue la vida montuvia; y sigue, excepto en los sitios en que determinado tabú, de origen desconocido, lo impide. "Torbellino en las hojas" llámase la tercera parte. Aquí todo se funde y se prepara el acto final de la tragedia, a la que vienen condenados los Sangurimas.. Tres hijas de Raspabalsa, bonitas y coquetas, se enamoran de tres hijos del coronel Eufrasio, llamados, por la madre de ellas, los Rugeles, y turbulentos como el padre y el abuelo. Quisieron casarse, pero Raspabalsa se negó a dar las hijas. Entonces, una de las muchachas se fuga con Facundo Rugel. Luego, por venganza contra el orgulloso y temeroso padre de ella, es asesinada de forma pavorosa, casi imposible de reproducir... Vienen los rurales. Hay batalla sangrienta. Y los Rugeles, por fin, son presos. Al cabo, la coda, el brillante y vivaz final con fuego y largas cadencias viriles. El matapalo va a morir. Por primera vez se lo ve llorar y sacudirse con un llanto que infunde miedo, un llanto de loco. Este es el epílogo y se titula "Palo abajo". |
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Cuadra era abogado. La mayor parte de su tiempo estuvo dedicada a ganar para vivir en tareas diversas y hasta opuestas a la literatura. Fue profesor universitario, desempeñó altos cargos públicos, viajó por el Sur del Continente, hizo muchas cosas que le privaron del tiempo para escribir; pero fue fiel con la vocación, a costa de heridas y dolores casi físicos, de tanto como le dolían. No pudo soportar la tensión, y se murió. Así fueron los cinco; así tienen que ser, para su pena y sufrimiento, los escritores ecuatorianos. Joaquín Gallegos Lara, paralítico de ambas piernas, terriblemente enfermo, era capitán de un camión que cargaba piedras. Demetrio Aguilera Malta fabricaba fideos y galletas. Enrique Gil Gilbert daba clases en un colegio de segunda enseñanza. Yo vendía productos de farmacia. Y después, Ángel Rojas, abogado, como Pepe, con quien compartiera el estudio profesional, y sembrador de banano. Pedro Jorge Vera, librero en cierta ocasión, de mil oficios para ganar la vida. Alberto Ortiz, funcionario, maestro... El mayor de los cinco está en nosotros vivo. Cuando nos llegan momentos de desaliento y se abren ante la fatiga los abismos insondables de la inutilidad, oímos su exclamación desafiante: "¡Maldita sea la literatura!". Sí, maldita, pero, dime, Pepe, ¿qué podemos hacer con ella si su maleficio gozoso se nos metió muy adentro en los misterios de la sangre? Al fin y al cabo, escribir también, es vivir.
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© ALFREDO PAREJA DIEZCANSECO, Quito, julio de 1958. |
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