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1.2 Los insurgentes
Arturo Uslar Pietri ha sido
destacado investigador en un tipo de personaje americano que Gabriel García
Márquez hace repetido protagonista en varias de sus novelas: El insurgente. El
rebelde contumaz, empedernido, insobornable e indomable. “El coronel Aureliano
Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo
diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron
exterminados antes de que el mayor cumpliera los 35 años. Escapó a catorce
atentados, a setenta emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a
una carga de veneno en el café, que habría bastado para matar a un caballo.
Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias y el hombre más
temido por el gobierno conservador. Siempre peleó al frente de sus hombres, y
la única herida que recibió se la produjo él mismo después de firmar la
capitulación que puso fin a casi veinte años de guerras civiles. Se disparó un
tiro de pistola que le atravesó el pecho sin dañarle ningún órgano vital[v].
“Al ojear la historia
colonial de América, el personaje con que se tropieza con más frecuencia es el
insurgente.
A cada vuelta de página,
a cada tiempo del calendario, aparece con sus ojos incendiados, sus palabras de
protesta, su gesto e inconformidad. Sin duda debieron de ser muchos para que
tantos se manifestaran. “La insurgencia, visible o soterrada, es el
reverso constante de la sociedad colonial. El esclavo que se fuga, el indio que
se vuelve al monte, el cuatrero, el alzado, el bandido popular, las células de
la antisociedad, como los cumbes negros que se formaban en la soledad de los
bosques impenetrables, los pasquines anónimos[vi].”
Esa impronta de
insurgencia arranca de las más remotas raíces indianas. Si uno se atreviera a
decir no más de dos palabras sobre el indio americano, podrían ser éstas: bueno
y rebelde. Y esa misma actitud levantisca contagió de inmediato a los
americanos nuevos, los españoles asentados en la América que acababan de
conocer. El primer aviso está escrito en el apóstrofe, verdadero o imaginado,
de Cortés a Carlos V: “Un hombre (Hernán Cortés) que os ha dado más tierras que
todas las que os dejaron vuestros abuelos”. Para el “conquistador”, la posesión
por las armas de un tan vasto territorio inspira ya el ansia de independencia.
Otra carta escrita en
América, la de Lope de Aguirre a Felipe II, resulta ser un documento
indispensable e impresionante, para entender en toda su crudeza el espíritu
triunfante de un “conquistador”: “Mira, Rey español, no puedes llevar con
título de rey justo ningún interés de estas partes donde no aventuraste nada. “
Está perfectamente claro
el desafío, nada menos que al más grande emperador de aquel mundo. Pero aún es
más determinante la confesión de insurgencia : “Hijo de fieles vasallos
tuyos vascongados y yo, rebelde hasta la muerte. “
En la mitad del siglo XVIII, cuando faltaban todavía
setenta años para la independencia de Venezuela, un colono llamado Francisco de
León, que va de Canarias a instalarse en los Llanos, lidera la más seria
insurrección contra la política imperial de la corona española.
Pero es de justicia
anotar que el insurgente se da a partir de la conquista, como un efecto moral
de la misma. En ninguno de los viajes de Colón se da insurgencia; nunca en su
vida lo es, siendo como fue, sin embargo, tan maltratado como el que más; ni
Diego Colón es insurgente. No son insurgentes los Pinzón. Ni es insurgente
Francisco de Orellana, aunque la costumbre de acusar, el vicio de culpar a los
demás por los errores propios, lleva a Orellana ante el Consejo de Indias
encausado en un delito de traición que él no cometió contra Gonzalo Pizarro.
La insurgencia es una
más de las connotaciones que establecen la gran diferencia entre el
descubrimiento–encuentro (y la colonización pacífica que pudo haberse dado)
(acto de conocer) y la conquista (acto de sojuzgar).
A lo largo de la
dominación española, el sentimiento insurgente cala tan profundamente en la
conciencia americana que no se limita ni al indio ni al criollo por separado;
ni al mestizo, nuevo americano, que podía haber reconciliado la oposición entre
las dos etnias. Está en todas las etnias; no es exclusivo de ninguna raza.
Durante las guerras (doce años) de independencia hay alianzas antiespañolas
(antirrealistas) que se hacen y deshacen con o contra el supremo caudillo Simón
Bolívar, por parte de otros caudillos, especialmente los que en su ejército
cuentan con tropa de indígenas, como en el territorio de Bolivia o en el sur de
Venezuela (Páez).
La política emprendida
contra la insurgencia llevó a la administración española a errores de cálculo
importantes, que son difíciles de explicar por otro motivo sino es por éste. No
es una referencia a equivocados nombramientos de virreyes o corregidores, los
que antes de llegar a su cargo ya sembraban la discordia en la colonia. El gran
error que se apunta aquí es la determinación de expulsar a la Compañía de
Jesús, decisión real que no pudo obedecer a otra razón más que al prejuicio
contra su status colonial, al miedo de que las misiones jesuitas se alzaran un
día contra cualquiera de los poderes que se repartían aquellas tierras,
portugueses o españoles. Este error acabó con el sistema de colonización más
próximo a la convivencia pacífica entre indígenas americanos y extranjeros
europeos.
El golpismo militar de
los tiempos republicanos es otro tipo de insurgencia bien distinto: Es un
pronunciamiento antidemocrático.
El fenómeno de
insurgencia actual más importante es el que está llevando a cabo la población
indígena. Y de éste hay que distinguir la derivación que con el tiempo se ha
dado en el extenso territorio andino de Perú.
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