América Suya

Encuadernación lujo 236 p.

©  Darío Herreros, 1992
©  Edym, España, 1992

ISBN 84-604-39389-5

 

INDICE DEL LIBRO

La América Suya

Introducción

El periodismo de bloque

Los insurgentes

Lo maravilloso de verdad

El amor

Morir y no morir

Espacio y tiempo americanos

Al amor de Vallejo

La Iglesia de la justicia social

Los curas en la lucha

Fray Bartolomé de Las Casas y los curas contestatarios

El Nuevo Mundo del Concilio Vaticano II

La implicación política

El final de una dictadura

En recuerdo del padre Llanos

Las dictaduras y las democracias

Un documento de García Márquez

Repaso a la historia

Casuística de la dictadura

Fotografiar al fantasma

La dictadura del dinero

La cuestión indígena

Tempestad en Los Andes

Ecuador como ejemplo del movimiento indígena organizado

Etnografía indígena actual del Ecuador

El primer levantamiento indígena con organización política propia

El estado actual de la cuestión indígena

La Amazonía deseada

ECO'92

La cuenca del Amazonas

Los recursos medioambientales

Los pueblos de la Amazonía

Los nuevos pobladores de la selva y el urbanismo amazónico

Inmigrantes circunstanciales de la Amazonía

La antigua historia y el futuro posible y deseable

1.3 Lo maravilloso de verdad

 

Dos horas después de medianoche, un marinero que el diario llama Rodrigo de Triana pero cuyo verdadero nombre parece haber sido Juan Rodríguez Bermejo, había visto tierra desde la proa de La Pinta. Amarraron todas las velas y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes; así ordenó Colón con voz segura.

 

Ya era Almirante.

“Quedaban dos o tres horas entre el nuevo Almirante y la perenne realidad: Por qué no soñar Los marineros descansaban sobre la costa de la certidumbre; unos, exaltados, mataban el tiempo alzando en su imaginación castillos de pereza, señorío y prosperidad; otros, encalmados, cobraban un sueño merecido a las pocas horas nocturnas que les quedaban. Colón soñaba despierto.

De modo que, al fin y al cabo, era él quien tenía razón.

¡Tierra! ¡Y precisamente donde él la había anunciado! Pero era tierra. Sí que lo era.

La tierra a su vez estaba silenciosa, dormida todavía, (al amanecer) sorprendida en su lecho virginal por aquellos intrusos...quieta, viviendo su ensueño... como lo había hecho durante tantos siglos, en bendita ignorancia de lo que significaba aquella mañana fatal que cerraba para siempre una era de paz en los jardines de su alma. Las carabelas se iban acercando a la costa; quebradas, manigua, troncos de árboles extraños, la isla comenzaba a entregarse a los intrusos, todavía medio dormida, medio en sueños. Gritó un papagayo, un puñado de hombres ligeros y desnudos bajó corriendo hacia la arena y se quedó parado en asombro ante las velas fantásticas. El ensueño de la isla se había desvanecido para siempre. Había muerto una era”[vii].

Así narra Salvador de Madariaga lo que fue parte del último sueño de Colón, su predisposición final ante la maravilla y la predisposición de los dos mundos a encontrarse.

“El Almirante desembarcó con sus dos capitanes y otros jefes y funcionarios de su flota. ¿Qué gesto simbólico imaginaron para flanquear el foso que separaba a las dos humanidades ?”[viii]

Unos y otros admirados e incomprendidos.

Desde el punto de vista del mundo occidental, la primera visión maravillosa de América la transmitió Colón ; y no para magnificar su proeza, pues ya estaba él bien convencido de tal magnificencia. Convencido de las inagotables fuentes de oro, la grandeza de las tierras, el poderío de sus reyes y la fastuosidad de sus palacios. No lo que vio en sus desembarcos sino lo que imaginó, lo que quiso ver.

“Crean Vuestras Altezas, que es esta tierra la mejor y más fértil y temperada, y llana y buena que haya en el mundo... En todas estas islas hacen cosas preciosas, por la suave temperancia que les viene del cielo”.

Visionario empedernido e incurable, Colón es el primero en halagar su propia fascinación. Pero tiene una mentalidad de aventurero tan abrumadoramente grande, su capacidad de imaginación es de una tal vitalidad que en una sola panorámica construye todo el nuevo mundo de una sola vez, en un solo deseo: La política, la economía, la religión, el gobierno completo de todo lo que acaba de encontrarse.

“Señores Príncipes, donde hay tales tierras debe haber infinitas cosas de provecho. “ “...Ellos (los indios) deben ser buenos servidores. “ “...Con cincuenta hombres los tendrá todos sojuzgados. “ “...Ni aquí ni en otra tierra que tengo esperanza de descubrir ponga pie ningún extranjero salvo católicos cristianos, por acrecentamiento y gloria de la Religión”.

Sin embargo, encumbrado en tan alta grandeza, le falta el don primordial de reconocer sus errores originales, errores de interpretación, además, en cuanto a la empresa que los Reyes le han encomendado. La idea de sojuzgar es propia de Colón únicamente. La primera esclavitud llevada a cabo por europeos en América es la aprensión de los nueve (“cabezas”) indígenas que trae a España como muestra; desgraciado incidente que se produjo y se impuso en el procedimiento posterior sobre la teoría política que Isabel había diseñado para el Nuevo Mundo a descubrir.

Las primeras anotaciones del Almirante, acerca de los hombres nuevos que conoce, constituyen el primer retrato antropológico del indígena americano y el nacimiento de un amplio complejo de disciplinas conocido después con el nombre genérico de Americanística ; su carta a los Reyes Católicos, dándoles cuenta del primer viaje, es una extensa serie de notas en este sentido.

“No conocen las armas, ni el vestido, ni el vicio, ni el valor del oro, que lo dan con tanta liberalidad como el agua, dan con gusto todo lo que tienen y parecen incapaces de hacer daño...No creo que hombre haya visto gente tan buena de amor y sin codicia, y aman a sus prójimos como a ellos mismos. señores de pocas palabras y muy lindas costumbres como la de pintarse colores y comen con honestidad y hermosa manera de limpieza...Andan todos desnudos, hombres y mujeres y tienen un habla la más dulce y hermosa del mundo...No tienen hierro, ni acero, ni armas...Son sin engaño liberales de lo que tienen, ...y muestran tanto amor que darían los corazones...Ni he podido entender si tienen bienes propios, que me pareció ver que de aquello que uno tenía todos hacían parte, en especial de las cosas comederas”.

Cristóbal Colón es el primer americanista, si bien es cierto que el pequeño grupo de indígenas que él conoció en esa isla son muy poca cosa comparada con la enorme variedad de pueblos que después se dieron a conocer a lo largo y ancho de América.

Madariaga abunda en consideraciones hacia esta visión que los españoles tienen sobre la América que está ante sus ojos; no solamente lo advierte sobre Cristóbal Colón sino que es una connotación del carácter, la personalidad y el comportamiento de los descubridores y conquistadores posteriores. Para un ser humano, hacer coincidir la visión de los sueños de lo maravilloso, con la visión de la realidad es algo demasiado fuerte como para conservar la razón después de ello; es un alto riesgo para desbordar la codicia y el egoísmo y, al final, caer en la equivocación y el fracaso.

Pero lo maravilloso tampoco es algo que con el tiempo se haya diluido, porque (ésta es la razón de tratarlo aquí) entre las múltiples sorpresas que uno puede tener en el primer encuentro con América, una de ellas es tópica: Lo maravilloso. Hay turistas a quienes difícilmente se les puede quitar esa palabra de la boca.

Cuando todas las poderosas fuerzas del trópico, el sol, la humedad y el aire puro, se conjugan sobre el suelo y en los seres vivos, tal belleza que producen no puede menos que ser maravillosa; y si vamos a las altas cumbres andinas o a los fríos polares, tampoco dejaremos de maravillarnos.

El Renacimiento europeo arremetió con la fuerza de la razón contra todo elemento mágico o maravilloso que sobrevivió de la Edad Media. Miguel de Cervantes nos revela nuevas y sagradas escrituras sobre estos elementos y lo imaginativo, que quedan vivos en la literatura y en el espíritu de las gentes por los siglos de los siglos. Por contra, entre la Santa Inquisición y la caza de brujas, queman media Europa y parte de la nueva América; pero ni con eso lo mágico y lo maravilloso va a extinguirse; en el mundo mestizo, que nace a partir del encuentro americano, lo maravilloso va a echar raíces mucho más profundas. El Romanticismo retoma la bandera de los luchadores por la felicidad y la fija entre los supremos fines culturales y morales; pero es en América donde llega a encumbrarse en las doctrinas que van a formar su nueva sociedad –ensamblando, sin duda, lo viejo con lo nuevo, lo indígena con lo extranjero– y lleva el deseo de felicidad a declararlo como un fin constitucional, hecho que se da literalmente en las constituciones de Philadelphia (1776) y Venezuela (1811).

El tono lírico que adquiere el idioma español cuando se torna criollo, que parece que está en un estado romántico permanente, corresponde a un auténtico modo de ser del hispanoamericano, para quien lo maravilloso es, sencillamente, familiar. Pero no porque el criollo conviva con lo extraordinario con el paso del tiempo se reduce su capacidad de admiración; ni mucho menos. El criollo se sucede a sí mismo en el mestizaje.

Es una de las constantes en la obra más genuina de García Márquez, que, “a través de un lenguaje evocador y preciso”[ix], convierte lo maravilloso en cotidiano y hace palpable lo inverosímil con extraordinaria facilidad. Es la facilidad que le regala la observación y la sensibilidad misma de las gentes corrientes, sus costumbres, el folklore, la forma de celebrar cualquier fiesta próxima a la base popular.

“El carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por fin su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación.”[x]

Para quien tenga todavía la capacidad de amar y admirar, América es su mundo; en ella el sol brilla mas, el aire es más transparente, el verdor de la pradera es infinito, la fuerza del valor es más poderosa, la pasión es más intensa, el amor es más fuerte y la belleza es más generosa; y cuando la generosidad de la Naturaleza está tocando ya fondo, quizás América tenga que ser la reserva.

 

 


NOTAS

[vii] VIDA DEL MUY MAGNIFICO SEÑOR DON CRISTÓBAL COLON, Salvador de Madariaga. ESPASA‑CALPE, S. A. Madrid, 1975. pág. 264, 265, 266.

[viii] Ob. cit., COLON, de Madariaga, pág. 267 y siguientes de la misma edición.

[ix] Introduc. de Joaquín Marco a la edición cit. de CIEN AÑOS DE SOLEDAD, pág. 25.

[x] CIEN AÑOS DE SOLEDAD, edición cit, pág. 245, 246.

 

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