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Dos horas después de medianoche, un marinero que el diario llama Rodrigo de Triana pero cuyo verdadero nombre parece haber sido Juan Rodríguez Bermejo, había visto tierra desde la proa de La Pinta. Amarraron todas las velas y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes; así ordenó Colón con voz segura.
Ya era Almirante.
“Quedaban dos o tres
horas entre el nuevo Almirante y la perenne realidad: Por qué no soñar Los
marineros descansaban sobre la costa de la certidumbre; unos, exaltados,
mataban el tiempo alzando en su imaginación castillos de pereza, señorío y
prosperidad; otros, encalmados, cobraban un sueño merecido a las pocas horas
nocturnas que les quedaban. Colón soñaba despierto.
De modo que, al fin y al
cabo, era él quien tenía razón.
¡Tierra! ¡Y precisamente
donde él la había anunciado! Pero era tierra. Sí que lo era.
La tierra a su vez
estaba silenciosa, dormida todavía, (al amanecer) sorprendida en su lecho
virginal por aquellos intrusos...quieta, viviendo su ensueño... como lo había
hecho durante tantos siglos, en bendita ignorancia de lo que significaba aquella
mañana fatal que cerraba para siempre una era de paz en los jardines de su
alma. Las carabelas se iban acercando a la costa; quebradas, manigua, troncos
de árboles extraños, la isla comenzaba a entregarse a los intrusos, todavía
medio dormida, medio en sueños. Gritó un papagayo, un puñado de hombres ligeros
y desnudos bajó corriendo hacia la arena y se quedó parado en asombro ante las
velas fantásticas. El ensueño de la isla se había desvanecido para siempre.
Había muerto una era”[vii].
Así narra Salvador de
Madariaga lo que fue parte del último sueño de Colón, su predisposición final
ante la maravilla y la predisposición de los dos mundos a encontrarse.
“El Almirante desembarcó
con sus dos capitanes y otros jefes y funcionarios de su flota. ¿Qué gesto
simbólico imaginaron para flanquear el foso que separaba a las dos
humanidades ?”[viii]
Unos y otros admirados e
incomprendidos.
Desde el punto de vista
del mundo occidental, la primera visión maravillosa de América la transmitió
Colón ; y no para magnificar su proeza, pues ya estaba él bien
convencido de tal magnificencia. Convencido de las inagotables fuentes de oro,
la grandeza de las tierras, el poderío de sus reyes y la fastuosidad de sus
palacios. No lo que vio en sus desembarcos sino lo que imaginó, lo que quiso
ver.
“Crean Vuestras Altezas,
que es esta tierra la mejor y más fértil y temperada, y llana y buena que haya
en el mundo... En todas estas islas hacen cosas preciosas, por la suave
temperancia que les viene del cielo”.
Visionario empedernido e
incurable, Colón es el primero en halagar su propia fascinación. Pero tiene una
mentalidad de aventurero tan abrumadoramente grande, su capacidad de
imaginación es de una tal vitalidad que en una sola panorámica construye todo
el nuevo mundo de una sola vez, en un solo deseo: La política, la economía, la
religión, el gobierno completo de todo lo que acaba de encontrarse.
“Señores Príncipes,
donde hay tales tierras debe haber infinitas cosas de provecho. “ “...Ellos
(los indios) deben ser buenos servidores. “ “...Con cincuenta hombres los tendrá
todos sojuzgados. “ “...Ni aquí ni en otra tierra que tengo esperanza de
descubrir ponga pie ningún extranjero salvo católicos cristianos, por
acrecentamiento y gloria de la Religión”.
Sin embargo, encumbrado
en tan alta grandeza, le falta el don primordial de reconocer sus errores
originales, errores de interpretación, además, en cuanto a la empresa que los
Reyes le han encomendado. La idea de sojuzgar es propia de Colón únicamente. La
primera esclavitud llevada a cabo por europeos en América es la aprensión de
los nueve (“cabezas”) indígenas que trae a España como muestra; desgraciado
incidente que se produjo y se impuso en el procedimiento posterior sobre la
teoría política que Isabel había diseñado para el Nuevo Mundo a descubrir.
Las primeras anotaciones
del Almirante, acerca de los hombres nuevos que conoce, constituyen el primer
retrato antropológico del indígena americano y el nacimiento de un amplio
complejo de disciplinas conocido después con el nombre genérico de
Americanística ; su carta a los Reyes Católicos, dándoles cuenta del primer
viaje, es una extensa serie de notas en este sentido.
“No conocen las armas,
ni el vestido, ni el vicio, ni el valor del oro, que lo dan con tanta
liberalidad como el agua, dan con gusto todo lo que tienen y parecen incapaces
de hacer daño...No creo que hombre haya visto gente tan buena de amor y sin
codicia, y aman a sus prójimos como a ellos mismos. señores de pocas palabras y
muy lindas costumbres como la de pintarse colores y comen con honestidad y
hermosa manera de limpieza...Andan todos desnudos, hombres y mujeres y tienen
un habla la más dulce y hermosa del mundo...No tienen hierro, ni acero, ni
armas...Son sin engaño liberales de lo que tienen, ...y muestran tanto amor que
darían los corazones...Ni he podido entender si tienen bienes propios, que me
pareció ver que de aquello que uno tenía todos hacían parte, en especial de las
cosas comederas”.
Cristóbal Colón es el
primer americanista, si bien es cierto que el pequeño grupo de indígenas que él
conoció en esa isla son muy poca cosa comparada con la enorme variedad de
pueblos que después se dieron a conocer a lo largo y ancho de América.
Madariaga abunda en
consideraciones hacia esta visión que los españoles tienen sobre la América que
está ante sus ojos; no solamente lo advierte sobre Cristóbal Colón sino que es
una connotación del carácter, la personalidad y el comportamiento de los
descubridores y conquistadores posteriores. Para un ser humano, hacer coincidir
la visión de los sueños de lo maravilloso, con la visión de la realidad es algo
demasiado fuerte como para conservar la razón después de ello; es un alto
riesgo para desbordar la codicia y el egoísmo y, al final, caer en la
equivocación y el fracaso.
Pero lo maravilloso
tampoco es algo que con el tiempo se haya diluido, porque (ésta es la razón de
tratarlo aquí) entre las múltiples sorpresas que uno puede tener en el primer
encuentro con América, una de ellas es tópica: Lo maravilloso. Hay turistas a
quienes difícilmente se les puede quitar esa palabra de la boca.
Cuando todas las
poderosas fuerzas del trópico, el sol, la humedad y el aire puro, se conjugan
sobre el suelo y en los seres vivos, tal belleza que producen no puede menos
que ser maravillosa; y si vamos a las altas cumbres andinas o a los fríos
polares, tampoco dejaremos de maravillarnos.
El Renacimiento europeo
arremetió con la fuerza de la razón contra todo elemento mágico o maravilloso
que sobrevivió de la Edad Media. Miguel de Cervantes nos revela nuevas y
sagradas escrituras sobre estos elementos y lo imaginativo, que quedan vivos en
la literatura y en el espíritu de las gentes por los siglos de los siglos. Por
contra, entre la Santa Inquisición y la caza de brujas, queman media Europa y
parte de la nueva América; pero ni con eso lo mágico y lo maravilloso va a
extinguirse; en el mundo mestizo, que nace a partir del encuentro americano, lo
maravilloso va a echar raíces mucho más profundas. El Romanticismo retoma la
bandera de los luchadores por la felicidad y la fija entre los supremos fines
culturales y morales; pero es en América donde llega a encumbrarse en las
doctrinas que van a formar su nueva sociedad –ensamblando, sin duda, lo viejo
con lo nuevo, lo indígena con lo extranjero– y lleva el deseo de felicidad a
declararlo como un fin constitucional, hecho que se da literalmente en las
constituciones de Philadelphia (1776) y Venezuela (1811).
El tono lírico que
adquiere el idioma español cuando se torna criollo, que parece que está en un
estado romántico permanente, corresponde a un auténtico modo de ser del
hispanoamericano, para quien lo maravilloso es, sencillamente, familiar. Pero
no porque el criollo conviva con lo extraordinario con el paso del tiempo se
reduce su capacidad de admiración; ni mucho menos. El criollo se sucede a sí
mismo en el mestizaje.
Es una de las constantes
en la obra más genuina de García Márquez, que, “a través de un lenguaje
evocador y preciso”[ix],
convierte lo maravilloso en cotidiano y hace palpable lo inverosímil con
extraordinaria facilidad. Es la facilidad que le regala la observación y la
sensibilidad misma de las gentes corrientes, sus costumbres, el folklore, la
forma de celebrar cualquier fiesta próxima a la base popular.
“El carnaval había
alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por
fin su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre
desaforada, ronco de tanto roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga
una comparsa multitudinaria llevando en andas doradas a la mujer más fascinante
que hubiera podido concebir la imaginación.”[x] Para quien tenga todavía la capacidad de amar y admirar, América es su mundo; en ella el sol brilla mas, el aire es más transparente, el verdor de la pradera es infinito, la fuerza del valor es más poderosa, la pasión es más intensa, el amor es más fuerte y la belleza es más generosa; y cuando la generosidad de la Naturaleza está tocando ya fondo, quizás América tenga que ser la reserva.
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NOTAS [vii] VIDA DEL MUY MAGNIFICO SEÑOR DON CRISTÓBAL COLON, Salvador de Madariaga. ESPASA‑CALPE, S. A. Madrid, 1975. pág. 264, 265, 266. [viii] Ob. cit., COLON, de Madariaga, pág. 267 y siguientes de la misma edición. [ix] Introduc. de Joaquín Marco a la edición cit. de CIEN AÑOS DE SOLEDAD, pág. 25. [x] CIEN AÑOS DE SOLEDAD, edición cit, pág. 245, 246.
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