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“En Cien años de soledad podemos
descubrir algunas de las páginas más bellas que sobre el amor y sus más
diversas manifestaciones se han escrito en lengua castellana.”[xi] En esa
novela pocos personajes no participan en algún momento de un amor intenso,
apasionado, fuera de lo común. La relación entre, por ejemplo, Meme y Mauricio
Babilonia son de un amor descomunal. “Se volvió loca por él. Perdió el sueño y
el apetito, se hundió tan profundamente en la soledad que hasta su padre se le
convirtió en un estorbo”.
Toda la historia de El
coronel no tiene quien le escriba es una historia de patente soledad.
Toda la Crónica de
una muerte anunciada se queda en el puro dilema de amor o soledad,
traspasados por un tiempo y un espacio que tampoco se comunican entre sí.
Bayardo San Román, el hombre que devolvió a la esposa, no se otorga más opción
que vivir eternamente solo o vivir con Ángela Vicario, la mujer con quien se
casó y que al devolverla la contagió de su eterna soledad. El amor es algo tan
fuerte como la muerte, en toda esta CRÓNICA enervante, y tiene tanta
capacidad de destrucción y de creación como tiene la muerte.
El amor entre Amaranta
Úrsula y Aureliano penúltimo de los Buendía fue tan aplastante que agotó en
ellos la capacidad y la disposición para hacer otras cosas, y provocan por sí
mismos el final de la creación.
El amor y la Naturaleza
tienen la misma fuerza cuando se desatan.
Aureliano y Amaranta
tienen un hijo robusto pero con cola de cerdo; a los padres y al hijo les falta
amor en el momento del alumbramiento, y cada uno por separado muere víctima de
esta carencia; el recién nacido, en la soledad sin amor, es devorado por las
hormigas.
Cuando Aureliano
Buendía, el que fuera más tarde coronel, le pregunta a su hermano José Arcadio
por la naturaleza del amor, éste le responde: “Es como un temblor de la
tierra”.
Sin más explicaciones.
García Márquez habla
mucho de un amor que se materializa; incluso el amor filial necesita
caracterizarse con algo físico: El “cloc, cloc” de los huesos de sus padres que
guarda Rebeca Montiel en un saco, cuando viene errante de un mundo lejano al
mundo de Macondo. El amor de García Márquez es una cosa corpórea, palpable,
olorosa o audible, algo que se ve con los ojos de la cara. Ese amor tiene que
tener una base sólida, física, natural, para que luego pueda trascender, si
trasciende, a lo metafísico. La mujer que se destina al amor más puro es
precisamente la más bella mujer de “cien años de soledad” Remedios la Bella; la
más ardientemente amada, pero que se fue de este mundo sin haber muerto
siquiera, con su virginidad enteramente suya.
El amor necesita ser
algo escrupulosamente humano y si sobrepasa los límites de lo humano
inmediatamente comienza la catástrofe, como si ese amor transgredido se
convirtiera en un castigo; a tal límite lleva sus escrúpulos de humanidad que
ante una belleza perfecta como la de Remedios, temerosos de que sea algo más
que mujer, se les hace su amor imposible. Hay otra mujer
angustiosamente bella, la Eva que está dentro de su gato[xii],
adorable, admirada por todos. Su abrumadora belleza se le convierte en un
asedio infranqueable para ser amada como las demás mujeres.
¿Existen de verdad esas
mujeres de tan excepcional belleza, o solamente en los sueños ? ¿Hay seres
humanos tan turbados por la belleza de otros seres humanos ? Los hay tan
obsesionados por la belleza física.
Bayardo San Román, el supermacho de la Crónica, anduvo de pueblo
en pueblo buscando con quien casarse; nadaba en oro y parecía no hacer en la
vida más que eso: Buscar una mujer para propiamente casarse con ella.
El coronel Aureliano
Buendía conoció a innumerables mujeres durante las treinta guerras que él hizo,
cada una de ellas tenía la secreta misión de dispersar su simiente rebelde por
todo el país; la mayoría de estas lozanas mozas entraban en su tienda en la
oscuridad y se iban antes de llegar el alba.
Bayardo San Román y el
coronel Aureliano Buendía son personajes de leyenda. Pero en la vida real,
líderes más o menos legendarios, históricos, son mujeriegos reconocidos; desde
Lope de Aguirre a Bolívar, Jonh Kennedy, y modernos sin nombrar.
Cuando en 1985 se
publica El amor en los tiempos del cólera[xiii],
García Márquez toma la iniciativa a cualquier ensayista y es él mismo quien decide
traducir la magia del amor, al que nos tiene acostumbrados, y lo convierte en
amor de la vida real, explicándolo con toda la sencillez de la vida misma y en
todos sus recovecos. A lo largo de quinientas páginas describe el amor de toda
una vida. Ya no es éste un amor de fábula, es el amor de los sentidos, de la
entrega, de la fidelidad; es toda una historia de amor, pasando por lo fogoso y
lo apasionado de la vida, por los delirios y por los sufrimientos, el amor que
se va, que “se lo llevó el carajo”, y el amor que vuelve; el amor que transmite
la vida de generación en generación.
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NOTAS [xi] Introducción cit. de Joaquín Marco a "cien años de soledad", pág. 41. [xii] Uno de los cuentos de OJOS DE PERRO azul, Gabriel García Márquez, BRUGUERA, Barcelona, 1983. Pág. 37. [xiii] BRUGUERA, Barcelona 1985
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