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En el libro de cuentos de García
Márquez, en la edición que se acaba de citar, Ojos de perro azul, se
ofrece una reseña que siempre me causó sorpresa y no he llegado a comprender;
dice que “Estas historias, ...son el reflejo distorsionado pero verosímil de
la realidad .... del trópico: La sequía, el calor, las lluvias y en definitiva
la muerte. “ He conocido Cartagena de Indias y Barranquilla siendo yo bastante
más joven que ahora y ni en aquella edad ni en ésta las dos ciudades me
inspiraron sentimientos mortuorios; antes al contrario, esas ciudades y todas
las del Caribe me rejuvenecen, me empujan a vivir. Allí vivió García Márquez
parte de su juventud, mientras escribía los relatos de Ojos de perro azul.
Lo cierto es que, a pesar de mis impresiones personales sobre esas ciudades del
Caribe, uno de esos cuentos escritos a sus veinte años de edad, se titula
efectivamente así, “La otra costilla de la muerte”. De once relatos que
componen el libro, la mitad de ellos son historias que ocurren, puede decirse,
dentro de un ataúd. “Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un
ramo de rosas a mi tumba. “ Así empieza el noveno de los cuentos.
El final de la gran
novela, Cien años de soledad, llega en el momento mismo en que el último
de la estirpe de los Buendía consigue descifrar la fecha y las circunstancias
de su muerte; la otra gran novela, pariente de la soledad, por el tiempo, es,
precisamente, Crónica de una muerte anunciada. Mas bien parece de todo
ello que la muerte está aquí tan presente como la vida, o si será que entre la
vida y la muerte no existe la diferencia que se ha hecho común. Todo cuanto
narra el gran escritor de los cuentos y las noticias, de la fábula y de la
verdad, pertenece a la vida y a la muerte por partes iguales. Habla no
solamente de lo que hacen, piensan y sienten los vivos; habla otro tanto de los
muertos; los muertos siguen viviendo en un mundo real de seres vivos. El
cadáver de Melquíades –el sabio de los Cien años ...– se comporta como
el cuerpo vivo de cualquier ser humano, cuando se dirige espontáneamente a la
muerte.
“Somos del agua, dijo;
lo encontraron un día en el río, unos kilómetros más abajo del pueblo, varado
en un recodo luminoso y con un gallinazo solitario parado en el vientre. José
Arcadio Buendía se opuso a que lo enterraran; es inmortal, dijo, y él mismo
reveló la fórmula de la resurrección.”[xiv] Los funerales de Mamá
Grande son la
celebración de un carnaval funerario.
Nunca, en definitiva, la
muerte significa el simple acontecer expeditivo de unos instantes, ni siquiera
en el caso de asesinato, matanza masiva o ejecución, donde convencionalmente la
muerte debe ser el finiquito o liquidación de un estado de cosas. La muerte es
una secuencia larga y prolongada, repleta y fecunda, de acciones vitales. No es
lo mismo que en otras partes, en otras tierras, donde se resuelve en un
protocolo preciso, sea largo o breve, inquebrantable.
Los personajes están
compenetrados con su propia muerte. “La muerte le pide a Amaranta Úrsula (Cien
años de soledad) que enhebre una aguja y le ordena tejer su propia mortaja.
Conocedora de que llega la hora de su muerte, después de tejer y bordar su
mortaja, se convierte en una mensajera, una mediadora para los muertos del
pueblo. Úrsula, que contempla el paso del entierro del coronel Gerineldo
Márquez le dice al difunto[xv] :
“Adiós, Gerineldo, hijo mío. Salúdale a mi gente y diles que nos vemos cuando
escampe”.[xvi]
La Crónica de una muerte anunciada empieza por el sueño–presagio que el
protagonista tiene de su muerte y termina con el mismo personaje derrumbándose
de bruces, muerto, en la cocina de su casa; en medio de las dos cosas, tan
semejantes una a la otra, y en un solo amanecer, hay material dramático para
escribir toda la novela; para escribirla quien la escribió.
Así deja de ser
inexplicable el que los personajes sepan o puedan saber el día, la hora y las
circunstancias de su muerte y, sin embargo, no hagan nada para evitarla.
Santiago Navas va a morir y todo el pueblo sabe quiénes son los asesinos, el
cómo, el dónde y cuándo lo van a asesinar (es la Crónica ...); pero
nadie hace nada para evitar las puñaladas; ni el largo dedo de Dios que es el
obispo se baja a detener las manos asesinas, incluso equivoca el camino de la
víctima para encontrarlo con la muerte más pronto.
También “cien años de
soledad” empieza con el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de
fusilamiento (pero esas primeras líneas cabalísticas las dejaremos para una
ampliación posterior); el mismo coronel que le dice a José Arcadio, el
patriarca: “Uno no se muere cuando debe, sino cuando puede”.
Habría que saber si la
tierra americana guarda extraordinarias fuerzas que le confieren a la muerte
cierto valor de vida, hasta el punto de que el temor a morir se disuelve, y el
valor para luchar en el borde de la vida no es un valor extraordinario sino una
cualidad natural y común en los americanos. La capacidad de supervivencia que
los recién llegados españoles demostraron tener, no es creíble que la
desarrollaran en el tan corto espacio de tiempo que tenían para adaptarse a las
circunstancias; y no solamente la supervivencia sino el arrojo, el valor con
que atravesaron cenagales, ingentes cordilleras y selvas interminables. ¿De
dónde sacan las fuerzas ? ¿ Qué les inspira tal valor No es la ocasión para invocar la magia ni
darlo todo por mítico o predestinado. Pero hay elementos síquicos que
condicionan el comportamiento de una persona en circunstancias normales y otros
que lo hacen en circunstancias especiales; el miedo, la obsesión, por ejemplo.
De la misma entrevista
con Salvador de Madariaga con que se inicia este trabajo, recuerdo su opinión
acerca del tema. Los españoles se encontraron en América con otras dimensiones
de lo natural y de lo sobrenatural; los montes eran mucho más altos, los ríos
incomparablemente más grandes, las selvas infinitas, los abismos y los
fenómenos de la Naturaleza grandiosos, los mitos fascinantes, y el
oro!...(quienes lo vieron) deslumbraba hasta el punto de que las barreras
físicas ni siquiera se veían, no existía la flaqueza ni el desaliento; un
impulso ciego obligaba a seguir por caminos en los que, en circunstancias
normales, no se hubieran adentrado. No se daba más que una barrera
infranqueable: la muerte; y ésta, incluso, era ahuyentada con la osadía.
Si cabe pensar así de
los extranjeros es más fácil comprender a los nativos. Hay tres grandes partes
en una división elemental hecha sobre la población americana contemporánea
(1492) al siglo XV de la era
europea; tal división arranca en el remoto origen de su llegada a América. Esta
esquematización resulta imprescindible para sentar, primero, la idea de que no
hay una uniformidad en la raza americana, no es un único tipo el de indio, sino
varios[xvii].
El
primer gran grupo es el de los indios con un modo de vida basado en la posesión
del caballo: Todo el centro de América del Norte y La Pampa de América del Sur.
El segundo: Los andinos, en el sur de América
del Norte y en la cordillera de los Andes en América del Sur.
Tercero:
Los amazónidos, los pobladores del istmo, de los lagos, y otra serie de grupos
de pobladores menos numerosos[xviii].
Los indios del primero y
segundo tienen en común el hecho de conocer la inmensidad del territorio que
han poblado y que tienen a la vista. Los del primero han adquirido la idea de
tal inmensidad a lomos del caballo sobre el que viven y con el que recorren la
llanura, la pradera. Es este indio norteamericano el que más arraigada tiene la
idea de propiedad sobre su tierra y quien más encarnizadamente la defiende,
hasta el punto de no cederla ni siquiera con la muerte; tal defensa, ante un
invasor con medios más avanzados, los predispone a la extinción de sus pueblos.
Los del segundo están
tan imbuidos de altura que genética y espiritualmente se han, en cierto modo,
endiosado. Hasta qué punto estos hombres conocen el cielo será, por mucho
tiempo, un fascinante campo de investigación.
A esta clase de gentes
la muerte les importa muy poco de lo que nos importa a los demás. Los indios
que viven a lomo de caballo o de montaña tienen en la muerte uno de los valores
más seguros de la vida; la muerte es para ellos al menos una liberación; en el
peor de los casos, la muerte es el escape al dominio que otro hombre le pueda
imponer o es el ofrecimiento supremo cuando voluntariamente se somete a ese
dominio. Como inmolación o como superación la muerte no es temible; como
castigo es el menor, el más breve, el más corto.
Aunque sea con tan
exigua explicación, quedan esbozados algunos elementos sicológicos que definen
la personalidad del americano (viejo y nuevo) ante la muerte. Son menos
inexplicables ciertos casos de valentía de americanos de todos los tiempos,
desde la sobrecogedora frialdad de los indios del valle de Caracas, que eran
echados a los perros unos a la vista de los otros, hasta la serenidad con que
un presidente de los Estados Unidos va a encontrarse con su muerte en la ciudad
de Dallas, muerte augurada, prometida, casi asegurada por muchos de quienes le
rodeaban. También cobra así más concreto sentido el tan siniestro término de desaparecido, tan diferente del de muerto, y el deseo obsesivo de hacer desaparecer en vez de hacer morir. Uno y otro son conceptos bien distintos; mientras el morir y la muerte pueden darle a la persona honor y dignidad, el hecho de desaparecer anula al desaparecido y le priva de todo valor. Desaparecer es ir a la nada; por eso se da donde se da y lo hacen quienes lo hacen[xix].
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NOTAS [xiv] Cien años ..., edición citada de SELECCIONES AUSTRAL, de ESPASA–CALPE, pág. 126; y pág. 69 de la citada de EDITORIAL SUDAMERICANA. [xv] Cita de Joaquín Marco en la introducción a la misma edición de Cien años de soledad. [xvi] Cien años ..., edición citada de ESPASA CALPE, pág. 356; y pág. 271 de la citada de EDITORIAL SUDAMERICANA. [xvii] La etnohistoria americana ha dejado atrasada la vieja idea de una Americanística reducida nada más que a una pequeña colección de disciplinas científicas. La Antropología americana está a gran altura desde hace al menos sesenta años, con la pléyade de antropólogos sudamericanos, especialmente argentinos; de entre ellos, para hacerse una idea general sobre la materia, es aconsejable lo expuesto y publicado en una decena de libros por José Imbelloni, director del Museo Etnográfico de Buenos Aires (muerto en 1967). La síntesis que se hace aquí es extracto de la esquematización de Imbelloni. Otra exposición del tema se hace al principio del capítulo TEMPESTAD EN LOS ANDES, de este mismo libro. [xviii] Los mayas constituyen un importante grupo por sí mismo; pero éste y todo el gran esquema, por su extensión, cae fuera del interés concreto del presente capítulo. [xix] En Las dictaduras y las democracias, capítulo posterior, se hacen algunas consideraciones más a este respecto.
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