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1.7 Al amor de
Vallejo[xxv]
Encabezar este epílogo del
capítulo La
América Suya con el título de una obra ya editada obedece a una decidida
intención de traerla a la memoria. César Vallejo es recomendable para idearios
de derechas y de izquierdas, porque es poeta esencial y porque en la literatura
española puede llenar él solo un capítulo entero. Vetado por el franquismo
porque defendió a España en el lado opuesto a Franco; tan trivial razón;
tan sencillamente superable. Vallejo es la quintaesencia de la cultura
hispanoamericana. Nadie más ni mejor que él, ni Garcilaso, ni Ercilla, ni
siquiera Rubén Darío, encierran en sí completamente todo el misterio de lo
hispanoamericano y lo revelan con tan diáfana claridad como Vallejo.
En cierto modo, ahora
que él no puede manifestar su desacuerdo, podemos decir que tiene para nosotros
la trascendental importancia de un Mesías, un enviado, un redentor, para
sacarnos del malentendido original e histórico que hemos padecido durante cinco
siglos los españoles de España y los españoles de América, los americanos y los
españoles, los hispanoamericanos. En 1992 el escenario de la discusión se ha
trasladado ya, definitivamente, a la península; y no debe evitarse la ocasión
para que todos digan cuanto tienen que decir. Vallejo vino a decirlo en el
momento crucial, hace justamente cien años, naciendo con la exactitud de un siglo que debiera cumplirse de su vida
en este 1992; pero murió en el instante en que murió media España y nació la
otra mitad. Vino al mundo a predicar la hispanidad, con la razón, con el espíritu
y con la vida que entregó a esa causa, un día de viernes santo, en París,
capital permanente de la cultura europea. Esta Europa recibió de América lo que
necesitó para no ser derrotada y sobrevivir a la locura. Ni Europa ni España
pueden eludir las respuestas Hay que leer a Vallejo y meditar todas sus
palabras, toda su vida, para descubrir la luz que ilumina las ideas y los
corazones. En sus versos está escrito lo que es América, lo que es el Nuevo
Mundo. Un territorio vertical que va de polo a polo de la Tierra, separando y
uniendo las dos mitades de ella. Un solar en el que todas las razas del mundo
viejo se han juntado, se han mezclado entre sí, engendrando el cuerpo y el
espíritu de un nuevo ser.
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NOTAS [xxv] AL AMOR DE VALLEJO, de Juan Larrea, Editorial PRE–TEXTOS, Valencia, 1980.
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