|
|
La Iglesia de la justicia social 2.1 Los curas en la lucha El coronel Aureliano Buendía es un
tipo excepcional de luchador político americano. Pues bien, sus hijos
innumerables, reconocidos o no, inscritos en el registro de cien años de
soledad, se reconocerán precisamente en la iglesia, en la ceremonia del
miércoles de ceniza. García Márquez le atribuye al cura el privilegio exclusivo
de identificar, con una cruz de ceniza que quedará hecha cicatriz imborrable en
la frente, a toda esa estirpe de luchadores que son los diecisiete hijos del coronel,
tenidos con otras tantas mujeres a lo largo de treinta y dos levantamientos
armados contra el gobierno. “Así van mejor”, diría su abuela Úrsula Iguarán,
“de ahora en adelante nadie podrá confundirlos“. Suena a mito evangélico, y
tiene un cierto rumor sacramental, este uso de carácter imborrable que el
insigne fabulador de maravillas le da a la cruz de ceniza en la testa de
insurgentes congénitos. Quedan, por esta liturgia literaria, asociados los
curas y los rebeldes; y no se sabrá por qué García Márquez lo hace; pero lo
hace. Y un nieto del coronel Aureliano Buendía sentiría, años más tarde, la
vocación sacerdotal; es el seminarista José Arcadio II, de los Cien años de
soledad. En las paredes de las universidades católicas, desde El Salvador a Buenos Aires, en las homilías de las catedrales, en las hojas pastorales de los obispos del centro y sur de América, en las parroquias de latón de los ranchitos, en los despachitos de los curas sin nombre, en muchas revistas católicas, muchos grandes y pequeños dictadores han leído y escuchado palabras que les resultaron insultantes, ofensivas para su moral política y su disciplina, su aureola de autoridad anticomunista por supuesto. Predicadores encarcelados, revistas secuestradas, parroquias asaltadas.... Desde los jesuitas de principios del siglo XVII, auténticos pioneros de la utopía americana, hasta el deicidio del obispo Oscar Arnulfo Romero y la masacre de otros jesuitas en la universidad salvadoreña, hay toda una nutrida historia de condenas a los curas para consagrar a los dictadores. Ha sido necesaria tanta barbarie y tanta pobreza para que esos apóstoles hayan ejercido tan valiente caridad Responder simplemente que la Iglesia Católica por su naturaleza es providencial, que está fundada sobre los valores supremos de la justicia y que responde cuando es preciso a las necesidades de los hombres, sería complicar demasiado el tema, porque nos urgiría entonces una exégesis en varios tratados. Abstraernos nos apartaría no solamente de los detalles sino también de las personas, que son las que aquí interesan.
Documento de Gabriel García Márquez:
“El
11 de mayo del año pasado –fiesta del trabajo– los curas párrocos de Venezuela
leyeron en los púlpitos una Carta Pastoral del Arzobispo de Caracas, monseñor
Rafael Arias. En ella se analizaba la situación obrera del país, se planteaba
francamente los problemas de la clase trabajadora y se planteaba en sus
términos esenciales la doctrina social de la Iglesia.... La voz de la Iglesia
sacudió la conciencia nacional y encendió la primera chispa de la subversión”.[xxvi]
El año de ese primero de
mayo es para el presidente Pérez Jiménez el último de sus cinco de dictadura en
Venezuela y de los nueve totales que llevaba instalado en el poder, desde que
en 1948 Rómulo Gallegos cae por un golpe del ejército. La Junta de Gobierno,
militar, por supuesto, la encabeza Delgado Chalbaud y el coronel Marcos Pérez
Jiménez forma parte de ella. Acción Democrática, el partido de Rómulo Gallegos,
queda fuera de la ley.
En 1952 Pérez Jiménez
“recibe” la presidencia de manos del ejército, pero la provisionalidad del
cargo Pérez Jiménez la convierte en fijeza a su manera: Convocatoria de
elecciones que vuelve a ganar Acción Democrática, anulación de los resultados,
proclamación del triunfo de los partidarios de Pérez Jiménez, nueva
Constitución apañada y Congreso manipulado; referéndum de confirmación
presidencial, que gana por la fuerza (y no precisamente de los votos, según
abundantes opiniones que aún existen escritas); resultado: Presidencia
dictatorial mientras dure. Apoyo decidido de Estados Unidos a Venezuela a
través de un poderoso trust, La International Basic Economy Corporation, de
Nelson A. Rockefeler, lo que catapulta a Venezuela a primer productor petrolero
de Sudamérica; obras públicas ocasionales, electoralistas, que alternan con
etapas de paro. Así hasta una huelga general en Caracas, insurrección de la
base de la Fuerza Aérea de Maracay y caída final de Pérez Jiménez. Y entre
golpe y golpe una dura batalla librada por los curas, cuyo puntal definitivo y
certero se llama Rafael Arias, Arzobispo de Caracas.
La Pastoral del
Arzobispo no es un hecho aislado, ocasional, repentino; el prelado la viene
estudiando desde hace tiempo porque la realidad económica y social pintada por
el gobierno dista mucho de como la ven gran parte de los venezolanos. Amplios
sectores sociales, incluso inmigrantes, llaman la atención a gritos sobre su
estado de pobreza y precariedad. No solamente la riqueza petrolera mana
abundante, las grandes minas de hierro del Estado de Bolívar también alcanzan
un desarrollo de producción moderno; lo mismo ocurre con las extensas haciendas
de Los Llanos, que son el deslumbrante emporio de riqueza de sus dueños. Una
gran suma de riqueza harto mal repartida y, al lado de ella, la penuria atenaza
a grandes bolsas de pobreza. “Una inmensa masa de nuestro pueblo está viviendo
en condiciones que no se pueden calificar de humanas”, había dicho ya el
Arzobispo; incluso un alto cargo pontificio, el Cardenal argentino Antonio
Caggiano, cuando, presidiendo en nombre de Pío XII el II Congreso Eucarístico
Bolivariano, se dirigió a la Municipalidad de Caracas en estos Términos:
“Venezuela tiene tanta riqueza como para que no haya pobres”; una sentencia
bien clara; una postura decidida. Estamos al final del papado de Pío XII, en
los años inmediatamente anteriores al inicio del de Juan XXIII y del Vaticano
II.
La situación dada en
Venezuela con la dictadura de Pérez Jiménez es un ejemplo demasiado repetido en
todo el centro y sur de América, y sucesivamente jerarquías y sacerdotes de su
iglesia católica se han pronunciado de idéntica manera a la del ejemplo. Pero
... ¿qué hace que en esta parte del mundo el clero adopte una posición tan
decidida, evidente y reiterada, frente a cuestiones sociales, económicas y de
injusticia política ? La Iglesia Católica de América mantiene un
permanente evangelio de liberación, de reivindicación de la justicia social por
encima de todas las demás reivindicaciones. Es que el espíritu católico aquí
emana de la misma esencia del espíritu americano libre e insurgente, y es,
junto con él, insistentemente reprimido por dictaduras históricas.
|
|
|
|
NOTAS [xxvi] Cuando era feliz e indocumentado, pág. 39, PLAZA Y JANÉS, Barcelona, 1979. Las dos citas siguientes corresponden a la misma obra.
Todos los derechos reservados, EDYM © Estudios Ediciones y Medios, S. Ltd., 1996 - 2005, Spain |