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2.2 Fray Bartolomé de
Las Casas y los curas contestatarios
Parece lejano, demasiado, el tiempo
en que vivió, escribió y murió Bartolomé de Las Casas (Sevilla 1474, Madrid
1566); parece más lejano de lo que es porque desde su Relación de la
destrucción de Indias (descubrimiento y conquista) hasta nuestros días
(quinto centenario) se escribió toda la “leyenda negra de España” con la que
nuestros malos aliados han catequizado a medio mundo. Es la malversada agilidad
en declarar enemistades entre los hombres lo que hace diametralmente opuesto el
entendimiento entre unas personas y otras, entre unos pueblos y otros; pero es
el tiempo que transcurre inexorablemente el que, a la postre, aclara los malos
entendidos. Hoy, de Bartolomé de Las Casas, de la criba de toda la “leyenda
negra”, queda limpia la semilla madura de su Relación; y el fruto no fue
solamente la animadversión posterior contra la dominación española en América
sino, sobre todo, fue un grado más en el giro dado en la política de la
conquista, que retoma la utopía de Isabel y arranca del Emperador Carlos el
espíritu y, a buen seguro, bastante de la letra de las Nuevas Leyes de Indias
de 1542.[xxvii]
Sería sumamente
interesante saber algo de la comunicación entre el anciano Rey Católico
Fernando V (que no salió de España jamás) y el cura Las Casas; que uno pudiera
hoy tener una impresión personal y viva de esas conversaciones. Un poderoso Rey
jubilado (64 años), asistido por un mayestático Cardenal Cisneros y, ante
ellos, un cura de treinta años (ordenado sacerdote en América), en la flor de
la vida, letrado y aventurero, hijo de aventurero también (su padre se embarcó
con Cristóbal Colón en el segundo viaje), venido de la América que acaba de
conocer y ha cautivado su vida, defendiendo a los indios, denunciando su
esclavitud, sus humillaciones, sus despojos. ¿Cabe pensar en una mayor defensa
de la doctrina de Cristo, una predicación más evangelizadora que ésta?
Los argumentos que esgrime Las Casas deben ser de fuerte consistencia cuando es
capaz de mantenerlos en contra de la mayoría de sus contemporáneos, y su
exposición es tan inteligente que consigue entrar en el círculo de consejeros
flamencos que vienen acompañando al Emperador Carlos V desde Alemania. La
correosa autoridad de Cisneros cede, sin embargo, ante la convicción de Las
Casas y lo nombra “protector de indios”. Pero con el Emperador llega mucho más
lejos. Su Brevísima relación de la destrucción de las Indias se hace
pública bastante después (1552) de que fueran promulgadas las Nuevas Leyes de
Indias, lo que a simple vista parece restar importancia a la influencia que la
Relación pudo tener sobre Las Nuevas Leyes, pero no pueden dejarse sin
considerar otros hechos que se dieron como fruto de lo tratado entre Las Casas
y la corte imperial. Un hecho es que se le concede como encomienda el
territorio de Cumaná, para que en él ponga en práctica sus teorías, su modelo
de colonización; otro es el ofrecimiento de la diócesis de nada menos que Cuzco;
ofrecimiento que no aceptó; nombrado obispo de Chiapas, se fue a ella a aplicar
enérgicamente una “primitiva teología social de La Iglesia”. Ni en Chiapas ni
en Cumaná sacó adelante su revolucionaria colonización cristiana; las Nuevas
Leyes de Indias contenían muy rebajadas las exigencias de Las Casas; pero sí
fue patente la influencia que su pensamiento ejerció en las ideas del
Emperador.
Cuáles son los preceptos
generales de la doctrina del cura seglar y luego dominico secular fray
Bartolomé de Las Casas Comparado con lo
acontecido antes y después de él, su doctrina es tan radicalmente opuesta que
no resulta difícil resumirla en pocas palabras, porque contiene conceptos
sumamente claros:
–Los indios son los
únicos dueños legítimos de sus tierras.
–Todas las guerras
contra los indios son injustas.
–El Imperio tiene
derecho a entrar en el Nuevo Mundo nada más que como colonizador y
evangelizador, con colonos y misioneros y no con soldados.
–El régimen de
encomiendas no es lícito. No se puede tomar a los indios como esclavos.
Posteriormente niega también que pueda hacerse esclavos a los negros africanos
para trabajar en la encomiendas .
En el Confesionario
y en Avisos y reglas para los confesores, escritos en su breve mandato
diocesano en Chiapas, se radicaliza aún más y exige como requisito para la
absolución que el cristiano que posee una encomienda la devuelva a los indios,
antes incluso de llegar al confesionario.
Un
siglo después de fray Bartolomé de Las
Casas otros frailes, los jesuitas, reencarnan por tercera vez (y última en la
historia) la vieja utopía misma que encarnó el dominico. Pero es notorio, y
debiera ser tenido más en cuenta para comprender a los misioneros jesuitas del
Paraguay, al Emperador y a Las Casas (y la fe que Isabel la Católica quiso
poner en la empresa del Nuevo Mundo), el hecho de que la Compañía de Jesús se
funda por el soldado Ignacio de Loyola, precisamente en el reinado de este
mismo Carlos V de Alemania y Primero de España.
Quizás aquella obra
misionera no estuviera tan llena de filosofía como muchas veces la sospechamos;
quizás no fuera una empresa con propósitos tan trascendentales como a los
mejores partidarios les parece; puede que todo fuera mucho más espontáneo, más
egoísta, más común; puede que no hubiera tan encendida y acendrada santidad en
aquellos frailes, que el alma del misionero jesuita en el Paraguay no fuera tan
generosa; acaso la ideología que pretendemos ver sembrada en el interior de
aquella selva no sea sino el fruto de una moda posterior. Todos los interrogantes
imaginables se pueden plantear y el procedimiento conducirá a buscar más
respuestas y más convincentes.
Estamos acostumbrados a
mirar a Hispanoamérica desde el punto de vista extranjero y ello nos acomoda
opiniones para nosotros objetivas. ¿Qué obtenemos nosotros en la experiencia?
¿De qué nos sirve? ¿Qué nos aporta un
siglo
de convivencia de los jesuitas con los indios guaraníes en el corazón de
Sudamérica? Esto es lo que más nos ha interesado en las dos centurias
posteriores.
Sencillamente, las
reducciones misioneras de los jesuitas en el Paraguay aportan la única y
exclusiva ocasión de que su mundo europeo contemporáneo, y todos actualmente,
conozcamos aquella sociedad indígena de una forma natural y a la vez
científica; porque no se dio otra ocasión en que se transcribiera con fidelidad
la cultura encontrada, porque no hay otro ejemplo colonizador en que el
extranjero intenta dirigir la colonia desde dentro de ella misma, partiendo de
su idiosincrasia, desarrollando sus mismas tendencias naturales, motivando en
vez de sojuzgar, instituyendo en vez de suplantar, aliando en vez de aniquilar,
asumiendo como propia la defensa ante el adversario, haciendo en definitiva
común lo ajeno y lo propio. La historia de las misiones en el Paraguay no es ni
mucho menos monolítica ni rectilínea; es accidentada, con altibajos, con
avances y retrocesos; es progresiva. El final de su historia no se debe a su
fracaso sino a la fuerza política que la quebró, al segundo y definitivo
reparto territorial de las colonias entre las potencias dominantes, España y
Portugal, a la expulsión resolutoria de los Jesuitas.
Nadie más que estos
frailes consiguieron hacernos llegar aquello que era la cultura americana tal
cual, la que apareció a los ojos europeos, ignorada por nosotros hasta el
momento, transmitida en su forma original, traducida a nuestras posibilidades
de entenderla. De todo el gran imperio inca, de toda su riquísima cultura, no
nos escribieron más que actas parciales, encaminadas a fines políticos,
crónicas de la conquista en definitiva; el inca Garcilaso desperdició la
oportunidad que pudo tener para escribir en su tierra y en su idioma, dejándose
llevar por la primera moda mestiza, convirtiéndose al culteranismo e inhibiendo
las raíces del primer hibridaje de indio y español. Cuatrocientos años después
comienza a escribirse el quechua por un empeño admirable de estudiosos
modernos; pero ya estamos demasiado lejos. Los Jesuitas, sin embargo, se
pusieron desde el primer momento a entender el dictado de los guaraníes y
escribieron en aquel mismo idioma que ellos hablaron; tal labor produjo sus
naturales frutos: el idioma se afianzó y cobró la vitalidad para sobrevivir por
encima de la crisis que supuso el encuentro de la dos culturas y se enriqueció
con las palabras precisas, llamando a todo por su nombre, lo nuevo y lo viejo,
haciendo un guaraní–castellano–guaraní que es el guaraní actual.
Desde el punto de vista
guaraní, hay razones para pensar que los ciento cincuenta años de convivencia
india y jesuita han dejado lo que suele dejar una convivencia pacífica y sin
engaños y un final acaecido sin traiciones; lo que había no se removió y hoy
está donde estaba.
En cuanto a lo poco
común de aquella empresa, no se necesita hacer demasiado hincapié. Siglos de
apologistas y detractores no dejan resquicio para la indiferencia ante ello.
Pero si uno desea convencerse por sí mismo, todavía está a tiempo de intentarlo
hoy; un buen camino es acercarse a los misioneros modernos, a los actuales, a
los misioneros de hoy con los indígenas contemporáneos nuestros; acercarse a
los capuchinos que viven entre los indios amazónicos. Científicos,
intelectuales, obreros, campesinos filósofos implicados en la vida
indio–americana del siglo XX.
Fracasó la encomienda
piloto de Las Casas en Cumaná, porque el fraile encomendero se ausentó de ella
durante un breve plazo de tiempo y la ley de la selva acometió contra lo
colonizado, destruyéndolo por completo. Fracasaron las misiones jesuitas del
Paraguay, que florecieron durante 150 años, porque también los frailes se
ausentaron de ellas, esta vez forzosamente y por largo tiempo. El abandono va a
ser una constante en el fracaso de la utopía americana.
Todo el Evangelio, leído
recién escrito, sin que a la interpretación del lector le antecedan censuradas
interpretaciones, es una utopía que a muchísimos lectores les apetece realizar,
con pasión, con fervor, con entusiasmo. En todas las conciencias habita un ser
libre y amoroso que desea el bien para sí mismo y para los demás, al menos
alguna vez en su vida. Cualquiera con la doctrina de Jesús en sus manos puede
intentar hacerse oír, evangelizar, según el lenguaje convencional. Y
cualquiera, por idénticas razones, por las contrarias, puede combatir esa
evangelización. No es patrimonio exclusivo de la Iglesia católica predicar una
doctrina social basada en la justicia y en el amor. Lo que se intenta en esta
corta tesis no es demostrar una teoría sobre la función que esta Iglesia ejerce
o debe ejercer en América, sino, nada más, exponer, de forma razonable y
basándose también en experiencias constatadas, en hechos reales, la trayectoria
seguida en América por personas y grupos de personas pertenecientes a la
Iglesia católica, que han defendido de forma clara y continuada una postura de
justicia social, frente a otras posturas antagónicas y reaccionarias ante la
justicia y la igualdad de derechos de las personas.
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NOTAS [xxvii] El asunto de Las nuevas Leyes de Indias se vuelve a tratar más ampliamente en el capítulo siguiente, LAS DICTADURAS – LAS DEMOCRACIAS; porque si las nuevas leyes se hubieran aplicado y con el espíritu que se habían dictado, se habría dado un cambio radical en toda la América conquistada, ya que suponían una verdadera revolución en la política colonial de la época, en política imperialista de nuevo cuño que hubiera sido la española; pero no fueron aplicadas jamás.
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