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El 24 de marzo de 1980, en la
catedral de San Salvador, república centroamericana de El Salvador, se celebra
una misa en aplicación de la difunta Sara Pinto, en el primer aniversario de su
muerte. Doña Sarita, conocida así popularmente en la capital Salvadoreña, era
madre de un editor del periódico El Independiente. El acto religioso tenía una
cierta connotación política dada la ideología del periódico al que estaba
ligada la familia de doña Sarita, nada proclive a las derechas fuertemente
combativas en El Salvador. Oficia la misa el Arzobispo Oscar Arnulfo Romero y
en la homilía habla sobre el sentido de la vida y la muerte. Cuando va a
iniciar el ofertorio, a las 6,30 de la tarde, se oyen en la puerta de la
catedral disparos de fusiles automáticos; se supo que algunos fieles murieron
en la escalinata de la entrada; el Arzobispo Romero estaba en pie, cara a los
fieles y ante el altar; sobre ese altar cayó por las balas que dirigieron
contra él.
Tampoco este asesinato
fue una circunstancia ni mucho menos aislada. Tiempo atrás cayeron los
sacerdotes Octavio Cruz, Rafael Palacios, Rutilio Grande, Ernesto Barrera,
Alfonso Navarro, Alisio Napoleón Macías, y un gran número de catequistas,
campesinos y obreros, además de otros cristianos de toda edad y condición. Aquí
no se perseguía a la Iglesia como tal, sino a una parte del pueblo y a la
iglesia que estaba con él. Desde finales de los 70 hasta entrados los 90 se da
una larga década de guerra civil en El Salvador, o de guerrilla generalizada,
que se ha llevado muchos miles de muertos; tal vez los últimos en la lista de terror
y muerte puedan ser los cinco jesuitas salvadoreños y el español Ignacio
Ellacuría, asesinados el 16 de noviembre de 1990 por un grupo de militares.
En este final del siglo XX de la era cristiana, la región
del planeta donde vive mayor cantidad de fieles católicos es justamente el
continente centro y sur americano. El peso específico de la vieja Europa en el
mundo cristiano, de la pontificia Roma en el caso este de la comunidad
católica, se contrarresta con la pujante actividad de millones de creyentes
jóvenes americanos, que aún conservan un cierto talante misionero, que tienen
por líderes a curas y obispos no tanto administradores apostólicos como
apóstoles en ejercicio.
La iglesia católica debe
gran parte de su eternidad fundacional a la invención de la imprenta, porque
gracias a ella el texto de los Evangelios permanece al alcance de todos y puede
ser leído una y mil veces, interpretado libremente por cada lector creyente o
no creyente, dogmático o no dogmático. La doctrina predominante de la Iglesia
respecto a las cuestiones mundanas ha variado notablemente a lo largo de la
historia. Partiendo, por no ir más lejos, de finales del siglo XIX y hasta este fin del XX hay
varios documentos oficiales que estrechan los lazos de unión entre la ideología
del Vaticano de Roma y la de la sociedad más próxima a la iglesia católica.
Otros, sin embargo establecen notables discrepancias. La encíclica Rerum
Novarum de León XIII está plenamente imbricada en el ambiente social (Época
de profunda transformación) que precedió a la Revolución de octubre; pero por
principio es contraria al socialismo como solución política. “El Evangelio es
la única doctrina que resuelve por completo el conflicto social”, viene a
declarar, dogmático, Pío XI (Quadragesimo Anno; 401 aniversario de la Rerum
Novarum); es la primera de las llamadas de atención que, en los tiempos
modernos, Roma hace a quienes están dispuestos a liberalizar el pensamiento
cristiano. El buen hombre–Papa Juan XXIII reinvoca la Rerum Novarum con
otro estilo, el que debe inspirar la conciencia cristiana para con los pobres y
las clases obreras, el que debe existir entre estos y los poderes políticos y
económicos. Los obispos que callaron su disconformidad con el Concilio Vaticano
II (Gaudium et Spes, aprobada en el Concilio por 2.309 votos a favor, 75
en contra y 10 nulos), al paso del tiempo son quienes han frenado aquel
exultante acelerón progresista de la iglesia; quienes a diferencia de Lefevre
dijeron en voz baja sus discrepancias, por temor a desentonar en el coro que
todo el mundo se puso a aplaudir, son los que ahora critican la sociedad
europea del bienestar, condenando el divorcio, los modernos sistemas de control
de la natalidad, el aborto y la libertad sexual, tachando de amoral y hedonista
una clase social que reclama democracia auténtica, justicia y honradez.
“Alegría y esperanza”, así se llamó el clamor del Vaticano II, y “ Luz de las
gentes”, porque al fin esa Iglesia declaraba nulo el abismo de separación
histórica entre sí y el resto del mundo, entre lo divino y lo humano, entre lo
temporal y lo eterno, entre lo sagrado y lo profano, entre lo civil y lo
eclesiástico; y lo mundano dejaba de ser pecado por definición. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón... La Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia.
(Gaudium et Spes.
Roma, 7 de diciembre de 1965).
El documento conciliar Gaudium
et Spes se llama Constitución, nombre en el que se puede ver una clara
intención refundadora de la Iglesia de Cristo. En este sentido, y en otros, el
Vaticano II significa una verdadera revolución en su Iglesia; que esa
revolución sea revisada posteriormente es otro cantar. Siempre hay un retoma de
la Rerum Novarum (la Quadragesimo Anno lo hace en la primera
ocasión, a los cuarenta años de la Rerum Novarum; la Octogesima
Adveniens, en la última de Pablo VI), porque es anterior al Concilio y
parece ser, por ello, menos discutible, menos controvertida; las decisiones del
Concilio son votadas, la encíclica no; el Concilio tiene opositores declarados.
Inmediatamente después del Vaticano II, Pablo VI se pone a trabajar de acuerdo
con él y reclama el valor de la Rerum Novarum, con toda la fuerza
renovadora que ésta ya poseía. Entiende este Papa que si importante es la
Iglesia como empresa sobrenatural, no quiere él dejar en la sombra las
esperanzas religiosas sobre el plano concreto de la vida humana. Pablo VI habla
como si continuara escribiendo el Evangelio: “ Los pueblos hambrientos de la
tierra interpelan con acento dramático a los pueblos ricos”. Hay que hacer
notar que en la Constitución Gaudium et Spes no consta la condena que
algunos obispos conciliares deseaban que la Iglesia hiciera oficialmente al
comunismo. Pablo VI crea la comisión pontificia Justicia y paz, publica la
Populorum Progressio e inserta oficialmente, definitivamente, la política
eclesial católica en la política laica, en la política universal. Presenta su
encíclica a la ONU, a la UNESCO, a la FAO, y la mayor parte de los gobiernos e
incluso de las instituciones financieras de todo el mundo se interesan por ella
y la tienen en cuenta. La consecuencia es que la Iglesia ha tomado partido
político en la sociedad que le es contemporánea, y que, dentro y fuera de ella,
va a tener partidarios y adversarios.
“El desarrollo de los
pueblos, muy especialmente el de aquellos que se esfuerzan por escapar del
hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas, de la ignorancia ...., es
observado por la Iglesia con atención. Apenas terminado el Concilio Vaticano
II, una renovada toma de conciencia de las exigencias del mensaje evangélico
obliga a la Iglesia a ponerse al servicio de los hombres para ayudarles .... y
convencerles de la urgencia de una acción solidaria en este cambio decisivo de
la historia de la humanidad”.? (Populorum Progressio. Pablo VI. Roma,
26 de marzo de 1967).
Y en pleno pontificado
de Pablo VI, en 1971, acontece uno de esos hechos que son peculiares de la
llamada Iglesia postconciliar. Naturalmente que está localizado en América, en
pleno corazón de los Andes[xxviii] (4).
Del 12 al 16 de abril se
celebró en Quito la SEGUNDA CONVENCIÓN NACIONAL DE PRESBÍTEROS, que tuvo como
tema central “EL PAPEL DEL SACERDOTE EN LA LIBERACIÓN DEL Ecuador”. Los
presbíteros se creyeron con el derecho a turbar la “siesta pastoral” de los
señores obispos.
Tuvieron la “feliz
ocurrencia” de invitar para esa convención a los obispos en su condición de
presbíteros...Unos obispos tomaron tal invitación como una broma de mal gusto y
otros se consideraron algo así como “degradados”.
Lo realmente
significativo es que el único en aceptar esa invitación fue Leónidas Proaño,
obispo de Riobamba.
Y trató nada menos que
del tema candente: “La Iglesia ecuatoriana y el orden establecido”. Con su
habitual claridad y valentía habló de esos tres modelos de iglesia: La iglesia
conservadora, la iglesia desarrollista y la iglesia liberadora. La iglesia
conservadora, para conservarse a sí misma, tranquila y tranquilizadora, aliada
de los gobernantes de turno, se reduce a conservar unos dogmas intocables, unos
mandamientos, y, sobre todo, unos ritos y fiestas religiosas que no comprometen
con nada ni con nadie. La iglesia desarrollista, avergonzada de que la tilden
de conservadora disimulada y aliada del orden establecido, se reduce a poner
remiendos de tela nueva en su vieja técnica y a colaborar con el gobierno en
tapar algunos pequeños baches en el camino difícil del progreso. La iglesia
liberadora, tratando de ser fiel a Cristo y al pueblo, se libera de toda
alianza con los dominadores de turno, anuncia la Buena Nueva del Evangelio
(subversivo del llamado orden establecido), denuncia así las injusticias y,
así, desata un proceso de liberación.? A Pablo VI sucede un Papa tan
extremadamente bueno que sube al cielo a las pocas semanas de iniciar su pontificado.
Hijo de familia humilde, el padre es un militante socialista italiano.
Hoy, tres décadas
después del Concilio, la alta burguesía de la jerarquía católica romana se ha
hecho una clase política tan compacta y conservadora que está dispuesta a
decretar excomunión lo mismo a Monseñor Lefevre que a los teólogos de la
liberación.
En la otra sociedad
opulenta de Occidente, la de América del Norte, los líderes de la Iglesia,
mientras que Roma se ocupa en excomulgar a disidentes (de 1985 á 1990),
reflexionan y critican la política económica de los estados poderosos de la
tierra, que gobiernan olvidando intereses de amplios sectores de la población,
la gran masa de pobres que viven en los países ricos. El desinterés por los
pobres en los Estados Unidos ha crecido hasta situarlos en el terreno de la
ignorancia oficial; en el país más antisocialista del planeta, los obispos le
proponen al gobierno medidas de socialización de la economía y el trabajo.
“Democracia económica para todos, porque de no ser así no habrá verdadera
democracia”. La política económica que deciden las naciones poderosas
sacrifican el doble de la pobreza en los necesitados antes de bajar un punto en
el confort de las clases ricas, dejando que esa pobreza descienda a la
indignidad, llevando a los pobres hasta una clasificación definitiva de
desposeídos, descastados y excluidos categóricamente de la vida activa,
sentenciados a eliminarse espontáneamente por su inercia de pobreza. Un
individuo clasificado como pobre pierde, con ese título, su vínculo de
participación social, congela su desarrollo cultural, anula su voto porque,
indocumentado y sin domicilio, no vuelve a votar jamás y deja de asistir, ni
siquiera como miembro de un grupo, a ningún movimiento social detectable; su
única actuación social tenida en cuenta por la ley lo es de forma negativa; el
delito, cuando lo comete. Los países desarrollados no reconocen la mendicidad y
el pobre, por ello, el indigente, actúa apartado substancialmente de la
sociedad. No se dará en ningún país una democracia real mientras que, por
procedimientos de su política económica, cree y mantenga bolsas de pobreza.
De las postrimerías de
la Edad Media hasta hoy, la única parte del mundo occidental en que la iglesia
católica ha convivido de forma permanente con los ricos y con los pobres ha
sido en América. Las mismas disposiciones políticas de la conquista y de la
colonización, y las espontáneas de ésta, decretaron como indispensable la
presencia de un estamento religioso secular entre conquistadores y conquistados,
entre colonos e indígenas, entre dominadores y dominados; no es casual, por
tanto, su situación, en la que permanecen hoy, entre los ricos y los pobres. En
cierto modo, ese destino, que al principio fue misionero, quedó
institucionalizado por el poder político. Pero en la América central y del sur,
donde una gran población indígena sobrevivió a la conquista, las clases
dominantes no han sido capaces de incorporar a los antiguos americanos y sus
descendientes a la civilización del desarrollo. Ello hace que persista una gran
masa social económicamente improductiva, políticamente relegada y culturalmente
aislada.
De no haberse celebrado
el concilio Vaticano II, la Iglesia católica de América podría muy bien ser
hoy una iglesia segregada de la romana oficial; incluso con un polaco, un
socialista del Este, en el solio pontificio. Esa iglesia americana no se
hubiera, de ninguna forma, inhibido de la lucha mantenida en El Salvador, ni en
Nicaragua, Chile, Brasil... Entre cristianismo y revolución no hay contradicción
(lema famoso en la revolución antisomocista nicaragüense). Sin embargo, de no
existir el espíritu del Vaticano II esa contradicción, además de darse,
resultaría insoportable.
Cosecha del Vaticano II
son Ellacuría y sus compañeros, los Boff, Casaldáliga, Gustavo Gutiérrez y su
teología de la liberación?[xxix] Y el
documento de Medellín, el de Puebla, y el de los 293 obispos católicos de
Estados Unidos. ¿Pero cómo son estos curas que con tan especial interés asumen
su compromiso social para con los ciudadanos que les rodean, que son su pueblo,
su país, sus parroquianos, su gente? ¿Son recién iniciados, novatos
entusiasmados con la misión encomendada, resentidos por malos tratos, mecenas,
ricos generosos, desposeídos que no tienen nada que perder, atletas, enjutos
filósofos, solterones enamorados de los parroquianos? ¿Son una secta de
guerrilleros dentro de la iglesia católica americana? ¿Tienen una condición
física especial, un aspecto concreto y uniforme? ¿Tienen una quintaesencia
espiritual particular que se puede discernir de la común espiritualidad
sacerdotal?
En su reportaje de
prensa que recuerda la caída del dictador Pérez Jiménez en Venezuela, García
Márquez dibuja uno por uno todos los personajes que él mismo saca a la
escena :
El Arzobispo Rafael Arias
era un hombre con el carácter más común de los venezolanos, cadencioso en su
acento al hablar, con modales pausados y suaves, con temperamento apacible,
pero instruido, culto, actualizado en los aconteceres mundiales y, además,
osado, con paciencia, con coraje como para arriesgar posiciones personales, de
prestigio ante las mayores autoridades de la Iglesia, en favor de quienes son
oprimidos. Treinta y dos años más tarde, otro jerarca católico repite en
Centroamérica el aplomo que un gran cura puede tener trabajando por la
justicia, negociando condiciones de rendición para un Noriega bravucón, astuto
y forrado de dólares; es el nuncio en Panamá, Sebastián Laboa que trae al
general Noriega a su nunciatura, sin escudarse en los tanques USA, y lo vence con
la mejor de las diplomacias acabando con las muertes en ese Panamá que se va a
hundir sobre el canal.
El obispo Moncada, otro
de los personajes de García Márquez, es el rector de la amplia barriada
caraqueña del Chacao; un hombrón más que maduro, echado en carnes, que muy bien
podría tener esos ademanes tópicos de los obispos acariciando satisfechos, con
manos regordetas, el crucifijo sobre su pechera, pero que, muy al contrario,
con oración de ofrecimiento y de apremiante exigencia, denotaba con sus gestos
una personalidad seria, segura y con preocupaciones en sus manos, en sus
palabras y en su corazón. Y los curas que son jóvenes son además emprendedores,
cultos, imaginativos, como José Sarratud, otro párroco de aquel Caracas,
profesores universitarios como el jesuita Ellacuría, capaces de hablar y
entender el mismo leguaje de los universitarios, los obreros de cualquier sexo,
los padres y madres con más hijos que plata, capaces en definitiva, de entender
cuanto les rodea.
Pero la característica
más importante de los curas comprometidos en la lucha por la justicia social,
contra la injusticia propiciada por los poderes políticos, es su seglarización,
abstrayéndose no solamente de sus prerrogativas (?) inherentes a la condición
eclesiástica, sino de las costumbres propias o exclusivas del cura de almas
para ampliar su ministerio en todo lo humano. Mirado desde el punto de vista
del represor, cuando llega el caso, esto no es más que una “intromisión en
asuntos que no le incumben al cura”, ese cura que no se queda en la sacristía y
que va más allá de su confesionario; por el contrario, con una mayor amplitud
de miras, puede decirse que estos ministros de Dios están haciendo de lo que es
este mundo parte importante del reino de su Señor. Y esta puede ser la cualidad
constante que los define.
Si la seglarización de
los curas abunda en el clero americano más que, por ejemplo, en el europeo,
habrá que buscar explicaciones más allá de lo que es la proletarización o
izquierdismo de una minoría de religiosos, aunque se trate de una minoría
copiosa. Por supuesto, es hablar de seglarización en el sentido de tendencia de
los clérigos a mezclarse con sus feligreses seglares y parecerse a ellos. Para
acercarse tanto las dos partes es necesario que el movimiento de aproximación
venga de ambas y no de una sola, que sean los curas y los no curas los que
facilitan o previenen dicho acercamiento. Quizás sea en la religión, más que en
cualquier otra faceta de la sicología india, donde el antiguo indígena de
América y el antiguo extranjero de Europa se comunicaron más, se entendieron
mejor y se aceptaron con menos reticencias. Cuando europeos y americanos se
encontraron por primera vez, estaban ellos más cerca del paraíso terrenal
original que nosotros? ¿Ha sido el indio
tan sincretista en lo religioso como lo es a partir del 1492, año en que se
bautizan los primeros indios puros en el monasterio extremeño de Guadalupe? Es
evidente que el sincretismo religioso indígena contribuye a acercar su cultura
hacia la iglesia católica y son los misioneros jesuitas del Paraguay, aquellos
que ven con prontitud y claridad este acercamiento, los que consiguen preservar
ambas cosas y mantienen entre ellas la convivencia durante un tiempo histórico,
el y suficiente y sobrado para probar que era posible y fructífera esa
convivencia.
Pero, volviendo a los
curas actuales, ocurre que sus manifestaciones están con frecuencia en el borde
de la legalidad del poder político, y esto crea una dinámica muy peculiar en
los acontecimientos.
Es la Iglesia Católica
una institución de prestigio histórico, asentada además en un poder que fue de
primera magnitud y que sigue siendo de gran influencia en las naciones. Cuando
un religioso entra en la escena social a jugar un papel relevante, su actuación
coincide en el lugar o en el tiempo con la de un jefe político, con la de una
administrador o un ejecutivo del gobierno, y puede colisionar bruscamente con
ella. En opinión del ministro del interior de Pérez Jiménez, la pastoral de
Arias era una réplica al discurso presidencial en el Congreso, el 24 de abril
de aquel año 1957. Era un caso especial o por lo menos concreto. Pero,
generalizando, puede fácilmente constatarse que para la clase popular
americana, sobre todo esa más cercana a las raíces indígenas, que tiene poca
actividad social, que se comunica con grupos poco numerosos y que en su
conexión a larga distancia, con otros grupos sociales, no llega más allá de
escasos aparatos de radio o de TV y algún que otro periódico, su asistencia a
la convocatoria de un cura o un fraile viene a ser una congregación social y no
solamente una congregación religiosa, porque es en esa circunstancia donde se
entrega una mayor información a esos ciudadanos de los ranchitos de arrabal o a
esos campesinos de las montañas, de la Pampa, del Chaco, o de las extensas
zonas rurales de los territorios amazónicos, por ejemplo. En torno al cura se
reúne pues una población que tiene pocos otros motivos para reunirse. En un
gran ámbito rural americano el cura convoca y reúne tanto como el político, o
más; es, por tanto, de pura lógica estadística que a partir del movimiento
religioso–social broten prístinas inquietudes políticas en las comunidades y en
los individuos, que, a poco cultivadas que sean, produzcan movimientos
revolucionarios y líderes entre los curas y entre los feligreses. Y la
consecuencia última de esta dinámica misionera, de apostolado, o simplemente
parroquial, es que la doctrina social de la iglesia amplíe su contenido, la
doctrina en que estos evangelizadores se forman y que acaban por predicar y
defender con ardor comparable al que ponen en defender la otra, la canónica, la
aprendida en seminario tal vez europeo o urbano–burgués. La teología de la
liberación? es el resultado del desarrollo de la teología universitaria, llevado
a cabo por cualquier párroco en el medio social de su ejercicio parroquial.
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NOTAS [xxviii] Se reproducen literalmente aquí dos columnas de un folleto editado en Ecuador, por la CEDIS–FEPP, MONSEÑOR PROAÑO, Luchador de la paz y de la vida”, teniendo en cuenta la limitada difusión que alcanza dicho folleto y que bien vale la pena ampliar por la importancia de su contenido. También el estilo del escrito es destacable. El autor del escrito es Mons. Agustín Bravo. Es ocho años antes de la Conferencia de Puebla; en ella tiene Proaño una actuación destacada, en la de Medellín y en el Vaticano II. [xxix] Afirmación hecha en el sínodo episcopal de 1985, en Roma, por el secretario de la Conferencia Episcopal Brasileña, Ivo Lorscheisder: La teología de la liberación fue un fruto del concilio, y no solo de algunos teólogos o de los más audaces, sino de toda América Latina. En este sínodo la teología de la liberación es tema de ardua discusión; en torno al ya avanzado pontificado del papa Woytila ha crecido un poderoso bloque conservador que amenaza con la excomunión a Leonardo Boff y otros teólogos como él.
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