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El cargo político y el religioso se
interesan mutuamente porque uno y otro ejercen su función sobre la ciudadanía,
de una forma concreta, en orden a su pensamiento, sus ideas, sus costumbres y,
en definitiva, a su comportamiento. El cura se implica en la relación que el
ciudadano tiene con los poderes públicos y privados, con el estado y con los
particulares que deciden sobre otros particulares. No es, por tanto, la vida
contemplativa de los curas lo que interesa a las autoridades políticas; es la
labor social, el compromiso “terrenal” de su “profesión”, el traspaso o
ampliación del “ministerio divino” al ministerio humano. Y depende de la
magnitud de la controversia que se de entre la política y la iglesia, ésta será
tratada de una u otra manera, perseguida o reprimida más o menos enérgicamente.
No es castigado el cura por ser cura sino por estar con el pueblo en contra del
perseguidor (no se castiga a la iglesia por serlo sino por estar con el pueblo
a quien se está castigando).
Los castigos a la clase
obrera, militar, intelectual o religiosa son de índole particular,
personalizados, inherentes a la condición de cada uno, cuando se trata de un
castigo calculado, correspondiente a una contienda declarada. En cualquier tipo
de enfrentamiento puede darse una clasificación similar y vale para el caso de
una dictadura política.
García Márquez describe
con un matizado dramatismo, en el artículo aludido al principio de este
capítulo, todo el proceso de la captura, entrega y castigo del Arzobispo Rafael
Arias a manos del Ministro del Interior perezjimenista. Se propina primero la
humillación al jerarca religioso: “Me di el gustazo de hacerle esperar al Arzobispo
durante hora y media”; de esta forma es desconsiderada la reverencia a la
dignidad eclesiástica, aunque sea un tratamiento social y políticamente
reconocido; se le acusa, a continuación, de los mismos cargos que si fuera un
civil seglar opuesto a la dictadura: “Conspirador”; se le encierra para
impedirle “seguir conspirando” y, si no es ejecutado, se hará lo necesario para
apartarle de su función, del apoyo y la autoridad oficial de su iglesia,
borrando de él, de esta manera, la mayor parte del peligro que representaba; ya
solamente falta sustituirlo por un cura que pueda ser afín al régimen; la
operación quirúrgica de tipo policial está concluida. Pero si el enfrentamiento
se da en el marco de un levantamiento armado que está ya en marcha, el castigo al
religioso que figure en la lista de perseguidos será la eliminación
total : Monseñor Oscar Arnulfo Romero y de los jesuitas de la Universidad
de León, en el Salvador, con Ignacio Ellacuría a la cabeza.
Vistas así las cosas
resulta claro que para librar la batalla política contra la iglesia que se
opone a la dictadura, ésta no presenta el ataque a la iglesia en general sino a
la parte de ella que tiene enfrentada.
Sólo raramente un
gobernante latinoamericano es nacido en una familia que no tenga profunda
raigambre cristiana; los mestizos, la clase dominante en el entorno político,
económico y social, e incluso religioso, en todos los terrenos, pertenecen por
generaciones a familias de “buenos cristianos”; es decir, cristianos
tradicionales. A partir de ahí el carácter del político puede diverger entre
demócrata o dictador o absolutista de izquierdas o derechas.
Con Gabriel García
Moreno (Guayaquil, 1821 - Quito, 1875, asesinado) puede establecerse el
paradigma de todas las incongruencias: Católico – liberal – conservador –
insurgente – dictador absolutista – ilustrado eficaz – “mártir y verdugo” –
libertador – opresor – racista – integrador. Su catolicismo poco menos que
fanático, piedra angular de su pensamiento político, mientras detenta el poder,
va acompañado de las más violentas represiones y censuras a una gran parte del
clero ecuatoriano y a alguno que otro representante de la Santa Sede.
Las últimas dictaduras militares
chilena y argentina son católicas confesantes y, a todas luces, practicantes.
El general Augusto
Pinochet ostentó siempre su comunión, su participación en el más sagrado
misterio católico, el de la eucaristía; fue, sin embargo, también ostentoso,
evidente, su enfrentamiento con la vicaría en la capital, Santiago de Chile,
por el refugio que en ella se prestaba a los perseguidos políticos. Si los
contrincantes políticos y eclesiásticos llegan al forcejeo verbal, si hay lugar
a ello, de persona a persona o través de los medios de comunicación, se entabla
la dialéctica acostumbrada a base de analogías religiosas, invocando por la dos
partes sus sagradas razones. Por lo general el político opresor es de derechas
y el cura atacado recibe la calificación de izquierdoso o comunista sin rodeos.
Es bien conocido. Pero a veces el frente eclesiástico opositor es tan amplio
que sobra valentía para, abiertamente, colocar a Dios en ese partido. En el
final de la dictadura de Pérez Jiménez en Venezuela (hecho que ha inspirado
este pequeño ensayo, a base del reportaje escrito por García Márquez) la
oposición de la iglesia católica era tan generalizada que no dejaba lugar a
dudas de si Dios estaría o no en esa oposición al régimen del dictador. La
revista La Religión está dirigida por un joven sacerdote de Caracas que
en la insurrección militar de la fuerza aérea de Maracay es acusado
directamente de incitación a la rebelión contra el gobierno[xxx]; el
obispo Moncada “encabeza la lista de los autores morales del cuartelazo”.
Esos curas se pasaron
dos semanas encerrados; estaban acusados de golpistas. Porque la postura
mantenida por este pelotón de curas luchadores no corresponde solamente a una
toma de conciencia político–social, ni solamente a una oposición frontal al
gobierno, ni solamente a tomar partido abiertamente con la población que presenta
una batalla civil a la dictadura, no solamente es, en definitiva, ponerse a
favor del pueblo y en contra del gobierno que ha usurpado su soberanía; es una
lucha organizada, concienzuda y tenaz, para hacer que el gobierno caiga,
denunciando lo que el pueblo denuncia y difundiendo el llamamiento a
derrocarlo, socavar la falsa autoridad del dictador.
Además de la
participación personal de los curas en la lucha activa por la justicia social y
por la democracia, hay que prestarle atención a la prensa católica que a simple
vista –en esos momentos de crisis– parece dirigida más por políticos de la
oposición que por los curas o los obispos. Y no es el caso de una prensa de la
Iglesia que critique la actuación de un gobierno por ser de una determinada
tendencia política, hacia la izquierda o hacia la derecha. Los adversarios
políticos de Pérez Jiménez estaban en el exilio: Rómulo Betancourt, Rafael
Caldera, Jóvito Villalba, Gustavo Machado, Raúl Leonia, y otros; difícilmente
ellos podían dirigir la prensa contra Pérez Jiménez.
Mientras la Iglesia
hacía una prensa de oposición desde sus revistas, el gobierno utilizaba otros
periódicos para replicar a los sermones y para hacer propaganda de sí mismo.
Hay otros ejemplos. El
obispo Jesús María Pellín fue miembro del comité de Libertad de Prensa, de la
Sociedad Interamericana de Prensa, y firmó una rotunda declaración contra la
censura de prensa impuesta por Pérez Jiménez.
En América la
participación de los católicos en la economía de sus iglesias es mucho más
directa que en Europa, sobre todo más que en España, donde las confesiones
religiosas están fuertemente subvencionadas por el estado. Esa participación
directa propicia un mayor dinamismo y más diversificación en inversiones,
teniendo en cuenta, además, que esas inversiones requieren menos capital que en
Europa donde todo es más caro; la mismísima Radio Vaticana tiene graves
dificultades financieras para sobrevivir en estos momentos, mientras que en EE
UU hay canales de
TV de
titularidad católica (incluso parroquiales) que se reciben en casi todo el área
de Los Ángeles, por ejemplo; las emisoras de radio católicas extienden sus ondas
a lo largo y ancho de toda América, en regiones ricas lo mismo que en regiones
pobres. La influencia de estos medios de comunicación en la opinión pública es
más que circunstancial y no se circunscribe a localizaciones o situaciones
críticas exclusivamente. Un caso notorio fue el de la emisora católica en
Managua que a la caída de Somoza salió al aire con un fuerte ímpetu democrático;
significativos jerarcas de la Iglesia habían mantenido ciertas cautelas respecto
al somocismo y los primeros sandinistas que arriban al poder no aprecian a todo
el clero por igual, expurgándolo de aquellos que no habían demostrado un patente
antisomocismo; hay sacerdotes que entran en las primeras filas sandinistas;
Ernesto Cardenal forma parte del gobierno como ministro; otros, de más alto
rango eclesial, como el Arzobispo y después Cardenal Obando y Bravo, son mirados
con cierto recelo y, erróneamente, menos valorados; error que se evidencia en
las primeras elecciones del gobierno sandinista y pone en apuros alguna de sus
candidaturas: El peso de la opinión de su eminencia Obando y Bravo, a través de
sus medios de comunicación, es mayor de lo calculado por los líderes
sandinistas.
Como idea general vale
la de que no hay una adscripción rotunda de los sacerdotes a una determinada
opción política –opción con siglas de partidos–, sencillamente porque este
clero no es candidato político en ninguna confrontación electoral. En otras
regiones del mundo, en torno a la Iglesia o a determinados sacerdotes–líderes
se han formado grupos organizados que ejercen un gran poder social, no sólo en
lo relativo a un comportamiento moral sino en medios tan disímiles a la moral
como los financieros, políticos o empresariales. El clero americano que lucha
lo hace no por conquistar poder sino contra la opresión que el poder dominante
pueda ejercer. El que los religiosos lleguen a posiciones de verdadero
liderazgo en el medio social en el que desempeñan su función, no es garantía,
sin embargo, para que en el caso de desempeñar un cargo político lo hieran con
igual éxito y provecho; es de agradecer que no cundan los ejemplos de
incorporar a clérigos a la administración pública de los estados o los
municipios u otros estamentos políticos, ni siquiera como legisladores.
Haber pasado rápidamente
por el tema de las misiones jesuitas en el Paraguay, no es porque parezca
carente de interés o desapetezca detenerse en ello; muy al contrario, es esa
una cuestión sumamente atractiva desde muy diversos puntos de vista.
Desde luego sí es
preciso traer a colación las misiones, por muy trasnochado que resulte para
algunos, al menos por citar opiniones de ciertos autores que merecen un gran
respeto[xxxi]. Los
dos extremos históricos de la misión, el del principio de la colonización y la
misión moderna, pueden clarificar algo de lo que es la implicación política de
la Iglesia americana como institución, no como hechos circunstanciales ni
personas concretas.
Por lo que se refiere al
principio de la misión hay que recordar que llegan los jesuitas a las colonias
hacia 1602[xxxii],
con el padre Ferrer, 88 años después de la conquista. Llegan los jesuitas
cuando ya de las poblaciones indígenas se han borrado la mayoría de los
asentamientos y los indios viven dispersos, porque la dispersión y la huida por
la selva son el remedio para esconderse de los blancos.
En cuanto a los patrones
de poblamiento en la selva, fue la reducción la que echó por tierra los
esquemas tradicionales indígenas, determinados fundamentalmente por su
ecología. La justificación para romper estos patrones, la encontramos en muchos
testimonios. Juan de Velasco, jesuita historiador ecuatoriano, nacido en
Riobamba,
siglo
XVIII, dice
de las misiones de los Maynas: Ninguna tenía chico ni grande. Todas divididas en
tribus muy separadas.... Como el objetivo era evangelizar, y no se podía hacerlo
por separado, se determina “reducirlos” a pueblos para la prédica. Las
reducciones constituyeron las llamadas parroquias eclesiásticas (Capellanías)
que luego hicieron posibles las parroquias civiles, dentro del ordenamiento de
la división política territorial en Ecuador. La reducción es el germen de los
poblados actuales; inclusive inspiró la creación de algunas urbes. Iquitos, hoy,
por ejemplo.
“Los jesuitas dejaron
normas precisas sobre todo lo que debe hacerse en relación a los valores
culturales del hombre indio, ... En los puntos en que sus costumbres no se oponen
a la religión o a la justicia, no es conveniente cambiarlos, antes al
contrario, retener todo lo paterno y gentilicio, con tal que no contraríe a la
razón.... No conviene hacer españoles en todo, porque, además de ser muy
difícil y que será ocasión del dexarlo, es gran prejuicio para su govierno y
república de ellos”[xxxiii].
Con la conquista quedan
sentadas condiciones que son anteriores a las misiones y en las que éstas no
tienen mérito ni culpa. Las reducciones se crean porque las antiguas
poblaciones indígenas han desaparecido antes.
En cuanto a la misión de
los tiempos modernos no dista mucho de ser como la primitiva; aunque la
comparación exigiría una explicación mucho más amplia, sea, al menos como
expresión de una opinión personal. Es hablar, en todo caso, de la misión
consolidada.
Nuevamente será Ecuador
la localización del ejemplo, aunque podría ser en cualquier otra república.
Lo que queda de población indígena es mayormente el campesinado. A veces esto se utiliza so pretexto de minimizar la cuestión indígena y reducirla a la cuestión campesina meramente; lo cierto es que en parte se da la coincidencia y ésta con una tercera, la de la pobreza, en ese lugar y esas gentes. La población indígena, autóctona y pura de América, tiene una necesidad perentoria de encontrar la fórmula de incorporarse a la civilización actual, conservando sus características históricas propias, sus valores culturales, que, de perderlos, estarían perdidos para toda la humanidad. En este sentido la Iglesia de las regiones con mayor población indígena está realizando una labor que va más allá de la puramente religiosa, entregando al indio los medios para sobrevivir frente a una sociedad que, en niveles de producción y consumo, está a cinco siglos distante de la suya; o el indio hace un acopio cultural y material suficiente para introducirse plenamente en la sociedad de su país o sucumbe para siempre; porque no es posible que un ser humano se mantenga vivo en un museo. De este reconocimiento a la labor de la Iglesia habla la Asamblea General de las Naciones Unidas cuando, al conmemorarse los 40 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos, entrega un Premio Especial póstumo a monseñor Leónidas Proaño, obispo de Riobamba, expresando que “dedicó su vida a luchar por la promoción y defensa de los derechos humanos de la población indígena en un área donde la conducta tradicional de los terratenientes le había causado inexplicables sufrimientos”. Por esta labor, Leónidas Proaño (citado ya en este capítulo) fue alguna vez encarcelado y casi siempre perseguido (desempeña su prelatura durante la presidencia de León Febres Cordero en Ecuador. Muere en 1988).
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NOTAS [xxx] “Con el régimen que ustedes tienen en Venezuela, casi todo el mundo los odia y los detesta”. Cuando era feliz e indocumentado, Gabriel García Márquez; ob. cit pág. 43. [xxxi] Queda hecha una observación en la introducción de este libro respecto al esnobismo antiespañol, contra la celebración de 1992, del que alardean muchos personajes y clubes de moda en Sudamérica. Falta algo fundamental en esa postura y es que se ve demasiado extrovertida como para considerarla auténtica; todos los razonamientos que la componen son excesivamente parciales; hay demasiadas acusaciones dirigidas en sentido equivocado y muchos son los que piden perdón por lo que no han hecho, con la intención, quizás, no de ser perdonados sino premiados; lo antiespañol y lo anticlerical suelen coincidir en este caso. Para ellos, el tiempo dirá si el oportunismo les rinde tanto provecho como esperan. [xxxii] Alfredo y Piedad Costales, Amazonía, Ecuador, Perú, Bolivia. Pág. 183 y siguientes. Mundo Shuar. Quito, 1983. [xxxiii] Procuranda jesuita, Libro III, Cap. 24. Citado por Costales en la Ob. Cit.
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