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3.1 Documento de
García Márquez
Después de ocho años,
nueve meses y once días sin elecciones, el pueblo colombiano volvió a las urnas
para reintegrar un congreso que fue disuelto el 12 de noviembre de 1949, por
orden de Mariano Ospina Pérez, un presidente conservador que antes había sido
un discreto millonario. Este acto de fuerza inició, a las 3,35 de un sábado, un
período de tres dictaduras sucesivas que aún están costando al país 200.000
muertos y el más grave desajuste económico y social de toda la historia. La
implacable persecución armada contra los liberales desfiguró la realidad
electoral. El absolutismo de Rojas Pinilla acabó con las elecciones. Ahora, con
una Junta Militar de cinco miembros que se comportó como un árbitro
absolutamente imparcial en un ambiente de garantías sin alarde de fuerza, la
opinión colombiana fue sometida a una honrada contabilidad.
En Bogotá, donde
llueve 360 días al año, el sol no desapareció un solo instante ese día.[xxxv]
Esta es una crónica del final de un
dictadura, la colombiana de Rojas Pinilla; crónica contenida en la feliz
documentación de García Márquez acerca del acontecer político americano. Pero
esta dictadura es especialmente interesante en el archivo de García Márquez
porque durante ella fue precisamente cuando Gabriel tomó la pluma para hacerse
cronista y maestro de cronistas, unas semanas después del cruel “bogotazo”,
terrible jornada de violencia en Bogotá, donde perdió la vida el líder liberal
Jorge Eliecer Gaitán.
Si no fuera por las
terribles consecuencias de sus convulsiones, la vida política de Iberoamérica
es tan apasionante, tan cautivadora de emociones y tan rica en argumentos,
enigmas, conjeturas, romanticismos, utopías, sensacionalismo, aventuras, tan
rica en contenido y en matices, que cualquier escritor, principiante o avezado,
la tomaría siempre por afición suprema, por fuente de inspiración, y no pararía
en elogios a su ubérrimo manantial literario.
Quiere con ello
justificarse el autor para meterse en el tema; por esa razón; porque es una
tentación invencible. Pero esta pasión que a los españoles nos domina, a los
hispanoamericanos los devora; y, a decir verdad, este fenómeno tiene mucho de
festín pantagruélico en el que la voracidad acaba con todo, engullendo ese todo
a las partes y viceversa, conduciendo la gula sin freno a una deglución
grosera, a los estertores de un empache generalizado y a la indigestión de la
política y de la crítica de esa política cuando no ha sabido resumirse con sano
juicio.
Desde finales del siglo pasado, cuando los más
importantes periódicos del mundo empiezan a ejercer un gran poder de influencia
en la opinión pública, hay varios casos, históricos, en los que la prensa ha
apuntalado a potencias políticas en ruina y ha hecho tambalearse a otras que se
mantenían con aplomo. La prensa de América del Norte sabe organizarse como un
ejército, lo ha demostrado; incluso formando escuadras, en ocasiones, de fuerza
de choque o especializadas en ataques contundentes, no siempre independientes
de otras fuerzas ajenas a los medios de difusión. Los periódicos de la América
Latina –más concretamente, de los países al sur de México– tienen
características que los hacen substancialmente diferentes a los del norte.
Habrá profundas y amplias tesis al respecto; pero aquí, en este momento, una de
esas características tiene suficiente importancia para resaltarla sobre las
demás: Esa prensa es sumamente crítica, constantemente; refiere siempre la
actualidad política de una forma vibrante, trepidante, se puede decir. Unido
ésto al hecho de que la historia política de Sudamérica es sobre todo una
historia de proyectos políticos más que de realidades duraderas, el ritmo al
que la vida en los periódicos se mueve es tan vertiginoso como el movimiento de
sus rotativas al imprimirlos; a veces da vértigo; realmente. El gran colectivo
de psicoanalistas argentinos debiera psicoanalizar la prensa. ¿ Qué razones de
personalidad compleja le afloran del subconsciente para ser siempre, en su
comportamiento, más que nada, exacerbados? Mucho en ello está heredado de la
fogosidad latina y mucho, también, añadido por contraste con la mansedumbre
indígena; siempre aparece este pliegue en el manto social latinoamericano.
Quienes dirigen los medios de comunicación escrita no son, desde luego,
indígenas.
Centro mi recuerdo
argentino en dos fechas separadas por doce años, del 1976 al 88; doce años para
ponerse a temblar; no es tiempo real lo que hay entre esas dos fechas, es
tiempo en forma de huracán, extradimensionado.
En el invierno argentino
del 76, en Buenos Aires, en muchos enclaves de la ciudad, había carteles con
advertencias como ésta: “No detenerse aquí. El centinela puede disparar sin
previo aviso”.
En el verano del 88, los
muros más grandes del gran Buenos Aires estaban entintados con proclamas de las
Malvinas son territorio argentino; y esas Malvinas, ese territorio
argentino había sido perdido ya en una guerra a flechazos de Exocet y de
arqueros aeronavales ingleses; se inicia el gigantesco sumario para el juicio
por los desaparecidos; en los sótanos del Banco Central de la República
destapan un camión de pasta de coca para el narcotráfico; un apartamento en la
ciudad puede comprarse por dos mil dólares, el sueldo mensual de un abogado en
Nueva York. En esta situación, la prensa ataca sin piedad al presidente de la
república, un presidente que fue elegido democráticamente, propuesto desde su
liderazgo del Partido Radical. La voz de Clarín y la de muchos otros
periódicos entre Punta del Este y La Tierra de Fuego se desgañitan destruyendo
verbalmente a este presidente honrado, inteligente y trabajador; los que más
hablan en todo el país, la prensa, los críticos de profesión, los voceros de
oficio, le han hurtado la palabra, lo impelen a la impotencia, lo encierran en
la ineficacia.
Desde el medio siglo XIX hasta este verano de 1988,
desde Hipólito Yrigoyen a Raul Alfonsín, contra la Unión Cívica Radical, contra
el radicalismo argentino, se han consumido ríos de tinta para hacerlo
imposible, para abusar del egoísmo y anular las aspiraciones cívicas a la
democracia, para juntar el desdén con el desdén y conseguir la “desrazón”, para
tumbar democracias y levantar castillos militares. Esta presión incesante de
los opositores y los partidarios descontentos fatigan la respiración del más aguerrido
luchador, asfixian la vida de un líder por más que millones de votos le hayan
confiado el poder y le hayan dado el aliento para emprender su gobierno. En la
dictadura es Saturno quien devora a sus hijos; en la democracia son estos
quienes ponen del revés la metamorfosis y se recrean en la tragedia de la
mitología, tantas veces reinventada por los humanos.
Ese es el baile
fantasmagórico de un siniestro personaje llamado dictadura, que da su
espectáculo allí donde se le ofrece la ocasión, hasta que un día los oscuros
argumentos desaparezcan por fin de la escena política.
Pero, por fortuna, no
todos son escritores dados a borrar lo que escriben los demás.
El primer encuentro de
García Márquez con un periódico donde empieza a colaborar tiene lugar en Cartagena
de Indias, la endiosada ciudad costera de la Gran Colombia[xxxvi].
Tiene sentido precisarlo porque fue también Cartagena quien plantó el primer
hito para una progresista democracia. Empezaba el final del virreinato de Nueva
Granada. Cartagena se declaró independiente el 11 de noviembre de 1811. En esa
misma ciudad, ciento treinta años más tarde comenzaba a ser escritor para ir
dando cuenta de todo, en relatos, en periódicos y en apuntes para la gran
novela[xxxvii].
Aquella dictadura que el
general Rojas Pinilla prolongó y endureció tanto fue una de las muchas
estaciones en que el escritor se detuvo viendo subir y bajar libertades y
constituciones.
Para hablar de la
dictadura de casi diez años, entre los cuarenta y los cincuenta, además de
seguirle al autor por los periódicos de Bogotá, Cartagena y Barranquilla (El
Universal, El Heraldo, revista Crónica, revista Comprimido, El
Nacional, El Espectador), además de esto hay que, por principio,
escuchar algo del Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, es el
inicio de El invierno:
"El invierno se precipitó
un domingo a la salida de misa.
La noche del sábado
había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que
pudiera llover.
Después de misa, antes de que las
mujeres tuviéramos tiempo de encontrar el broche de las sombrillas, sopló un
viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la
dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: Es viento de agua. Y yo lo sabía
desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la
viscosa sensación en el vientre.[xxxviii]
Yo advertí que su regocijo del día
anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa.
La noción del tiempo .... desapareció
por completo.
No se mueva de aquí hasta cuando yo le
diga qué se hace.
Pero mi padre no volvió. Dios Mío,
pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo, ahora no me
sorprendería de que me llamasen para asistir a la misa del domingo pasado."
De toda la obra de
García Márquez hasta su premio Nobel y publicación de
El amor en los tiempos
del cólera[xxxix],
hay que hacer una lectura total para adquirir el sentido adecuado con el que
percibir la sensación correspondiente a ese fenómeno llamado “dictadura”, si es
que uno no la ha sentido en sus propias carnes. Desde los relatos de Ojos de
perro azul hasta la Crónica de una muerte anunciada se nos
transmiten percepciones de eso que la dictadura produce en la persona,
eliminando el nivel de valores donde se encuentra el de la libertad, inundando
el lugar de la mente donde se forman las ideas, dislocando los razonamientos y
alterando la capacidad para medir las cosas. Revuelve las entrañas de esa
persona “ estremecida por una viscosa sensación en el vientre”. Se pierden las
coordenadas del tiempo y del espacio y en el paisaje se altera el clima y se
pone a llover, llenando el invierno todas las latitudes, todo el horizonte a la
vista, brumoso, opaco, sin quedarle a la gente más sentidos que el del tacto y
precisa ir a palpas para pasar de un instante a otro de la vida. El mundo del
ser humano queda convertido en un lodazal; otra vez un caos de barro a través
del cual la imaginación pueda llevarle al principio de los tiempos, a otra
creación. Así la historia se involuciona en cada dictadura y los pueblos
caminan hacia atrás.
En ese mismo universo literario
se encierra no solo la esencia de la dictadura sino la misma razón causal de
ella: La violenta tragedia. Está en La hojarasca y en La mala hora,
como en los reportajes de la vida real, porque a la dictadura del principio de
este capítulo precedió “el bogotazo” y el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán.
Para celebrar por su
cuenta la democracia reinstaurada, Gabriel se casa ese mismo año en Colombia. Y
viaja a poner casa en Barcelona, casi en el mismo viaje ldcido que España hace
de su dictadura a su libertad[xl].
El final de la dictadura
es el final del invierno: Ese día “En Bogotá, donde llueve 360 días al año, el
sol no desapareció un solo instante.... “ 1957.
Debiera hacerse una
fotografía realista de cada una de esas dictaduras en el momento en que
aparecen de “improviso” (?) en las repúblicas americanas. Habría que encontrar,
para ello, la forma de fotografiar a los fantasmas, porque siempre las
dictaduras llegan de una manera fantástica, encarnadas en un civil mediocre o
en un militar sin fama que se presenta con un cuartelazo. después, suplantando
parlamentos y constituciones, pretenden tomar cuerpo de ley e invariablemente
aspiran a institucionalizarse y, de una forma también inevitable, chocan al fin
con la médula del pueblo americano; una médula espinal de libertad.
Así se transfigura el
carácter de la ciudadanía, que tantas veces se acuesta libre y se despierta
apresada, que vive la Cuaresma en democracia y la Pascua en represión. El
vaivén en el que la historia de los pueblos se hace y se deshace, obligándolos,
en suma, a caminar tan despacio.
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