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3.3 Casuística de la
dictadura "No son los hombres vulgares los que pueden calcular el eminente valor del reino de la libertad, para que lo prefieran a la ciega ambición y a la vil codicia... Es una estupidez maligna atribuir a los hombres públicos la vicisitudes que el orden de las cosas produce en los estados, no estando en la esfera de las facultades de un general o magistrado contener en un momento de turbulencia, de choque, y de divergencia de opiniones el torrente de las pasiones humanas, que agitadas por el movimiento de las revoluciones, se aumentan en razón de la fuerza que las resiste. Y aún cuando graves errores o pasiones violentas en los jefes causen frecuentes perjuicios a la República, estos mismos perjuicios deben, sin embargo, apreciarse con equidad y buscar su origen en las causas primitivas de todos los infortunios: La fragilidad de nuestra especie."[xlii]
Son frases del Manifiesto
de Carúpano en el cual Simón Bolívar contesta por anticipado a las
acusaciones que compatriotas suyos le hacen ante el Congreso de Tunja, por su
actuación como dictador de Venezuela durante los once años de su gobierno.
De alguna manera la
conciencia política hispanoamericana está necesitada de superar el bolivarismo,
para reconocer, con absoluto convencimiento, las ventajas de la democracia
definitiva. El caudillaje es propio de los tiempos heroicos; la democracia, sin
embargo, no necesita de caudillos.
Con esta cita de Bolívar
finaliza un apresurado repaso por la historia republicana; pero se obsesiona la
razón buscando una lógica de fundamentos para esa constante, para ese
resultado: Dictaduras.
¿Hay un fondo moral en
las motivaciones? ¿Existen casos de conciencia en los que todos los dictadores
se amparan? ¿Hay una casuística de la dictadura? Se dan efectivamente todos
esos casos de conciencia en los que objetivamente se consagra el ardor del
golpista y a los que se aferra el dictador para acometer los actos extremos que
eliminan lo sustancial de la libertad del ser humano. Una vez convencido, el
dictador tiende a perpetuarse en esa actitud. Siempre es la injusticia la causa
moral subjetiva que impele al dictador para cometer una injusticia mayor
objetiva.
La injusticia–motivo es
la incomprensión entre los individuos que forman grupos sociales y entre esos
grupos cuando componen la ciudadanía de cada país.
No hay casuística que
justifique el golpismo ni la dictadura. No vale el “vale más una dictadura
honesta que una democracia corrupta”. Un dictadura no es honesta porque nace
violando la “honestidad de la ley”; un golpe de estado contra una democracia no
será nunca honesto porque se produce a costa de la democracia misma. Una
democracia es fruto de una cultura política superior al golpismo; a través de
ella los ciudadanos pueden controlar a las personas e instituciones que son
administradores materiales de la propia democracia; el pueblo debe utilizar los
medios legítimos en democracia para corregir la mala administración, incluso
apartar de ella a quienes la corrompen, haciendo uso de las instituciones
democráticas básicas, las intermedias y las más altas, sin que ninguna
institución, ni militar ni civil, suplante a las otras, ni por medios cruentos
ni incruentos. La soberanía política reside en el pueblo, y es el pueblo en
conjunto quien tiene el que es único derecho a ejercer los mecanismos de su
soberanía.
Lo que sí tiene la
dictadura de casuística está en sus efectos: típicos, repetitivos,
consuetudinarios. El miedo, el terror, la represión, la reencarnación de los
peores demonios del mundo, los más grotescos, los más sucios, los más
engañosos, los más corruptos. Dictaduras modernas se han esforzado tanto en su perfeccionamiento represivo que, solamente bajo ese régimen, han atacado la más profundo del ciudadano, su ser íntimo, su personalidad, de forma tal que la consiguen eliminar más allá de la muerte. Reprimir con la muerte era simplemente matar y el castigo les pareció poco, porque era solamente privarle de la vida al que mataban; por eso desarrollaron la técnica de la desaparición de personas, de mujeres y de hombres adultos, de ciudadanos sin notoriedad, de niños inculpados solamente de inocencia, de ancianos imposibilitados para atacar, de jóvenes promesas, de intelectuales y estudiantes, de religiosos predicadores de libertad; hicieron desaparecer incluso a quienes se podrían catalogar de desconocidos, incluso a esos. ¿Qué se consigue con la desaparición de una persona? ¿En qué consiste?
–Es lo más que
se puede hacer en su contra; inhibir por completo su personalidad;
vaciarle totalmente de contenido, no dejar rastro de él ni vivo ni muerto, no
saber ni que existe ni que no existe. Tal logro ha sobrepasado lo humano; un
procedimiento metafísico que atañe no solamente a la vida del objeto–persona
sino a su existencia, abusando de lo divino. La desaparición es lo contrario de
la aparición; es un milagro negativo. De esta forma emprendieron los dictadores
modernos la empresa decidida de eliminar cualquier brote de inquietud política
molesta para su régimen: La anularon.
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