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Cuando estamos a punto de dar la vuelta a quinientos años del encuentro de Europa y América, es preciso reconocer que ese encuentro no ha sido resuelto todavía: Hay dos Américas en Latinoamérica: Latinoamérica, Latina y América. Esa irresolución histórica es el vicio esencial de las dictaduras, el mal endémico que interrumpe las democracias. La organización de la municipalidad fue algo literalmente trasplantado de España a América con la conquista y la colonización. Al menos en el dominio de lo ibérico, en la sociedad que se asentaba de nuevas en el, para ellos, nuevo mundo, la democracia funcionaba; y en ese orden de cosas se fundaron ciudades prósperas, cultas. Pero esa estabilidad democrática no prospera en su extensión al gobierno de los nuevos reinos ni de las nuevas naciones.
Esa función política
(que es democrática) es desempeñada por la sociedad criolla y criollo–mestiza.
Las ciudades no incluyen verdaderamente a la población indígena. Las repúblicas
nacen sobre la base de emancipación de una, en modo cierto, aristocracia
americana de origen ibérico en contra de la aristocracia ibérica que domina
desde la metrópoli.
La separación del indio,
del indígena americano, del americano original respecto del americano nuevo, su
no intervención en el negocio político del virreinato ni de la república, es
algo que no le dejará en paz a la Ibero América. Este caso no se da en la
Anglo América, donde el americano original fue aniquilado por completo o
conminado a la supervivencia en la reserva.
Esta separación del
indio de la política comienza desde el mismo momento de la conquista, pero hay
que hacer a ello puntuales aclaraciones. Desde luego no se da en la conquista
un acto de capitulación, al final de una batalla, en el que un poder se somete
a otro bajo condiciones que en ese momento se establecen (la guerra de
españoles contra indios, y la que Bolívar emprende después contra los
españoles, es una guerra a muerte). Trasciende a la historia popular,
fácilmente, la ejecución de Atahualpa por los capitanes al mando de Pizarro,
pero es menos conocido lo que ocurre con el resto de la dinastía imperial inca.
Se trata de una familia real bastante más amplia que la perteneciente a la de
los Austrias, por ejemplo, por la propia naturaleza del poder imperial
establecido en el Tahuantinsuyo; vamos a seguir, brevemente, la trayectoria de
la familia real inca post–pizarrista[xliii].
Acorde con la natural tendencia al mestizaje que tiene el ibérico, se da el
hecho de que nobles y menos nobles, pero destacados, de entre las huestes
conquistadoras, se emparentan con los descendientes directos o indirectos de la
familia de Atahualpa, importantes personajes de la nómina de “piruleros” toman
por esposa a una princesa inca, una coya, o natural de los territorios
previamente sojuzgados por los incas, piruleros que llegan a gobernadores y
otros altos cargos. Otros reales descendientes incas ven reconocido su abolengo
por el Rey español; el Inca Manco, hermano de Atahualpa, que es apresado por
Almagro “el Mozo”, tiene “el perdón real” de Carlos V; su hijo Sayri Tupac Inca
XVII, Inca del Perú (título reconocido por los españoles después de la
conquista) recibe también del Virrey Diego Hurtado de Mendoza reconocimiento y
respeto al título. ¿Por qué pues no entran los nobles incas supervivientes en
el juego político de la conquista? Ojala hubiera sido estudiado más
profundamente este fenómeno para dar respuesta suficiente a la pregunta. Pero
la propia dinámica sucesoria en el imperio inca hace suponer una sola razón de
peso; el poder (sucesorio) se conquista en enfrentamiento armado a la muerte de
cada emperador; la sucesión se cierra al cerrar cada guerra. En esa guerra de
sucesión están Huáscar y Atahualpa cuando son sorprendidos por Francisco
Pizarro. Los dos incas que pierden la guerra con los españoles pierden su
propia opción al poder, renuncian naturalmente a ello.
Como segunda razón de
causa, además de la anterior, está, por supuesto, la tajante diferenciación
cultural entre los incas, indios que están en América, y los españoles, que
llegan en ese momento. Pero ésta es ya una razón causal con grandes
excepciones. La más notable es la que se da con las misiones jesuitas entre los
guaraníes, donde no solamente las dos culturas congenian sino que se apoyan, se
complementan y hacen entrever una cultura nueva, nacida de las dos; y,
partiendo de un encuentro no cruento, conviven pacíficamente. Otro ejemplo bien
distinto de enraizamiento es ese principio de la primera revolución mexicana,
la del cura Hidalgo, y la de 1910 con Zapata y, sobre todo, con Villa.
Excepciones suficientes para demostrar que el entronque común de dos razas y dos
culturas diferentes, (dos civilizaciones distintas, para ser más radicales)
pudieron haberse entroncado en una raíz única, aunque vasta, para que sobre
ella creciera lo que a partir de entonces sí fue Nuevo Mundo. Hablar en estos
términos (que puede considerarse osadía) es tocar ya lo esencial de la
conquista (esta osadía se comete a diario en ambos lados del océano).
Y llegados a este punto,
lo que sí resultaría imperdonable sería olvidar del todo a la reina Isabel de
Castilla, la Católica, Nuestra Señora de la Historia de España. Es una lástima
que La Reina lo fuera nada más del siglo
XV, el de los descubrimientos, y solos los cuatro años entrantes del
XVI; pero esto es política ficción. De no haber sido así, cómo hubiera hecho
ella la política del Nuevo Mundo; ¡la estadista que hizo de las Españas un
estado moderno a partir de lo más difícil! ¡Reina que llevó su corona a lomos
de caballería por todo el reino para que nada se le fuera de la mano! Si no es
por odiarla cordialmente, no habrá motivos para poner en tela de juicio la
verdad de intenciones de su codicilo que, en la cláusula 12, suplica autoritariamente a sus herederos
que, si los indios algún agravio han rescibido, lo remedien e provean.[xliv]
¿Hubiera podido evitar y evitado alguno o muchos de esos agravios posteriores?
(No evitó la expulsión de los judíos).
Agravios y errores. Si
los comuneros de Castilla le hubieran ganado a Carlos V.... .; también
política–ficción.
Lo cierto es que Carlos
I de España y V de Alemania, nieto de Don Fernando el Católico, no fue educado
en España sino en Flandes; fue combatido en España; vino rodeado de una corte
flamenca al país del que hizo posteriormente eje central de su imperio heredado
y ampliado. El sistema político virreinal, aplicado en territorios del imperio
tan apartados de su origen, no produjo tan buenos resultados; fue un gran
invento aragonés; fue bueno incluso para los virreinos europeos;
fue desastroso para América; colocar un virrey en tierra tan grande y tan
lejana era colocarle un rey al rey. Nunca Carlos V, con tanto como viajó, fue a
América; es una pena histórica. Nunca un rey español fue verdadero rey de sus
reinos americanos. Mira, Rey español, no puedes llevar con título de rey
justo ningún interés destas partes donde no aventuraste nada, sin que primero
los que en ellas han trabajado y sudado sean gratificados. Cuando Aguirre
dijo esto a Felipe II con todo despecho, desgraciadamente tenía mucha razón.
Con la dinastía de los
Austrias se da, además, la oportunidad para que la mayor parte del comercio
entre las Indias y Europa se ponga en manos de alemanes y genoveses, lo que
abunda en el distanciamiento entre españoles e indio americanos. La política
siguiente al descubrimiento no fue acertada para que ambas partes asimilaran,
con mutuo provecho, el choque dado en ese “descubrimiento”.
Respecto a la dicotomía
social entre el indio americano y el americano no indio en los tiempos
republicanos, sobran ocasiones para evidenciarlo desde el principio mismo de
las repúblicas. La opulencia era quien gobernaba antes de la independencia pero
no varía precisamente esta costumbre política después. El mismo Bolívar en el
discurso de Angostura (18 de febrero de 1819), pronunciado exclusivamente ante
criollos y europeos antiespañoles, lo pone perfectamente claro.
“No somos europeos, no
somos indios, sino una especie entre los aborígenes y los españoles. Americanos
por nacimiento y europeos por derecho, nos hallamos en el conflicto de disputar
a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio
nacer, contra la oposición de los invasores.[xlv]
Bolívar está pues con el
criollo, a la vez contra el español y contra el indio posesor prehispánico de
la tierra. No es exagerado hablar de una desazón que a muchos mestizos les
produce actualmente su media sangre india, cuando ésta sale a la luz. Volver a
citar la obra de los Costales y Jurado Noboa es porque, cuando se publica,
levanta verdadera furia entre acomodadas familias americanas actuales, que ven
descubierta su ascendencia indígena, su no “pureza de sangre española”[xlvi].
No siempre los indígenas
luchan contra los realistas españoles en las guerras de independencia. Y el
cariz de crueldad que éstas guerras tomaron no favoreció precisamente la causa;
Bolívar lamenta públicamente en más de una ocasión ese carácter de guerra a
muerte; cunde un odio que no se erradicó con las victorias definitivas. El odio
de guerra y la tiranía de dictadura tienen un lugar común o están muy próximos
uno del otro.
La intervención
extranjera no ha hecho sino empeorar las cosas, enturbiar las que nunca han
estado del todo claras. Cierta clase de ayudas de países poderosos a naciones
que lo son mucho menos no les son beneficiosas, si no contribuyen a fortalecer
su libertad, su capacidad de decisión, su soberanía, su independencia. Si son
ayudas que impelen la represión de unos ciudadanos por otros, cuando las
aspiraciones de los primeros son justas aunque sean adversas, son legítimas
aunque contrarias, entonces, esas ayudas externas contradicen el espíritu de la
ayuda, producen el efecto opuesto, porque ayudan a una parte penalizando a la
otra.
La moderna fórmula de
intervención extranjera es la concesión de créditos dinerarios de países ricos
a países pobres en condiciones que solamente los países ricos pueden asumir;
esa adquisición de deuda ha significado una hipoteca imposible de pagar, una
hipoteca permanente o irresoluble. El país pobre que la sume no está a la
altura económica de un deudor solvente, capaz de afrontar los gastos que
conlleva y el sacrificio de su amortización; en muchos casos, en muchos
naciones fuertemente endeudadas por préstamos de dinero, se ha llegado al
límite desesperado de no poder siquiera pagar los intereses de tales préstamos,
menos aún devolver el capital que le ha sido prestado. En términos económicos,
tales préstamos han propiciado la ruina a los receptores, evidenciando
públicamente, ante el mundo entero, su pobreza, su incapacidad para cumplir el
contrato compromiso de esos préstamos; han propiciado su humillación brutal,
suicida. El daño moral que la deuda externa ha causado a algunas naciones es
incalculable; las lleva al menosprecio de su cultura, su personalidad, a la
compasión ridícula ante su miseria y, a la vez, las empuja a caer en los males
de su propia desesperación: la dictadura sin razón, sin piedad, a la
segregación de clases en su sociedad civil, al despotismo de unas contra otras
y a una incomprensión mutua definitiva, sin final, irreconciliable. El fruto de la violencia no es el golpismo; ambos son el fruto de la confusión y la incomprensión. El fantasma de la dictadura es el fantasma de la confusión.
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