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Se ha hecho defensa de ciertas dictaduras militares porque realizaron una política eficaz (a propósito deslumbrante) en materia de obras públicas. Ello les sirvió como instrumento para institucionalizar su dictadura: los varios casos de nuevas constituciones, plebiscitos, reelecciones apañadas, etc. Pero ha sido también evidente que los gobiernos de dictadura militar han sido los principales pasivos en la deuda externa latinoamericana, los creadores-inventores de ese fenómeno, y ninguno de ellos ha sido capaz de solucionarla.
En el año 1990 se
liquida una etapa de dictaduras militares en el continente, al producirse la
sucesión de Figueiredo en la presidencia de Collor de Melo, a través de
elecciones libres y directas, en Brasil. Al cierre de cuentas, nos encontramos
con un saldo tan sobrecogedor como el reflejado en el cuadro siguiente[xlvii]. Se
ven en este resumen índices de inflación que corresponden a
mucho más que
un verdadero estado
de quiebra, 1000%, 2000%, 5000%. Se ve, además, que la deuda externa de los
diez países suma poco menos de dos tercios de lo que suma su producto interior
bruto. En este 1990 la deuda externa total de toda Latinoamérica ronda los
400.000 millones de dólares, equivalente a casi la mitad de la deuda de todo el
Tercer Mundo, cuando su población representa un 10% de esa población total.
(1) Heredada del general
Pinochet. (2) Heredada del general Alfredo Stroessner. (3) Los militares dejan
el poder en 1985. (4) De Figueiredo a elecciones libres en 1990. (5) En 1982
pierden los militares argentinos la guerra de las Malvinas; un año después, las
elecciones entregan la presidencia al radical Alfonsín. (6) Luis García Meza,
último de los militares golpistas, hasta 1982 en que empieza la alternancia de
Siles Zuazo y Paz Estensoro.
Por esta deuda pendiente
Latinoamérica estaría pagando anualmente (caso de estar realmente pagándolo,
situación que ni acreedores ni deudores permiten conocer) unos 100.000 millones
de USD a sus acreedores los países ricos.
Ni con la política del
zurriagazo, ni con la disciplina cuartelaria, ni con la más feroz dictadura, se
consigue violentar los mecanismos de producción para que tanto las máquinas
como los maquinistas se reproduzcan por generación espontánea. Las dictaduras
militares de los países pobres no hicieron que de la noche a la mañana aparecieran
productores altamente cualificados, para producir riqueza al ritmo que la
producen y la consumen los países ricos. Impulsar el desarrollo no se ha
conseguido sino impulsando una cultura desarrollista.
El desarrollismo de las
más grandes potencias ha colocado el precio del dinero tan alto que resulta
inasequible para los países no desarrollados; el crédito asumido a ese precio
es impagable desde el momento mismo de la compra, tanto si el comprador es
militar o civil, democrático o no democrático.
Los países que se
declaran insolventes ante su deuda externa (referencia hecha a los gobernantes
que así lo han confesado públicamente) producen un escándalo mundial, pero no
hacen sino responder, de forma lógica y sincera, a la verdad de su situación.
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