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A primeros de 1992 aparecen en Nuevo México restos humanos que evidencian la presencia del hombre en América desde hace más de 28.000 años, el doble de lo que venía admitiéndose; “el hombre de Clovis, el más viejo de los hallados antes”, tiene 11. 500 años; también “Clovis” es de Nuevo México. Estos restos de la cueva de El Pendejo adelantan el nacimiento del hombre americano 17.000 años más; tiene 25 estratos de terreno distintos; en uno arcilloso aparecen huellas de manos humanas; en otro pedregoso se encuentran restos de fogatas aún más antiguas, con el lecho del fuego rodeado de piedras y con restos de carbón de leña en ellos, de un tamaño que hace suponer fueron introducidos por el hombre en la cueva; los análisis llevados a cabo por el antropólogo Richard MacNeish, de la Fundación Andover de Massachusetts para la Investigación Arqueológica, señalan que algunas piedras de la cueva estuvieron sometidas a temperaturas superiores a las que alcanza un incendio natural. En varios estratos se alojan esparcidos huesos de bisontes, llamas y otras especies de animales que hace años desaparecieron del lugar, huesos pertenecientes a extremidades de esos animales, lo que hace creer que fueron cortadas fuera de la cueva e introducidos dentro posteriormente para ser consumidos por los hombres cazadores. Un hueso de pezuña de equino está partido en trozos, como herido por un hueso de conejo que se ve incrustado en ello; tal hallazgo evidencia además la veracidad de la inmigración de la antigua Mongolia.
Podría
decirse que es lugar demasiado común tomar como punto de partida el de los
orígenes del hombre en América para hablar de la cuestión indígena de la
América actual. Sin embargo no es así. Mientras tal cuestión no sea resuelta
habrá que retomar el principio porque, precisamente, esa solución pasa por la
comprensión global de la situación y tal globalidad necesita un punto cardinal
de referencia. Hablar de los indígenas que actualmente viven en la selva
amazónica sin conectarlos con su historia y pretender sacar conclusiones de
futuro no es racional. Hablar de los indígenas de los Andes ignorando
formalmente la civilización incaica, tampoco es racional. Pensar que los incas
tienen perdido su origen en las leyendas, que son fruto de simientes míticas,
emparentados con dioses en vez de con otros hombres, es hacer proposiciones
para que nada sea comprensible posteriormente. Lo mismo que tampoco es válido
uniformar, de entrada, cualquier grupo humano y establecer después diferencias
sin saber a qué obedecen, en el caso de que sean ciertas. No puede evitarse que
la etnohistoria de América comience en el “principio de los tiempos”, como
empieza la historia del hombre en cualquiera que sea la región del planeta que
vaya a estudiarse. En América no existe una historia del hombre a partir de 1492 y otra antes de 1492; de otro modo habría que utilizar el mismo método para la historia humana de cualquier aldea, de cualquier país, o de todo el planeta.
El
parentesco que pudiera unir a las civilizaciones europea y americana sería tan
lejano que se remontará a los mongoles de la protohistoria, a las primeras
migraciones terrestres de asiáticos hacia el Este por el estrecho de Bering, de
melanesios, polinesios y australianos, en las posteriores expediciones
marítimas.
En la última
década
del
siglo
XV, los cálculos más prudentes
hablan de una población americana alrededor de los 40 millones de habitantes.
En la época actual, la población indígena pura alcanza unos 16 millones; de
extensas regiones ha desaparecido por completo.
Solamente algunas
naciones de Hispanoamérica superan o se acercan al 50% de población indígena en
cuanto a su población total; una de estas naciones es Perú (junto con
Guatemala, Bolivia y Ecuador).
La región andina,
con una extensión próxima a los dos millones de kilómetros cuadrados, significa
un alto porcentaje de la extensión total de América del Sur, más del 10%. Y en
ella se da la mayor concentración indígena.
En el terreno de lo
político, cultural y social, los Andes, precisamente, albergan el más claro y
duro ejemplo de colisión interétnica.
Si en
las relaciones interétnicas de la América del Sur se está dando un tipo de
convivencia defectuosa, porque no se superan las diferencias entre una y otra
población, en lo que se refiere a los indígenas andinos sus características
diferenciales son doblemente acusadas: Por su diferencia original y por su
diferencia de hábitat posterior. Esto los lleva a una relación actual con las
etnias europeas y euro americanas que es de franca colisión.
De esta
gran región andina, elegimos Perú para dar el siguiente paso: Localizar un
punto de partida a la cuestión indígena actual; ese punto va a ser el
territorio ayacuchano. Es el corazón mismo de los Andes del Perú, el centro de
todo el laberinto andino. La capital es Ayacucho, la antigua Huamanga de los
incas y del principio de la colonia (San Cristóbal de Huamanga), con algo de
sus antiguos palacios, sus muchísimas iglesias.
El 45%
del territorio son zonas altas (una altura media de 4.000 metros) y de clima
frío o quemada por el sol de las grandes alturas, sin vegetación arbórea, con
el suelo barrido por el viento de las punas; el 24% son nevados y áridas
cordilleras; sólo un 18% se halla cubierto por selvas y montes subtropicales;
el 4% de las tierras son de labranza, en abrigados valles que resultan ser un
increíble contraste. En cuanto a la población, medio millón de personas que
habitan este departamento viven en la angustia permanente de las limitaciones
naturales, que se acrecientan por falta de un apoyo estructural que no llega
nunca. El índice de analfabetismo es uno de los más altos de América y del
mundo, el 68% de la población en edad de estudiar. La mayoría de las
comunidades no tienen agua potable alcantarillada ni luz eléctrica; un médico
para más de quince mil habitantes y muy raramente uno de ellos llega a los
pequeños pueblos donde las medicinas no existen, ni los más elementales
productos farmacéuticos. De un total de 4.700 Km. de carreteras, 48 Km. son
asfaltados, 700 Km. son caminos vecinales de suelo reafirmado, 370 Km. sin
afirmar, y el resto, casi 3.000 Km., son trochas apenas carrozables. El
departamento de Ayacucho es el prototipo de ese enclaustramiento geográfico y
sociopolítico que padecen las regiones andinas con respecto al resto de la
sociedad actual, que en lo referente a la economía –aún tratándose de un país
no desarrollado– sencillamente no cuentan, como si no existieran, no son
contables en el cómputo de productores/consumidores. Los Andes les han dado,
sin embargo, uno de los más bellos –aunque trágicos– paisajes de la tierra.
Comúnmente distinguimos el poblador montaraz del valle y la llanura por su
aspecto y su carácter distintos. Ello es el fruto de una cultura de siglos, que
ha creado el
ancestral
antagonismo entre los civilizados de abajo y los bárbaros de arriba.
Con el progreso en las vías de comunicación estas diferencias se limaron hasta
extinguirse; el acercamiento entre la montaña y el llano hizo que las
relaciones de sus poblaciones respectivas se familiarizaran. Actualmente la
montaña significa un nuevo valor incorporado a la civilización del bienestar;
las montañas son lugar de recreo, de ocio, de descanso. Pero esto, que es
válido para la cultura europea occidental, que sirve para referirse a la
montaña en Europa y en América del Norte, no tiene ningún sentido ni en el
pasado ni en presente de la América del Sur, donde hay que hacer
consideraciones absolutamente distintas, salvo en muy pocas excepciones.
La Universidad de San Cristóbal de Huamanga fue fundada por los españoles a mediados del siglo XVII, en lo que hoy es la capital. Perú tiene la segunda universidad más antigua de América, la de San Marcos, en Lima, que es del año 1551. En las guerras de independencia Ayacucho quedó para siempre con nombre de batalla feroz y también decisiva; pero la fama no se correspondió con premios y la historia republicana y la política dejaron olvidado al departamento glorioso de Ayacucho. Tuvo que llegar la presidencia de Belaúnde Terry, en el 63, para que la vieja universidad ayacuchana remontara el vuelo de una forma sorprendente. A los campesinos (indígenas) les faltaba la más absoluta conciencia de su marginación y es la Universidad la que les inculca la idea de que todos tienen derechos a los cuales deben aspirar, y que existen las palabras justicia e igualdad. Cuando descubre el ayacuchano indígena que hay un mundo que no conoce y al que no puede llegar, se frustra y se indigna. Hay muchas fechas para datar el nacimiento de Sendero Luminoso; pero hay algo que lo hace decisivo. Los claustros de la Universidad de Ayacucho llegan a la Plaza de Armas. En esa plaza, un ministro de Velasco Alvarado ordenó el bombardeo contra una concentración de campesinos; veinticuatro profesores fueron encarcelados después. Durante varios días muchos murieron y el río fue llevándose los cadáveres despacio. Aquel movimiento obrero que había comenzado a finales de los años veinte, en torno a Lima y, sobre todo, El Callao, que fraguó el APRA de Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, tuvo su más duro fracaso electoral –interminable sucesión de dictaduras parasitarias, véase capitulo anterior– en los años sesenta; y tal fracaso fue la ocasión de un enfrentamiento radical entre los comunistas. De entre ellos, los que propusieron la lucha armada como método de supervivencia fueron motivo de burlas por parte de los otros, que no los tomaron en serio; “si hablan tanto de la lucha y la insurrección,)por qué no se van de una vez y nos dejan tranquilos”. Y se fueron del Partido Comunista y fundaron el Partido Comunista Peruano Marxista Leninista. Todavía profesores de la actual Universidad de Ayacucho afirman que Sendero convence al oprimido con su filosofía de insurrección. El historiador, antropólogo y sociólogo peruano, Luis Eduardo Valcárcel, acuñó el título de “Tempestad en los Andes” para designar a la tormenta humana que el indio andino puede provocar cuando se revela.
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