El
territorio costero ecuatoriano alberga el más pequeño grupo de aborígenes,
menos aún que en la selva, quedando de su antigua presencia poco más que la
toponimia y algunas familias que están siendo asimiladas por el turismo.
El
territorio de la sierra ha sido históricamente el más poblado, donde más
permanente contacto se ha dado entre su población y la población mestiza y
donde más conflictos étnicos han existido. En esta región vive la que se puede
llamar sociedad indígena promotora y aglutinante de todo el movimiento
indigenista moderno. La política de la colonia española, y la republicana hasta
pasada la mitad del
siglo
xx, han desarrollado la
agricultura en esta región basándose en la mano de obra indígena, creando las
grandes haciendas que en su mayoría se mantienen actualmente.
El ECUARUNARI, la federación de
nacionalidades indígenas de la sierra ecuatoriana, comprende la población
indígena de las provincias actuales de Pichincha (capital Quito), Imbabura,
Cotopaxi, Tungurahua, Chimborazo, Bolívar, Cañar, Azuay, Loja, Zamora.
Seguiremos la división provincial para una más fácil localización de las
comunidades indígenas en los mapas políticos actuales.
En la
provincia de Pichincha viven los indios ecuatorianos más conocidos en el mundo
entero, los colorados y los otavaleños. Los colorados o tsatchilas viven
próximos a la ciudad de Santo Domingo de los Colorados, en el cantón de Santo
Domingo, a poco más de 100 Km. de la ciudad de Quito. Proceden, según algunos
antropólogos, de zonas más bajas, próximas a la costa, tal vez de la región de
Esmeraldas. Hoy son una importante atracción turística por su artesanía y, más
que nada, por su forma de vida naturista. A pesar de su producción artesana con
fines turísticos-comerciales, no han abandonado su costumbres agrícolas,
comunes a todos los indígenas del interior, a las que están incorporando una
incipiente ganadería de vacuno. Los indios otavaleños constituyen una etnia con
más vitalidad, tal vez, que todas las demás de entre los indígenas. La región
de Otavalo, eminentemente agrícola, feraz diríase, de una belleza paisajística
difícilmente superable, ha venido siendo codiciada por los hacendados de todos
los tiempos y por los modernos conquistadores político–sociales–moralistas.
Tiene el otavaleño una idiosincrasia especial que lo hace interesante a
cualquiera que lo conozca. Su fisonomía y su especial sensibilidad podrían ser,
desde un punto de vista occidental, la sofisticación del indio sudamericano, la
élite indígena; y es verdaderamente notable que, conservando intacta su
personalidad, la cultura ancestral de su etnia, las costumbres familiares, los
hábitos, la indumentaria, los otavaleños hayan sido capaces de cohabitar
dignamente con los mestizos, a pesar del largo tiempo en que fueron explotados
por ellos. De las generaciones que vivieron en las haciendas criollas y
mestizas, les queda a los otavaleños el oficio de vaqueros, de manufactureros
agrícolas aventajados que, unido a su sentido comunal de la propiedad, propició
la creación de algunas cooperativas agrícolas. No poseen tierras de cultivo
apenas para sobrevivir, pero su producción artesana y artística es realmente
importante en el mercado turístico del Ecuador. La fiesta de San Juan, en
Otavalo, es una muestra de su sincretismo religioso. En la provincia de
Imbabura, junto con los otavalos, viven los natabuelas y los caranquis. Pequeñas
comunidades cultivan minifundios y son asalariados (los menos) en la industria.
Hablan castellano y quichua.
Por ser
Pichincha la provincia de la capital, la población indígena no se limita a las
comunidades rurales, sino que llega a formar grupos urbanos que, salvo raras
excepciones, son marginales.
En la
provincia de Cotopaxi, en las estribaciones de las cordilleras Central y
Occidental, viven comunidades indígenas diferenciadas por el color de su
vestimenta, el poncho principalmente. El extremado minifundio dispersa
sobremanera la población; le queda una agricultura y ganadería de pastoreo
residual, que apenas da para la subsistencia y la empuja a emigrar en una
dirección cada vez más urbana pero que difícilmente se asienta en ninguna
parte. El indígena de esta provincia está necesitando una especialísima
atención para no ser definitivamente descastado y eliminado por inanición, por
inadaptación y pobreza extremas.
En Las
provincias de Tumgurahua y Chimborazo vive la mayor parte de la población indígena
ecuatoriana. Los cachas, coltas, lictos, calpis, pulucates, en Chimborazo; los
salasacas, píllaros, pilahuines, chibuelos, quisapinchas, pasas, en Tungurahua.
Es peculiar el hecho de que vistan poncho de distinto color unos y otros; los
salasacas, negros y blancos, y morados en las mujeres; los quisapinchas, rojos
con bandas negras; los chibuelos, rojos cortos con bandas hacia los lados, las
mujeres anaco negro sujetado con faja multicolor y blusa blanca bordada; en
Píllaro el poncho de los indios es azul, y la faja o chumbi de las mujeres azul
y blanca; el pantalón de los indios suele ser blanco, amplio y de media caña.
Los salasacas compiten con los otavalos en la manufactura textil de fibra
natural, sobre todo lana. Aunque comienzan a verse edificaciones de bloques de
cemento, la vivienda ha sido de tapial las paredes y el techo de paja. La base
de sustentación de todas las Etnias es la agricultura que realizan en las
alturas medias y en los páramos superiores de las estribaciones montañosas; los
valles son propiedad de los agricultores mestizos. Su producción tiende a
superar la mera supervivencia e ingresar en los mercados urbanos, de los que
Riobamba es el mejor ejemplo; también Quito. Pero el indio no posee medios de
producción suficientes para competir en el mercado agrícola, está falto de
medios de transporte y, aunque consume menos que el mestizo, la riqueza que
genera su trabajo en el campo no es suficiente para incorporarlo a un status
socioeconómico comparable al de los demás pequeños o medianos agricultores.
Necesita que la política educativa vaya por delante de la instrumentalización
política que le trae el mestizo buscador de votos, una educación que consolide
su cultura propia y a la vez no lo aleje del progreso social al que tiene que acceder
para sobrevivir de esta generación a la próxima. Las comunidades indígenas de
estas dos provincias son muy importantes en el conjunto; por su población que,
tanto si actúa de forma crítica o con normalidad, puede decidir la estabilidad
social de los demás o puede causar un trauma político estatal; por la capacidad
productiva de su mano de obra; por la riqueza cultural que poseen; porque
representan la única posibilidad que le queda al futuro del mestizaje que
quizás sea, espontáneamente y de forma natural, la única vía de entendimiento
entre las dos sociedades, sin que ninguna de las dos masacre a la otra.
Es el
aumento de población indígena un especial problema añadido en este gran
territorio de la provincia de Chimborazo, porque la superficie de las tierras
que los campesinos indígenas cultivan no ha crecido, antes al contrario, con
respecto al crecimiento poblacional. A cada indígena le corresponde apenas una
hectárea de tierra cultivable, si el total se dividiera por los 250.000 que la
habitan. Nada más algunos parajes han sido reforestados.
Se
habla quichua y castellano, pero la primera lengua necesita una mayor cultura
que la segunda, ya que el quechua de los incas no fue escrito sino oral. Es
preciso llevar su antigua cultura a los libros en su propia lengua, con el fin
de rescatar de ella lo que son sus raíces, ya que de no ser así desaparecerá de
la educación de los jóvenes indígenas. En este sentido es muy positiva la
atención que los indígenas prestan a su vida comunitaria, a su escolarización
con maestros indígenas, que son los que deben incorporar los nuevos conceptos y
los nuevos valores junto a los tradicionales. La organización de esta
enseñanza, de la higiene, de la salud pública y el urbanismo, de la economía
privada y comunitaria, es lo que permitirá el desarrollo de la sociedad
indígena dentro de sí misma y al lado de la mestiza, sin contraponer una a la
otra, sin dividir la común nación y sin atentar contra las libertades que todos
los ciudadanos deben disfrutar por igual.
En la
actual provincia de Bolívar vivieron un gran número de familias
etnolingüísticas, pero a la fecha se han reducido considerablemente; pequeñas
comunidades y pueblos permanecen en enclaves tradicionales donde todavía queda
pradera, monte y parcelas cultivables a su disposición. Siguen morando en
viviendas ecológicas, acordes con el entorno, y de su vestimenta original
conservan el poncho como único vestigio. Hablan quichua y castellano.
En las
provincias del Cañar y Azuay viven indígenas descendientes de los antiguos
cañaris, más antiguos que los incas con quienes todavía combatían cuando llegan
los españoles; ocupaban entonces un gran territorio, además del Cañar (que tomó
su nombre de ellos), parte de las provincias de El Oro y de Guayas y zonas
aledañas a la región amazónica, habiendo superado la dorsal de la cordillera en
esa parte. Fueron los aborígenes que más resistencia pusieron a la invasión y
dominio incaico, no era por tanto de extrañar que se aliaran a favor de los
nuevos invasores blancos cuando llegó en momento. De cualquier forma, los
cañaris siempre fueron especialmente libertarios e indómitos, carácter éste
propio de los que son naturales de territorios lindantes o próximos a costas
marítimas. La región del Cañar ha mantenido fama de dura incluso en la historia
moderna. La población está distribuida en pequeñas comunidades y en viviendas
dispersas por el campo; sus construcciones son similares a las del resto de los
aborígenes andinos, de barro o de tapial, y con electrodomésticos esenciales.
La lengua es el quichua con muchos vocablos cañaris; también usan el
castellano. Principalmente católicos, recientemente están creciendo los grupos
evangélicos, como en todas las comunidades indígenas donde los misioneros
norteamericanos han acudido con regalos materiales.
Al
nordeste de la provincia de Loja, y en la de Zamora Chinchipe, viven otros
grupos quichuas saraguros que han conservado la propiedad de terrenos más
benignos y más extensos. Tienen como principal prenda en su vestimenta una
túnica llamada cuhsma, de algodón blanco estampado, sin mangas, al igual que
los quichuas de la selva amazónica. La mujer lleva falda y rebozo de lana,
chales con tupos y corpiños. Están más integrados en la vida política del
estado, aún conservando sus costumbres de organización social y familiar.
Hablan castellano junto con el quichua original.
El
territorio de la costa donde se localizan aborígenes es únicamente en la
provincia de Esmeraldas y la del Carchi.
Los
cayapas probablemente fueron los primeros indios ecuatorianos que conocieron al
hombre extranjero, extra-americano, no solamente al blanco sino al negro
también. De ello hace poco menos de quinientos años. Hoy viven en las orillas
de los ríos Cayapas, Santiago, Onzole y Canadá. Parece que son originarios de Imbabura,
de donde huyeron ante la invasión inca. Cultivan huertos, labor que alternan
con la caza y la pesca; su alimento base es el plátano. Las viviendas se
corresponden con las barbacoas que nombraron los primeros españoles; de un solo
ambiente, construidas en madera sobre pilotes, techadas de palma entrelazada
con suma destreza, con media pared exterior, a modo de baranda, o con pared
entera en algunos lados. Hoy visten los hombres pantalón medio corto y media
túnica o camisa larga; las mujeres falda enfajada muy sencilla y sencillas
camisas. Continúan practicando la medicina mágico-religiosa y naturista. Su
forma comunitaria de gobierno conserva las estructuras de jefatura tribal
hereditaria.
Los
awas o coaiqueres son más numerosos en el lado colombiano limítrofe con la
provincia de Carchi. La denominación awa significa gente, si se traduce a
castellano; significado genérico común para casi todas las denominaciones
originales de cada una de las Etnias indígenas. también en castellano gente
significa gente; todos los pueblos de la tierra se llaman con el nombre de lo
que son: pueblo; pero el afán de traducción es igualmente inevitable en todas
las culturas. En 1988 el gobierno ecuatoriano declaró Reserva de Forestación el
territorio de los awas; supuso un éxito no solamente para ellos sino para todo
el mundo, porque significa preservar en ese medio todas las especies vivas,
además del hombre, el ecosistema silvícola próximo–costero. Los ecuatorianos
awas alcanzarán una población de algo más de dos mil, y los colombianos cinco
mil. En los últimos diez años los awas pasaron del aislamiento a la protección,
a la recuperación del orgullo de pueblo, de nacionalidad; en su aproximadamente
millón de acres siguen limitados por los hacendados ganaderos en un lado y por
las explotaciones madereras en el otro; si la floresta lluviosa de esta costa
no se protege como el territorio residual awa, puede que no exista para el año
2000.
El
territorio amazónico está poblado por una mayor variedad de familias, puesto
que como tales se han preservado más aisladas. En tiempos de la conquista, de
la colonia, y de la misión-reducción inmediata, las poblaciones selváticas
fueron contactadas por los españoles en su práctica totalidad; desgraciadamente
el hecho de romper su histórico aislamiento llevó hasta ellos los peligros
biológicos para los que no estaban preparados, enfermedades de la Europa
medieval (tan abundante en poderosas enfermedades, por más desgracia) que se
convirtieron en mortíferas epidemias al prender en la población indígena. Los
males físicos importados por los invasores españoles fueron la principal causa
de mortalidad en los aborígenes, y no los castigos bélicos.
Puesto
que este gran territorio oriental ecuatoriano es abarcado nada más que por las
provincias del Napo, Pastaza, Morona-Santiago, Zamora Chinchipe y la nueva de
sucumbíos, seguiremos las poblaciones indígenas por el curso de los ríos,
método más descriptivo y de localización más concreta.
Los
sionas-secoyas viven en la selva del noroeste, a lo largo de los ríos Cuyabeno,
Aguarico, Shushufindi y Eno, y en las zonas limítrofes de Colombia. Fueron dos
Etnias semejantes que compartían creencias parecidas y que han venido
emparentándose hasta formar una sola nacionalidad siona-secoya, como ellos se
autodenominan. Su escasa población está sin embargo protegida porque su
territorio ha sido declarado por el estado parque natural. Los grandes
yacimientos petroleros se encuentran también en esa parte de la selva, lo que
puede acarrearles más rápida extinción o amparar su supervivencia
definitivamente; todo depende de cómo el desarrollo de unos respete al de los
otros. Viven de recolección natural de frutos selváticos en el entorno de su
vivienda, del cultivo en pequeño huerto, de cazar y de pescar; actualmente el turismo
de la selva comienza a favorecer su vida, más de lo que le hubiera favorecido
la emigración o la instalación de industrias en la zona. Pueden ser ejemplo de
supervivencia moderna en armonía con la naturaleza, si no son engañados por el
materialismo, el consumismo crematístico, que en vez de acrecentar su antigua
cultura con la del moderno bienestar lo arrolla en la vorágine de trabajar para
producir y especular en vez seguir cultivando el espíritu e incluso el ocio.
Entienden quichua y castellano. Son en parte católicos y en parte religiosos de
su cosmogonía selvática, con prácticas de medicina natural física y síquica,
ingiriendo la ayaguasca para la relajación mental y el descanso. Son indios
extremadamente pacíficos y hospitalarios; de su mansedumbre debieran aprender
mucho los occidentales. Muchos de ellos conocen la urbe moderna pero gustan más
de la selva; tienen una mentalidad abierta, una gran capacidad de comprensión
que, de no abandonar la selva, puede enriquecerlos en todos los sentidos. Los
cofanes viven a lo largo de los ríos Aguarico y San Miguel, la mayor parte de
ellos dentro del Parque Nacional Cuyabeno (de 665.800 hectáreas, a lo largo de
toda la frontera con Colombia y hasta el vértice de ésta y la de Ecuador con
Perú), donde quizás se explore para extracción de petróleo. Existen una decena
de comunidades importantes, organizadas social y políticamente. Su medio de
vida es parecido al de los sionas–secoyas; su estructura gran–familiar también,
alineada por la descendencia paterna. Su vivienda es como la descrita en el
caso de los cayapas. La vestimenta, tiene incorporadas prendas modernas como
los jeans y camisetas, si bien no abandonan del todo la cushma blanca
estampada. Se pintan con vegetales y se adornan con collares y muñequeras de
semillas, conchas, pendientes en orejas y nariz, etc.
Los
huaorani o waorani. Viven entre los ríos Napo y Curaray, donde se extiende el
Parque Nacional Yasuní (protegido por el estado pero que, sin embargo, permite
perforaciones petroleras en él); se sustentan de agricultura elemental
itinerante, cambiando de residencia a la vez que de cultivo. Su población se
asienta como grupo familiar numeroso, de algunas decenas, separado de la
familia contigua por una o más horas de marcha. Siguen trabajando con ellos los
misioneros católicos (el capuchino Alejandro Labaca y la monja Inés Arango
murieron bajo sus lanzas guerreras el 21 de julio de 1987) en la región donde
viven, un territorio selvático de aproximadamente 60.000 hectáreas. “Bajo la
denominación de aucas se conoce a uno de los grupos étnicos más bravos e
indomables del Amazonas”.
Aucas
significa en quichua: salvajes, infieles, enemigos. A pesar de su fama, no hay
rastros materiales de la historia de los waorani; no poseen escritura y sus
tradiciones son borrosas. Como todo en la selva cuando sucumbe, las misiones
antiguas se borraron por completo con la expulsión de los jesuitas y el
abandono más o menos obligado de las otras órdenes religiosas. Desde 1961 la
doctora M. Catherine Peeke vivió con los waorani y elaboró lo que actualmente
es “El idioma huao: gramática pedagógica”, cuyo primer volumen se publicó en
1979. Varios científicos de prestigio internacional han estado investigando
entre los waorani. Para quien se acerque a ellos por primera vez irán
acompañados de toda la misteriosa fama de “aucas” que les rodea. Pero si hay
algún modo de aproximación a ellos con mayor probabilidad de éxito esa manera
se llama “simpleza”; como todo ser humano que vive desnudo el wao desconfiará
de cualquier otro hombre que se le acerque vestido. Un delgado cinturón de
algodón tejido (kone) es toda su vestimenta, para varones (que en ellos
es sujeción del pene) y hembras de toda la edad; desvestirse ante ellos es el
mejor saludo para el inicio de una relación cordial. Desde Niños se entrenan en
el manejo de la lanza y posiblemente ningún otro indio los supere en destreza y
puntería. Lo mismo hacen con la cerbatana que dispara dardos envenenados. El
hombre es guerrero por antonomasia; su obligación es fabricar armas y combatir
cuando llegue el momento. Por la misma razón es hábil y certero cazador.
Polígamos sociales, cada hombre se une con cuantas mujeres puede mantener. Él
se pinta con hachiote para ceremonias solamente; ella mujer lo hace más a
menudo, coloreándose los pómulos y los labios; y también utiliza diademas,
plumas o flores en sus adornos. El mayor rasgo ornamental que los identifica es
la enorme perforación circular en los lóbulos de las orejas, donde se colocan
trozos de madera o redondeles de yeso de hasta cinco centímetros de diámetro.
La mujer vive por entero para el cuidado de la casa y la familia. Su vivienda
denota provisionalidad en su construcción; es rectangular y sin paredes, porque
el techo de dos aguas llega hasta el suelo; su interior es de caña dura y su
disposición es de manera que una fachada está dirigida hacia la selva y la otra
hacia el claro con el que su asentamiento limita; un fogón rústico hace de
cocina y el lecho para descanso es siempre la hamaca; la provisión de los
alimentos son colgaduras de las vigas interiores. La permanencia de los waorani
dentro de las federaciones indígenas no ha llegado a consolidarse. La de los
shuar-achuar es otra nacionalidad indígena que ha sido dividida por las
fronteras políticas de dos estados diferentes. En Ecuador habitan las cuencas
de los ríos Santiago, Morona y Pastaza, ocupando el oriente de la provincia de
Zamora, parte de la de Morona-Santiago y el sur de la de Pastaza; una extensión
de más de 700.000 hectáreas y una población de alrededor de 20.000 indígenas.
Al otro lado de la frontera están los shuar peruanos, los aguaruna, tal como
quedaron separados después de la guerra de 1941; en principio se les permitió
continuar sus relaciones comerciales y familiares entre los dos lados, pero la
prohibición no se hizo esperar. Se dedican los shuar a la agricultura de
huerto, principalmente tubérculos, en las pequeñas parcelas sin delimitar
alrededor de las viviendas; maní, yuca, maíz; y también a la caza y pesca.
Muchos otros frutos son recogidos de los árboles que se los ofrecen de forma
natural, como en toda la selva. La labores lejanas a la casa son realizadas por
el hombre y las del entorno casero por la mujer, incluido el cuidado de la
prole y la elaboración de la chicha de maíz. Hoy día todos los indios piensan
en incorporar ganado vacuno a sus propiedades, sino es que lo están criando ya.
Y ésta es una actividad innovadora de sus viejas costumbres, incluso de su
tradicional sentido de la vida. Lo mismo que ocurre con la artesanía para
algunas Etnias –los colorados, por ejemplo–, para los indígenas selvícolas la
crianza de ganado va a significar la primera razón de contacto voluntario con
la población inmediata contigua a la de ellos, mestiza seguramente, no ya
exclusivamente con otro poblado de su misma nacionalidad como hasta ahora venía
ocurriendo. El sacrificio de una res adulta difícilmente puede ser aprovechado
para el consumo del poblado indígena nada más, y peor aún contando con que la
carne tiene un corto período de conservación en sus viviendas selváticas.
Producir carne de vacuno implica necesidad de compartir; por ello los indígenas
acuden con las reses a los mercados de las poblaciones próximas para
intercambiar o para vender. Pero no es solamente este intercambio multirracial
lo innovador, es que, en contra de lo que sus antepasados hicieron durante
siglos, hoy el indio comienza a producir más de lo que consume; produce unos
bienes y los cambia por otros que él no produce. Y esta nueva actividad, esta
nueva forma de vivir, ni entre los shuar ni los secoyas, ni los cañaris, ni los
cachas, ni los colorados, en ninguno de ellos ha producido un trauma
generacional, porque ha sido su iniciativa la que ha puesto en marcha estos
mecanismos nuevos de convivir con su entorno, algo que va ya más allá que la
mera supervivencia. Junto con los quichuas, la nación shuar es la más grande y
numerosa de la Amazonía oriental. En Ecuador la cultura shuar es ponderable,
está en auge, debido a los esfuerzos de científicos, educadores e instituciones
de los shuar y de la república, desde hace más de veinte años. Queda, sin
embargo, cierto prejuicio de crueldad, de barbarie, contra los shuar; algo de
la fama de sus antepasados los jíbaros cazadores de hombres y reductores de
cabezas. Pero quizás de todo esta fama les queda a los shuar lo mejor, el más
alto concepto de sí mismos, la posibilidad de que sean hoy una etnia no
humillada sino orgullosa, que lleva de forma altiva la conciencia de su raza,
de su historia de lucha, de su cultura, de su forma de vivir; quizás por eso
les queda a los shuar el vigor de su idioma, de su lengua que hoy produce
literatura en volumen considerable. Su ideología se refiere constantemente a
una concepción global del mundo; siempre mantiene este punto de vista, común en
todos los indígenas amazónicos; pero los shuar, por su cultura más pujante, nos
lo comunican mejor; en este sentido el hombre shuar se identifica con la
tierra, se relaciona con ella.
La
vivienda shuar es amplia, elíptica, muy capaz de alojar una larga y extensa
parentela; con un espacio interior destinado a las mujeres y los Niños
pequeños, el “ekent”, y otro para los hijos varones, los adultos y las visitas,
el “tankamash”. Toda la construcción tiene el suelo de tierra. Las paredes son
de tablilla de la palmera llamada chonta, dura, ligera y oscura de color; el
techo con hoja de palma. La aldea es la unidad familiar. El hombre vestía
tradicionalmente una faldilla llamada tip, tejida de algodón y estampada
con tintes naturales; la mujer shuar llevaba una especie de túnica anudada
sobre un hombro y ceñida en la cintura; la mujer achuar usa falda y camisa.
Como en toda la selva, se introduce entre ellos el uso del jean y la camiseta.
también utilizan la salvia del hachiote para pintarse la piel. Su religión
animista le da vida a todas las cosas, que se expresan y que se reconocen así
por su comportamiento. Cada rincón de la naturaleza, cada montaña, cada río y
cada laguna tienen algo vital, esencial, que el indio reconoce y que
substancialmente se interrelaciona con él. La muerte consiste en retornar a la
tierra, al origen, reincorporando a ella lo físico y lo espiritual del ser
humano, porque la tierra tiene su gran alma, su gran espíritu.
Los
achuar tienen un tronco étnico común con los shuar, pero algunos caracteres
diferenciales, como la lengua, marcan dificultades para la ayuda entre ambos en
cuanto a la superación de las actuales circunstancias. El achuar se apega más
obstinadamente a su individualismo que el shuar. Parece como el albacea
testamentario de la ancestral belicosidad del indígena de esa región; tal
apresto al uso del arma se inculca prematuramente al niño, que aprende a usar
ese instrumento antes que cualquier otro. Prueba de esta característica
guerrera del actual achuar es que el principal instrumento occidental que han
adoptado es la escopeta, sin haber descartado el uso de las flechas ni los
dardos de cerbatana, naturalmente. La vieja pero estilizada cerbatana no
perderá nunca su magia, ni el curare su mortal efecto. Una cerbatana de tres o
más metros de largo tiene un punto de mira hecho de hueso de jaguar o de
pecari; se compone de dos segmentos de tubo de madera de palmeras,
cuidadosamente secada durante meses, pulida con fina arena. El constructor de
cerbatanas tiene una personalidad altamente respetada. La receta del curare es
secreta y su peligro cosiste en que en cada lugar es distinto, compuesto de
hierbas diferentes, y por ello difícil de encontrarle un antídoto. Las viejas
fierezas de los jíbaros las cuenta todavía la tradición oral de los achuar. Cada
madrugada los padres cuentan a los hijos historias de sus antepasados. Etza
es el dios de la caza que, “a los seis años, siendo niño, mataba moscas e
insectos con su arco, ya tenía mucha fuerza y poder. Después nuca herró un tiro
con su cerbatana. Cazó un día todas las aves y otro día las hizo nacer de
nuevo, soplando sus plumas por su cerbatana mágica. Ezta quedó sin padre
y fue arrancado del vientre de su madre muerta, rescatado del río cuando era
huevecillo y adoptado por Chontán, el hombre–pájaro. Siendo adulto vengó
la muerte de su madre por Ajaím, el goloso comedor de hombres, que hacía
música con el cráneo de la mamá de Ezta”[xlvii]. En sus
primeras cacerías los Niños tendrán muy presentes estas historias; acompañan a
los padres desde los seis años de dad; a los diez o doce comienzan a cazar
solos, Después que han sido iniciados ceremoniosamente. Nada más caza el varón,
no la hembra; ella adiestra al perro y lo alimenta con lo que le hace más
fiero, listo y resistente, ella sabe cómo hacerlo.
Los
quichuas de la Amazonía ecuatoriana viven al norte de los ríos Villano y
Curaray, occidente de la provincia del Napo, y entre los ríos Napo y Coca en la
provincia del Pastaza. Son los indígenas que conservan características comunes
con el antiguo quechua inca. De ahí conservan el grupo granfamiliar “ayllu”
y su territorio “llacta”, subdividido en “chacras” para cada núcleo
pequeñofamiliar “huasa”. La chacra es el huerto en torno a la vivienda.
también están introduciendo la ganadería de vacuno en su actividad
agro selvática. Quien cuida la chacra es la mujer, y también lo hace con los
Niños y la casa; el trabajo de la cerámica es exclusivamente femenino; el de la
ganadería lo ha asumido el hombre. Esta cerámica que los occidentales han
conocido en la población de Sarayacu, utiliza básicamente los colores negro,
blanco y rojo.