América Suya

Encuadernación lujo 236 p.

©  Darío Herreros, 1992
©  Edym, España, 1992

ISBN 84-604-39389-5

 

INDICE DEL LIBRO

La América Suya

Introducción

El periodismo de bloque

Los insurgentes

Lo maravilloso de verdad

El amor

Morir y no morir

Espacio y tiempo americanos

Al amor de Vallejo

La Iglesia de la justicia social

Los curas en la lucha

Fray Bartolomé de Las Casas y los curas contestatarios

El Nuevo Mundo del Concilio Vaticano II

La implicación política

El final de una dictadura

En recuerdo del padre Llanos

Las dictaduras y las democracias

Un documento de García Márquez

Repaso a la historia

Casuística de la dictadura

Fotografiar al fantasma

La dictadura del dinero

La cuestión indígena

Tempestad en Los Andes

Ecuador como ejemplo del movimiento indígena organizado

Etnografía indígena actual del Ecuador

El primer levantamiento indígena con organización política propia

El estado actual de la cuestión indígena

La Amazonía deseada

ECO'92

La cuenca del Amazonas

Los recursos medioambientales

Los pueblos de la Amazonía

Los nuevos pobladores de la selva y el urbanismo amazónico

Inmigrantes circunstanciales de la Amazonía

La antigua historia y el futuro posible y deseable

4.3. Etnografía indígena actual del Ecuador

 

El suelo de la república del Ecuador tiene tres territorios diferenciados por su naturaleza geográfica, clima, economía, y sociedad: La costa, la sierra andina y la selva amazónica; o de forma más abreviada, la costa, la sierra y el oriente. Además de las Islas Galápagos. Este mismo esquema ha sido el adoptado por los dirigentes indígenas para las pautas de su agrupamiento político: Indígenas de la costa (COICE), indígenas de la sierra (ECUARUNARI) e indígenas de la región amazónica (CONFENIAE). De los tres territorios ha sido el de oriente el más alejado de cualquier contacto con la sociedad mestiza; en lo que respecta a Ecuador, fue la explotación petrolera en ese territorio, desde 1971, lo que suscitó el acercamiento del oriente al resto del país. No se da, como en el resto de la Amazonía, una serie de secuencias incursionistas de los blancos desde los tiempos de la colonia; Ecuador no vive la fiebre del caucho, como Perú, alrededor de las grandes guerras; no emprende la explotación maderera ni minera de las selvas, como lo hace Brasil; no tiene mayor presencia ni penetración del hombre blanco que la puramente misional, capuchinos sobre todo; el oriente se caracteriza en el Ecuador justamente por su desconocimiento; no comportaba hasta ahora mayor preocupación política que las repetidas crisis fronterizas planteadas por Perú; a plazos, y en grandes cantidades, Ecuador ha ido perdiendo su territorio amazónico. Así y todo, las provincias del oriente suman casi la mitad del suelo ecuatoriano, pero su población no llega a representar un 3% del total nacional hasta que comienza la extraordinaria actividad petrolera de principios de los años setenta. Todo esto trae como consecuencia que los indios amazónicos sean los más preservados de la moderna sociedad ecuatoriana, si bien no significa que constituyan una población numerosa, antes al contrario, las poblaciones aborígenes del siglo XVI a lo largo de los ríos están hoy porcentualmente próximos a la extinción.

 

Las Comunidades Indígenas del Ecuador

 

1.   Awas o coaiqueres, en la provincia de Carchi y en el territorio colombiano limítrofe.

2.   Los cayapas, en la provincia de Esmeraldas.

3.   Tsachilas o colorados, en la provincia de Pichincha.

4.   Comunidades de la provincia de Imbabura: Junto con los otavalos, viven los natabuelas y los caranquis.

5.   Los otavalos, en la provincia de Pichincha.

6.   Comunidades indígenas de la provincia de Cotopaxi.

7.   Los salasacas, píllaros, pilahuines, chibuelos, quisapinchas, pasas, en la provincia de Tungurahua.

8.   Los cachas, coltas, lictos, calpis, pulucates, en la provincia de Chimborazo.

9.   Pequeñas comunidades indígenas de la provincia de Bolívar; hablan quichua y castellano.

10. Los cañaris, en las provincias del Cañar y Azuay.

11. Al nordeste de la provincia de Loja, y en la de Zamora Chinchipe, viven otros grupos quichuas saraguros.

12. Los sionas-secoyas, en la selva del noroeste, a lo largo de los ríos Cuyabeno, Aguarico, Shushufindi y Eno, y en las zonas limítrofes de Colombia.

13. Los cofanes, dentro del Parque Nacional Cuyabeno.

14. Los aucas o huaorani, en entre los ríos Napo y Curaray, en el Parque Nacional Yasuní.

15. Los quichuas de la selva amazónica ecuatoriana.

16. Los shuar o achuar, en el oriente de la provincia de Zamora, parte de la de Morona-Santiago y el sur de la de Pastaza.

 
 

El territorio costero ecuatoriano alberga el más pequeño grupo de aborígenes, menos aún que en la selva, quedando de su antigua presencia poco más que la toponimia y algunas familias que están siendo asimiladas por el turismo.

El territorio de la sierra ha sido históricamente el más poblado, donde más permanente contacto se ha dado entre su población y la población mestiza y donde más conflictos étnicos han existido. En esta región vive la que se puede llamar sociedad indígena promotora y aglutinante de todo el movimiento indigenista moderno. La política de la colonia española, y la republicana hasta pasada la mitad del siglo xx, han desarrollado la agricultura en esta región basándose en la mano de obra indígena, creando las grandes haciendas que en su mayoría se mantienen actualmente.

El ECUARUNARI, la federación de nacionalidades indígenas de la sierra ecuatoriana, comprende la población indígena de las provincias actuales de Pichincha (capital Quito), Imbabura, Cotopaxi, Tungurahua, Chimborazo, Bolívar, Cañar, Azuay, Loja, Zamora. Seguiremos la división provincial para una más fácil localización de las comunidades indígenas en los mapas políticos actuales.

En la provincia de Pichincha viven los indios ecuatorianos más conocidos en el mundo entero, los colorados y los otavaleños. Los colorados o tsatchilas viven próximos a la ciudad de Santo Domingo de los Colorados, en el cantón de Santo Domingo, a poco más de 100 Km. de la ciudad de Quito. Proceden, según algunos antropólogos, de zonas más bajas, próximas a la costa, tal vez de la región de Esmeraldas. Hoy son una importante atracción turística por su artesanía y, más que nada, por su forma de vida naturista. A pesar de su producción artesana con fines turísticos-comerciales, no han abandonado su costumbres agrícolas, comunes a todos los indígenas del interior, a las que están incorporando una incipiente ganadería de vacuno. Los indios otavaleños constituyen una etnia con más vitalidad, tal vez, que todas las demás de entre los indígenas. La región de Otavalo, eminentemente agrícola, feraz diríase, de una belleza paisajística difícilmente superable, ha venido siendo codiciada por los hacendados de todos los tiempos y por los modernos conquistadores político–sociales–moralistas. Tiene el otavaleño una idiosincrasia especial que lo hace interesante a cualquiera que lo conozca. Su fisonomía y su especial sensibilidad podrían ser, desde un punto de vista occidental, la sofisticación del indio sudamericano, la élite indígena; y es verdaderamente notable que, conservando intacta su personalidad, la cultura ancestral de su etnia, las costumbres familiares, los hábitos, la indumentaria, los otavaleños hayan sido capaces de cohabitar dignamente con los mestizos, a pesar del largo tiempo en que fueron explotados por ellos. De las generaciones que vivieron en las haciendas criollas y mestizas, les queda a los otavaleños el oficio de vaqueros, de manufactureros agrícolas aventajados que, unido a su sentido comunal de la propiedad, propició la creación de algunas cooperativas agrícolas. No poseen tierras de cultivo apenas para sobrevivir, pero su producción artesana y artística es realmente importante en el mercado turístico del Ecuador. La fiesta de San Juan, en Otavalo, es una muestra de su sincretismo religioso. En la provincia de Imbabura, junto con los otavalos, viven los natabuelas y los caranquis. Pequeñas comunidades cultivan minifundios y son asalariados (los menos) en la industria. Hablan castellano y quichua.

Por ser Pichincha la provincia de la capital, la población indígena no se limita a las comunidades rurales, sino que llega a formar grupos urbanos que, salvo raras excepciones, son marginales.

En la provincia de Cotopaxi, en las estribaciones de las cordilleras Central y Occidental, viven comunidades indígenas diferenciadas por el color de su vestimenta, el poncho principalmente. El extremado minifundio dispersa sobremanera la población; le queda una agricultura y ganadería de pastoreo residual, que apenas da para la subsistencia y la empuja a emigrar en una dirección cada vez más urbana pero que difícilmente se asienta en ninguna parte. El indígena de esta provincia está necesitando una especialísima atención para no ser definitivamente descastado y eliminado por inanición, por inadaptación y pobreza extremas.

En Las provincias de Tumgurahua y Chimborazo vive la mayor parte de la población indígena ecuatoriana. Los cachas, coltas, lictos, calpis, pulucates, en Chimborazo; los salasacas, píllaros, pilahuines, chibuelos, quisapinchas, pasas, en Tungurahua. Es peculiar el hecho de que vistan poncho de distinto color unos y otros; los salasacas, negros y blancos, y morados en las mujeres; los quisapinchas, rojos con bandas negras; los chibuelos, rojos cortos con bandas hacia los lados, las mujeres anaco negro sujetado con faja multicolor y blusa blanca bordada; en Píllaro el poncho de los indios es azul, y la faja o chumbi de las mujeres azul y blanca; el pantalón de los indios suele ser blanco, amplio y de media caña. Los salasacas compiten con los otavalos en la manufactura textil de fibra natural, sobre todo lana. Aunque comienzan a verse edificaciones de bloques de cemento, la vivienda ha sido de tapial las paredes y el techo de paja. La base de sustentación de todas las Etnias es la agricultura que realizan en las alturas medias y en los páramos superiores de las estribaciones montañosas; los valles son propiedad de los agricultores mestizos. Su producción tiende a superar la mera supervivencia e ingresar en los mercados urbanos, de los que Riobamba es el mejor ejemplo; también Quito. Pero el indio no posee medios de producción suficientes para competir en el mercado agrícola, está falto de medios de transporte y, aunque consume menos que el mestizo, la riqueza que genera su trabajo en el campo no es suficiente para incorporarlo a un status socioeconómico comparable al de los demás pequeños o medianos agricultores. Necesita que la política educativa vaya por delante de la instrumentalización política que le trae el mestizo buscador de votos, una educación que consolide su cultura propia y a la vez no lo aleje del progreso social al que tiene que acceder para sobrevivir de esta generación a la próxima. Las comunidades indígenas de estas dos provincias son muy importantes en el conjunto; por su población que, tanto si actúa de forma crítica o con normalidad, puede decidir la estabilidad social de los demás o puede causar un trauma político estatal; por la capacidad productiva de su mano de obra; por la riqueza cultural que poseen; porque representan la única posibilidad que le queda al futuro del mestizaje que quizás sea, espontáneamente y de forma natural, la única vía de entendimiento entre las dos sociedades, sin que ninguna de las dos masacre a la otra.

Es el aumento de población indígena un especial problema añadido en este gran territorio de la provincia de Chimborazo, porque la superficie de las tierras que los campesinos indígenas cultivan no ha crecido, antes al contrario, con respecto al crecimiento poblacional. A cada indígena le corresponde apenas una hectárea de tierra cultivable, si el total se dividiera por los 250.000 que la habitan. Nada más algunos parajes han sido reforestados.

Se habla quichua y castellano, pero la primera lengua necesita una mayor cultura que la segunda, ya que el quechua de los incas no fue escrito sino oral. Es preciso llevar su antigua cultura a los libros en su propia lengua, con el fin de rescatar de ella lo que son sus raíces, ya que de no ser así desaparecerá de la educación de los jóvenes indígenas. En este sentido es muy positiva la atención que los indígenas prestan a su vida comunitaria, a su escolarización con maestros indígenas, que son los que deben incorporar los nuevos conceptos y los nuevos valores junto a los tradicionales. La organización de esta enseñanza, de la higiene, de la salud pública y el urbanismo, de la economía privada y comunitaria, es lo que permitirá el desarrollo de la sociedad indígena dentro de sí misma y al lado de la mestiza, sin contraponer una a la otra, sin dividir la común nación y sin atentar contra las libertades que todos los ciudadanos deben disfrutar por igual.

En la actual provincia de Bolívar vivieron un gran número de familias etnolingüísticas, pero a la fecha se han reducido considerablemente; pequeñas comunidades y pueblos permanecen en enclaves tradicionales donde todavía queda pradera, monte y parcelas cultivables a su disposición. Siguen morando en viviendas ecológicas, acordes con el entorno, y de su vestimenta original conservan el poncho como único vestigio. Hablan quichua y castellano.

En las provincias del Cañar y Azuay viven indígenas descendientes de los antiguos cañaris, más antiguos que los incas con quienes todavía combatían cuando llegan los españoles; ocupaban entonces un gran territorio, además del Cañar (que tomó su nombre de ellos), parte de las provincias de El Oro y de Guayas y zonas aledañas a la región amazónica, habiendo superado la dorsal de la cordillera en esa parte. Fueron los aborígenes que más resistencia pusieron a la invasión y dominio incaico, no era por tanto de extrañar que se aliaran a favor de los nuevos invasores blancos cuando llegó en momento. De cualquier forma, los cañaris siempre fueron especialmente libertarios e indómitos, carácter éste propio de los que son naturales de territorios lindantes o próximos a costas marítimas. La región del Cañar ha mantenido fama de dura incluso en la historia moderna. La población está distribuida en pequeñas comunidades y en viviendas dispersas por el campo; sus construcciones son similares a las del resto de los aborígenes andinos, de barro o de tapial, y con electrodomésticos esenciales. La lengua es el quichua con muchos vocablos cañaris; también usan el castellano. Principalmente católicos, recientemente están creciendo los grupos evangélicos, como en todas las comunidades indígenas donde los misioneros norteamericanos han acudido con regalos materiales.

Al nordeste de la provincia de Loja, y en la de Zamora Chinchipe, viven otros grupos quichuas saraguros que han conservado la propiedad de terrenos más benignos y más extensos. Tienen como principal prenda en su vestimenta una túnica llamada cuhsma, de algodón blanco estampado, sin mangas, al igual que los quichuas de la selva amazónica. La mujer lleva falda y rebozo de lana, chales con tupos y corpiños. Están más integrados en la vida política del estado, aún conservando sus costumbres de organización social y familiar. Hablan castellano junto con el quichua original.

El territorio de la costa donde se localizan aborígenes es únicamente en la provincia de Esmeraldas y la del Carchi.

Los cayapas probablemente fueron los primeros indios ecuatorianos que conocieron al hombre extranjero, extra-americano, no solamente al blanco sino al negro también. De ello hace poco menos de quinientos años. Hoy viven en las orillas de los ríos Cayapas, Santiago, Onzole y Canadá. Parece que son originarios de Imbabura, de donde huyeron ante la invasión inca. Cultivan huertos, labor que alternan con la caza y la pesca; su alimento base es el plátano. Las viviendas se corresponden con las barbacoas que nombraron los primeros españoles; de un solo ambiente, construidas en madera sobre pilotes, techadas de palma entrelazada con suma destreza, con media pared exterior, a modo de baranda, o con pared entera en algunos lados. Hoy visten los hombres pantalón medio corto y media túnica o camisa larga; las mujeres falda enfajada muy sencilla y sencillas camisas. Continúan practicando la medicina mágico-religiosa y naturista. Su forma comunitaria de gobierno conserva las estructuras de jefatura tribal hereditaria.

Los awas o coaiqueres son más numerosos en el lado colombiano limítrofe con la provincia de Carchi. La denominación awa significa gente, si se traduce a castellano; significado genérico común para casi todas las denominaciones originales de cada una de las Etnias indígenas. también en castellano gente significa gente; todos los pueblos de la tierra se llaman con el nombre de lo que son: pueblo; pero el afán de traducción es igualmente inevitable en todas las culturas. En 1988 el gobierno ecuatoriano declaró Reserva de Forestación el territorio de los awas; supuso un éxito no solamente para ellos sino para todo el mundo, porque significa preservar en ese medio todas las especies vivas, además del hombre, el ecosistema silvícola próximo–costero. Los ecuatorianos awas alcanzarán una población de algo más de dos mil, y los colombianos cinco mil. En los últimos diez años los awas pasaron del aislamiento a la protección, a la recuperación del orgullo de pueblo, de nacionalidad; en su aproximadamente millón de acres siguen limitados por los hacendados ganaderos en un lado y por las explotaciones madereras en el otro; si la floresta lluviosa de esta costa no se protege como el territorio residual awa, puede que no exista para el año 2000.

El territorio amazónico está poblado por una mayor variedad de familias, puesto que como tales se han preservado más aisladas. En tiempos de la conquista, de la colonia, y de la misión-reducción inmediata, las poblaciones selváticas fueron contactadas por los españoles en su práctica totalidad; desgraciadamente el hecho de romper su histórico aislamiento llevó hasta ellos los peligros biológicos para los que no estaban preparados, enfermedades de la Europa medieval (tan abundante en poderosas enfermedades, por más desgracia) que se convirtieron en mortíferas epidemias al prender en la población indígena. Los males físicos importados por los invasores españoles fueron la principal causa de mortalidad en los aborígenes, y no los castigos bélicos.

Puesto que este gran territorio oriental ecuatoriano es abarcado nada más que por las provincias del Napo, Pastaza, Morona-Santiago, Zamora Chinchipe y la nueva de sucumbíos, seguiremos las poblaciones indígenas por el curso de los ríos, método más descriptivo y de localización más concreta.

Los sionas-secoyas viven en la selva del noroeste, a lo largo de los ríos Cuyabeno, Aguarico, Shushufindi y Eno, y en las zonas limítrofes de Colombia. Fueron dos Etnias semejantes que compartían creencias parecidas y que han venido emparentándose hasta formar una sola nacionalidad siona-secoya, como ellos se autodenominan. Su escasa población está sin embargo protegida porque su territorio ha sido declarado por el estado parque natural. Los grandes yacimientos petroleros se encuentran también en esa parte de la selva, lo que puede acarrearles más rápida extinción o amparar su supervivencia definitivamente; todo depende de cómo el desarrollo de unos respete al de los otros. Viven de recolección natural de frutos selváticos en el entorno de su vivienda, del cultivo en pequeño huerto, de cazar y de pescar; actualmente el turismo de la selva comienza a favorecer su vida, más de lo que le hubiera favorecido la emigración o la instalación de industrias en la zona. Pueden ser ejemplo de supervivencia moderna en armonía con la naturaleza, si no son engañados por el materialismo, el consumismo crematístico, que en vez de acrecentar su antigua cultura con la del moderno bienestar lo arrolla en la vorágine de trabajar para producir y especular en vez seguir cultivando el espíritu e incluso el ocio. Entienden quichua y castellano. Son en parte católicos y en parte religiosos de su cosmogonía selvática, con prácticas de medicina natural física y síquica, ingiriendo la ayaguasca para la relajación mental y el descanso. Son indios extremadamente pacíficos y hospitalarios; de su mansedumbre debieran aprender mucho los occidentales. Muchos de ellos conocen la urbe moderna pero gustan más de la selva; tienen una mentalidad abierta, una gran capacidad de comprensión que, de no abandonar la selva, puede enriquecerlos en todos los sentidos. Los cofanes viven a lo largo de los ríos Aguarico y San Miguel, la mayor parte de ellos dentro del Parque Nacional Cuyabeno (de 665.800 hectáreas, a lo largo de toda la frontera con Colombia y hasta el vértice de ésta y la de Ecuador con Perú), donde quizás se explore para extracción de petróleo. Existen una decena de comunidades importantes, organizadas social y políticamente. Su medio de vida es parecido al de los sionas–secoyas; su estructura gran–familiar también, alineada por la descendencia paterna. Su vivienda es como la descrita en el caso de los cayapas. La vestimenta, tiene incorporadas prendas modernas como los jeans y camisetas, si bien no abandonan del todo la cushma blanca estampada. Se pintan con vegetales y se adornan con collares y muñequeras de semillas, conchas, pendientes en orejas y nariz, etc.

Los huaorani o waorani. Viven entre los ríos Napo y Curaray, donde se extiende el Parque Nacional Yasuní (protegido por el estado pero que, sin embargo, permite perforaciones petroleras en él); se sustentan de agricultura elemental itinerante, cambiando de residencia a la vez que de cultivo. Su población se asienta como grupo familiar numeroso, de algunas decenas, separado de la familia contigua por una o más horas de marcha. Siguen trabajando con ellos los misioneros católicos (el capuchino Alejandro Labaca y la monja Inés Arango murieron bajo sus lanzas guerreras el 21 de julio de 1987) en la región donde viven, un territorio selvático de aproximadamente 60.000 hectáreas. “Bajo la denominación de aucas se conoce a uno de los grupos étnicos más bravos e indomables del Amazonas”. Aucas significa en quichua: salvajes, infieles, enemigos. A pesar de su fama, no hay rastros materiales de la historia de los waorani; no poseen escritura y sus tradiciones son borrosas. Como todo en la selva cuando sucumbe, las misiones antiguas se borraron por completo con la expulsión de los jesuitas y el abandono más o menos obligado de las otras órdenes religiosas. Desde 1961 la doctora M. Catherine Peeke vivió con los waorani y elaboró lo que actualmente es “El idioma huao: gramática pedagógica”, cuyo primer volumen se publicó en 1979. Varios científicos de prestigio internacional han estado investigando entre los waorani. Para quien se acerque a ellos por primera vez irán acompañados de toda la misteriosa fama de “aucas” que les rodea. Pero si hay algún modo de aproximación a ellos con mayor probabilidad de éxito esa manera se llama “simpleza”; como todo ser humano que vive desnudo el wao desconfiará de cualquier otro hombre que se le acerque vestido. Un delgado cinturón de algodón tejido (kone) es toda su vestimenta, para varones (que en ellos es sujeción del pene) y hembras de toda la edad; desvestirse ante ellos es el mejor saludo para el inicio de una relación cordial. Desde Niños se entrenan en el manejo de la lanza y posiblemente ningún otro indio los supere en destreza y puntería. Lo mismo hacen con la cerbatana que dispara dardos envenenados. El hombre es guerrero por antonomasia; su obligación es fabricar armas y combatir cuando llegue el momento. Por la misma razón es hábil y certero cazador. Polígamos sociales, cada hombre se une con cuantas mujeres puede mantener. Él se pinta con hachiote para ceremonias solamente; ella mujer lo hace más a menudo, coloreándose los pómulos y los labios; y también utiliza diademas, plumas o flores en sus adornos. El mayor rasgo ornamental que los identifica es la enorme perforación circular en los lóbulos de las orejas, donde se colocan trozos de madera o redondeles de yeso de hasta cinco centímetros de diámetro. La mujer vive por entero para el cuidado de la casa y la familia. Su vivienda denota provisionalidad en su construcción; es rectangular y sin paredes, porque el techo de dos aguas llega hasta el suelo; su interior es de caña dura y su disposición es de manera que una fachada está dirigida hacia la selva y la otra hacia el claro con el que su asentamiento limita; un fogón rústico hace de cocina y el lecho para descanso es siempre la hamaca; la provisión de los alimentos son colgaduras de las vigas interiores. La permanencia de los waorani dentro de las federaciones indígenas no ha llegado a consolidarse. La de los shuar-achuar es otra nacionalidad indígena que ha sido dividida por las fronteras políticas de dos estados diferentes. En Ecuador habitan las cuencas de los ríos Santiago, Morona y Pastaza, ocupando el oriente de la provincia de Zamora, parte de la de Morona-Santiago y el sur de la de Pastaza; una extensión de más de 700.000 hectáreas y una población de alrededor de 20.000 indígenas. Al otro lado de la frontera están los shuar peruanos, los aguaruna, tal como quedaron separados después de la guerra de 1941; en principio se les permitió continuar sus relaciones comerciales y familiares entre los dos lados, pero la prohibición no se hizo esperar. Se dedican los shuar a la agricultura de huerto, principalmente tubérculos, en las pequeñas parcelas sin delimitar alrededor de las viviendas; maní, yuca, maíz; y también a la caza y pesca. Muchos otros frutos son recogidos de los árboles que se los ofrecen de forma natural, como en toda la selva. La labores lejanas a la casa son realizadas por el hombre y las del entorno casero por la mujer, incluido el cuidado de la prole y la elaboración de la chicha de maíz. Hoy día todos los indios piensan en incorporar ganado vacuno a sus propiedades, sino es que lo están criando ya. Y ésta es una actividad innovadora de sus viejas costumbres, incluso de su tradicional sentido de la vida. Lo mismo que ocurre con la artesanía para algunas Etnias –los colorados, por ejemplo–, para los indígenas selvícolas la crianza de ganado va a significar la primera razón de contacto voluntario con la población inmediata contigua a la de ellos, mestiza seguramente, no ya exclusivamente con otro poblado de su misma nacionalidad como hasta ahora venía ocurriendo. El sacrificio de una res adulta difícilmente puede ser aprovechado para el consumo del poblado indígena nada más, y peor aún contando con que la carne tiene un corto período de conservación en sus viviendas selváticas. Producir carne de vacuno implica necesidad de compartir; por ello los indígenas acuden con las reses a los mercados de las poblaciones próximas para intercambiar o para vender. Pero no es solamente este intercambio multirracial lo innovador, es que, en contra de lo que sus antepasados hicieron durante siglos, hoy el indio comienza a producir más de lo que consume; produce unos bienes y los cambia por otros que él no produce. Y esta nueva actividad, esta nueva forma de vivir, ni entre los shuar ni los secoyas, ni los cañaris, ni los cachas, ni los colorados, en ninguno de ellos ha producido un trauma generacional, porque ha sido su iniciativa la que ha puesto en marcha estos mecanismos nuevos de convivir con su entorno, algo que va ya más allá que la mera supervivencia. Junto con los quichuas, la nación shuar es la más grande y numerosa de la Amazonía oriental. En Ecuador la cultura shuar es ponderable, está en auge, debido a los esfuerzos de científicos, educadores e instituciones de los shuar y de la república, desde hace más de veinte años. Queda, sin embargo, cierto prejuicio de crueldad, de barbarie, contra los shuar; algo de la fama de sus antepasados los jíbaros cazadores de hombres y reductores de cabezas. Pero quizás de todo esta fama les queda a los shuar lo mejor, el más alto concepto de sí mismos, la posibilidad de que sean hoy una etnia no humillada sino orgullosa, que lleva de forma altiva la conciencia de su raza, de su historia de lucha, de su cultura, de su forma de vivir; quizás por eso les queda a los shuar el vigor de su idioma, de su lengua que hoy produce literatura en volumen considerable. Su ideología se refiere constantemente a una concepción global del mundo; siempre mantiene este punto de vista, común en todos los indígenas amazónicos; pero los shuar, por su cultura más pujante, nos lo comunican mejor; en este sentido el hombre shuar se identifica con la tierra, se relaciona con ella.

La vivienda shuar es amplia, elíptica, muy capaz de alojar una larga y extensa parentela; con un espacio interior destinado a las mujeres y los Niños pequeños, el “ekent”, y otro para los hijos varones, los adultos y las visitas, el “tankamash”. Toda la construcción tiene el suelo de tierra. Las paredes son de tablilla de la palmera llamada chonta, dura, ligera y oscura de color; el techo con hoja de palma. La aldea es la unidad familiar. El hombre vestía tradicionalmente una faldilla llamada tip, tejida de algodón y estampada con tintes naturales; la mujer shuar llevaba una especie de túnica anudada sobre un hombro y ceñida en la cintura; la mujer achuar usa falda y camisa. Como en toda la selva, se introduce entre ellos el uso del jean y la camiseta. también utilizan la salvia del hachiote para pintarse la piel. Su religión animista le da vida a todas las cosas, que se expresan y que se reconocen así por su comportamiento. Cada rincón de la naturaleza, cada montaña, cada río y cada laguna tienen algo vital, esencial, que el indio reconoce y que substancialmente se interrelaciona con él. La muerte consiste en retornar a la tierra, al origen, reincorporando a ella lo físico y lo espiritual del ser humano, porque la tierra tiene su gran alma, su gran espíritu.

Los achuar tienen un tronco étnico común con los shuar, pero algunos caracteres diferenciales, como la lengua, marcan dificultades para la ayuda entre ambos en cuanto a la superación de las actuales circunstancias. El achuar se apega más obstinadamente a su individualismo que el shuar. Parece como el albacea testamentario de la ancestral belicosidad del indígena de esa región; tal apresto al uso del arma se inculca prematuramente al niño, que aprende a usar ese instrumento antes que cualquier otro. Prueba de esta característica guerrera del actual achuar es que el principal instrumento occidental que han adoptado es la escopeta, sin haber descartado el uso de las flechas ni los dardos de cerbatana, naturalmente. La vieja pero estilizada cerbatana no perderá nunca su magia, ni el curare su mortal efecto. Una cerbatana de tres o más metros de largo tiene un punto de mira hecho de hueso de jaguar o de pecari; se compone de dos segmentos de tubo de madera de palmeras, cuidadosamente secada durante meses, pulida con fina arena. El constructor de cerbatanas tiene una personalidad altamente respetada. La receta del curare es secreta y su peligro cosiste en que en cada lugar es distinto, compuesto de hierbas diferentes, y por ello difícil de encontrarle un antídoto. Las viejas fierezas de los jíbaros las cuenta todavía la tradición oral de los achuar. Cada madrugada los padres cuentan a los hijos historias de sus antepasados. Etza es el dios de la caza que, “a los seis años, siendo niño, mataba moscas e insectos con su arco, ya tenía mucha fuerza y poder. Después nuca herró un tiro con su cerbatana. Cazó un día todas las aves y otro día las hizo nacer de nuevo, soplando sus plumas por su cerbatana mágica. Ezta quedó sin padre y fue arrancado del vientre de su madre muerta, rescatado del río cuando era huevecillo y adoptado por Chontán, el hombre–pájaro. Siendo adulto vengó la muerte de su madre por Ajaím, el goloso comedor de hombres, que hacía música con el cráneo de la mamá de Ezta”[xlvii]. En sus primeras cacerías los Niños tendrán muy presentes estas historias; acompañan a los padres desde los seis años de dad; a los diez o doce comienzan a cazar solos, Después que han sido iniciados ceremoniosamente. Nada más caza el varón, no la hembra; ella adiestra al perro y lo alimenta con lo que le hace más fiero, listo y resistente, ella sabe cómo hacerlo.

Los quichuas de la Amazonía ecuatoriana viven al norte de los ríos Villano y Curaray, occidente de la provincia del Napo, y entre los ríos Napo y Coca en la provincia del Pastaza. Son los indígenas que conservan características comunes con el antiguo quechua inca. De ahí conservan el grupo granfamiliar “ayllu” y su territorio “llacta”, subdividido en “chacras” para cada núcleo pequeñofamiliar “huasa”. La chacra es el huerto en torno a la vivienda. también están introduciendo la ganadería de vacuno en su actividad agro selvática. Quien cuida la chacra es la mujer, y también lo hace con los Niños y la casa; el trabajo de la cerámica es exclusivamente femenino; el de la ganadería lo ha asumido el hombre. Esta cerámica que los occidentales han conocido en la población de Sarayacu, utiliza básicamente los colores negro, blanco y rojo.

 

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