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4.5 El estado actual de la cuestión indígena
A finales de 1991 se reúne en Otawa lo que se denominó parlamento indígena americano, con la asistencia de medio centenar de parlamentarios indígenas de doce países americanos. El presidente del parlamento reunido, el colombiano guajiro Ember Iguarán, contó un chiste que recogieron y difundieron las agencias de prensa y que es sumamente explicativo de la situación indígena: “Se trata de un indio y un español que se encuentran y el indio le increpa al español y lo acusa de que sus compatriotas hayan explotado a los indios, los hayan maltratado y los hayan humillado... –Pero hermano, de eso hace ya quinientos años, se disculpa el español. –Bueno, pero yo me enteré ayer, contesta el indio. “
Esa fue
la gran deficiencia en el movimiento indígena de todos los tiempos, hasta el
presente: que siempre estaba empezando, siempre acababan de encontrarse con la
realidad, siempre la han desconocido. El indígena ayacuchano está por entrar
todavía en la vida republicana de Perú, no comprendieron ni asimilaron ni se
sobrepusieron a la invasión española, pero tampoco llegaron a enterarse de la
independencia, de la proclamación solemne de su república, de la democracia.
Tampoco los indios amazónicos forman parte realmente de la sociedad republicana
actual de Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Brasil, Venezuela. El “parlamento
indígena americano” se reunía muy cerca de donde lo hacía la conferencia
internacional de pueblos indígenas que se desarrollaba en Hull. Es muy realista
la expresión del chiste del guajiro Iguarán, en cuanto que evidencia ese
anacronismo histórico; pero, por contraste, no es menos notable el nuevo
marchamo político que tuvieron los dos acontecimientos, revestidos al uso de lo
que nos tienen acostumbrados las concentraciones políticas grandilocuentes, que
en cualquier parte del mundo se realizan al amparo o bajo la dirección de las
grandes potencias o de alguna de ellas. Una de las características comunes a
todas estas “cumbres” es la gran cantidad de “comunicación en bloque” que todas
ellas producen; no fue menos en las reuniones de Otawa o Hull. En ellas se
dieron cita los poderosos medios de comunicación que, al unísono y a los cuatro
vientos, pregonaron los comunicados de las ruedas de prensa organizadas al efecto.
De allí salieron como logros del parlamento indígena que “el Congreso de los
Estados Unidos prepare una ley sobre la supervivencia cultural panamericana”.
No deja de ser asombrosa la importancia que tiene una ley de USA para protección de la cultura indígena,
en un país en el que esa cultura apenas existe, sino es dentro de las
filmotecas de ficción; pero hay más: un “panamericanismo indigenista “
procedente de los Estados Unidos de Norteamérica. Es paradójico proclamar como
un logro el hecho de que un país legisle para otro o para muchos otros. De
todas las aspiraciones políticas de las reuniones de Otawa y Hull parecía no
salir más que una sola y única aspiración: Posesión de la tierra.
Cuando
se redacta este trabajo, una muchedumbre indígena ecuatoriana ha llegado otra
vez a Quito y acampa en el parque de El Ejido[xlvii] (2). Los
indios han llegado hasta aquí desde la selva amazónica ecuatoriana. Es el más
reciente tramo del movimiento indígena en el Ecuador. A finales del 90 habían
prometido boicotear estas elecciones de 1992; su presencia en El Ejido parecía
que fuera la realidad de aquella promesa; pero ha llegado el mes de mayo y las
elecciones se han celebrado (en su primera vuelta para presidente). Lo primero
que ha trascendido de las reivindicaciones que traen consiste, pura y
simplemente, en su independencia política de la República del Ecuador, como una
nueva nación formada por todas las Etnias indígenas. Si tal aspiración llegara
a hacerse realidad consagraría definitivamente la división política de toda
América entre indígenas y extranjeros; recorriendo, así, rápidamente hacia
atrás toda la historia de las naciones americanas actuales, toda la historia
colonial y toda la conquista de los siglos XV, XVI y XVII, reconociendo las
guerras y asumiendo las derrotas sin aliviar la sangre vertida; dando por
seguro una separación irreconciliable.
Esta tendencia política de unificación en las reivindicaciones de los pueblos indígenas tiene veinte años de historia, descrita en el movimiento indígena ecuatoriano; pero para llegar a esa unidad política de hecho, habría que retrotraerse al antiguo reino de quito unificado con el imperio del Cuzco. La realidad demostrada es la de una poderosa cohesión entre las diferentes Etnias así agrupadas para luchar por sus derechos; traerá como consecuencia una mayor comunicación entre todas ellas, acercando lo que fueron posiciones ancestrales distantes e incluso enfrentadas, adversarias, sino enemigas. El levantamiento indígena de 1990 le sorprendió al Ecuador en plena euforia esnobista de lo antiespañol, moda de latinoamericanos inseguros. Si somos capaces de mirar atentamente hacia el fenómeno del mestizaje podremos encontrar dentro alguna de las claves que revelan gran parte de la verdad del indígena actual. Gran parte de la vida del indio estaba comprendida dentro de su religión; y es en el sincretismo de su religión actual donde ese indio dio cabida a la cultura que el invasor occidental llegó a imponerle, no se inhibió ante ella –no le hubiera sido posible tampoco– pero no sucumbió, la asimiló de esa forma tan original que muchos parecen ignorar ahora. La actual política de la federación shuar –lo mismo que las nuevas actividades ganaderas-comerciales que se apuntan arriba– tiende a aumentar la cohesión interfamiliar, para establecer servicios comunes a un considerable número de indígenas. Centros de salud, escuelas, iglesias, locales de reunión, es lo que configura los “centros” shuar sin los cuales no sería posible afrontar la lucha común entre toda la sociedad shuar; tales “centros” recuerdan algo a las antiguas “reducciones” que los españoles crearon en las mismas selvas hace tres y cuatro siglos; lo fundamental que las distingue de aquellas es que hoy son promovidas por ellos mismos, los propios shuar, por sus intereses, por su iniciativa. El indio necesita en este momento poner a salvo su idioma, como condición indispensable para salvar su cultura, su personalidad, mientras alcanza el reconocimiento del resto de la sociedad, mientras que se consolida su presencia social entre las demás gentes. Necesita poner a salvo de todas las doctrinas extranjeras lo fundamental que le queda de su ancestral religión, esa parte de su conciencia que le conecta directa y constantemente con la naturaleza, con su entorno. Necesita el reconocimiento respetuoso a sus ancianos, a su medicina natural, a su sentido de la propiedad de bienes comunales y a su sentido de la familia. La repartición-privatización de la tierra, que impone el sistema jurídico occidental, el usual en las repúblicas americanas, supone una agresión a lo que es su ley de costumbres, las asumidas de una generación a otra, lo que constituye el derecho natural de su país-nación. Defender el aspecto legal de la lucha debe reconducirla al campo del derecho de gentes que en cualquier lugar del planeta es válido y nunca la humanidad abiertamente lo ha negado. Es ineludible el fondo de la cuestión porque nos atañe a todos. Por ello, la solución de continuidad en la relación mestizo-indígena (o extranjero–indígena) es mucho más que no resolver los problemas actuales, que firmar o no firmar un pacto para salir del paso; es dejar pasar la ocasión, quizás la última de todas, para incorporar definitivamente los indígenas a la vida política y social de los pueblos nuevos americanos, de las repúblicas; significaría imposibilitar la conexión de la sociedad actual con la sociedad antigua americana, retomando los valores que cayeron en desuso, valores como la comprensión de la naturaleza, el sentido social de grupo basado en razones de convivencia, de proximidad, de familia natural, de bienes comunes de propiedad compartida, valores éstos, los suyos, que no han sido todavía depreciados por el materialismo ni el consumismo. Significaría un nuevo cultivo de ancestrales costumbres suyas, en el folklore, nuevo aprecio de aspectos culturales más variados, menos homogeneizados, más diversos, reincorporados a la expansiva cultura actual del ocio. Sus milenarias culturas comprenden una filosofía de la vida que el hombre actual está necesitando, más abierta, aquella que le conecta al ser humano más y mejor consigo mismo y con el mundo en que vive, el mundo de cielo y tierra. La Historia más reciente, la de nuestras generaciones vivas, ha demostrado que el avance de la civilización occidental debe mucho al reconocimiento que hizo del mundo oriental; si en vez de comprensión hacia él se hubiera dado aversión y enemistad, no es probable que occidente hubiera siquiera sobrevivido enfrentándose a un enemigo tan grande y poderoso. No hay pues razón para negar que la apertura hacia otras culturas más occidentales den resultados igualmente positivos en este momento.
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