América Suya

Encuadernación lujo 236 p.

©  Darío Herreros, 1992
©  Edym, España, 1992

ISBN 84-604-39389-5

 

INDICE DEL LIBRO

La América Suya

Introducción

El periodismo de bloque

Los insurgentes

Lo maravilloso de verdad

El amor

Morir y no morir

Espacio y tiempo americanos

Al amor de Vallejo

La Iglesia de la justicia social

Los curas en la lucha

Fray Bartolomé de Las Casas y los curas contestatarios

El Nuevo Mundo del Concilio Vaticano II

La implicación política

El final de una dictadura

En recuerdo del padre Llanos

Las dictaduras y las democracias

Un documento de García Márquez

Repaso a la historia

Casuística de la dictadura

Fotografiar al fantasma

La dictadura del dinero

La cuestión indígena

Tempestad en Los Andes

Ecuador como ejemplo del movimiento indígena organizado

Etnografía indígena actual del Ecuador

El primer levantamiento indígena con organización política propia

El estado actual de la cuestión indígena

La Amazonía deseada

ECO'92

La cuenca del Amazonas

Los recursos medioambientales

Los pueblos de la Amazonía

Los nuevos pobladores de la selva y el urbanismo amazónico

Inmigrantes circunstanciales de la Amazonía

La antigua historia y el futuro posible y deseable

5. La Amazonía deseada

5.1 ECO'92

 

De unos informadores a otros, la cantidad de organizaciones ecologistas no gubernamentales que se han reunido en Río de Janeiro, varía en algunos cientos o un millar; de 2800 a 3500. Más que la exactitud tiene importancia en este caso la inconcreción en torno a una cantidad tan grande; muchos han debido ser para que el margen sea tanto. Y este es el dato más interesante: esa masiva concurrencia. Otro tanto (nada más, por el momento) se puede decir en cuanto a la participación oficial: 102 jefes de estado y de gobierno y otros representantes, hasta llegar a un total de 150 países representados en este gran foro para hablar de la vida. En contra de los escépticos estarán siempre los esperanzados: La mayor causa de preocupación, la vida, ha concentrado al mayor número de autoridades del orbe; siendo, además, ella una causa de paz. Ni siquiera el hecho de que los EE UU no han firmado el Tratado de Biodiversidad puede rebajar este éxito conseguido en la convocatoria. La Agenda 21 contiene 40 capítulos de programas de acción sobre medioambiente y desarrollo; esos capítulos estarán en las carteras ministeriales de todos los gobiernos del mundo; la población, la sociedad en cada país, no podrá por menos de interrogar de vez en cuando a sus políticos por el cumplimiento de esos programas, de esos compromisos asumidos en la Cumbre de la Tierra.

De unos informadores a otros (también en las traducciones hay diferencias, no sólo en los números) difiere la versión de dos palabras que se conjugan juntas en esta magna cumbre. La primera es Desarrollo, un nombre común, aunque se escriba aquí con mayúsculas, que en todos los idiomas del mundo significa lo mismo y tiene una sola traducción; la segunda palabra es un adjetivo calificativo, más amplio e inconcreto de significado y, casualidad, en español e inglés puede tener idéntica escritura: SUSTENTABLE, en otras versiones SOSTENIBLE; son sinónimos en castellano los dos vocablos; pero mientras que “sostenible” tiene un significado con mayor carga ecológica, “sustentable” hace pensar en una cierta intención financiera. Ese calificativo SUSTENTABLE-SOSTENIBLE es el verdadero “quid” de la cuestión, tanto del desarrollo ecológico como de la conservación de la biodiversidad.

Por encima de todo, de la cuestión financiera en lo sustentable del desarrollo, de los tratados firmados y sin firmar, de las declaraciones, es un buen augurio que los líderes políticos de todo el mundo hayan elegido precisamente Río de Janeiro para la celebración de la Cumbre de la Tierra de 1992; es un enclave significativo (apreciación esta que es independiente de los resultados concretos de la propia cumbre). Se trata de un lugar de la misma América que este año merece una especial atención, recuerdo, comprensión, agradecimiento y admiración. Río es el sitio ideal para reunirse a hablar de la vida en este planeta de maravillosos colores.

Dijo Neil Armstrong, cuando se subió a la Luna para mirar desde allí, que posiblemente la Tierra era la materia más elegante que había en el espacio; “este cuerpo redondo y brillante que vemos irradia belleza en el Universo”. Pero si la Luna es un punto de vista interesante para observar a la Tierra, no por ello podemos esperar a volar tan lejos para ser conscientes de la importancia que tiene el lugar donde vivimos; estando aquí tenemos la oportunidad para conocerlo de cerca. La Tierra admirable desde el espacio es la misma tierra que está a nuestros pies, tan real y tan palpable; su atmósfera brillante es el mismo aire que respiramos; su agua transparente es el agua de nuestro cuerpo; su magnetismo es nuestro magnetismo; su ser es la mayor parte de nuestro ser; su vida es nuestra vida; ¿son pocas estas razones para comprender que de su salud depende nuestra salud?

El progreso de la ciencia, tan rápido, tan veloz en los últimos tiempos, pone cada día un sinnúmero de datos nuevos al alcance de todos los seres humanos, que deben, con ello, enriquecer su conocimiento para que su forma de vivir sea más inteligente.

Porque no puede relegarse a la exclusividad de los científicos aquello que es la común comprensión de nuestro mundo; ni los sabios lo deben reservar para sí ni los demás debemos desentendernos de ello. Ha sido precisamente la conquista del espacio y de las técnicas de observación desde grandes alturas lo que ha modificado todas las disciplinas científicas que tienen a este planeta como objeto de estudio, ha modificado los tratados de geografía, de geología, se ha especializado la climatología y, sobre todo, se ha creado una rama científica nueva e insospechadamente amplia: la que trata del medio ambiente. también ha recobrado valor la enorme importancia de aquella gran división que los filósofos de la Antigüedad hicieron de los cuatro elementos fundamentales: el aire, el agua, la tierra y el fuego. La ciencia se expande y a la vez penetra más en áreas especificas; la ciencia de la tierra avanza hacia conceptos más globales de todo el sistema y, al mismo tiempo, estudia los aspectos separados, viendo con mayor claridad que todo está relacionado, que hay una constante interrelación entre cada cosa y el todo planetario. De la misma forma el trabajo de los científicos y el de cualquier ciudadano deben ser acordes para que pueda conseguirse una armonía en la vida, en la existencia que es común a todos nosotros. Seguramente la esencia de la vida es la armonía entre todas las cosas que existen. La vida, que todavía no sabemos lo que es, puede que sea ese equilibrio entre todo lo que hay.

La Cumbre de la Tierra será, debiera ser, la cumbre de la vida; debiera ser una demostración fehaciente del interés por ella, porque de no ser así esta Tierra será pronto un páramo celestial, cambiará de color, se le apagará el brillo, perderá todo su valor y quien sabe si con ello no la conduciremos a desaparecer por una ratonera cósmica en contra de su destino, y malogrando su suerte. —¿Sabemos la capacidad de decisión que tenemos sobre este mundo? ¿Tenemos una medida aproximada de cuánto podemos influir en el comportamiento extremo del planeta quienes lo estamos habitando? Debieran replantearse todos los postulados políticos, tanto de los países poderosos como de los humildes, antes que la fuerza de los hechos escapen a su control. Una de las grandes lecciones que nos ha dado la historia, vista con el prisma de lo últimos tiempos, es que los logros de la libertad deben traducirse en responsabilidad común y en cooperación para que el ejercicio de esta libertad no vaya en contra de aquella premisa que la hizo posible. Por lo general se les da una mayor importancia a las determinaciones políticas y mueven más a la opinión pública que las penurias de la naturaleza. La humanidad precisa un acto de meditación acerca del comportamiento interno y externo de cada ser humano y de todos en común, de cada nación, de cada bloque, de cada clase social. Los pueblos no pueden delegar toda la responsabilidad en los políticos que gobiernan y estos no pueden supeditar el buen fin de su trabajo al privilegio de ejercer la autoridad que están ejerciendo. “Son los pueblos los que deben tomar ahora la iniciativa de pedir a sus gobernantes que cumplan lo que han firmado aquí” (Maurice Strong, secretario general de la Cumbre, y de la de 1972 en Estocolmo, al cierre de ésta).

Es una buena elección la de Río para la celebración de una cumbre sobre la vida en la Tierra. Río sintetiza gran parte de lo que es la vida aquí; una magia todopoderosa lo ha conseguido. El culto a la vida como juego, la vitalidad del placer, el optimismo como sentimiento permanente, la bondad, la música de lo cotidiano; y la vecindad con la pobreza, el habitual desposeído conviviendo con el lujo también habitual. Es río la rareza ejemplar de una utopía americana, demostrada con hiperrealismo. Se reúnen para hablar sobre lo más importante del mundo en un lugar que es clave para la conservación de la vida en la Tierra, frente a un océano de agua, el Atlántico, y frente a la Amazonía, Océano de verdor.

Ha sido Río de Janeiro el cenáculo para otra gran reunión, la del Tratado de Cooperación Amazónica, auspiciado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y por el Banco Interamericano de Desarrollo. La Amazonía, una de las regiones menos pobladas del mundo, es la gran anfitriona, histórica, en este sprint enloquecido que va a acabar con una etapa de dos mil años de Historia. El 3 de julio de 1978 los gobiernos de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Suriname y Venezuela, suscribieron un tratado que tiene como finalidad “realizar esfuerzos y acciones conjuntas para promover el desarrollo armónico de sus respectivos territorios amazónicos, de manera que esas acciones conjuntas produzcan resultados equitativos y mutuamente provechosos, así como para la preservación del medio ambiente y conservación y utilización racional de los recursos naturales de esos territorios; este acuerdo se llamó Tratado de Cooperación Amazónica. Del texto del Tratado se han extraído documentos posteriores para políticas nacionales de desarrollo puntual, como soberanía sobre recursos naturales, navegación fluvial, asuntos de población indígena, preservación de la diversidad biológica de la selva, etc.

El TCA se estructura orgánicamente en cuatro cuerpos políticos para su funcionamiento:

 

El Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores de cada país, como institución normativa para dirigir la política común y evaluar periódicamente la gestión del Tratado.

El Consejo de Cooperación Amazónica, integrado por representantes diplomáticos de alto nivel, encargados de velar por el cumplimiento de los objetivos señalados en el Tratado y las decisiones del Consejo Ministerial.

La Secretaría pro témpore del Tratado, ejercida de forma rotativa, durante dos Años, por cada país en el orden en que son sede del Consejo de Cooperación. Es el organismo encargado de ejecutar los mandatos del Consejo de Cooperación y de las reuniones ministeriales.

Las Comisiones Especiales de Medio Ambiente, Ciencia y Tecnología, Asuntos indígenas, Salud, Transporte y Comunicaciones e Infraestructura, y Turismo.

Aunque el TCA no es una entidad que goce de gran fama en el mundo, para los países que lo integran significó de inmediato una toma de conciencia colectiva en torno a la Amazonía, que no contenía solamente el gran territorio compartido sino una suma de complejas cuestiones, entre la cuales los recursos para la producción de riqueza eran algo del mayor interés.

En los dos primeros Años de funcionamiento, de 1978 á 1990, el TCA sirve para consolidar una voluntad Política común y un proceso creciente de compromisos ante el desarrollo y la conservación de esa región, considerada como unidad de responsabilidad entre los ocho países; compromiso éste al que ha contribuido en gran medida la propia dinámica de los acontecimientos y el interés que el área ha despertado en otros países no amazónicos.

A partir de 1990 los firmantes del tratado deciden poner en marcha programas regionales y sectoriales, como cumplimiento de los propósitos políticos; se aprueban 200 proyectos concretos y 52 programas más amplios, elaborados por todas las Comisiones Especiales. Más de un centenar de instituciones públicas y privadas de todos los países están convergiendo en llevar a cabo estos proyectos y programas y a través de ellos otros gobiernos extra amazónicos e instituciones internacionales colaboran con el TCA.

 

1. Programas de publicaciones para la divulgación científica de la Amazonía; documentos que son elaborados por una larga nómina de eminentes personalidades.

2.  Programas de regionalización ecológica para sistematizar su estudio y administración. Colaboran la CEE, el Banco Mundial, el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) y la FAO.

3.  Programa “Ecología, Biodiversidad y Dinámica de Poblaciones”, dirigido por Venezuela. Colaboran la Fundación Mac Arthur, la CCE, el Banco Mundial y el PNUD.

4.  Programa de fauna silvestre. Encargado a Suriname para su dirección, colaborando la Fundación Mac Arthur, y la WWF.

5.  Programa de defensa y aprovechamiento de los recursos forestales, dotados con un presupuesto de nueve millones de dólares.

6.  Programa de recursos hidrobiológicos, en colaboración con el Departamento de Pesca de la FAO.

7.  Programa de Planificación y administración de áreas protegidas y parques nacionales, en colaboración con la Oficina de la FAO para América Latina y el Caribe y con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

8.  Programa de unificación de políticas de medio ambiente.

9.  Programa de investigación botánica.

10.Programas de salud materno infantil para los pobladores amazónicos y de alerta a la contaminación, en colaboración con la Organización Mundial de la Salud.

11.Programa de legislación y consolidación de tenencia de los territorios indígenas.

12.Documento de datos básicos de infraestructura de transporte, de navegación fluvial y de infraestructura turística en la Amazonía.

 

 

El más amplio de los programas de estudio llevados a cabo por el TCA (de los conocidos, al menos) es el preparado por la Comisión Especial de Medio Ambiente y Desarrollo, que se ha redactado como documento de trabajo para la reunión del Consejo de Cooperación Amazónica, en Río de Janeiro, 1992. Este documento desprende una cierta frialdad que sin duda se corresponde al clímax que se da en el seno político del TCA. Tiene repuntes de temor a que las potencias mundiales y la opinión internacional se pronuncie anticipadamente sobre el futuro del área amazónica; se defiende por adelantado de esa temida internacionalización expropiando a la Amazonía de las connotaciones mitológicas que, entre otras cosas, produjeron el hecho mismo de estar esos gobiernos en la actual propiedad de la región. No hay que confundir el mito con la ignorancia. La Amazonía, en toda su extensión actual, nació de mitos, su nombre lo tomó de las míticas mujeres amazonas, cuya existencia nadie ha probado ni negado, que eran tenidas por guerreros extremadamente fuertes, belicosas y despiadadas. El mito de “selva virgen” es tan real como la selva misma; ninguna de las antiguas etnias pobladoras de la selva, ninguna de sus civilizaciones mancilló la virginidad de la selva, ninguna hizo que lo que era selva dejara de serlo; hemos sido los civilizados extra selváticos los únicos que hemos iniciado a la selva amazónica en contra de su virginidad. Llamamos mitos (extra amazónicos) a lo que son las ideologías de los indígenas, a su visión del mundo, a su comprensión de la naturaleza, a la idea que en definitiva tienen de la vida en la selva.

Y tiene un claro propósito de descargo, por parte de los países amazónicos, de todos los ataques y perjuicios que la Amazonía haya sufrido a lo largo de los tiempos.

Hay matices, ni siquiera disimulados en este documento, que avisan sobre el propósito de utilizar la Amazonía como fuente primordial de riqueza por parte de sus propietarios políticos, porque son países en vías de desarrollo, o bien supeditar su preservación a un gran pacto internacional que incluya premios en metálico para estos propietarios de recursos no explotados. Si predomina la manía Política de llevarlo todo al terreno de lo administrativo comercial presupuestario, puede terminar la Amazonía siendo el mayor campo de conflictos mundiales, el gran terreno de la discordia y, como efecto, la más catastrófica depredación. Falta por estudiar cuánta riqueza hay en la conservación de la vida, cuánto vale la pena acumular más riqueza material sin repartirla mejor. Falta calcular cuánto valdrá un metro de tierra virgen después del año 2000 y la gran pérdida que supondría destruir el pasado sin haber llegado a conocerlo.

Hace ahora 20 Años de la Primera Conferencia para el Desarrollo y Medio Ambiente, que se celebró en Estocolmo (1972). Los programas de las Naciones Unidas, y sobre todo la UNESCO, han jugado un papel decisivo y fundamental en el estudio y divulgación de las regiones naturales del planeta, de su belleza, de la riqueza biológica que encierran y del valor cultural que suponen, no sólo para la población local sino para sus países, sus estados, y para toda la humanidad. Lo más fructífero de esta labor ha sido conectar al hombre con estas regiones, no humanizando artificialmente, sino contribuyendo a que la sociedad descubriera en ellas valores supremos de belleza, reales, concretos, alcanzables, susceptibles de disfrute; más destacables son los casos en que los naturales pobladores de esas regiones han recuperado, al ser conocidas y justamente valoradas, su dignidad humana, su respeto social sin ser despreciados por primitivos o arcaicos. En el mundo occidental, la labor científica sobre los parajes naturales ha ayudado a formar la conciencia ecológica de la sociedad. Falta llevar a cabo esta labor respecto a la Amazonía, de una forma serena pero inmediata, porque ello es primordial, ello debe hacerse antes de iniciar ninguna otra labor; porque, aunque la Amazonía no sea el único pulmón de la Tierra, sí es uno de los más importantes; y un cuerpo tan voluminoso, evidentemente, necesita algo más que un par de buenos pulmones para respirar. Sino el pulmón, es al menos el órgano metabolizador que se conserva más joven y en mejor estado, el más grande y el de mayor producción, con la particularidad de ser un órgano superficial, a flor de piel, más susceptible de heridas pero mucho más activo y productivo que un órgano interno; la Amazonía, por demás, no afecta solamente a la salud de la Tierra, es además una buena parte de su apariencia física, de su atractivo. Por eso destruir los mitos de la Amazonía no le va a beneficiar, sería desnaturalizarla en parte, no sería democrático (particularmente los indígenas lo desaprobarían) y en cuanto al mito de “el pulmón de la Tierra”... . ¿Que pasará si se lo extirpamos?

Todos los programas de gestión, de administración, de estudio, de divulgación y de realización material en la Amazonía, propuestos por el Tratado de Cooperación Amazónica, están encaminados no solamente a la preservación de la región con todos su valores actuales sino también a sustentar un futuro para esa región que sea acorde con el futuro de sus países, de su entorno, y con el futuro del mundo. El espíritu de esos programas —enunciados arriba—, su contenido, su teoría, son expresión de los mejores propósitos y no ofrecen duda respecto a las mejores intenciones por parte de quienes suscriben el TCA. Sin embargo no incluyen la fórmula clara de su financiación y que de la suma de esas financiaciones parciales se deduzca una fórmula clara, concreta y precisa para la financiación global de toda la empresa del futuro amazónico, y los derechos y obligaciones derivados de esa aportación financiera y estructural cuando proceda de países extra amazónicos.

Es claro que la Amazonía pertenece a ocho estados amazónicos soberanos, por razones históricas de conquista y de configuración de las repúblicas, por los tratados políticos del siglo XV que repartieron los territorios conquistados por los europeos a los nativos y colonizados posteriormente por ellos. Es claro, con el derecho de gentes en la mano, con el Derecho Natural que ninguna nación del mundo puede abolir, que la Amazonía pertenece a sus pobladores aborígenes. —¿Pero su patrimonio es exclusivamente suyo? ¿Los valores universales son patrimonio exclusivo de los dueños del territorio o son valores cuyo patrimonio es invocable por todo ser humano que tiene derecho a la vida, como implemento de este elemental derecho? ¿Alguien, por muy dueño que sea de su territorio, puede arrogarse propiamente el derecho a destruir bienes que son patrimonio de la humanidad?

A la Amazonía —a diferencia de la Antártida, que no tiene pobladores naturales, y a diferencia de las ciudades declaradas patrimonio de la humanidad, cuyo status político está ya consolidado, por poner dos ejemplos extremos— le urge una definición Política universal y que todos los países de la Tierra la asuman. Esta definición debe incluir los aspectos fundamentales del objeto que define, Amazonía: Que el tesoro ecológico mundial que encierra debe quedar a salvo de cualquier otra medida político administrativa y que el aprovechamiento de los recursos debe beneficiar en primer lugar a aquellos que son sus propietarios naturales, los indígenas, respetando sus intereses legítimos.

Ese tesoro ecológico no tiene un valor determinado en ningún mercado. En este sentido el derecho de la humanidad sobre la Amazonía consistirá en exigir a los países amazónicos el cumplimiento de la obligación que contraen para la conservación de esa región, que no implica otra cosa sino la conservación de la vida en el planeta en su forma natural, obligación esta por y para las generaciones presentes y futuras. Por esta razón, los receptores del beneficio deben asumir la deuda que contraen con quienes lo generan, ofreciendo justas compensaciones. Tal contraprestación debe realizarse en un tiempo ya inaplazable, porque las circunstancias del desarrollo mundial hacen que la necesidad y la pobreza se acrecienten en orden de progresión geométrica, multiplicándose por sí misma cada día que se distancia de la riqueza.

Es responsabilidad mundial apoyar a los países amazónicos tanto en su conservación como en su desarrollo, en fortalecimiento jurídico y político para que sus decisiones sean eficaces; apoyarlos en la sustentación de la paz y la democracia; apoyarlos para que cualquier tipo de riqueza de esa procedencia no sea patrimonio industrial “incautado” por los potentes medios de las grandes empresas ni de los otros países más avanzados en ciencia y tecnología. La cuenca amazónica es una de las últimas fronteras de desarrollo en cuanto a recursos naturales del planeta. Dados los bajos niveles de renta per cápita en la región, difícilmente puede desconsiderarse el valor de la potencial riqueza que estos recursos representan para sus pobladores. Por mucha conciencia ecológica que adquiera esta población no podrán, dada su precariedad económica, hacer frente a los costes de la empresa amazónica sin el acopio de recursos exteriores a ella; más si se tiene en cuanta que hay cuestiones locales que demandan una actuación inmediata, prioritaria. La demora en la solución de estos asuntos presiona sobre el futuro de los demás recursos y sobre la gran cuestión de fondo.

La Amazonía es una causa común para toda la humanidad, causa para buscar un nuevo estilo de desarrollo más sensato; causa para que el ejemplo de la reducción del peligro nuclear anime a la reducción del peligro ecológico; causa de solidaridad internacional y de cooperación en la movilización de recursos humanos, científicos y financieros hacia la región. Si la participación internacional no cuestiona la Soberanía de los países amazónicos sobre el territorio en cuestión, debe traer como consecuencia el reconocimiento al derecho que estos invocan para tratar la Política de la Amazonía dentro de su propio marco, aunque sea con el concurso de todos cuantos se presten a esa colaboración.

 

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