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5. La Amazonía deseada
De unos informadores a otros, la cantidad
de organizaciones ecologistas no gubernamentales que se han reunido en Río de
Janeiro, varía en algunos cientos o un millar; de 2800 a 3500. Más que la
exactitud tiene importancia en este caso la inconcreción en torno a una
cantidad tan grande; muchos han debido ser para que el margen sea tanto. Y este
es el dato más interesante: esa masiva concurrencia. Otro tanto (nada más, por
el momento) se puede decir en cuanto a la participación oficial: 102 jefes de
estado y de gobierno y otros representantes, hasta llegar a un total de 150
países representados en este gran foro para hablar de la vida. En contra de los
escépticos estarán siempre los esperanzados: La mayor causa de preocupación, la
vida, ha concentrado al mayor número de autoridades del orbe; siendo, además,
ella una causa de paz. Ni siquiera el hecho de que los EE UU no han firmado el
Tratado de Biodiversidad puede rebajar este éxito conseguido en la
convocatoria. La Agenda 21 contiene 40 capítulos de programas de acción sobre
medioambiente y desarrollo; esos capítulos estarán en las carteras
ministeriales de todos los gobiernos del mundo; la población, la sociedad en
cada país, no podrá por menos de interrogar de vez en cuando a sus políticos
por el cumplimiento de esos programas, de esos compromisos asumidos en la
Cumbre de la Tierra.
De unos informadores a otros
(también en las traducciones hay diferencias, no sólo en los números) difiere
la versión de dos palabras que se conjugan juntas en esta magna cumbre. La
primera es Desarrollo, un nombre común, aunque se escriba aquí con mayúsculas,
que en todos los idiomas del mundo significa lo mismo y tiene una sola
traducción; la segunda palabra es un adjetivo calificativo, más amplio e
inconcreto de significado y, casualidad, en español e inglés puede tener
idéntica escritura: SUSTENTABLE, en otras versiones SOSTENIBLE; son
sinónimos en castellano los dos vocablos; pero mientras que “sostenible” tiene
un significado con mayor carga ecológica, “sustentable” hace pensar en una
cierta intención financiera. Ese calificativo SUSTENTABLE-SOSTENIBLE es el verdadero “quid” de la cuestión,
tanto del desarrollo ecológico como de la conservación de la biodiversidad.
Por encima de todo, de la
cuestión financiera en lo sustentable del desarrollo, de los tratados firmados
y sin firmar, de las declaraciones, es un buen augurio que los líderes
políticos de todo el mundo hayan elegido precisamente Río de Janeiro para la
celebración de la Cumbre de la Tierra de 1992; es un enclave significativo
(apreciación esta que es independiente de los resultados concretos de la propia
cumbre). Se trata de un lugar de la misma América que este año merece una
especial atención, recuerdo, comprensión, agradecimiento y admiración. Río es
el sitio ideal para reunirse a hablar de la vida en este planeta de maravillosos
colores.
Dijo Neil Armstrong, cuando
se subió a la Luna para mirar desde allí, que posiblemente la Tierra era la
materia más elegante que había en el espacio; “este cuerpo redondo y brillante
que vemos irradia belleza en el Universo”. Pero si la Luna es un punto de vista
interesante para observar a la Tierra, no por ello podemos esperar a volar tan
lejos para ser conscientes de la importancia que tiene el lugar donde vivimos;
estando aquí tenemos la oportunidad para conocerlo de cerca. La Tierra
admirable desde el espacio es la misma tierra que está a nuestros pies, tan
real y tan palpable; su atmósfera brillante es el mismo aire que respiramos; su
agua transparente es el agua de nuestro cuerpo; su magnetismo es nuestro
magnetismo; su ser es la mayor parte de nuestro ser; su vida es nuestra vida;
¿son pocas estas razones para comprender que de su salud depende nuestra salud?
El progreso de la ciencia,
tan rápido, tan veloz en los últimos tiempos, pone cada día un sinnúmero de
datos nuevos al alcance de todos los seres humanos, que deben, con ello,
enriquecer su conocimiento para que su forma de vivir sea más inteligente.
Porque no puede relegarse a
la exclusividad de los científicos aquello que es la común comprensión de
nuestro mundo; ni los sabios lo deben reservar para sí ni los demás debemos
desentendernos de ello. Ha sido precisamente la conquista del espacio y de las
técnicas de observación desde grandes alturas lo que ha modificado todas las
disciplinas científicas que tienen a este planeta como objeto de estudio, ha
modificado los tratados de geografía, de geología, se ha especializado la
climatología y, sobre todo, se ha creado una rama científica nueva e
insospechadamente amplia: la que trata del medio ambiente. también ha recobrado
valor la enorme importancia de aquella gran división que los filósofos de la
Antigüedad hicieron de los cuatro elementos fundamentales: el aire, el agua, la
tierra y el fuego. La ciencia se expande y a la vez penetra más en áreas
especificas; la ciencia de la tierra avanza hacia conceptos más globales de
todo el sistema y, al mismo tiempo, estudia los aspectos separados, viendo con
mayor claridad que todo está relacionado, que hay una constante interrelación
entre cada cosa y el todo planetario. De la misma forma el trabajo de los
científicos y el de cualquier ciudadano deben ser acordes para que pueda
conseguirse una armonía en la vida, en la existencia que es común a todos
nosotros. Seguramente la esencia de la vida es la armonía entre todas las cosas
que existen. La vida, que todavía no sabemos lo que es, puede que sea ese
equilibrio entre todo lo que hay.
La Cumbre de la Tierra será,
debiera ser, la cumbre de la vida; debiera ser una demostración fehaciente del
interés por ella, porque de no ser así esta Tierra será pronto un páramo
celestial, cambiará de color, se le apagará el brillo, perderá todo su valor y
quien sabe si con ello no la conduciremos a desaparecer por una ratonera
cósmica en contra de su destino, y malogrando su suerte. —¿Sabemos la capacidad
de decisión que tenemos sobre este mundo? ¿Tenemos una medida aproximada de
cuánto podemos influir en el comportamiento extremo del planeta quienes lo
estamos habitando? Debieran replantearse todos los postulados políticos, tanto
de los países poderosos como de los humildes, antes que la fuerza de los hechos
escapen a su control. Una de las grandes lecciones que nos ha dado la historia,
vista con el prisma de lo últimos tiempos, es que los logros de la libertad
deben traducirse en responsabilidad común y en cooperación para que el
ejercicio de esta libertad no vaya en contra de aquella premisa que la hizo
posible. Por lo general se les da una mayor importancia a las determinaciones
políticas y mueven más a la opinión pública que las penurias de la naturaleza.
La humanidad precisa un acto de meditación acerca del comportamiento interno y
externo de cada ser humano y de todos en común, de cada nación, de cada bloque,
de cada clase social. Los pueblos no pueden delegar toda la responsabilidad en
los políticos que gobiernan y estos no pueden supeditar el buen fin de su
trabajo al privilegio de ejercer la autoridad que están ejerciendo. “Son los
pueblos los que deben tomar ahora la iniciativa de pedir a sus gobernantes que
cumplan lo que han firmado aquí” (Maurice Strong, secretario general de la
Cumbre, y de la de 1972 en Estocolmo, al cierre de ésta).
Es una buena elección la de
Río para la celebración de una cumbre sobre la vida en la Tierra. Río sintetiza
gran parte de lo que es la vida aquí; una magia todopoderosa lo ha conseguido.
El culto a la vida como juego, la vitalidad del placer, el optimismo como
sentimiento permanente, la bondad, la música de lo cotidiano; y la vecindad con
la pobreza, el habitual desposeído conviviendo con el lujo también habitual. Es
río la rareza ejemplar de una utopía americana, demostrada con hiperrealismo.
Se reúnen para hablar sobre lo más importante del mundo en un lugar que es
clave para la conservación de la vida en la Tierra, frente a un océano de agua,
el Atlántico, y frente a la Amazonía, Océano de verdor.
Ha sido Río de Janeiro el
cenáculo para otra gran reunión, la del Tratado de Cooperación Amazónica,
auspiciado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y por el Banco
Interamericano de Desarrollo. La Amazonía, una de las regiones menos pobladas
del mundo, es la gran anfitriona, histórica, en este sprint enloquecido que va
a acabar con una etapa de dos mil años de Historia. El 3 de julio de 1978 los
gobiernos de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Suriname y
Venezuela, suscribieron un tratado que tiene como finalidad “realizar esfuerzos
y acciones conjuntas para promover el desarrollo armónico de sus respectivos
territorios amazónicos, de manera que esas acciones conjuntas produzcan
resultados equitativos y mutuamente provechosos, así como para la preservación
del medio ambiente y conservación y utilización racional de los recursos
naturales de esos territorios; este acuerdo se llamó Tratado de Cooperación
Amazónica. Del texto del Tratado se han extraído documentos posteriores para
políticas nacionales de desarrollo puntual, como soberanía sobre recursos
naturales, navegación fluvial, asuntos de población indígena, preservación de
la diversidad biológica de la selva, etc.
El TCA se estructura orgánicamente en cuatro cuerpos políticos para su funcionamiento:
Aunque el TCA no es una
entidad que goce de gran fama en el mundo, para los países que lo integran
significó de inmediato una toma de conciencia colectiva en torno a la Amazonía,
que no contenía solamente el gran territorio compartido sino una suma de
complejas cuestiones, entre la cuales los recursos para la producción de
riqueza eran algo del mayor interés.
En los dos primeros Años de
funcionamiento, de 1978 á 1990, el TCA sirve para consolidar una voluntad
Política común y un proceso creciente de compromisos ante el desarrollo y la
conservación de esa región, considerada como unidad de responsabilidad entre
los ocho países; compromiso éste al que ha contribuido en gran medida la propia
dinámica de los acontecimientos y el interés que el área ha despertado en otros
países no amazónicos.
A partir de 1990 los firmantes del tratado deciden poner en marcha programas regionales y sectoriales, como cumplimiento de los propósitos políticos; se aprueban 200 proyectos concretos y 52 programas más amplios, elaborados por todas las Comisiones Especiales. Más de un centenar de instituciones públicas y privadas de todos los países están convergiendo en llevar a cabo estos proyectos y programas y a través de ellos otros gobiernos extra amazónicos e instituciones internacionales colaboran con el TCA.
1. Programas de publicaciones para la divulgación científica de la Amazonía; documentos que son elaborados por una larga nómina de eminentes personalidades. 2. Programas de regionalización ecológica para sistematizar su estudio y administración. Colaboran la CEE, el Banco Mundial, el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) y la FAO. 3. Programa “Ecología, Biodiversidad y Dinámica de Poblaciones”, dirigido por Venezuela. Colaboran la Fundación Mac Arthur, la CCE, el Banco Mundial y el PNUD. 4. Programa de fauna silvestre. Encargado a Suriname para su dirección, colaborando la Fundación Mac Arthur, y la WWF. 5. Programa de defensa y aprovechamiento de los recursos forestales, dotados con un presupuesto de nueve millones de dólares. 6. Programa de recursos hidrobiológicos, en colaboración con el Departamento de Pesca de la FAO. 7. Programa de Planificación y administración de áreas protegidas y parques nacionales, en colaboración con la Oficina de la FAO para América Latina y el Caribe y con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). 8. Programa de unificación de políticas de medio ambiente. 9. Programa de investigación botánica. 10.Programas de salud materno infantil para los pobladores amazónicos y de alerta a la contaminación, en colaboración con la Organización Mundial de la Salud. 11.Programa de legislación y consolidación de tenencia de los territorios indígenas.
12.Documento de datos básicos de
infraestructura de transporte, de navegación fluvial y de infraestructura
turística en la Amazonía.
El más amplio de los
programas de estudio llevados a cabo por el TCA (de los conocidos, al menos) es
el preparado por la Comisión Especial de Medio Ambiente y Desarrollo, que se ha
redactado como documento de trabajo para la reunión del Consejo de Cooperación
Amazónica, en Río de Janeiro, 1992. Este documento desprende una cierta
frialdad que sin duda se corresponde al clímax que se da en el seno político
del TCA. Tiene repuntes de temor a que las potencias mundiales y la opinión
internacional se pronuncie anticipadamente sobre el futuro del área amazónica;
se defiende por adelantado de esa temida internacionalización expropiando a la
Amazonía de las connotaciones mitológicas que, entre otras cosas, produjeron el
hecho mismo de estar esos gobiernos en la actual propiedad de la región. No hay
que confundir el mito con la ignorancia. La Amazonía, en toda su extensión
actual, nació de mitos, su nombre lo tomó de las míticas mujeres amazonas, cuya
existencia nadie ha probado ni negado, que eran tenidas por guerreros extremadamente
fuertes, belicosas y despiadadas. El mito de “selva virgen” es tan real como la
selva misma; ninguna de las antiguas etnias pobladoras de la selva, ninguna de
sus civilizaciones mancilló la virginidad de la selva, ninguna hizo que lo que
era selva dejara de serlo; hemos sido los civilizados extra selváticos los
únicos que hemos iniciado a la selva amazónica en contra de su virginidad.
Llamamos mitos (extra amazónicos) a lo que son las ideologías de los indígenas,
a su visión del mundo, a su comprensión de la naturaleza, a la idea que en
definitiva tienen de la vida en la selva.
Y tiene un claro propósito de
descargo, por parte de los países amazónicos, de todos los ataques y perjuicios
que la Amazonía haya sufrido a lo largo de los tiempos.
Hay matices, ni siquiera
disimulados en este documento, que avisan sobre el propósito de utilizar la
Amazonía como fuente primordial de riqueza por parte de sus propietarios
políticos, porque son países en vías de desarrollo, o bien supeditar su
preservación a un gran pacto internacional que incluya premios en metálico para
estos propietarios de recursos no explotados. Si predomina la manía Política de
llevarlo todo al terreno de lo administrativo comercial presupuestario, puede
terminar la Amazonía siendo el mayor campo de conflictos mundiales, el gran
terreno de la discordia y, como efecto, la más catastrófica depredación. Falta
por estudiar cuánta riqueza hay en la conservación de la vida, cuánto vale la
pena acumular más riqueza material sin repartirla mejor. Falta calcular cuánto
valdrá un metro de tierra virgen después del año 2000 y la gran pérdida que
supondría destruir el pasado sin haber llegado a conocerlo.
Hace ahora 20 Años de la
Primera Conferencia para el Desarrollo y Medio Ambiente, que se celebró en
Estocolmo (1972). Los programas de las Naciones Unidas, y sobre todo la UNESCO,
han jugado un papel decisivo y fundamental en el estudio y divulgación de las
regiones naturales del planeta, de su belleza, de la riqueza biológica que
encierran y del valor cultural que suponen, no sólo para la población local
sino para sus países, sus estados, y para toda la humanidad. Lo más fructífero
de esta labor ha sido conectar al hombre con estas regiones, no humanizando
artificialmente, sino contribuyendo a que la sociedad descubriera en ellas
valores supremos de belleza, reales, concretos, alcanzables, susceptibles de
disfrute; más destacables son los casos en que los naturales pobladores de esas
regiones han recuperado, al ser conocidas y justamente valoradas, su dignidad
humana, su respeto social sin ser despreciados por primitivos o arcaicos. En el
mundo occidental, la labor científica sobre los parajes naturales ha ayudado a
formar la conciencia ecológica de la sociedad. Falta llevar a cabo esta labor
respecto a la Amazonía, de una forma serena pero inmediata, porque ello es
primordial, ello debe hacerse antes de iniciar ninguna otra labor; porque,
aunque la Amazonía no sea el único pulmón de la Tierra, sí es uno de los más
importantes; y un cuerpo tan voluminoso, evidentemente, necesita algo más que
un par de buenos pulmones para respirar. Sino el pulmón, es al menos el órgano
metabolizador que se conserva más joven y en mejor estado, el más grande y el
de mayor producción, con la particularidad de ser un órgano superficial, a flor
de piel, más susceptible de heridas pero mucho más activo y productivo que un
órgano interno; la Amazonía, por demás, no afecta solamente a la salud de la
Tierra, es además una buena parte de su apariencia física, de su atractivo. Por
eso destruir los mitos de la Amazonía no le va a beneficiar, sería
desnaturalizarla en parte, no sería democrático (particularmente los indígenas
lo desaprobarían) y en cuanto al mito de “el pulmón de la Tierra”... . ¿Que
pasará si se lo extirpamos?
Todos los programas de
gestión, de administración, de estudio, de divulgación y de realización
material en la Amazonía, propuestos por el Tratado de Cooperación Amazónica,
están encaminados no solamente a la preservación de la región con todos su
valores actuales sino también a sustentar un futuro para esa región que sea
acorde con el futuro de sus países, de su entorno, y con el futuro del mundo.
El espíritu de esos programas —enunciados arriba—, su contenido, su teoría, son
expresión de los mejores propósitos y no ofrecen duda respecto a las mejores
intenciones por parte de quienes suscriben el TCA. Sin embargo no incluyen la
fórmula clara de su financiación y que de la suma de esas financiaciones
parciales se deduzca una fórmula clara, concreta y precisa para la financiación
global de toda la empresa del futuro amazónico, y los derechos y obligaciones
derivados de esa aportación financiera y estructural cuando proceda de países
extra amazónicos.
Es claro que la Amazonía
pertenece a ocho estados amazónicos soberanos, por razones históricas de
conquista y de configuración de las repúblicas, por los tratados políticos del
siglo XV que repartieron los
territorios conquistados por los europeos a los nativos y colonizados
posteriormente por ellos. Es claro, con el derecho de gentes en la mano, con el
Derecho Natural que ninguna nación del mundo puede abolir, que la Amazonía
pertenece a sus pobladores aborígenes. —¿Pero su patrimonio es exclusivamente
suyo? ¿Los valores universales son patrimonio exclusivo de los dueños del
territorio o son valores cuyo patrimonio es invocable por todo ser humano que
tiene derecho a la vida, como implemento de este elemental derecho? ¿Alguien,
por muy dueño que sea de su territorio, puede arrogarse propiamente el derecho
a destruir bienes que son patrimonio de la humanidad?
A la Amazonía —a diferencia
de la Antártida, que no tiene pobladores naturales, y a diferencia de las
ciudades declaradas patrimonio de la humanidad, cuyo status político está ya
consolidado, por poner dos ejemplos extremos— le urge una definición Política
universal y que todos los países de la Tierra la asuman. Esta definición debe
incluir los aspectos fundamentales del objeto que define, Amazonía: Que el
tesoro ecológico mundial que encierra debe quedar a salvo de cualquier otra
medida político administrativa y que el aprovechamiento de los recursos debe
beneficiar en primer lugar a aquellos que son sus propietarios naturales, los
indígenas, respetando sus intereses legítimos.
Ese tesoro ecológico no tiene
un valor determinado en ningún mercado. En este sentido el derecho de la
humanidad sobre la Amazonía consistirá en exigir a los países amazónicos el
cumplimiento de la obligación que contraen para la conservación de esa región,
que no implica otra cosa sino la conservación de la vida en el planeta en su
forma natural, obligación esta por y para las generaciones presentes y futuras.
Por esta razón, los receptores del beneficio deben asumir la deuda que contraen
con quienes lo generan, ofreciendo justas compensaciones. Tal contraprestación
debe realizarse en un tiempo ya inaplazable, porque las circunstancias del
desarrollo mundial hacen que la necesidad y la pobreza se acrecienten en orden
de progresión geométrica, multiplicándose por sí misma cada día que se distancia
de la riqueza.
Es responsabilidad mundial
apoyar a los países amazónicos tanto en su conservación como en su desarrollo,
en fortalecimiento jurídico y político para que sus decisiones sean eficaces;
apoyarlos en la sustentación de la paz y la democracia; apoyarlos para que
cualquier tipo de riqueza de esa procedencia no sea patrimonio industrial
“incautado” por los potentes medios de las grandes empresas ni de los otros
países más avanzados en ciencia y tecnología. La cuenca amazónica es una de las
últimas fronteras de desarrollo en cuanto a recursos naturales del planeta.
Dados los bajos niveles de renta per cápita en la región, difícilmente puede
desconsiderarse el valor de la potencial riqueza que estos recursos representan
para sus pobladores. Por mucha conciencia ecológica que adquiera esta población
no podrán, dada su precariedad económica, hacer frente a los costes de la
empresa amazónica sin el acopio de recursos exteriores a ella; más si se tiene
en cuanta que hay cuestiones locales que demandan una actuación inmediata,
prioritaria. La demora en la solución de estos asuntos presiona sobre el futuro
de los demás recursos y sobre la gran cuestión de fondo.
La Amazonía es una causa común para toda la humanidad, causa para buscar un nuevo estilo de desarrollo más sensato; causa para que el ejemplo de la reducción del peligro nuclear anime a la reducción del peligro ecológico; causa de solidaridad internacional y de cooperación en la movilización de recursos humanos, científicos y financieros hacia la región. Si la participación internacional no cuestiona la Soberanía de los países amazónicos sobre el territorio en cuestión, debe traer como consecuencia el reconocimiento al derecho que estos invocan para tratar la Política de la Amazonía dentro de su propio marco, aunque sea con el concurso de todos cuantos se presten a esa colaboración.
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