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No consideramos como recursos
medioambientales a la población amazónica original, ni su cultura, ni su
contribución social dentro de sus territorios nacionales ni al resto de la
población. Es forzoso admitir, además que la población amazónica actual no se
compone únicamente de indios indígenas.
Hoy la Amazonía está habitada
por unos 20 millones de personas, población compuesta por amerindios nativos,
caucheros, mineros, agricultores, habitantes de las riberas dedicados a la
caza, la pesca y a recolección de plantas y frutos; otra comunidad amazónica
importante es la de científicos y religiosos de varias sectas y religiones.
En Términos cuantitativos, la
población más importante de la selva vive en ciudades y agrupamientos próximos
a industrias o explotaciones. Estos habitantes proceden de regiones pobres o de
sectores sociales marginados ya en su lugar de origen y la mayor parte de ellos
no consiguen redimirse de su pobreza original.
Para una primera aproximación
a la población amazónica, de antemano hay que saber que hay entre ella una
diferenciación natural, y básica, fundamental, dada precisamente por el tiempo
que llevan viviendo en ese medio. indígenas por su parte y seringueiros
o caucheros y ribereños, por la suya, llevan milenios y siglos respectivamente
viviendo en estrecha asociación con la naturaleza. Para eso han desarrollado no
solamente estrategias y tecnologías apropiadas para vivir en ese medio sino
además, y sobre todo, le han dado al hecho de vivir en la selva el justo
sentido que le corresponde; quien no está en este sentido está viviendo de una
forma extraña a la selva, con perjuicio por la dos partes.
Durante siglos se prestó poca
atención a los indígenas, salvo para acusarlos de obstaculizar el desarrollo.
Ahora comienza a comprenderse que sus conocimientos, sus costumbres, su cultura
son esenciales para comprender a la selva y para comprender el altísimo valor
que la vida en ella tiene si se armoniza con la naturaleza. Por contradictorio
que parezca, si en el siglo quince,
cuando el occidental conoce por primera vez la Amazonía, una civilización y
otra están separadas por algunos siglos, hoy esa separación es de milenios;
para una y para otra el reloj del tiempo ha ido con dos velocidades muy
diferentes: una lenta y otra disparada. La presumida civilización de los países
más avanzados del mundo se mirará en el espejo de estos sus antepasados vivos y
podrá mostrar desprecio o admiración, pero no podrá por menos de sentirse
agradecido al tener la oportunidad de comprobar, con todo realismo, de dónde
viene y a dónde va a llegar. Obviamente, con esto se quiere decir que “los
hombres primitivos” que quedan vivos en la Tierra tienen una importancia
substancialmente distinta a la de los fondos de museos antropológicos o de
etnohistoria; significan mucho más, significan lo que queda vivo de nuestro
propio origen; y más aún, es la conciencia viva de nuestro origen, sin la
contaminación de las ideologías que oportunamente han estado de moda y que, una
sobre otra, han depositado su sedimento en la cultura que venimos heredando. A
principios del siglo XVI se cree
que vivían en la cuenca del Amazonas unos siete millones de indios, de 2.000
etnias diferentes. La historia de las relaciones que se han dado entre el
Indígena de la selva y el “civilizado” es bien sabida, sobre todo porque es
bien corta. Hay tres capítulos en esta escasa historia, que corresponden a las
tres incursiones importantes que el hombre no selvático ha hecho en la selva:
La conquista y colonización española y
portuguesa, de los siglos XVI y XVII.
La explotación cauchera desde mediados
del siglo XIX a principios del
XX.
La petrolera y minera actual, iniciada
hace nada más que veinte años.
Hoy día subsisten en la
Amazonía alrededor de un millón y medio de indígenas, agrupados en 400 grupos
étnicos. Exceptuando Venezuela, que en 1982 realizó un censo oficial de
indígenas, los demás países de la región evalúan esta población a base de
estimaciones dispersas y en ocasiones vagas; acaso las más fiables proceden de
órdenes religiosas que misionan en la selva y en sus poblaciones marginales.
Se acusa excesivamente a los
planes de gran colonización amazónica de herir voluntariamente a los indígenas
o, por lo menos, obviarlos deliberadamente. Hay indicios suficientes para
pensar, sin embargo, que las razones fueron mucho más pobres para no contar con
los indígenas en esos planes. Más que voluntad de ir en contra hubo ignorancia
ramplona, puro y simple desconocimiento y, además, la tonta creencia de que
nunca el proceso de colonización iba a toparse con el Indígena. Si vivía tan
apartado del mundo... ¿Cómo se lo iba a encontrar nadie? —En una selva tan
cerrada, tan inmensa, el Indígena se escondería lo suficiente y a él le
quedaría suficiente sitio para vivir. ¿Que se pensó tradicionalmente en el
Indígena como obstáculo para el desarrollo? —Sí; pero ya se apartaría el
Indígena dejándole paso al progreso. En el momento de aquellos planes de gran
colonización nadie pensó en las multinacionales, porque no las habíamos
inventado todavía; esa compleja y todopoderosa maquinaria desarrollista que es
capaz de invadir un territorio con mayor rapidez aún que un ejército. Nadie
pensó que con la tecnología actual se puede envenenar, por un descuido, todo el
río Amazonas en no más de dos meses. Hace veinte años nadie pensó en las
motosierras que en manos de una brigada de quince o veinte obreros pueden talar
más cantidad de selva que entre todos los indígenas de la Amazonía juntos.
De forma elemental se puede
resumir que la problemática de incorporación de la población Indígena —de la
Amazonía y de cualquier parte del mundo donde viven pobladores originarios,
evolucionados o no— no va más allá de una justicia social que es común para
todo ciudadano del mundo: Todos los hombres son libres y todos tienen sus
derechos por el hecho de ser hombres, todos tienen derecho a la propiedad y no
ser oprimidos. Los indígenas deben ser respetados por este derecho natural y
por los derechos humanos, además de serlo por aquellos derechos provenientes de
su cultura, adquiridos en ella, lo mismo que el resto de los hombres de todas
las culturas los han adquirido en la suya. De esa forma los indígenas deber ser
mirados por los extraños y de esa forma deben contemplarse ellos mismos, para
que el compromiso sea asumido por las dos partes, para que los urbanos respeten
a los selváticos y para que los selváticos se comprometan —es esto igualmente
necesario— a recuperar, proteger y fortalecer su cultura, su idioma, su
filosofía de la vida, sus conocimientos de la naturaleza y de lo que ella da
generosamente. Desde este compromiso debe emprenderse la posterior compensación
entre las civilizaciones. Para la supervivencia del Indígena, en toda su plenitud
de derecho, no sólo es necesario que sea respetado por el blanco, es
imprescindible, además, que el indio sepa de la existencia del blanco, del
negro y el amarillo, que se conciencie de ello; que sepa cómo los demás
hombres, en su mundo, poseen su territorio, el solar donde viven y sepa él y
decida cómo quiere poseer el suyo.
El Indígena necesita ser
consciente de que existe otra parte del mundo, tomar conciencia de ello,
no
necesariamente saliendo a él, y manifestar a ese mundo cuanto
él desea
manifestar. Evitarle premeditadamente al Indígena el contacto con el mundo
exterior a él es como lanzar planes de colonización y desarrollo selvático sin
tenerlo a él en cuenta; es repetir mal lo que ya se ha hecho mal.
La Conferencia General de la
OIT, el 29 de junio de 1989, adoptó el convenio n1 169 sobre Pueblos indígenas
y Tribales, aplicable para los pueblos indígenas de la Amazonía. Tal documento
internacional abre una nueva concepción de los derechos de los indígenas; pero
no todos los países de la región amazónica han ratificado este convenio, hasta
la fecha. El espíritu de este convenio es que se reconozcan las aspiraciones de
esos pueblos a asumir el control de sus propias instituciones y formas de vida,
de su desarrollo económico, y mantener y fortalecer sus identidades, lenguas y
religiones dentro del marco de los estados en que viven.
La Coordinadora de
Organizaciones indígenas de la Cuenca Amazónica (COICA) fue fundada el 26 de
marzo de 1984 en Lima, por las propias organizaciones indígenas nacionales,
para reforzar su capacidad de acción y para aunar experiencias de trabajo y de
lucha. Está integrada por organizaciones indígenas de Bolivia, Brasil,
Colombia, Ecuador y Perú. La Central de Pueblos y Comunidades indígenas del
Oriente Boliviano (CIDOB) representa a 41 comunidades, con 11 organizaciones
afiliadas. La Unión de Naciones indígenas de Brasil (UNI) agrupa a cerca de 150
pueblos con 9 organizaciones afiliadas. La Organización Nacional de indígenas
de Colombia (ONIC) afilia a treinta organizaciones. La Confederación de
Nacionalidades indígenas de la Amazonía Ecuatoriana (CONFENIAE) agrupa a 10
organizaciones. La Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana
(AIDESEP) afilia a 21 organizaciones del Perú.
La COICA postula cinco puntos
directrices para el desarrollo amazónico:
La mejor defensa del medio ambiente
amazónico es el reconocimiento y defensa de los territorios indígenas y la
promoción de modelos indígenas de convivencia con la biosfera amazónica y
manejo sostenible de sus recursos.
Las instituciones financieras deben
reconocer los derechos de los pueblos indígenas de acuerdo a las conclusiones
del grupo de trabajo sobre este tema, dependiente de la Comisión de Derechos
Humanos de las Naciones Unidas.
Sin el consentimiento de la población
Indígena afectada no puede haber proyectos de desarrollo en áreas indígenas.
Si una población Indígena ha dado su
consentimiento a la implementación de un proyecto de desarrollo dentro de su
territorio, el proyecto debe ser diseñado de forma tal que respete los
territorios, la economía y la organización social de esta población, tal como
ella los define, de acuerdo a la Política institucional del Punto 1.
Las financieras deben establecer una
relación directa de colaboración y mutuo respeto con las organizaciones
indígenas a través de sus representantes. Esta relación debe ser la base para
consultas continuas, para participación de representantes indígenas en la
planificación, ejecución y evaluación de proyectos y para el intercambio de
información de mutuo interés sobre planes, proyectos, actividades y
necesidades.[xlvii]
Las financieras a que se
refiere la COICA en este documento son, principalmente, el Fondo Monetario
Internacional (FMI), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco
Mundial (BM).
El asunto de la posesión de
la tierra es el punto de discordia de los indígenas con los gobiernos. La
inconcreción, la indecisión y el miedo a procesos netamente independentistas
que cuestionen la legalidad de la Política territorial de los estados, hace que
adentrarse en estos terrenos de discusión sea rechazado de plano por
negociadores gubernamentales. No es seguro que haya que llegar a esos extremos;
no está probado, porque no ha ocurrido todavía, el resultado de una Política y
una actitud social anterior a estas medidas y que se expone sucintamente en
páginas anteriores. Sin embargo la dinámica de los hechos puede ser la que
marque obligatoriamente la línea de actuaciones inmediatas por parte de cada
administración estatal, que se entrega a soluciones circunstanciales,
perentorias, más que a reflexionar serenamente y a ofrecer, “de motu propio”,
soluciones antes de tener que ceder a exigencias.
La forma de posesión de la
tierra en la Amazonía es la acostumbrada durante toda la historia conocida de
los indígenas. Cada una de sus naciones–comunidades o agrupaciones étnicas,
obviamente, ha poseído su propio territorio en forma similar a la de todas las
naciones del mundo antiguo y moderno; son sus dominios nacionales o tribales,
según los casos de organización. Pero de ese dominio territorial, en la
Amazonía, no es consecuencia la propiedad privada individual de la persona
sobre su suelo, al menos sobre su suelo de cultivo, e incluso —variando de unas
Etnias a otras— del suelo de su vivienda; hasta ahora el Indígena ha poseído la
tierra en común con sus congéneres, hermanos de tribu o etnia; no sólo la
posesión, también la administración y todo el uso de ella. Aquella indecisión y
confusión, que era ignorante por parte de las autoridades políticas en años
pasados, creó un ordenamiento jurídico de la tierra, basado en patrones
occidentales, que suscitó los conflictos actuales sobre esa propiedad, cuestión
de fondo de la discordia administrativa. Las oficinas públicas adjudicaron
terrenos a los colonos, a personas físicas y jurídicas, para uso agrícola,
ganadero, industrial, turístico, etc., sin tener en cuenta un posible
propietario anterior, creyendo que eran libres, porque la ley conductora de ese
procedimiento tampoco lo reflejó en su momento. En el mismo error incurre el
procedimiento cuando se quiere obligar a los indígenas a ajustarse a la
legalidad de la propiedad individual y parcelar las tierras que ellos usan en
régimen comunal.
En años recientes algunos
estados de la cuenca han dado pasos legales en pro del reconocimiento de la
propiedad comunal por parte de los indígenas. Lo más significativo es la
modificación introducida en la Constitución de Colombia declarando la validez
de la propiedad comunal de suelos. La nueva Constitución brasileña, de junio de
1988, en el Art. 266 dice: La organización social, las costumbres, las lenguas,
las creencias y las tradiciones de los indios son reconocidas e igualmente sus
derechos naturales sobre las tierras que ocupan tradicionalmente. La
utilización de los recursos hidráulicos de estas tierras, la exploración y
explotación de recursos mineros no se pueden realizar sin la autorización del
Congreso Nacional, previa consulta a las comunidades indígenas afectadas. Las
tierras tradicionales de los indios no son enajenables y su derecho sobre ellas
es imprescriptible. Sin embargo, en Brasil los indios no tienen derecho al
sufragio universal.
Los procesos democráticos óptimos en el mundo se han dado siempre en un mismo sentido, de abajo hacia arriba, de lo particular a lo universal. La democracia es el mejor sistema político que existe, siempre que esa democracia no sea de cualquier forma, sino de una forma racional. Como horizonte para la solución de los problemas entre los indígenas y los exdígenas de la Amazonía, hay que mantener lo esencial de la democracia y de los derechos humanos; mal se pueden solucionar los problemas del hombre con su entorno si previamente se le crean problemas consigo mismo o no se soluciona los que ya tiene creados.
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