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5.6 Inmigrantes circunstanciales en la Amazonía
Es difícil calcular cuántos se han
quedado en la selva después de las grandes obras públicas llevadas a cabo; no
fueron precisamente los llamados para ese empleo sino los que acudieron con la
esperanza de ser requeridos, ilusionados por las grandes obras que por fuerza
debían proporcionar grandes y duraderos salarios. A lo largo de esas vías
nuevas, abiertas en la selva, se han instalado familias en habitaciones
elementales; los gobiernos que han intentado dotarles de los mínimos servicios
han visto que el coste era sumamente elevado, más de 30.000 dólares por
familia. La parte más cuantiosa de financiación de estas obras, del posterior
mantenimiento propio y del grupo social lindero, así como de la infraestructura
de gran colonización, provenía de crédito extranjero que no ha sido cancelado.
Algunas obras no se finalizaron y otras no se han podido mantener por su propio
fracaso o porque necesitaban de continuidad en el apoyo logístico; se ha
acabado el dinero o se cortó el suministro. Fruto de todo ello ha sido el
crecimiento de desocupación humana, pobreza e incertidumbre. Esta gente que llegó
a la selva de piedemonte en Perú, Bolivia y Colombia, son, juntamente con sus
tierras, el terreno abonado para el cultivo de coca, su manufactura y su
tráfico ilegal, especulativo y generador de tensiones sociales cuyo fin no
puede verse todavía; a la mansedumbre característica de los nativos se ha
sobrepuesto una crueldad inhumana; gente sencilla de aldeas se organiza para el
crimen, la extorsión y los más crueles tratos.
En su origen, la droga es
también el fruto de un fracaso político-social. La producción de carne en las
nuevas explotaciones de la selva peruana alcanzará actualmente las 10.000 Tm de
carne, si llegan; sin embargo el cultivo de la coca en esa misma región rondará
ahora los 2.000 millones de dólares.
Por fin, la población que no
estuvo en la selva más que de paso, ha engrosado las pequeñas ciudades
intraamazónicas de forma repentina. Censos realizados en ciudades peruanas de
la región amazónica, en 1991, arrojan este tipo de crecimiento en los 50 Años
anteriores al del censo (de 1940 á 1991): Pucalpa había multiplicado por 52 su
población. Tarapoto por 9. Tingo María por 52.
La minería es el otro
cautivador de población ocasional en la Amazonía. El Dorado fabuloso se
descubre cinco siglos después que los conquistadores lo estuvieran buscando.
Fosfatos, oro, níquel, bauxita, berilio, piedras preciosas y semipreciosas,
cobre níquel, hierro, casiterita. Sus buscadores son los garimpeiros. Las minas
de casiterita de Rondonnia han atraído hasta el momento cerca de 100.000
emigrantes. En Perú, en el departamento de Madre de Dios, hay unos 30.000
buscadores de oro. En Bolivia, Colombia, Ecuador Guyana y Venezuela hay
lavaderos de oro. En Sierra Pelada, en las inmediaciones del río Tocantins, en
el borde sudeste de la Amazonía brasileña, acudieron 50.000 garimpeiros a
buscar oro. Otros han ido al río Taraira; otros a la Serranía de Naquen
(Guaynía, Colombia). Cálculos recientes de Jorge Padua y M. Dourojeanni hablan
de más de un millón de garimpeiros dedicados a buscar oro en toda la Amazonía del
Brasil. La producción de oro es la actividad económica más importante en la
Amazonía. Relacionados con ella indirectamente hay otro cuantioso número de
personas, para proveer a los mineros de construcción, apoyo logístico,
alimentos, ropa, carburantes, materiales auxiliares para el lavado del mineral,
servicios bancarios, y entretenimiento; no es exagerado pensar que en torno a
los garimpos viva una tercera parte de toda la población amazónica brasileña.
En 1989 la producción de oro
registrada oficialmente en el Brasil fue de 48,9 Tm., estimándose en igual
cantidad la producción no registrada. Si embargo, en los ambientes mineros se
habla de que el total de explotación puede llegar a las 300 Tm. por año en
1991. La búsqueda de oro es la causa más abundante de duplicación de títulos de
propiedad de terrenos; o triplicidad o más aún. Sobro todo son territorios
indígenas los que más frecuentemente sufren invasión, lo mismo con documentos
legalizados como sin ellos; también se da el caso de acuerdos entre buscadores
y jefes indígenas. En el territorio legal de los yanomani entraron más de
40.000 garimpeiros sin permiso de los indígenas; el hecho ha sido conocido y
muchas de sus nefastas consecuencias también.
Allí donde llega la fiebre
del oro se acaba con todo lo demás. Las costumbres de antiguos pobladores, si
los hay, son barridas; sus jóvenes captados para prostitución, para guías, para
trabajo a sueldo en el garimpo, con el consiguiente abandono de su casa y su
familia. Las viviendas son improvisadas; los comercios también. Llegan
vehículos, motores, electrodomésticos útiles y superfluos. Llega violencia e
inseguridad.
Y todo dura poco; el oro se
acaba en el garimpo; al cabo de unos Años, como mucho, queda la zona sembrada
de tugurios, destartalado el ambiente y sin que de la extracción haya quedado
dinero para reconstruirlo. El agua de los ríos se ha contaminado de deshechos
de consumo y de aceites, mercurio y otros sedimentos procedentes del
tratamiento del oro. La obtención de dos gramos de oro supone, por término
medio, remover 1 m. cúbico de terreno; con una sencilla operación de
multiplicar se obtiene un resultado sobrecogedor; gran parte de ella va a los
ríos que, sino se ciegan, siempre se alteran en su cauce, en su profundidad y
en la composición de sus aguas. De los residuos caídos al agua el de mercurio
es el más alarmante: 1,32 Kg. de mercurio son necesarios para la amalgama de 1
kg. de oro; la tecnología moderna —de sobra conocida por los mineros— necesaria
para este proceso no se aplica, ni para la recuperación de mercurio ni para la
preservación de la salud de las personas. Otros desperdicios químicos se
vierten al suelo o al agua sin el más elemental cuidado por depurarlo. El
impacto de los lavaderos auríferos tiene un agravante sobre el medioambiente de
selva, ya que los ríos, sus riveras y los terrenos de aluvión, que son vitales
en toda la biodiversidad selvática, de flora y vegetación, de fauna, agrícola y
de asentamiento humano tradicional, son precisamente la localización para la
actividad de los garimpeiros. Parece darse una cierta conexión entre el
narcotráfico y la vida de los garimpos. Parte del oro extraído circula en
tráfico ilegal, arrastrando corrupción de funcionarios y creando la base para
cualquier otro comercio incontrolado.
Otra minería de imparable
avance en la región es la del petróleo. Decenas de miles de personas han
llegado a la Amazonía peruana y ecuatoriana desde 1970. El período de
exploración constituyó una verdadera avalancha inmigratoria en esas zonas.
Hay ciudades nuevas surgidas
junto a yacimientos petroleros; Lago Agrio, en el oriente de Ecuador, es un
peculiar ejemplo de ello[xlvii]. La
actividad petrolera es relativamente nueva. A la par que el petróleo, en Brasil
otros yacimientos mineros están abriendo grandes superficies de explotación y
de tratamiento de los minerales. En zonas como San Luís de Marañao y el río
Trombetas, aluminio; en Carajás, hierro; en la Serra do Navío y en Pará,
manganeso; en Jari, kaolín; y zinc en los estados de Amazonia y Rondonia. La
nueva minería es de grandes proporciones y está en manos de poderosas empresas
nacionales y multinacionales.
Los últimos nuevos pobladores
de paso por la selva son científicos que proceden de países amazónicos, de los
Estados Unidos, de Europa y de Japón, sobre todo. Cumplen una doble función, de
investigación científica y de divulgación de los conocimientos sobre la
Amazonía. Simultáneos a ellos, incluso coincidiendo, están llegando los
turistas. Misioneros nuevos, de todas las religiones y sectas, se han sumado a
los católicos que permanecieron en la selva desde el
siglo XVI; no toda la actividad misionera obedece al
ejercicio de libertad de ideas y de culto; una parte de su proselitismo está
causando tanto daño como cualquiera de los otros agentes perniciosos para los
indígenas y el resto de la población.
De todo lo anterior, en este
capítulo, se deduce que la mayor parte de la población amazónica reside en las
ciudades, hecho éste que a buen seguro seguirá dándose, teniendo en cuenta la
historia de toda nuestra civilización y que ésta es la que va a prevalecer
también para la Amazonía. Las ciudades mayores fueron fundadas en los tiempos
de la colonia; Iquitos, Manaus, Santarém, Belém, y la mayoría de los pueblos a
lo largo del gran río. Otros se fundaron en la primera Época del caucho y de la
madera.
Con los procesos de
desarrollo se han creado centros nuevos, pero no es seguro que todos sean
definitivos. Con algunas excepciones respecto a Belém y Santarém, y menos en
cuanto a Iquitos, los problemas de urbanismo son comunes para todas las
ciudades y en ese sentido trascienden a la Amazonía entera: son problemas de
saneamiento urbano.
Manaus, capital del actual
estado de Amazonas, fue fundada por los portugueses como enclave estratégico en
la confluencia del Solimôes-Amazonas con el río Negro; pero su verdadera
importancia la cobra a finales del
siglo
XIX, cuando el comercio del caucho la convierte en un emporio de riqueza.
Ese fue el momento propicio para llevar a cabo una urbanización modelo; no fue
así; el plan diseñado por Eduardo Ribeiro, en 1892, sólo parcialmente se hizo
realidad: la riqueza cauchera no fue eterna ni mucho menos: En 1910 el precio
del caucho ha caído un 50%; en la promisoria ciudad comienzan a derrumbarse las
fantasías y se vislumbra más una ruina que toda clase de lujos soñados; en 1926
el caucho de su mercado se paga a un 5% de lo que se pagó.
Llegará la Ley de la Zona
Franca de Manaus, en 1957, a recuperar parte de la antigua puesta en escena. La
ciudad vuelve a ser algo de aquel bullicioso centro comercial, se reaviva el
atractivo para inmigrantes brasileños y extranjeros; y, poco después, recibe el
último regalo: por ser la población más importante en el corazón de la
Amazonía, a 1. 250 km. del Atlántico, río arriba, nada le puede disputar la
primacía de ser el foco principal de turismo amazónico, aprovechando, además,
la fama de las viejas glorias vividas en su teatro, sus palacetes y sus calles.
En el año 1967 Manaus tenía un cuarto de millón de habitantes; en la actualidad
está cerca de los dos millones. Se ha desparramado desordenadamente en todas
direcciones; apenas hay empleo nuevo; los servicios públicos no llegan más que
en bajo porcentaje a las viviendas, a la gente; ni siquiera hay suficiente agua
potable y electricidad.
Si se procediera a un
ordenamiento serio de la Amazonía, podría soportar una población bastante más
numerosa que la que ahora habita, sin perjuicio para su conservación. El
problema de la destrucción de los ecosistemas amazónicos no es la
superpoblación actual sino el anárquico uso que hace de sus recursos y la mala
distribución de los habitantes, incluido su arribo masivo e imprevisto en áreas
no preparadas. Los niveles extremadamente bajos de densidad poblacional en la
región hacen poco probable cualquier hipótesis neomaltthusiana para la
explicación de la deforestación en la región.
Estas opiniones vertidas en
un documento[xlvii] del
Tratado de Cooperación Amazónica causan una cierta perplejidad, si se piensa
que son teóricos políticos quienes las hacen suyas, quienes pueden inspirar
modelos de actuación para los gobiernos. El mismo documento ofrece su propia
contradicción líneas más adelante: Por otra parte, es preciso reconocer que la
capacidad de carga humana de los espacios amazónicos, como los de cualquier
otra parte del planeta, tiene un límite y que debido a la relativamente escasa
proporción de tierra arable, esta capacidad es mucho más limitada en la
Amazonía que en otras partes de América del Sur, excepto los desiertos.
Por lo tanto, no se espera que
esta región pueda absorber grandes grupos de población de los países. Por esos
motivos deberán diseñarse políticas de población adecuadas y supervisar y
moderar las inmigraciones.
La población asentada en
enclaves urbanos, donde quiera que sea su localización, tiende inevitablemente
a perpetuarse, trátese de territorio rico o pobre; faltan ciudades para poner
ejemplos de decrecimiento, sino es por consecuencias bélicas. Hay una ya
acuciante premura de tiempo para actuar sobre los entornos urbanos amazónicos;
los perjuicios de la mala urbanización permanecen por largos períodos de tiempo
y solamente arreglos muy costosos son capaces de rehabilitarlos posteriormente;
por otra parte, los perjuicios ecológicos de los grandes enclaves humanos
suelen provocar daños encadenados en zonas mucho más extensas que las de la
propia población, incluso en puntos alejados.
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