Animales extraños de piernas hermosas, hijas de la fortuna
© Martín Faunes Amigo

Ese pájaro oscuro 
que vuela por las noches de Cartagena 
Ojos fijos y bailarines

Cuando escola voltó do desfile, da avenida

Vinicius De Moraes: A cuarta feira de cinhzas. 


 

Antes de la invención del incesto, porque es una invención y de las más preciosas, el intercambio sexual entre padres e hijos no podía ser más repugnante que el entre otras personas de generaciones diferentes, cosa que ocurre en nuestros días hasta en los países más mojigatos, donde, sin producir gran horror, viejas "doncellas" que pasan los sesenta se casan, si son bastante ricas, con hombres jóvenes de alrededor de treinta.

         Frederick Engels, El origen de la familia, la propiedad y el estado.

 
 

 

 

     Garota de quince o dieciseis, nunca supe, en verdad, la edad que tenías, porque siempre te la estabas aumentando, lo tuyo era vivir de prisa. No puedo precisar cuándo ocurrió esto que ahora se aparece en el recuerdo, aunque ya no importa, pues confieso que si hubiese sido en otro mundo o en cualquier tiempo, habría igual sucumbido; cómo resistirme a tu mirada de ángel, a tu rostro de niña con maquillaje que no te correspondía, a tus ojos con ese destello bailarín que emergía quién sabe de dónde. 

  Yo que no la conocía, me dije que ninguna creatura de esa edad podía ser perversa. Feos rumores, eso serían, y pensé que si a alguien había que culpar, no sería sino al bribón que se perturbaba por tu culpa, ¿no es el diablo de uno mismo el que asoma en esas circunstancias? 

  Pero el que se perturbaba era, nada menos, tu padrastro. “Que ni siquiera lo respetabas a él”, decían, “que te mostrabas ante los tipos sin asomo de vergüenza”. “Hay que ponerle atajo”, era el comentario, “que se vaya a un internado sería lo mejor, y que los sábados y domingos los pasaras donde tu abuela en Cartagena, lejos por la costa; para eso ella era la madre del que había inducido a la tuya al pecado, y en cuanto a ti, no eras sino producto de ese pecado”. Había que parar con eso, tu padrastro debía concentrase en tu madre y en tus hermanas, las verdaderas hijas del matrimonio, y decían que si estabas tú por ahí, esa familia perfecta iba a destruirse. 

  Eran las cosas que repetían las mujeres mayores de la familia que me acogió en este país, cosas que escuchaba y a las que no podía darles importancia sumido como estaba en preocupaciones cien veces más serias: el cerco se estrechaba y debía conversar con ella, me refiero a mi mujer; la nuestra era también una familia perfecta: “los estoy poniendo en peligro, a ti y a los niños”, le dije y comenzó mi hégira de una casa de seguridad a otra. Tantas recorrí que no me quedó más que comprender que la solidaridad con los que luchan tiene siempre un límite: “tu foto aparece en televisión y en los periódicos”, te dicen, y uno debe hacer caso al mensaje implícito y responder, “está bien, voy a buscar otro sitio, no hay de qué preocuparse”. Pero en todas partes salen con cosas parecidas, naô tein jeito. A la solidaridad terminan de acotarla los cobardes.

  Y es aquí donde reafirmo lo que confieso: si no hubiera sido por esos días en que andaba tanto perro suelto, declaro sin tapujos que habría también sucumbido. Es algo que no pretendo ocultarlo.

  Nos encontramos en un cine con un pariente de mi esposa, una buena persona que me ayudaría. Exhibían “Cabaret” y Liza Minelli bailó para mí con los ojos maquillados como los tuyos, brillantes como los tuyos. Yo que no te conocía todavía, no podía saber que se trataba, nada menos, de un presagio.

  El pariente de mi mujer me pasó un barretín que desenvolví oculto en los baños y cuyo mensaje repetí hasta memorizarlo. Era la dirección de su abuela paterna en la costa, la abuela de la muchacha que perturbaba; claro que lógicamente, él nada me dijo de eso, y aunque me lo hubiera dicho, lo único importante era que podría dormir bien por unas semanas y si tenía un poco de suerte me asignarían misiones en el sector, por último la lucha contra los perros había que darla en todas partes.

  Llegué a esa casa en una noche de lluvia, me recibió una viejecilla bondadosa que se preocupó por darme comida y prepararme buena cama. “Mi nieta llegará el viernes por la noche”, me dijo preocupada, “espero que no vaya a incomodarlo”. Eso me dijo la anciana que resultó tu abuela. Bendita señora, iba a conocerte. Y se preocupaba por que tú me pudieras dar molestias, vaya paradoja. No, no señora, cómo no señora... preocupada por detalles absurdos, a mí, a esa altura, qué podía incomodarme. 

  Y llegó el viernes en que apareció bajo el paraguas con el rostro maquillado como no le correspondía, con su falda corta que perturbaba no sólo a su padrastro, ahora lo estaba entendiendo; con su mirada de ángel inocente que no era, que no podía serlo. Es cierto, nada importaban los tiempos, nada mis compañeros que atrapaban, tampoco voy a mentir diciendo que hacía mucho que no veía a mi mujer o mentiras como ésas: en otras circunstancias, en días con mejores horizontes; reitero que en cualquier caso yo habrí también sucumbido.

  “No tengas miedo, yo jamás denunciaría a un guerrillero”. Eso me dijo el ángel inocente que sonreía de falda corta como la Minelli, de ojos bailarines como la Minelli, de labios sobre pintados como no los usaba nadie. Ninguna usaba tampoco jugar a parecer tan osada como tú, tan deseable como tú. Nada había en ti que no hubiese sido hecho para el amor, para el amor o para el deseo; cómo hacer diferencias.

  “Que no denunciaría a un guerrillero...”, yo qué podía responderle. Esa noche, llegó a mi cama diciendo que no tuviera miedo tampoco, porque para eso ella era experta. ¿Experta? ¿Cómo puede ser experta una niña de quince? Hay cosas que no se preguntan, y sin que nada tuviera que explicarme, adiviné alguna responsabilidad de su padrastro, de sus profesores; quizá de tantos otros, inclusive del propio párroco, ¿acaso acostumbraría a confesarse este ángel malvado?

  Y claro, eras experta, esa fue mi perdición, cómo podría olvidarlo. Eras experta: le dijiste a tu abuela que te sentías enferma, y ella, coitadinha, se creyó tus mentiras, te dejó en casa hasta que pasara la tormenta; imaginaba que una semana junto a la chimenea conseguiría aliviarte.

  El viernes en la noche, sexta feira contigo y también el sábado, sábado y domingo. Eras experta, cierto: lunes, segunda; martes, terca, y también aquel miércoles, “cuarta feira de cinhzas”. El miércoles de ceniza  termina el carnaval en Río, y era el día en que me correspondería encontrar al contacto que me traía el nuevo trabajo. Debía llegar a la hora exacta y esperar no más de seis minutos. “A las dieciocho; y si no aparece tu contacto te largas y vuelves en diez minutos y esperas por otros seis. Pero si nada pasa, te esfumas, que te quede muy en claro. Si lo mismo ocurre al día siguiente, revisa entre los anuncios del diario de la tarde; ahí encontrarás uno donde ofrezcan empajar sillas, donde descubrirás la clave para que vuelvas a contactarte”.

  “Pero a dónde vas”, me preguntó mi ángel bailando con los ojos, como seguramente se los hacía bailar al padrastro. Y yo, “vuelvo en un par de horas”. “¿Te acompaño?”. “Mejor te quedas”, respondí. Si podría ser peligroso acompañarme, quiso saber, y entonces me di cuenta de que le gustaba el peligro, sería otro de sus vicios. Y yo: “¿peligroso?, no, no... pero quiero ir solo”. Se conformó con mis explicaciones pero insistió preguntando si podría esperar algún momento antes de salir. Era todavía muy temprano, así que le contesté que sí, que algún tiempo tenía todavía. “Aprovechémoslo mientras la abuela está en su siesta”, me ofreció. “¿Estás loca...?” “No, no estoy loca”. Y me empujó al sillón para saltar sobre mí y dejarme aprovechar como seguramente la aprovechaban los que la habían transformado en experta.

 

  Era una tarde sombría y lloviznaba en la terraza de Cartagena frente a la playa. En Río las comparsas volverían del desfile, pero eso aquí a nadie le importaba, así que ni un alma había en el paseo; la ola saltaba como siempre, pero no tenía a quien salpicar. A nadie había empapado a las dieciocho, ni tampoco a las dieciocho menos cuarto. Nadie había esperándome la primera vez ni tampoco la segunda; fue por eso que fui por el paseo hasta el borde de la arena y por estirar las piernas me devolví hasta el salto de la ola. Estirar las piernas, eso quería, y quería matar también un poco el tiempo. Fue cuando escuché una voz que me congeló los huesos. Era la suya, pero nada había en ella de la sugerencia que me había hipnotizado: “¡cuidado, que te matan!”. La tarde se ensombreció aún más con su voz que me curtió el cerebro. Simultáneo, el rugido de un delator que bramó: “¡es el brasileño!”

  “¡Cuidado, que te matan!”, había gritado mi niña experta, pese a eso alcancé a darme vuelta  hacia donde venía su voz, para justo ver que de un balazo la dejaban tendida en la terraza. Una ráfaga me buscó parapetado en la cuneta, mientras la ola bañaba a mi niña y yo sacaba el fierro para vengarla. Para defenderme o para vengarla, no sé; tampoco sé si le di a alguno, al que te dió a ti o al que a mí me quemó el brazo. Disparé hacia todos lados, tenía que bajarme al delator, al perro en jefe, pero deseo que sepas que por sobre todo deseaba buscar al que había cerrado tus labios. Tus labios que llevaban como siempre el tinte rojo, que según los mojigatos, no podía corresponderte. 

  Una brisa caliente me empezó a quemar en el estómago, pero la ola de Cartagena me salpicó una y otra vez refrescándome; no obstante, una nube oscura me hizo ir perdiendo fuerzas y a medida que mis ojos se quedaban fijos en los tuyos, mi dedo índice en el gatillo se negaba a seguir disparando. Y así me quedé, con las manos paralizadas y mis ojos en los tuyos de ángel experto que perturbaban a tus amigos, a tus tíos, a tus profesores, también a tu padrastro; y ahora que hablamos en confianza lo repito sin asomo de vergüenza: a este guerrillero caído, casado y padre de dos hijos. 

  Pero tus ojos maquillados de traviesa se quedaron fijos también, no habría otros pestañeos ni bailes; se quedaron horrorosamente fijos  como los míos, como los de mis compañeros que asesinaron, como los de mi mujer cuando inevitablemente tuvo que saberlo.

  “Cayó en una emboscada”, fueron a contarle, “lo asesinaron junto a la niña de la casa de donde se estaba alojando”. Eso le dijeron a ella que partió al destierro con nuestras crianzas y con sus ojos terriblemente fijos. Eso fueron a contarle  mis compañeros a mi mujer, pero los periódicos que siempre mienten en este caso acertaron, aunque acertaron mintiendo: “guerrillero brasileño abatido junto a amante de catorce”, escribieron de titulares; pero de corazón mentían, insisto, pues pensaban que aquel ángel caído no era más que “la niña de la casa”, lo de la amante era sólo para mil veces enlodarme. Malditos sean ellos, malditos también los perros que la carnearon. 

  No voy a olvidar tu grito de advertencia de ese miércoles de ceniza, ni tu imagen de ángel caído de labios pintados: ahí te veo todavía mientras cinco perros me arrastran malherido para que les diga quién es mi contacto. Y no fui un héroe, lo confieso, pero si de algo me jacto es de haberme aguantado sin delatar a ninguno de mis compañeros.

  “Es una niña inocente”, quizá dijo N. S. al recibirte, a pesar del maquillaje en tus ojos que no les correspondía. “Bienvenida al cielo”, y quién sabe a quién estará allá ahora perturbando. Es el propio diablo de uno el que surge en estos casos, me digo por mi parte, yo que me quedé por aquí, deambulando entre San Sebastián e Isla Negra, entre Barrancas y El Tavo, entre Llo-lleo y Las Cruces, entre San Antonio y São João do Campo. Yo que vuelo rasante sobre las brisas, tras el rompeolas, e intento encontrarla, pájaro furtivo sobrevolando. A veces soy pelícano paciente, pero otras el cormorán más agresivo, aunque no es mucho lo que saco; porque debo continuar infructuosamente buscando. 

  “¡Que me vengas a perturbar!”, le grito una y mil veces por si alguna vez acertara a escucharme. Mientras tanto, busco y espero a mi niña transgresora y juego a imaginar a mis hijos que se fueron por Europa, serán ahora unos caballeros; mi mujer se habrá casado con un nórdico, con uno que nada sabía de revolución, nada de socialismo. “Preocúpate sólo de tus asuntos”, ése quizá sea su lema, pero yo le grito desde el cielo de Cartagena: “¡cuida bien de mi mujer, gringo maldito sin ideales, y no discrimines a mis hijos que si no, en la otra vida voy a ajusticiarte!”

  Pero no quiero andar con falsedades: si todavía persisto buscando es porque deseo me diga otra vez que no denuncia a guerrilleros, que me repita que es experta, que me encandile con sus ojos bailarines, que se siente sobre mí a horcajadas. “¡Que vengas a perturbarme!”, es lo que le imploro en los días de sol, en los días de tormenta, pero ella no puede responderme, quizá ahora esté sentada a la diestra de D.P. o tal vez en sus rodillas. Gran Dios habría de ser el nuestro para no dejarse perturbar por ese ángel caído junto al rompeolas de Cartagena en uma cuarta feira de cinhzas; ángel caído de ojos pintados.

 Las Cruces, enero de 1997.

Portada del libro

Introducción

Baraja repatida antes del juego

El autor

mfaunes@mekano.com

Indice del libro