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Animales extraños de piernas hermosas, hijas de la fortuna
© Martín Faunes Amigo |
| Introducción |
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Não tein pai, é filha da fortuna
En tiempos pretéritos y actuales,
entre los celtas, los malayos, los aborígenes de la India y Oceanía, y entre
muchos indios americanos actuales, las jóvenes gozan de una amplia libertad
sexual hasta que contraen matrimonio. De una rica familia de origen indio,
se refiere Agassiz (Viaje por el Brasil, Boston y Nueva York, 1886)
que, habiendo conocido a la hija de la casa, preguntó por su padre,
suponiendo que sería el marido de la madre, oficial del ejército en campaña
contra el Paraguay; pero la madre le aclaró sonriendo, “não teim pai, é
filha da fortuna” (no tiene padre, es hija del acaso). Frederick Engels, El origen de la propiedad, la familia y el estado. |
| ¿Cómo podría ser verdaderamente libre el hombre si no lo es la mujer? |
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Mentiría si negara que el mito de Adán y Eva siempre me sedujo. De niño quise ir más allá de lo permitido en aquella metáfora extraordinaria del deseo y la obediencia. De adolescente me fasciné con la astucia y la sensualidad de esa Eva, tan vapuleada, vendedora de manzanas, cómplice de serpientes. Cómo no ser con ella solidario si su cuerpo tan suave, como se adivinaba en las estampas, a mi entender, no tenía otro destino que no fuera el ser amado. Miles de veces me descubrí preguntándome qué clase de equivocación divina habría sido ésa de crear a las mujeres tan deseables si se las iba a obligar a conservarse castas, y para uno como yo, de quince, inalcanzables. Se termina por entender que todo aquel legado se debate entre el mito y la leyenda, y más que enseñanzas, busca desesperadamente respuestas. Un intento por explicar lo inexplicable, aunque esto no le reste importancia ni belleza: “El hombre creado por Dios a partir de barro y su compañera hecha de su costilla”. Genial. Un cabo atado en un ámbito donde no hay verdades categóricas. ¿Pudo empezar todo con una primera pareja originaria de la civilización?, ¿evolucionamos a partir de antropoides?, ¿evolucionaron también las relaciones de pareja hasta llegar a la naturaleza de la actual? Pero hay todavía más preguntas: ¿siempre hombres y mujeres se conocieron, se enamoraron y decidieron compartir la vida y los hijos?, o yendo aún más lejos, ¿siempre vivimos en pareja? |
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Existe al respecto una tendencia generalizada a considerar a los humanos animales monógamos, aunque al parecer esto no es tan cierto: hay aves que no sólo viven en parejas, sino que cuando una de ellas muere, la sobreviviente no vuelve a aparearse demostrando con ello una tendencia monogámica mucho más fuerte que la nuestra; es más, múltiples antropólogos se refieren a la relación de pareja actual, como resultado de la sucesiva transformación a través de los siglos de los modos de relacionarse entre hombres y mujeres; un proceso de evolución que no se ha detenido, dentro del cual, nuestra pareja moderna es la vigente apenas en las últimas épocas; tengamos en cuenta que los patriarcas de la Biblia tenían varias esposas, o que hasta no hace mucho el noble podía servirse de las hijas de sus siervos. No olvidemos tampoco que en oriente el hombre tiene derecho a varias mujeres y si no lo ejerce es por una limitante principalmente económica.
Un selecto grupo de científicos entre los cuales se puede mencionar a Morgan, Agassiz, Fisón, Westermarck, Bancroft, Howit, Letourneau, Giraud-Teulon, Bang, Sugenheim, MacLennan, Espinas, Bugge, Banchofen, Senuaf, Engels y al propio Darwin, asegura que a través de la evolución se puede reconocer cinco maneras tipo de relacionarse entre hombres y mujeres, todas las cuales han dado origen a diferentes formas de ese núcleo de la sociedad llamado “familia”. De acuerdo a las apreciaciones de estos científicos, se desprende que antes de nuestra pareja actual, el núcleo de la sociedad ha sido bastante poco monógamo; éste ha consistido en una sucesión de instituciones tan distintas a lo que nosotros conocemos, como el matrimonio por grupos u horda, y las familias llamadas sindiásmica, punalúa y gentilicia. Cabe hacer notar que, si bien, en estas tres últimas, se observa alguna cercanía con nuestro matrimonio, difiera de todos modos en que en ellas la dupla se conserva mientras hombre y mujer lo deseen, observándose, además, que su relación no es excluyente; de esta manera, tanto hombres como mujeres son libres de aliarse ocasionalmente con quien quieran, respetando apenas ciertas restricciones por consanguinidad. |
| Esta apreciación echa al suelo muchas visiones románticas que se podrían tener de nuestros ancestros; pero si es por romper esquemas, diremos que el grupo de intelectuales mencionado reconoce en la mujer un grado de adelanto en la evolución, al ser, por su necesidad de calma en el período prematerno, la primera en abandonar la horda nómada descubriendo el sedentarismo y con ello la agricultura. Se perfila así como líder social en lo que se denomina “matriarcado”, un esquema de poder cuya hegemonía se conserva por un número indeterminado de siglos -o eras-, y cuyo término es asociado al inicio de la acumulación de riqueza: la sociedad matriarcal es esencialmente solidaria, en ella la propiedad privada se remite apenas a los utensilios de uso diario, situación que cambiará dramáticamente a medida que termine el nomadismo masculino -hay quienes aseguran que aún no se termina por completo- y el hombre se incorpore a las aldeas formadas por mujeres, pues, su mayor fortaleza le permite generar excedentes que aseguran mejores inviernos, escenario que se presentará aportando progreso y riqueza, pero trayendo con ésta la necesidad de conservarla, originando el desarrollo de armamento, y con ello la explotación, las guerras y la miseria. |
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| Tal es el marco que da paso al dominio del género masculino sobre el planeta y que echa por tierra a la sociedad matriarcal. El nuevo valor má importante ya no es má la solidaridad sino la riqueza, y la riqueza trae consigo un efecto lateral muy importante: el deseo de legarla. Al respecto, el único medio que asegura al hombre -el nuevo poderoso-, el legado a sus hijos verdaderos, es la exigencia de exclusividad a la futura madre, requisito que el hombre impone a la mujer ofreciéndole a cambio protección y sobre todo estabilidad, pero que no le impide a él, asociarse mientras tanto con otras mujeres. |
| El conocer estos aspectos del pasado nos explica muchas conductas actuales. Históricamente, a pesar de que nos encontramos en el quinto tipo conocido de relación de pareja, experimentamos y experimentaremos vestigios de todos los anteriores. No se puede discutir, por ejemplo, que el sexo masculino separa mejor el deseo del amor, lo cual le permite relacionarse fácilmente con otras mujeres además de con su pareja estable. Esto no es una casualidad, responde a la no imposición monogámica -o al menos no estricta- que se hizo con el hombre pero que sí se hizo con la mujer. Recíprocamente, es ancestral la tendencia de la mujer a buscar una pareja solvente a quien entregarse en exclusividad, y lo es también su preferencia por los forasteros desconocidos; según Engels, ello es vestigio de la llamada “familia gentilicia”, donde la mujer se preocupa de buscar genes diferentes que vengan en mejoría de la especie. |
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| Los ejemplos de conductas adquiridas por imposiciones del pasado expuestas aquí, quizá sean las más obvias, pero hay también un sinnúmero de otras de origen similar, que, sumadas a las diferencias biológicas naturales, convierten a hombres y mujeres en especies prácticamente diferentes, complementarias pero diferentes; tanto que ciertas veces los hombres vemos a las mujeres como sugiere el nombre de este libro animales extraños de piernas hermosas, frase que rescato de Don Bartolo, zapatero de la subida del Anima de Diego en La Serena, un hombre simple y sabio que vivía con una mujer transgresora y malcriada. Pero que nadie vea algo peyorativo en esta declaración, al contrario, a Don Bartolo le fascinaban las mujeres y la suya en particular. |
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| Cabe preguntarse a cuento de
qué este largo y sesudo comienzo, ¿trae acaso algún interés por la
enseñanza?, ¿lo motivan intenciones morales?, ¿amorales?; Nada de eso;
con él se pretende apenas dar cuenta de la atmósfera que se respirará en
estos cuentos que han encontrado inspiración en los escritos del grupo
de científicos antes mencionado, hombres gentiles que dedicaron la vida
a descubrir quiénes somos, de dónde venimos y, sobre todo, por qué
amamos. Sus indagaciones a más de un siglo de distancia, son el marco
para esta visión de lo femenino y la pareja a través de los ojos de un
hombre, compuesta por doce cuentos cargados de voluntarismo, que, al
contrario de esta introducción, nada tienen de analíticos y, fuera de
ser muy viscerales, nada de biológicos. Advierto, además, que entre sus
renglones se transgreden sistemáticamente épocas, idiomas, razas,
lugares y tipos de sentimiento. Agradeceré, por eso, no se pretenda
encontrar en ellos nada muy científico, tampoco ideológico.
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Si alguien quisiera definir mis cuentos, le ruego intente considerarlos ficciones donde se ha imaginado un mundo, y a los humanos, como seres literarios cuyos conflictos se rescatan del trabajo de estos notables, quienes al describir sus teorías, crearon párrafos maravillosos, como aquél del errante australiano para quien el llegar a una aldea implicaba copular con las mujeres que quisiera, aunque no pudiera entender un ápice de la lengua en que le hablaran; o ese otro que va en el nombre de este libro y que se refiere a la esposa de un militar brasileño en la guerra de El Chaco, quien sonreía contando que su hija había nacido antes de conocer a su marido, y era por eso “hija del acaso”. Son todas experiencias fuertemente motivadoras que me han invitado a crear otras a partir de éstas, y otras y otras. Y cómo no sentirme obligado y feliz de hacerlo, si hidalgamente confieso que “Los orígenes de la familia, la propiedad y el estado” (Engels, 1884), de donde he extraído las citas que aparecen al comienzo de cada cuento y también en la página previa a esta introducción, fue junto a “Rayuela” y “Pedro Páramo”, uno de los libros que leí una y mil veces en tiempos de estudiante y que continúo leyendo ahora, combatiente que soy por el arte y por la libertad. Qué más libertario que saber -y añorar- que en un tiempo la mujer fue animal libre, libre de aliarse con quien quisiera. Qué más arte que crear recreando aquella libertad perdida de nuestra compañera, la mujer. ¿Cómo podría ser verdaderamente libre el hombre si no lo es la mujer? Martín Faunes, Santiago, abril de 1997. |
| Portada del libro | Indice del libro | Casa de los aromas mezclados |
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| El autor | mfaunes@mekano.com |
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