Magdalena y las otras | | Una orgía después del holocausto
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| | Si la familia ha evolucionado atravesando cuatro formas y se encuentra actualmente en la pareja monogámica, se
plantea saber si la actual puede ser duradera. Lo único ha responderse es que, tal como ha sucedido, se debe modificar a medida que la sociedad se modifique ya que es producto de ésta y reflejará su estado de cultura. Lícito es entonces, suponerla capaz de seguir perfeccionándose hasta que se llegue a la igualdad entre los sexos. Todo dependerá, sin embargo, de la naturaleza de la sociedad que surja y sería imposible predecir de qué tipo sería la relación de pareja que le sucediese. Frederick Engels, El origen de la propiedad, la familia y el estado.
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| El enfrentamiento de las últimas razas sobre el planeta se tornaba cada día más dramático. Una de ellas, mil veces más poderosa y poseedora de todos los bienes rescatados, persistía luchando sin cuartel, por eliminar a la otra, la de los desposeídos; la raza para la cual no quedaban sino rastrojos. Pero de nada hay que extrañarse, aquel grupo de miserables daba también su batalla: provistos de apenas el instinto, vivían preparados para esa lucha desigual donde sólo la valentía podía guiarlos. El sol entero para los poderosos, para los otros los rincones; mientras más oscuros, mejores. Y no todos los días aparecía alimento olvidado en esas cloacas, menos aún en cantidad semejante; sin embargo era un hecho, estaba ahí, a la salida del pasaje de Capurro, eran cajas y cajas con comida suficiente para alimentar a regimientos. Bien se podía decir, entonces, que la mañana despuntaba con buenos augurios. Aún no se reponían de la sorpresa de la noche anterior, cuando la mujer del líder había aparecido dormida en la boca del socavón después de haber estado prisionera por casi una semana. Las ancianas, presurosas, la revisaron y no se tomaron mucho tiempo para anunciarla sana y buena. Un brazalete puesto en su tobillo por los poderosos fue imposible retirarle, aunque por último qué importaba, sería su trofeo, el emblema que la distinguiría como la única que había conseguido escaparse. Y todos se lo preguntaban: ¿cómo fue que pudiste? Pero a la joven un manto oscuro le cubría sus recuerdos. Su marido pidió que dejaran de molestarla: había vuelto y estaba con ellos a salvo, nada más importaba. Tendrían fiesta, sería todo en su honor, aunque no tuvieran nada para comer, ni para beber... aún no aparecía el cargamento con comida. Pero ella, contenta, bailó con uno, con dos, con todos los hombres de la gen. |
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Ilustración por Eduardo Carvallo |
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Bailaba Magdalena, así se llamaba la retornada, y al moverse rítmicamente, su brazalete del tobillo insinuaba aún más su sensualidad, su belleza. Bailaba la reina de los rincones, y qué no habrían dado sus súbditos por pertenecerle. Pero Magdalena pertenecía al líder, al dirigente respetado. Con él pasó el final de fiesta en un sitio de privilegio de las cavernas; se acomodaron en los sacos y lo amó como nunca antes: con aquel no experimentado placer de la absoluta conciencia de que todos los hombres de la tribu amaban a sus mujeres esa noche imaginando que era en realidad a ella a quien amaban.
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El amor hace olvidar el hambre, es un hecho, la cambia por otros apetitos, sin embargo, por la mañana, cuando a la salida del socavón se encontraron con tamaña cantidad de comida, corrieron todos, ciegos, para hartarse. Como siempre, fue el líder el que impuso la cordura. “¡Que nadie ose echarse un bocado!”, bramó, y bastó eso para que todos recordaran su precariedad, su miseria. Es que no todas las mañanas aparecían alimentos olvidados y nunca en esa cantidad, ya lo hemos dicho. Pero no había un laboratorio dónde analizar, y no se podía saber si un camión del enemigo había botado carga por error o si intentaban otra vez envenenarlos, la fatídica trampa. Sólo restaba la vista y el olfato, y cuando éstos no eran suficientes, la respuesta era la curva del descenso, ésa que determinaba quiénes eran los menos capacitados. Tomaba en cuenta fortaleza física y lucidez, aspectos que no necesariamente tenían que ver con edad o con sexo. Aquella raza de miserables tenía un consejo que se preocupaba del catastro, y no era misterio para nadie: Esteban tendría que probar, su estado en la curva era el más bajo. No era el más anciano, cierto, pero nunca había sido el más fornido ni el más sabio, mucho menos el más bello. Nada qué decir al respecto. Si había veneno, sería el primero en morir, y todos esperaban que, con suerte, no hubiese otros victimados.
Podría morir, pero antes tendría derecho a la orgía. Hembras para Esteban, morituri tenía derecho a todas las que quisiera, por eso exigió que le trajeran también a Magdalena, la del respetado; quería copular con ella, y qué podía importarle a su dueño, si para el día siguiente ese pobre miserable, lo más seguro era que estaría muerto. Por eso tenía derecho incluso a la hembra de su jefe, la más codiciada, la que había estado prisionera y ahora libre, lucía de trofeo en el tobillo el brazalete de los enemigos. |
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Bien por Esteban, tal vez moriría, pero por mientras tendría derecho a que aquella hembra apetecible lo sirviera como una más de las concubinas que el consejo había para él considerado. Hembras y vino, un piquete se arriesgó para robarlo de atrás de las líneas enemigas. Trajeron todo el que pudieron y también algo de comida sana que pensaron al “probador” satisfacería.
El liderazgo acarrea odios, y para Esteban eso no era la excepción, no era precisamente amigo de su jefe, no hay, en realidad, quien sea de verdad amigo de su jefe; por eso no sólo quiso a la hembra del suyo, sino también exigió que el líder fuera obligado a observar mientras su mujer lo servía. Incluso a eso tenía derecho morituri, y cuando llegó el momento, tuvieron que sostener al respetado entre seis y hubo que cambiar de sostenedores cuatro veces. Luchaba como un toro por soltarse y sólo paró de forcejear cuando percibió con horror, por la actitud de la mujer, que para ella ese acto obligado no era necesariamente un sacrificio. |
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“Hazlo como se lo haces a tu marido”, le dijo en voz alta
para que el líder lo escuchara aunque estuviese forcejeando. El resto de las
damas despejaron para que el marido pudiera ver cómo su esposa se lo hacía a
Esteban, tal como, se suponía, se lo hacía en la intimidad a él mismo.
Entonces la mujer, para satisfacción de los presentes, procedió de la manera
más sofisticada y fina. Claro que después de eso el respetado abandonó su
forcejeo, ¿para qué seguir insistiendo, con la realidad de dos damas
que, por orden de Esteban, acariciaban a su mujer mientras ella lo servía?
Es cierto que sólo cumplía las órdenes de éste, pero era evidente que lo
hacía gustosa y contenta de cumplirlas. Pero más allá de todo eso, el que se sacrificaba para salvar a los últimos de su raza tenía límite al placer y ahí quedó en el suelo, ebrio y satisfecho por treinta años. Las hembras que debían servirlo, incluida Magdalena, agotadas también, quisieron quedarse a dormir junto a su circunstancial dueño, “para que no pase esta última noche solo”, dijeron justificándose, pero se contradijeron cuando, a pesar del placer dado y recibido, más de alguna se despertó y quiso reanimarlo. Esteban, por su parte, soñó que la noche se prolongaba y prolongaba, y en su sueño despertaba una y otra vez, y tras cada vez que despertaba, las jarras de vino estaban intactas, y la fiesta con Magdalena y las otras, empezaba de nuevo. Desafortunadamente, la mañana llegó inexorable y, entre caricias y llantos, las mujeres lo acompañaron al rincón donde los de la otra raza habían olvidado el cargamento. Víveres infectados, seguramente, con un veneno nuevo producido por su tecnología maldita, sin olor, sin color. Había llegado el momento, Esteban tendría que probar. Y probó. Masticó y masticó, no estaba mal: jamones, caviar, ave, res, champiñones, salmón, paté, quesos... “¡Traigan vino!”, gritó, y vino le trajeron, “¡Que vengan las mujeres!”, gritó de nuevo, y Magdalena junto a sus concubinas se arrojaron como locas a sus brazos disputándose por darle de los placeres los más prohibidos. Pero había peligro, mucho peligro. La raza de los poderosos era de sádicos perfectos, su veneno bien podía no ser de efecto inmediato; por eso era necesario esperar un día o dos para ver si Esteban se moría. Esteban, conejillo de indias. La mujer del respetado fue la excepción, “voy a comer contigo y después voy a amarte aunque la muerte nos hunda en el infierno”. Eso le dijo, y continuaron la orgía por un día, por dos. Al tercero, el resto de la tribu se incorporó también a los placeres, y entre danzas y vino, derivó todo en bacanal; la orden para hacerlo la dio el propio respetado, quien, por lo demás, se había convencido de que lo mejor era olvidar a su hembra, pues no era sino una casquivana. Pasaron cinco, diez días, un mes de placeres, pero quedaba comida y parranda para otros seis. A los dos meses se produjo la alegría más grande cuando Magdalena le confidenció a Esteban: “vas a ser papá”. Al futuro padre la alegría le iluminó el rostro... no le duró mucho sin embargo, pues una mancha oscura en su nariz lo fue opacando. ¡Malditos, con qué clase de ponzoña lenta los habían engañado! Nunca podrían saberlo. Pero no, quizá no, quizá fuera sólo un tipo de lunar, sigamos pecando. Cuando la mancha apareció en la nariz de Magdalena, sabiendo ésta que ya no habría esperanza, lo cogió de la mano y juntos se alejaron por los callejones y después de traspasar el socavón, se arrojaron al sol, al día, a todo lo que los poderosos les habían negado. La mañana los sorprendió moribundos en medio de la antigua Alameda, el corazón de la ciudad. Un bus repleto de trabajadores de la raza dominante, no respetó la luz roja y los arrolló. Agonizaban junto a la cuneta. El basurero municipal, un hombre insignificante entre los hombres, los levantó con la pala con una mueca de asco, se los mostró a su colega, otro como él, perteneciente a la raza dominante, pero no por ello menos denigrado por la misma; el cual, con la misma mueca de asco, le dijo, “llevémoslos a la unidad para que los examinen, la del brazalete es la que el veterinario devolvió infectada a la manada, parece que tuvo buen resultado”. Los hombres echaron a la bolsa de basura a dos ratas que habían muerto tomadas de la mano. |
Santiago, diciembre de 1994. |
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