Vuelvo a los quince
-o a los catorce- y descubro en mi cabeza tanta valentía, hambre justiciera. Vuelvo a los quince o a los catorce y a la visión que me dejó o a la que yo mismo quise me dejara. No me hace falta esfuerzo, ni siquiera concentrarme. Ella, simplemente, dijo que su casa estaba en Las Rejas, un barrio nuevo de Santiago, y lo dijo abriendo y cerrando los ojos en un bailecito de pupilas, así como tímida, así como bella, así como turbada. No puedo decir cuán tímida era la niña o cuánto estaba de turbada, pero sí que era bella, en realidad lo era. No muy alta pero armónica, talle fino, tez muy blanca. “Vivo en Las Rejas”, dijo, y agregó “trabajaré uno o dos años con su abuela para juntar dinero y seguir estudiando”; y yo la imaginé linda como era, jugueteando en los jardines de una casa de rejas recién pintadas, toda una hilera de ellas y la suya en medio, y cada una compitiendo por ganar el concurso del jardín mejor cuidado, el con la reja más perfecta. “Vivo en Las Rejas”, dijo, “en Población Las Rejas”. Yo no conocía ese barrio de ensueño y hoy no quisiera conocerlo, me condenaría si con ello rompo el embrujo de sus ojos que bailaban mientras lo iba describiendo. A ese embrujo vuelvo entonces, y a la visión que me dejó o a aquella que yo mismo quise me dejara, y en medio de ese embrujo la recuerdo abriéndonos la puerta a mí y a mi hermano, aquel verano en que decidimos irnos solos a la casa de nuestra abuela en Llo-lleo. Un caserón enorme con familia de cuidadores y todo: la Nena, el José y sus cinco chiquillos corriendo. La Nena cuidaba el caserón en los inviernos y cuando nuestra abuela, que tenía marcados aires de marquesa, volvía a Llo-lleo, la Nena hacía de cocinera, mientras los chiquillos recogían chirimoyas y papayas y le acomodaban a “Su Señoría” la hamaca. Completaba la servidumbre el José, disfrazado de curioso mayordomo de camisa almidonada y siempre con el mismo par de zapatos de contrafuerte aplastado. -Y qué haces tú con mi abuela entonces -le pregunté, y ella respondió que era “la niña de mano”. Niña de mano por un año o dos, y después vuelta a su casa y a su colegio, hermoso también, con rejas, jardín e inclusive campanario. Así lo imaginó un provinciano justiciero y poeta, y es como deseo continuar imaginándolo, e imaginé también alguna pequeña tragedia que la habría hecho buscar la manera de ayudar a sus padres y a ganarse el sustento, sin embargo nada pregunté por respeto, no me atreví a hacerlo. Pero eso hacía ella entonces y era lo que importaba: atendía a mi abuela, lavaba su ropa y ordenaba su cama, pasaba virutilla, enceraba y todo eso para juntar dinero y continuar estudiando. Nos quedamos observándola con mi hermano y el drama se desencadenó muy rápido: me había enamorado, estaba claro. Me había enamorado pero mi hermano no, él nada tuvo que ver en el conflicto, sólo participó como espectador cuando dije en público que la niña me gustaba, y lo decía sin complejos. -¿Cómo va a gustarte ésa...? -replicó mi primo Juan Ricardo, levemente menor, que pasaba donde la abuela en calidad de “mocoso mal criado”. Y claro, a los quince uno está lleno de ideas, no sé cómo llamarlas, lo repito ahora que lo veo desde lejos, pero entonces para mí las niñas decentes eran decentes y qué más decente que una que vivía en una casa con rejas maravillosas y trabajaba para proseguir sus estudios; sobre todo si era clara, menuda y de cabellos negros; modelo de candor, modelo de decencia. Qué más decente que una que conversaba bailando con los ojos. -Me gusta ¿y qué? -repliqué iracundo. Y el mocoso se burló con la mentira más infame: “¿cómo va a gustarte ésa, que se viene a mi dormitorio y me hace de lo que a mí me da la gana...?” Una pelea feroz. Apenas dos horas de llegados a la casona y ya trenzados a golpes. -¡Es una niña decente! -¡Es una puta! -¡Es una niña decente! -¡Es una puta! Y ahí van por el suelo revolcándose, primo chaqueta azul marino de paño y este provinciano de pantalones azules desteñidos. Arrastramos sillas, botamos el paragüero, quebramos los vasos apilados en el trinche. Golpes van, golpes vienen, puñetes y patadas, y mi hermano en medio tratando de separarnos. Se llevó golpes él también y no lo consiguió, la pelea sólo la detuvo la abuela con la ayuda de la Nena y el José, pero sobre todo con la escoba y un balde de agua con que los chiquillos lavaban la terraza. Brava mi abuela, la marquesa. Nos mandó a cada uno a su cuarto sin derecho a cena... aunque a su mocoso mal criado le fue levantado el castigo antes que a mí... qué importaba. Diez horas desde La Serena y cuatro desde Santiago la noche anterior y ese mismo día. Me hacía bien el encierro, además, ya era de noche y había tanto que leer. Mi buen hermano me llevó todo lo que encontró por aquí y por allá. Me dieron las dos de la mañana soñando con ese pez colosal que le arrebataban las alimañas al viejo del mar. Pobre del viejo y el niño que no estaba para ayudarle. Los tiburones se daban el festín y le echaban por tierra su última esperanza. No estaba el niño amigo que ayudaba en la pesca al viejo, pero ella sí. Toda la casa dormía, sin embargo ella apareció en la puerta de mi cuarto sosteniendo una bandeja con un tazón de té con leche y pan amasado con mantequilla derritiéndose. -Se lo traje porque pensé que tendría hambre -me dijo con sus ojos bailando, y yo jugué a imaginar que lo decía en el jardín de su casa hermosa después de haber hecho juntos las tareas. Le había ayudado con unas ecuaciones, el álgebra es lo que más cuesta a las mujeres, así que “equis igual be, más raíz de cuatro a por ce, y divido por esto y por lo otro”. Se lo enseñaba muy bien, aunque ella fuera mayor que yo un par de años, o tal vez tres, no sé, no podía saberlo. Pero sí sabía que en aquella tarde primaveral, ella me premiaba por ayudarla con té con leche y pan amasado en una mesita que tenían en el jardín de su casa maravillosa de Las Rejas. -Es del pan que hace la Nena -me dijo, devolviéndome a esa noche de Llo-lleo, y lo dijo abriendo y cerrando los ojos, de prudente, de tímida, o quizá de respetuosa, quién podía saberlo. Me olvidé del gran pez y los tiburones ya no me importaron, tampoco el viejo del mar ni los gringos de La Habana. Bebí el té con leche que me ofrecía gentil y no me detuve hasta haber engullido el pan entero. Ella dijo entonces: “gracias por defenderme”. “¿Por defenderte?”. “Sí, por defenderme, porque estaban hablando mal de mí, ¿no?, ¿por eso fue que se pelearon?” Asentí con la mirada, sólo asentí mientras sus ojos bailaban y bailaban. Asentí con un cierto grado de orgullo que no niego, aunque mezclado con algo de vergüenza. Ella entonces repuso “¿No quieres que te haga ahora lo que le gusta que le haga Juan Ricardo?” No supe qué decir, qué pensar. Para mí ella era una niña tímida de diecisiete -o dieciocho- que trabajaba de niña de mano donde mi abuela porque tenía que costearse sus estudios, modelo de decencia, modelo de ternura, modelo era también su hogar, su casa con rejas pintadas; rostro pálido, ojos bailando: una niña decente para amar. ¿Qué podía contestarle? No me salió palabra alguna. No era cierto. Nada era cierto, “perversión de las clases dominantes”, me dije. Uno está lleno de estereotipos e imágenes tan falsas, ya lo he dicho, y fíjense por favor en mi respuesta: -Tú eres una niña decente -eso respondí. Ella se sonrojó o me pareció que se sonrojaba, lo cierto es que se dio media vuelta y abandonó la habitación. Yo no me atreví a llamarla para que volviera. Hoy todavía me arrepiento.
Santiago, diciembre de 1995. |