Animales extraños de piernas hermosas, hijas de la fortuna
© Martín Faunes Amigo
 
Recursividad del dolor y del placer
The Casio Man
A Victoria y Macarena 
 
Vuestro tiempo y vuestro espacio no son mi espacio ni mi tiempo.
Vicente Huidobro 
 
 
 A pesar de todo, gracias a la monogamia se produce el progreso moral más grande que conocemos: el amor sexual individual moderno, desconocido antes en el mundo. 
Frederick Engels, El origen de la familia, la propiedad y el estado
 
 
          Reconozco que esa noche me dormí pensando en la manera de convertirme en un amante mejor, en uno más inteligente. Reconozco también que muchas de las cosas que ideé pasaron por la necesidad que tenía de más tiempo, más tiempo para mi mujer, para nuestra hija. Sin embargo ya ven cómo las cosas se escapan por rumbos insospechados, y yo que no creía en la felicidad, no al menos en ese ente continuo con que se engañan los ilusos, sumido como estaba en mi escepticismo racional, fui protagonista de un hecho extraordinario.   Todo empezó con uno de esos despertares de media noche en que uno intenta levantarse a apagar luces en el comedor o a cortar el agua que gotea; en fin, a revisar puertas, a arropar a su hija que uno imagina estará descubierta sobre las frazadas. Habrá consenso en que las primeras cosas que enumero carecen de importancia, pero acomodar a la niñita es asumir las pequeñeces que lo transforman a uno en el padre bueno anhelado por esposas y por hijas; y por eso estuve dudando en si me levantaba o no, e intentaba darme ánimo diciéndome “cuento hasta diez y me levanto”, pero no, era imposible. Intenté convencerme de que la niña estaría bien, sin frío ni molestias, y qué importaba entonces si yo continuaba en mi cama durmiendo. Era una lucha del sueño y del frío contra mis voluntades, y vencían los primeros, no había remedio. Digo en mi favor, que era un resultado perdonable, tomando en cuenta que eran apenas las tres y media de una noche gélida y me era imprescindible descansar, necesitaba estar al otro día listo, apto; preparado para otra jornada de trabajo.   Pero todo esto que hasta aquí no sale de lo común, cambió en forma abrupta una hora más tarde, cuando al despertar otra vez, ahora sí, decidido a cumplir con mi chiquilla; mientras cruzaba el pasadizo de hielo, miré mi reloj y pude observar que a pesar de haber transcurrido, desde que despertara por primera vez una hora al menos, eran aún como antes, las tres y media de la madrugada. Parecía increíble, sí, increíble, y mientras cubría a mi hijita cuidando que el pelillo de la frazada no molestara en su rostro, jugué a creer que había visto mal, pues mi reloj es una máquina exacta en metales preciosos, ganada gracias a mi contribución a la empresa tras veinticinco años; y si eso no era así ¿qué otra explicación había?, ¿cómo explicar que transcurrida una hora desde mi primer despertar, fueran, todavía, la misma hora, el mismo tiempo?   El caso sin embargo, fue que leía correcto, y encendí la luz del pasillo para corroborarlo. “Se detuvo mi reloj”, me dije y puede decirlo cada uno de ustedes, pero eso era imposible, lo reitero, y lo comprobé en forma fehaciente, pues saqué con cuidado el despertador del dormitorio y, encerrado en el baño, les aseguro que ese maldito quebrantasueños marcaba también lo mismo, exacto.   ¿Y qué faltaba por hacer?, me acosté de nuevo buscando el calor de mi esposa, y tratando de convencerme de que no era posible una detención del tiempo; pero en un momento de genialidad me pregunté “¿cuál tiempo?”,  y no tardé en descubrir que en aquella incógnita estaba oculta una clave importante, pues implicaba la posibilidad de más de un tiempo. Tal como se lee: más de un tiempo; y si alguno de ellos se había detenido, no podía ser sino aquel convencional, el dictador, el regulador de nuestros actos.  Me pregunté, entonces, si acaso por ser ése, el tiempo escogido para regir la humanidad, eso lo convertía en amo y rector sin derecho a cuestionamiento.   La respuesta era negativa y yo lo había comprobado; de hecho, yo mismo había visto cómo mi tiempo avanzaba una hora por sobre el tiempo de los otros, y si eso era real, significaba que había dormido sesenta minutos más que el resto del mundo o, visto de otro modo, había ganado una hora de sueño. Fascinante.   Seguí dándole vueltas a la idea de que si mi tiempo era capaz de continuar independiente del tiempo de los otros, ello era un claro síntoma de que mi “subsistema tiempo” podía correr fuera del control del “sistema mayor”, y eso sí era algo extraordinario; implicaba muchas cosas, entre otras, que independizándome del sistema maestro y, sobre todo, aprendiendo a controlar esa virtud, podría, ciertas veces, ganar minutos y segundos, y por qué no días y semanas, y aprovecharlas para reflexionarlo todo mejor, o inclusive, para ejecutar actos precisos y concretos; algunos que me permitieran sacar ventaja de esta detención virtual del universo. Mi subsistema sería el único en movimiento mientras el resto de la humanidad permanecería en descanso: sistemas y subsistemas, ahí estaba la explicación, parecía bastante claro:   “Yendo por un pasillo largo y quizá retrocediendo, al echar pie atrás se podría echar atrás también el tiempo, ganando minutos, segundos”.   Podrá parecer una locura, pero en el metro, por ejemplo, si la gente subiera en la Estación Los Leones a las ocho de la mañana y después de avanzar hasta Salvador se pusiera marcha atrás retrocediendo el tren completo; todos podrían bajarse de vuelta en Los Leones a las mismas ocho o, más increíble aún, en Alcántara a las ocho menos cuarto. Así, los viajeros habríamos ganado un cuarto o media hora, y habría más tiempo para todos, para pobres, para ricos, para obreros y estudiantes.  ¿Alguien se atreve a decir que todo esto no era extraordinario?   Reconozco que pensé en muchas posibilidades para aprovechar esta fisura cronológica, pero juro que no se me pasó por la mente la maniobra burda de detenerlo todo y aprovechar llevándome dinero de los bancos. Prometo, además, que tampoco me interesó detener a alguna prójima para hacerla víctima de mis excesos. Al contrario, yo que, repito, no creía en la felicidad, sino apenas en momentos felices que muchas veces no somos capaces de reconocer mientras están aconteciendo, aquella noche extraordinaria pensé que con la teoría de sistemas, para maravilla del universo, descubría “felicidad total”, un concepto innovador, ultrarrevolucionario. Toda mi inteligencia se puso en acción, el procesador que tengo en el cerebro se activó al ciento por ciento; y parecía bastante simple, lo extraordinario viene siempre en los formatos más simples:   “La mujer, subsistema multiorgásmico, con el hombre, subsistema de una a dos culminaciones, formarían un cuerpo en los reales, asociándose con una operación definida como “directa” y otra su “inversa”, y así, el sistema multiorgásmico podría amar con el de una a dos culminaciones, pero este último después de expresarse por primera vez de manera directa, y alcanzada la felicidad en forma plena, con un movimiento inverso inteligente podría retroceder al momento en que todavía no había culminado y volver a empezar otra vez, buscando la felicidad desde el comienzo”.   Deseo recursivo, la llave del éxito:     “El subsistema multiorgásmico trabajaría siempre en directa y el otro, el masculino, con iteraciones, alternando directas e inversas”.   ¿No era espléndido? Imaginaba que sobrarían subsistemas multiorgásmicos, encantadas de servir de voluntarias para experimentar momentos de felicidad que se convertirían en culminaciones reiteradas y además inagotables, y todo aquello explicado por la relatividad del tiempo, cuestión por lo demás archi probada; de hecho, cuando en Santiago son las tres y media, en Buenos Aires es una hora más, y en Londres, con varias horas de adelanto, está de día llano. Siete u ocho horas de diferencia con Berlín y muchas más con Moscú o con Cantón, ir entonces en jet hacia occidente, demorarse cuatro o cinco horas en llegar a Filipinas o a Saigón, ganando también cuatro o cinco horas de tiempo, hablar desde allá por teléfono y saber lo que va a ocurrir en Santiago mucho después. Son todas cosas a esta altura irrefutables, y si no, ¿acaso cuando vemos las estrellas, no vemos en realidad las explosiones que han ocurrido en ellas hace millones de años?   “Todo el mundo estaría en posibilidad de hacer trabajar el tiempo en su favor si yo me esmero y logro descubrir la forma de desligar los subsistemas del sistema tiempo”, me dije y, convencido de que a eso se limitaba el problema, me dispuse a superarlo. Una de las posibilidades que visualicé fue aquella de mirar fijo al universo, concentrarme en el cielo y no permitirle que variara. Quisiera que me imaginaran ahí por eso, insomne y con los ojos en la ventana sin desclavarlos del horizonte.   Confieso que por un momento me distraje, concentré la vista al final de ese pasillo por donde comienzan los parrones y me pareció que en vez de ellos continuaba otro cuarto; un cuarto inexistente en vez del patio, era curioso; parecía sin embargo tan real que podía ver incluso luz por debajo de su puerta, e intuí que esas sombras en ella recortadas, bien podían pertenecer a mi madre y a mis hermanas. Fue apenas un instante, una visión confusa del pasado, y volví de inmediato a mi tarea prioritaria concentrado más allá del universo, pues el día amenazaba con romper, y si yo se lo impedía, ésa iba a ser la mejor forma de probar que conseguía mis propósitos, “el tiempo subyugado al hombre y el hombre un dictador, multiplicador de momentos”.   Pensé entonces en un programa escrito en un lenguaje sencillo que daría preponderancia a mi “clock interno” y el cual, no por ser estructurado no podría considerar una macro “get back to your steps”, o “return to happiness”, o simplemente “begin again”.   Pero “¿si lo conseguiría?”, era la pregunta, “¿si sería capaz de detener otra vez el tiempo y hacerme independiente de él?”; y mi respuesta fue siempre: “desde luego”, pues si era algo que ya había logrado, se trataba apenas de buscar la manera de reproducirlo. No imaginaba que pudiera haber complicaciones mayores, por último, ¿qué es un sistema sino un conjunto de subsistemas?, ¿y qué tan distinto o tan poderoso podrí alejar de esta norma y de los estándares a los sistemas y subsistemas del tiempo?   Y lo conseguí, créanlo; pero las cosas, ya lo ven, se escapan por rumbos impredecibles: cuando mi mujer me descubrió por la mañana con los ojos terriblemente fijos, fue incapaz de entender que el sistema mayor continuaba su curso y que el subsistema marido se había independizado conquistando por fin su propio tiempo. Quizá por eso, se echó sobre mí para llorarme y a su llanto, que no se detenía, se sumó el de nuestra hija, tan pequeña, a quien yo me levantaba a abrigar por las noches, a acomodar su cabecita en la almohada. Aún puedo sentirlas sobre mí acariciándome, tratando de darme calor, y sé perfectamente que, pese al tiempo transcurrido, continúan llorando y llorando, y no veo cómo podrían llegar algún día a consolarse; maldito obituario.   Es algo que he logrado entender tan sólo ahora, pájaro de alas rotas, sumido como estoy en este mundo oscuro donde no hay minutos ni segundos y a nadie le importa el sistema o los subsistemas del tiempo o de la vida; y ya ven cómo la muerte, certeza única de la existencia, puede convertirse a veces en un acto triste y violento, cuando en realidad es en sí un hecho extraordinario.
Santiago, abril de 1993.
Recursividad del dolor y el placer fue publicado por primera vez en la revista Tiempo de Software, en abril de 1994.
 
Portada del libro Introducción Casa de los aromas mezclados
El autor mfaunes@mekano.com Indice del libro