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Reconozco
que esa noche me dormí pensando
en la manera de convertirme en un amante mejor, en uno más inteligente.
Reconozco también que muchas de las cosas que ideé pasaron
por la necesidad que tenía de más tiempo, más tiempo
para mi mujer, para nuestra hija. Sin embargo ya ven cómo las cosas
se escapan por rumbos insospechados, y yo que no creía en la felicidad,
no al menos en ese ente continuo con que se engañan los ilusos,
sumido como estaba en mi escepticismo racional, fui protagonista de un
hecho extraordinario. Todo empezó con uno de esos despertares
de media noche en que uno intenta levantarse a apagar luces en el comedor
o a cortar el agua que gotea; en fin, a revisar puertas, a arropar a su
hija que uno imagina estará descubierta sobre las frazadas. Habrá
consenso en que las primeras cosas que enumero carecen de importancia,
pero acomodar a la niñita es asumir las pequeñeces que lo
transforman a uno en el padre bueno anhelado por esposas y por hijas; y
por eso estuve dudando en si me levantaba o no, e intentaba darme ánimo
diciéndome “cuento hasta diez y me levanto”, pero no, era imposible.
Intenté convencerme de que la niña estaría bien, sin
frío ni molestias, y qué importaba entonces si yo continuaba
en mi cama durmiendo. Era una lucha del sueño y del frío
contra mis voluntades, y vencían los primeros, no había remedio.
Digo en mi favor, que era un resultado perdonable, tomando en cuenta que
eran apenas las tres y media de una noche gélida y me era imprescindible
descansar, necesitaba estar al otro día listo, apto; preparado para
otra jornada de trabajo. Pero todo esto que hasta aquí
no sale de lo común, cambió en forma abrupta una hora más
tarde, cuando al despertar otra vez, ahora sí, decidido a cumplir
con mi chiquilla; mientras cruzaba el pasadizo de hielo, miré mi
reloj y pude observar que a pesar de haber transcurrido, desde que despertara
por primera vez una hora al menos, eran aún como antes, las tres
y media de la madrugada. Parecía increíble, sí, increíble,
y mientras cubría a mi hijita cuidando que el pelillo de la frazada
no molestara en su rostro, jugué a creer que había visto
mal, pues mi reloj es una máquina exacta en metales preciosos, ganada
gracias a mi contribución a la empresa tras veinticinco años;
y si eso no era así ¿qué otra explicación había?,
¿cómo explicar que transcurrida una hora desde mi primer
despertar, fueran, todavía, la misma hora, el mismo tiempo?
El caso sin embargo, fue que leía correcto, y encendí la
luz del pasillo para corroborarlo. “Se detuvo mi reloj”, me dije y puede
decirlo cada uno de ustedes, pero eso era imposible, lo reitero, y lo comprobé
en forma fehaciente, pues saqué con cuidado el despertador del dormitorio
y, encerrado en el baño, les aseguro que ese maldito quebrantasueños
marcaba también lo mismo, exacto. ¿Y qué
faltaba por hacer?, me acosté de nuevo buscando el calor de mi esposa,
y tratando de convencerme de que no era posible una detención del
tiempo; pero en un momento de genialidad me pregunté “¿cuál
tiempo?”, y no tardé en descubrir que en aquella incógnita
estaba oculta una clave importante, pues implicaba la posibilidad de más
de un tiempo. Tal como se lee: más de un tiempo; y si alguno de
ellos se había detenido, no podía ser sino aquel convencional,
el dictador, el regulador de nuestros actos. Me pregunté,
entonces, si acaso por ser ése, el tiempo escogido para regir la
humanidad, eso lo convertía en amo y rector sin derecho a cuestionamiento.
La respuesta era negativa y yo lo había comprobado; de hecho, yo
mismo había visto cómo mi tiempo avanzaba una hora por sobre
el tiempo de los otros, y si eso era real, significaba que había
dormido sesenta minutos más que el resto del mundo o, visto de otro
modo, había ganado una hora de sueño. Fascinante.
Seguí dándole vueltas a la idea de que si mi tiempo era capaz
de continuar independiente del tiempo de los otros, ello era un claro síntoma
de que mi “subsistema tiempo” podía correr fuera del control del
“sistema mayor”, y eso sí era algo extraordinario; implicaba muchas
cosas, entre otras, que independizándome del sistema maestro y,
sobre todo, aprendiendo a controlar esa virtud, podría, ciertas
veces, ganar minutos y segundos, y por qué no días y semanas,
y aprovecharlas para reflexionarlo todo mejor, o inclusive, para ejecutar
actos precisos y concretos; algunos que me permitieran sacar ventaja de
esta detención virtual del universo. Mi subsistema sería
el único en movimiento mientras el resto de la humanidad permanecería
en descanso: sistemas y subsistemas, ahí estaba la explicación,
parecía bastante claro: “Yendo por un pasillo largo
y quizá retrocediendo, al echar pie atrás se podría
echar atrás también el tiempo, ganando minutos, segundos”.
Podrá parecer una locura, pero en el metro, por ejemplo, si la gente
subiera en la Estación Los Leones a las ocho de la mañana
y después de avanzar hasta Salvador se pusiera marcha atrás
retrocediendo el tren completo; todos podrían bajarse de vuelta
en Los Leones a las mismas ocho o, más increíble aún,
en Alcántara a las ocho menos cuarto. Así, los viajeros habríamos
ganado un cuarto o media hora, y habría más tiempo para todos,
para pobres, para ricos, para obreros y estudiantes. ¿Alguien
se atreve a decir que todo esto no era extraordinario? Reconozco
que pensé en muchas posibilidades para aprovechar esta fisura cronológica,
pero juro que no se me pasó por la mente la maniobra burda de detenerlo
todo y aprovechar llevándome dinero de los bancos. Prometo, además,
que tampoco me interesó detener a alguna prójima para hacerla
víctima de mis excesos. Al contrario, yo que, repito, no creía
en la felicidad, sino apenas en momentos felices que muchas veces no somos
capaces de reconocer mientras están aconteciendo, aquella noche
extraordinaria pensé que con la teoría de sistemas, para
maravilla del universo, descubría “felicidad total”, un concepto
innovador, ultrarrevolucionario. Toda mi inteligencia se puso en acción,
el procesador que tengo en el cerebro se activó al ciento por ciento;
y parecía bastante simple, lo extraordinario viene siempre en los
formatos más simples: “La mujer, subsistema multiorgásmico,
con el hombre, subsistema de una a dos culminaciones, formarían
un cuerpo en los reales, asociándose con una operación definida
como “directa” y otra su “inversa”, y así, el sistema multiorgásmico
podría amar con el de una a dos culminaciones, pero este último
después de expresarse por primera vez de manera directa, y alcanzada
la felicidad en forma plena, con un movimiento inverso inteligente podría
retroceder al momento en que todavía no había culminado y
volver a empezar otra vez, buscando la felicidad desde el comienzo”.
Deseo recursivo, la llave del éxito: “El
subsistema multiorgásmico trabajaría siempre en directa y
el otro, el masculino, con iteraciones, alternando directas e inversas”.
¿No era espléndido? Imaginaba que sobrarían subsistemas
multiorgásmicos, encantadas de servir de voluntarias para experimentar
momentos de felicidad que se convertirían en culminaciones reiteradas
y además inagotables, y todo aquello explicado por la relatividad
del tiempo, cuestión por lo demás archi probada; de hecho,
cuando en Santiago son las tres y media, en Buenos Aires es una hora más,
y en Londres, con varias horas de adelanto, está de día llano.
Siete u ocho horas de diferencia con Berlín y muchas más
con Moscú o con Cantón, ir entonces en jet hacia occidente,
demorarse cuatro o cinco horas en llegar a Filipinas o a Saigón,
ganando también cuatro o cinco horas de tiempo, hablar desde allá
por teléfono y saber lo que va a ocurrir en Santiago mucho después.
Son todas cosas a esta altura irrefutables, y si no, ¿acaso cuando
vemos las estrellas, no vemos en realidad las explosiones que han ocurrido
en ellas hace millones de años? “Todo el mundo estaría
en posibilidad de hacer trabajar el tiempo en su favor si yo me esmero
y logro descubrir la forma de desligar los subsistemas del sistema tiempo”,
me dije y, convencido de que a eso se limitaba el problema, me dispuse
a superarlo. Una de las posibilidades que visualicé fue aquella
de mirar fijo al universo, concentrarme en el cielo y no permitirle que
variara. Quisiera que me imaginaran ahí por eso, insomne y con los
ojos en la ventana sin desclavarlos del horizonte. Confieso
que por un momento me distraje, concentré la vista al final de ese
pasillo por donde comienzan los parrones y me pareció que en vez
de ellos continuaba otro cuarto; un cuarto inexistente en vez del patio,
era curioso; parecía sin embargo tan real que podía ver incluso
luz por debajo de su puerta, e intuí que esas sombras en ella recortadas,
bien podían pertenecer a mi madre y a mis hermanas. Fue apenas un
instante, una visión confusa del pasado, y volví de inmediato
a mi tarea prioritaria concentrado más allá del universo,
pues el día amenazaba con romper, y si yo se lo impedía,
ésa iba a ser la mejor forma de probar que conseguía mis
propósitos, “el tiempo subyugado al hombre y el hombre un dictador,
multiplicador de momentos”. Pensé entonces en un programa
escrito en un lenguaje sencillo que daría preponderancia a mi “clock
interno” y el cual, no por ser estructurado no podría considerar
una macro “get back to your steps”, o “return to happiness”, o simplemente
“begin again”. Pero “¿si lo conseguiría?”, era
la pregunta, “¿si sería capaz de detener otra vez el tiempo
y hacerme independiente de él?”; y mi respuesta fue siempre: “desde
luego”, pues si era algo que ya había logrado, se trataba apenas
de buscar la manera de reproducirlo. No imaginaba que pudiera haber complicaciones
mayores, por último, ¿qué es un sistema sino un conjunto
de subsistemas?, ¿y qué tan distinto o tan poderoso podrí
alejar de esta norma y de los estándares a los sistemas y subsistemas
del tiempo? Y lo conseguí, créanlo; pero las
cosas, ya lo ven, se escapan por rumbos impredecibles: cuando mi mujer
me descubrió por la mañana con los ojos terriblemente fijos,
fue incapaz de entender que el sistema mayor continuaba su curso y que
el subsistema marido se había independizado conquistando por fin
su propio tiempo. Quizá por eso, se echó sobre mí
para llorarme y a su llanto, que no se detenía, se sumó el
de nuestra hija, tan pequeña, a quien yo me levantaba a abrigar
por las noches, a acomodar su cabecita en la almohada. Aún puedo
sentirlas sobre mí acariciándome, tratando de darme calor,
y sé perfectamente que, pese al tiempo transcurrido, continúan
llorando y llorando, y no veo cómo podrían llegar algún
día a consolarse; maldito obituario. Es algo que he
logrado entender tan sólo ahora, pájaro de alas rotas, sumido
como estoy en este mundo oscuro donde no hay minutos ni segundos y a nadie
le importa el sistema o los subsistemas del tiempo o de la vida; y ya ven
cómo la muerte, certeza única de la existencia, puede convertirse
a veces en un acto triste y violento, cuando en realidad es en sí
un hecho extraordinario. |
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