1. La elección del
audiovisual como medio de expresión
Los grandes
pensadores de la historia, desde los filósofos de la antigüedad
(Aristóteles, con su Poética abre el camino de la
especulación sobre el arte) hasta Freud (la creación del artista
expresa la sublimación del instinto reprimido), y Hegel (Estética,
de la que fue precursora la Estética de Baumgarten) nos han
demostrado su gran interés por cuantas artes el ser humano ha venido
desarrollando; artes milenarias, como la pintura, la escultura, el
dibujo, la danza. Toda esa ingente labor intelectual desconoce, sin
embargo el arte cinematográfico, porque fue posterior a su tiempo.
Incluso después de nacer, este arte suscitó un interés nada más que
difuso. Se había pensado que el círculo de las artes se había
cerrado ya. Evolucionaba la pintura, la música, la arquitectura, la
escultura, la danza, la poseía en estilos nuevos, diferentes; pero
no se podía entrever la posibilidad de un arte nuevo. A la vista de
las primeras producciones cinematográficas, sesudos intelectuales se
apresuraron a negarles cualquier valor artístico, menospreciándolas
claramente.
Transcurrió un
largo tiempo (largo para nuestros días, cuando todo es breve) desde
aquel mes de marzo de 1895, en que los hermanos Lumière hicieron su
primera proyección cinematográfica en público, hasta que después de
1920, en Francia, se comenzara a hablar del arte cinematográfico. Al
menos otros veinte años más son necesarios considerar para que
llegue David Wark Griffith a convencerse de que está
produciendo cinematografía como un verdadero arte.
Si bien el cine electriza a las multitudes desde muy pronto, en
cambio tarda mucho tiempo en inquietar a los intelectuales. No es
casualidad que muchos estudiosos coincidan en señalar a D. W.
Griffith como el primer cineasta artístico; tampoco ello es debido
sólo a la propaganda que Griffith hizo de sí mismo. Y no es una casualidad
que Griffith fuera obsesionado por el arte narrativo de Dickens; es
que D. W. Griffith descubrió, inventó o llevó a la casi perfección
la facultad fabuladora y narradora que el cine le ofrecía a él como
a Dickens se la ofrecía la literatura.
Después de Griffith
(1875-1948) ya nadie negó que en la cinematografía existía un arte
nuevo, un arte completo, con recursos e instrumentos propios, con
técnica propia, con método, con personalidad; en definitiva, un
nuevo arte.
El insistir en la
no-casualidad de la carrera de Griffith, sus logros, lo que produjo,
lo que determinó sentar las bases, es porque ello puede poner de
manifiesto que la suprema creación de un artista arranca del
ejercicio primordial de su propia libertad. Griffith vivió en esa
época de efervescencia de descubrimientos que arrebataban el
entusiasmo de la sociedad, la suya, americana del norte, que creaba
riqueza raudales, a diario, que en menos de un siglo pasó de ser una
colonia a ser el más poderoso país del planeta. Griffith tomó el
invento del cinematógrafo y corrió tras de él y tras de cuanto la
vida puso a su alcance, utilizando lo uno con lo otro, para dar una
nueva forma de expresión con dimensiones y capacidad de abarcarlo
todo. La vieja discusión filosófica de la estética de lo percibido y
lo concebido, la belleza de la idea y la belleza de la forma, el
placer de los sentidos y el del intelecto se le promete a Griffith
que va definitivamente a enlazarse en un sólo arte, nuevo, en el que
lo subjetivo y lo objetivo convergen, sometidos, exclusivamente, a
la más absoluta libertad del creador.
Griffith elige una tras de otra las asombrosas posibilidades
expresivas que va descubriendo en la cinematografía. Que esas
posibilidades fueran entreviéndose, por su parte, en la atenta
observación de páginas literarias (Charles Dickens) que, más allá de
una narración escrita sugerían una -otra- narración figurativa, y
que esas posibilidades expresivas se fraguaran en otras procedentes
del desarrollo industrial dan consistencia no sólo a lo que de nuevo
traía este arte sino a la apertura del mismo a un horizonte mucho
más amplio que el de las artes conocidas y más prometedor. Pero que
no fue fruto meramente de la casualidad industrial resulta de algo
más que una pura especulación; el carácter experimental de tantos
rollos de celuloide que proyectaron obligan a pensar que no podían
salir sino del auge imparable de libertad creativa que el nuevo arte
se proporcionaba a sí mismo. Las ideologías más opuestas se
apropiaron inmediatamente de él; las sociedades más dispares se
electrizaron con él; y en el polo opuesto al solar de Griffith, el
de las Rusias que iban a sovietizarse y que se sovietizaron cundió
el mismo fervor cinematográfico que cundió en los EE.UU.. y en
Europa Occidental.
Quiero recordar
qué significó David Wark Griffith para nosotros, (S. M.
Eisenstein) jóvenes cineastas de la generación del veinte.
Digámoslo en forma sencilla y sin rodeos: La revelación.
Las brillantes cualidades formales del cine americano, que -como
nosotros sabemos se deben a este creador, se unieron en él con una
profunda emotividad en la trama, con lo humano de la interpretación,
con lágrimas y sonrisas.
Para Eisenstein,
con la llegada del cine, el famoso dicho de Pushkin acerca de los
rusos "somos perezosos y poco curiosos", cayó en el olvido en la
Unión Soviética.
En la perspectiva de apenas un siglo de historia se puede asegurar
que en el arte cinematográfico las innovaciones posteriores a
aquellas películas, como el sonido incorporado y el color, no son
más que meros adjetivos y que no modificaron lo substancial.
De la reflexión
hecha acerca de cómo nació el arte cinematográfico hay que concluir
que ello fue fruto de poner la máxima atención en la mirada que el
ser humano echa a todo cuanto de material e inmaterial le rodea.
Los hermanos Lumière y los Pathé comenzaron proyectando las
imágenes de la vida cotidiana. Griffith concibió su creación
cinematográfica sobre la pura ficción, el sentimiento, lo imaginado.
El progreso del cine y de la industria nos entrega a nuestra edad
un arte que engloba en su denominación todo lo que de él se sabe
hasta hoy: el audiovisual. Pero esto no es nuevo; o, si lo es, es
igual que lo viejo.
Griffith eligió el cine como medio de expresión justamente porque
éste, más que ningún otro, se lo ofrecía todo. No sólo podía hacer
realidad la realidad sino incluso lo imaginado, lo insospechado.
Quien elija el
audiovisual como medio de expresión deberá ser aquel que esté
dispuesto a comunicar o transmitir de la vida todo cuanto la vida
contiene, en lo universal y en lo particular, en lo percibido y en
lo ideado, en lo material y en lo inmaterial; quien esté interesado
en recorrer la realidad desde lo superficial hasta lo abisal, de lo
ordinario a lo secreto, de lo exotérico a esotérico; quien esté
interesado en lo real y lo irreal, ése elegirá el audiovisual como
medio de expresión más apropiado.
|