3. El cine y la
existencia. Evocación del mundo. Dilema realidad-ficción.
De uno y otro lado
del panorama cinematográfico nos llegan dos mensajes distintos,
hablándonos de lo mismo pero diciendo cosas muy diferentes. Aquel
americano quiere abarcarlo todo, lo universal, la vida sin
exclusión. Aquel ruso (soviético) obsesionado con la realidad. Uno y
otro no hacen sino demostrarnos, a su modo, el interés por lo que
les rodea.
Sea concreto o
abstracto, realidad o ficción, lo cinematográfico debe conseguirse
como verdad, como real, como auténtico; todo debe tener una
apariencia de realidad. Todo lo que huele a falso en una película va
contra su poder de convicción, contra sus posibles valores. El
cartón-piedra debe pasar a ser piedra y dejar de ser cartón en la
película o, de lo contrario, está sobrando.
La apariencia
de verdad debe ser llevada hasta el último detalle:
Todo debe
tener un aire de realidad indiscutible.
No sólo es
necesario dar apariencia de real a lo que se ve en la
proyección sino que debe sugerirse con tanta fuerza de
verdad lo que no se ve que ello resulte convincente.
La
veracidad de las cosas que se muestran debe ser tal que su
fuerza y su corporeidad aseguran que las otras cosas que
están detrás, que no se ven, pueda pensarse de ellas que
serán también ciertas.
Una tajante diferencia entre el teatro y el cine es, precisamente,
que en el cine las cosas se dan como en la vida real y en el teatro
se dan en el escenario, adonde, desde luego, puede ser trasladada la
emoción del espectador (tan próximo) y desde donde el actor puede
tocar lo más superficial tanto como lo más profundo de la
personalidad del espectador. En el teatro los decorados son
decorados, no más; no necesitan ser más. En el cine los decorados
son, deben ser, reales; deben ser un reflejo de la realidad; los
decorados, los actores, el color, el cielo, la lluvia, el viento, la
naturaleza, el sonido y el silencio.
El cine es un
reflejo de la realidad. Es una realidad reflejada; pero realidad al
fin, o no es nada. Tiene su capacidad de cautivar en la medida que
refleja el mundo, en la medida que lo evoca, en la medida que lo
revive.
Aun en lo que se
refiere a la ficción, a la película de ficción, lo que distingue a
una película de otra es el estar pensada para vivirla en la
pantalla, para ser recreo de ojos inteligentes (René Claire,
acerca de Coeur fidéle, de Jean Epstein, 1924). Y continúa
René Claire (mayo de 1924): El verdadero cine es obra del artista
que está enamorado de las formas vivientes, que sabe moverlas ante
nosotros o que sabe moverse alrededor de ellas, gracias a un
objetivo sensible y curioso...
Ahora bien; la
realidad de las cosas en el mundo y la realidad de las cosas en la
pantalla, la realidad cinematográfica, son dos realidades
naturalmente distintas: la realidad en el cine es una ilusión.
Ese
constante paso de una realidad a otra realidad,
esa permanente
trasgresión que el cine (sólo el cine) consigue,
ese permanente dilema
realidad-ficción que el cine expone ante nosotros
es su verdadera
esencia, lo que hace del cine un arte y, a la vez, un arte
diferente.
La ambivalencia realidad-ficción se perpetúa y perpetúa al cine como
arte.
La realidad cinematográfica siempre será una nueva (recreada)
realidad: la suya.
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