4. La decisión
comunicativa
El propósito de la
obra
La toma de
conciencia y la toma de partido
La necesidad de una ideología
La necesidad de ideas para producir obras
La decisión de la "altura" de una obra y el mantenimiento en
ese nivel
Si el principio
creativo se inicia con la elección de la realidad por el cineasta,
sin embargo su obra no se habrá puesto en marcha hasta el momento en
que, ejercitando de nuevo su voluntad, decida comunicar, traspasar o
transmitir a los demás la realidad por él aprehendida.
La decisión
comunicativa por parte del cineasta es la puesta en marcha de su
obra.
Naturalmente, de
forma elemental, podemos decir que si la obra cinematográfica
necesita ese impulso de ser comunicada para entrar en una película,
el autor cineasta necesita no sólo tener una realidad que contar
sino también la voluntad de contarla. Podemos encontrarnos con un
autor gran observador de la realidad, gran conocedor, de una
sensibilidad incluso extraordinaria para comprender las cosas y
sentirlas, padecer (en el amplio significado) con ellas; tendremos
entonces un personaje, importante, que vibra con la realidad. Pero
si le falta el impulso comunicativo, si le falta el empuje, las
fuerzas, la voluntad de contar lo que ve, lo que cree, lo que idea y
lo que siente, todavía no tendríamos un cineasta. El cine necesita
de personas vivas, palpitantes, necesitadas de agitar el mundo aun
en sus más inamovibles fundamentos.
El
propósito de la obra
Tan imperiosa
necesidad solamente puede ser motivada por un fuerte impulso, algo
capaz de aglutinar todos los recursos y los más variados con que el
autor cuenta para expresarse, para comunicar, para llegar a la
conciencia de las gentes. Nunca puede ser un vago deseo.
El propósito de
la obra debe estar presente en el origen del proceso creativo de la
obra.
En la dinámica de
la ejecución de la obra, el propósito de la misma debe haber sido el
motivo que ha congregado al guionista, al productor, al realizador y
los ha situado en ese momento, en esa circunstancia de redacción del
guión, de preparación de la producción o de concepción de la
realización. Ese propósito convoca a los demás integrantes del
equipo, define la filosofía de la obra y requiere de ellos que
aporten los elementos técnicos y artísticos para llevarla a cabo.
En cuanto al
desarrollo argumental de la obra, este propósito debe darse de igual
forma definido en el principio de la misma, pues de lo contrario
habría en ese proceso un punto de ruptura, de inconexión y no sería
un proceso lógico. El argumento convincente precisa de una cierta
lógica -cierta lógica de lo absurdo, de la irracionalidad-
para involucrar en él cada uno y todos los elementos del contenido,
de forma que no haya lugar a lo superfluo.
El propósito de
la obra debe permanecer en ella hasta el final, sin concesión alguna
a que se diluya.
El para qué y por
qué se hace lo que se hace debe quedar siempre muy claro. Parece
obvio decirlo; sin embargo parece también olvidadizo porque, con
demasiada frecuencia, es algo que en muchas películas resulta
olvidado.
La toma
de conciencia y la toma de partido
Incluso la realidad
más palpable, así como lo más inverosímil, puede presentarse ante el
futuro autor cinematográfico con las características de aquello que
diríamos aparente realidad. Por un lado puede venir esa apariencia
porque lo que tiene de realidad cierta no cala profundamente en
nosotros; por otro lado, puede tratarse de una realidad latente, una
realidad interior que subyace respecto de la realidad exterior,
envolvente; para descubrirla es necesario que el cineasta llegue al
fondo de las cosas.
Tanto si se trata
de una realidad aparente como subyacente, el cineasta necesita
descubrirla, verla y sentirla tan cierta y tan completa como para
que poseyéndola la posea en gran medida.
Si le dejáramos a la cámara la aprehensión de esa realidad que
nosotros hemos elegido y entresacado del mundo real y ante la cual
la hemos emplazado, la cámara tomaría de ella su forma externa, la
captaría con su forma física, corpórea, dimensional; pero haría de
ella nada más que una aprehensión simple. Podría incluso la cámara
capturar de esa realidad otras formas no iguales (distorsionadas)
pero sí representables. Sin embargo no podría sola la cámara (ni el
aparato grabador del sonido) inmiscuirse en sus entresijos,
desentrañar su conformación, su constitución interior, su
interioridad; para ello tendríamos que dirigirla la cámara con más
de un solo impulso, con más de un solo acto.
El cineasta
necesita tomar conciencia de la realidad, si ha decidido contarla y
antes de disponerse a hacerlo.
El aserto con que
hemos afianzado la presente tesis, esa necesidad de extraer una
realidad para concretarla en la obra cinematográfica, nos lleva a la
circunstancia de que, habiéndola elegido, ya no permanecemos en una
postura de inhibición o ambigua respecto a ella; antes al contrario,
nuestra postura será decidir en un sentido o en otro: la reacción
ante la realidad expuesta.
La obra cinematográfica no es en sí misma un debate sino una
postura del autor ante el debate. Aunque la obra contribuya a abrir
o mantener un debate.
Naturalmente que hay documentales y películas dramáticas que son
estrictamente narrativos; pero incluso en ellos la elección de cada
plano y el orden de los mismos son el fruto de una decisión por
parte del autor, que hace que el discurso narrativo sea de una forma
y no de otra, que el discurso sea ese y no otro. La película tiene
un autor único, no admite rehacerse, como se rehace una obra musical
en cada ejecución, con profesores distintos, con director distinto;
no admite rehacerse con una y otra representación, como el teatro o
la danza. Las películas -documentales o no- hechas sobre una obra de
teatro o de ballet -filmar o grabar un teatro o un ballet- basan su
fuerza en la posición que el cineasta adopta respecto a ese teatro o
ballet; si esa posición no existe -difícil que se dé- o si es
inconsistente -cosa ya más probable-, la película carecerá de esa
fuerza propia.
El autor necesita haberse de
alguna manera apropiado de una realidad, que es la que va a ser
el contenido de su obra cinematográfica. No puede ponerse a
hacer algo de la nada; y mucho menos ponerse a hacer nada de
algo ni nada de nada. Ese autor, ante la realidad
extraída-elegida, se ve en la necesidad de poseer una intención
que dirija su obra, que marque la pauta lógica y psicológica del
proceso de creación que le conduzca, además, al propósito
elegido.
La
necesidad de una ideología
Estudio de las ideas
La creación
cinematográfica exige un constante ejercicio de
abstracción-extracción y concreción. El autor necesita presenciar de
una manera vitalista el mundo que le rodea. Tal vez no exista un
ejemplo comparativo para describir de forma gráfica este proceso.
Sólo el hombre, contemplándose a sí mismo, puede hacerse cineasta a
través de una atenta observación. El ser humano, en su actividad
intelectual y sensitiva, como paso obligado en el recorrido que las
cosas del mundo hacen hacia nosotros y de nosotros hacia lo demás,
cataliza sustanciosos elementos perceptivos que deposita en el fondo
de su experiencia personal. De lo subjetivo a lo objetivo, y
viceversa, queda el paso de la vida diaria. Pero es un paso
secuencial: que tiene unidad en sí mismo y que se continúa en el
paso siguiente y es precedido por el anterior. La obra del cineasta
está ligada a este paso continuo, con fijación y con continuidad. De
la fijación nace el propósito de la obra y de la continuidad nace la
secuencia de ideas que se vierten a (y se convierten en) secuencias
cinematográficas.
En este sentido, la
ideología cinematográfica no es la adhesión del autor a una
escuela de pensamiento sino que es mucho más (incluyendo lo
anterior): el estudio de su pensamiento mismo.
Identificación
El ideal era
invariablemente servir a la época contemporánea. (Eisenstein)
La mayoría de nuestras películas de aquellos años eran la
realización de las tareas de nuestra revolución (Octubre de
1917). Era éste un tiempo atractivo y, entonces, (Y Bielinski , en
boca de Eisenstein) La libertad de elección se pone fácilmente al
servicio de lo contemporáneo. Sólo se necesita ser un ciudadano,
hijo de su sociedad y de su época, asimilar sus intereses, unir las
propias aspiraciones con sus aspiraciones. Y continúa Eisenstein:
Era éste un tiempo atractivo y era también atractivo el lenguaje del
arte. ¡Qué poco se hablaba del "reflejo de la vida en el arte",
en el cual actualmente vemos una de sus tareas principales! Y cuánto
se hablaba acerca de la "influencia" a través del arte y de la
"intervención directa del arte en la edificación de la vida y el
destino de los hombres". ¡Qué característico era ese planteamiento
de las tareas para las condiciones del comienzo de la edificación de
una nueva vida!
Para Eisenstein en esos tiempos la ideología de su trabajo y de su
creación era más concreta que el retrato de sus pensamientos que
antes aludimos: era la identificación expresa de sus pensamientos
con las tareas revolucionarias del movimiento del 17.
La creación de un
artista no vive necesariamente reñida con la independencia ni
tampoco con el aislamiento de un artista en un momento de su vida o
en toda su vida o de un grupo de artistas. Quizás sin ese
aislamiento de ciertas figuras prominentes del arte fuera bastante
más difícil la innovación en este universo del ser humano. Quizás
sin ello no habría nuevos movimientos o no prosperarían inquietudes
que cuajaran en movimientos artísticos a los que sucesores artistas
pudieran referirse. Pero ello no es sino excepción que confirma la
regla: son puntos de referencia nuevos. Esta es la vanguardia,
anticipo de futuro.
Lo común es que la obra artística tenga connotaciones que la
identifican con conceptos aprendidos por el receptor de la obra, de
forma que la obra sea algo asumible por el espectador y no algo que
solamente le sugiera una cierta o incierta conexión con lo
desconocido.
El cine de cada
país y de cada cineasta está ligado a las corrientes culturales,
políticas y sociales que son contemporáneas con él.
La
necesidad de las ideas para producir obras
No es por
casualidad que el nacimiento del cine se diera con el inicio de
nuestro siglo y que en sólo dos décadas se desarrollara hasta los
límites que hoy lo conocemos. Si el cine fuera un fenómeno venido
del exterior diríamos que en estos primeros veintitantos años del
siglo XX el cine encontró los medios materiales y espirituales
necesarios para nacer entre nosotros. El terreno estaba abonado.
Naturalmente que el cine no es un fenómeno venido de un mundo
extraño al ser humano. Pero desde principios del siglo hasta los
treinta, no sólo se dieron los medios industriales para el
nacimiento de esta forma de expresión sino también toda la
producción ideológica en que aún hoy nos debatimos.
Nos es por casualidad, por tanto que hayamos elegido como puntales
de este estudio dos ejemplos de cineastas fundacionales del
arte cinematográfico: Griffith y Eisenstein.
El cine es un
producto genuino del intelecto del ser humano. Está tan acendrado
por la inteligencia y la cultura del autor como lo están sus mismas
ideas; ha necesitado de su experiencia sensitiva, de su observación
atenta, de su reflexión, de su capacidad de investigación expresiva,
de la actuación y ejercicio de su voluntad. En ese sentido -y no en
otro, pero tal vez en ese sentido lo es siempre- el cine es la
materialización de una idea expresiva. De aquí la sujeción
permanente de cine e ideas.
No será posible
que se dé una obra cinematográfica sin una idea de donde nazca y en
la que se sustente.
La
decisión de la altura de una obra y el mantenimiento de ese nivel
Hemos venido
configurando la obra cinematográfica como algo homogéneo en sí
mismo:
- Con origen en
la realidad de la que se extrae, tan lejos de ella o tan cerca
como se quiera.
- Con líneas generales que lo limiten en sus dimensiones tanto
físicas como intelectuales.
- Con un propósito-destino-finalidad.
- Con fundamento ideológico que lo sustenta.
- Con personalidad que lo identifica.
Todo ello nos
permite pensar que a lo largo de la realización de un film, vamos
construyendo una obra concreta, sólida, sustentable por
nuestros intereses y propósitos y reconocible por nuestras ideas.
Vamos camino de la obra UNA/UNIDAD.
No va a ser un conglomerado de elementos, ni una simple adhesión de
objetos -tan inmateriales como se quiera, objetos al fin- más o
menos afines.
Si la película fuera no más que la representación de la realidad
más estricta, esa unidad de obra quedaría lograda desde el momento
de elegirla, y se correspondería con ella; la unidad de la obra
sería la unidad del origen. Pero la realidad expresiva es la
realidad que ha pasado por el crisol intelectual y sensorial del
cineasta; es una realidad recreada.
Hemos llegado al punto de nuestro hacer en el que la realidad que
hemos extraído se va a recrear en nuestras manos: comienza a hacerlo
en el mismo instante en que la cámara "se posa sobre un encuadre" y
el motor se pone en marcha. Ahí, en ese emplazamiento de cámara, en
ese instante, en ese encuadre hemos elegido -de la forma que lo
hemos hecho, recordémoslo- no sólo la realidad sino la relación de
esa realidad elegida con cuantas otras -o el resto de ella- existen.
Sus características permanecerán adheridas a esa realidad mientras
la recreamos; de ellas, las que se modifiquen lo harán por nuestra
decisión; las que permanezcan, también; pero todas se irán
relacionando entre sí.
Las relaciones entre las
cosas importan aquí tanto como las cosas mismas.
Se nos hace
indispensable, por tanto, elegir no sólo aquella realidad que nos
interesa, como contenido, sino la rematerialización que con ella
hagamos. Cuando atraviesa el objetivo y se encuentra con el soporte
sensible -químico o electromagnético- esa realidad queda sintetizada
en una pura impresión. No es más. El obturador abre y cierra varias
veces por segundo, de forma que a cada impresión instantánea se
suceden otras en el mimo plano. Si la cámara se movió -panorámica,
óptica- habremos hecho de esa realidad "algo distinto", debido, como
siempre, a nuestra propia voluntad, a nuestra elección. Si el objeto
se movió, habremos capturado la impresión de su movimiento. Pero no
queda ahí todo. Porque vamos a elegir el plano siguiente, que se
relacionará con el anterior, y su objeto -el objeto del plano-
también vive fuera de la cámara su relación particular con otros
objetos; relación que no se escapa del todo en la impresión;
relación que estamos obligados a conservar, modificar. Dentro de un
plano, de un plano a otro, dentro de una secuencia y de una
secuencia a otra, estas leyes nos obligan a su cumplimiento. Tenemos
ancha libertad para elegir y estrecha obligación para cumplir lo
elegido.
Llegados al cine
podemos permitírnoslo todo. Tenemos el derecho y la libertad de
crear monstruos, contradecir la gravedad tanto como escapar a la
alternancia inevitable del día y de la noche; podemos deformar,
transponer, refrenar, acelerar; en una palabra, hacerlo todo, a
condición de que sea con una sucesión y siempre exponiendo una
omnipresencia de objetos en un sistema de partes comunicantes. Si
nos proponemos monstruos, que el universo circundante los haga
posibles. Los muertos, vueltos a la tierra, no deben ser muertos
separados, ideas de muertos, sino desplazarse en un medio
suficientemente alterado para que en él encuentren un lugar. El cine
tiene la facultad de alejarse de la realidad común cuanto le plazca,
con tal que se aparte de ella en todas partes de la misma manera.
Por eso un film suena a justo o falso, no según conserve o
transforme nuestra realidad cotidiana, sino según sepa o no mantener
de punta a punta su grado. Así a veces le falta a un film, para ser
bueno, haber elegido de una vez por todas cierta altura, y
mantenerse en ella en la misma nota fundamental. Esta reflexión
de A. Laffay nos convence de que la unidad de una obra atañe no sólo
a algo esencial en ella, a su cualidad, sino también,
definitivamente, a su calidad. En el cine se nos exige no sólo un
trabajo cinematográfico sino una obra de arte.
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