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l indio Presentación Balbuca
se ajustó el amarre de los calzoncillos, tercióse su poncho
colorado y a grandes rayas plomas, y se quedó estático, con
la mirada perdida en el umbral de la sucia tienda del
abogado.
Éste, desde su escritorio, le
dijo aún:
—Verás, verás, no más,
Balbuca... Claro de que el juez parroquial, ... ¡longo
simoníaco!, nos ha dado la contra; pero, ¿quiersde contra?
Nosotros le apelamos.
Y añadió, todavía:
—No te olvidarás de los tres
ayoras1.
El indio Balbuca no lo
atendía ya.
Masculló una despedida;
escupió para adelante, como las runallamas, y echó a andar
por la callejuela que trepaba, en cuesta empinada, hasta la
plaza del pueblo.
Parecía reconcentrado en
exceso; su rostro estaba ce ido, fosco; pero esto era sólo
un gesto. No pensaba en nada, en realidad; absolutamente en
nada.
De vez en vez, se detenía,
cansado.
Escarbaba, detenido, con los
dedos gordos del pie el suelo y se metía gruesamente aire en
los pulmones, expeliéndolo luego con una especie de silbido
ronco, como un juh!, prolongado, que lo dejara exhausto
hasta el babeo. Enseguida tornaba a la marcha, con pasos
ligeritos, rítmicos.
Al llegar a la plaza se sentó
en un poyo de piedra. De la bolsita que pendía de su cuello,
bajo el poncho, sacó un puñadito de máchica y se lo metió en
la boca impensadamente.
El sabor dulcecillo llamóle
la sed.
Acercóse a la fuente en el
centro de la plaza y espantó de ella la recua de mulas.
—¡Lado! ¡Lado!
Apartáronse las bestias y el
indio Balbuca pudo meter en e agua revuelta su mano
ahuecada, que le sirvió de taza.
—¡Uja!
Satisfecho, se volvió al poyo
de piedra.
Estuvose allí tres horas
largas, sin un movimiento que denotara aburrimiento
siquiera, con los ojos fijos en sus pies descalzos, sobre
los que revoloteaban moscas verdinegras.
... Y, al fin, pasó quien
esperaba: el amito Orejuela.
—Amito Orejuela, ¿adelantarás
tres sucres? Descontará en trabajo el huambra m'hijo
Panchito, ¿quieres?
El amito Orejuela, que era
mayordomo de una hacienda vecina, se preciaba de saber
tratar a los indios.
Discutió largamente con
Balbuca. Convino, a la postre, en que, por cuenta del
patrón, le daría los tres sucres; pero que, en cambio, el
Panchito prestaría sus servicios durante tres semanas.
—Le conozco a tu hijo. Huahua
tierno nomás es. Ocho años tendrá; nueve, estirando. ¿Qué ha
de hacer solito? ¡Perderá los borregos... ! Para una ayuda,
no más, valdrá.
Llegaron a un acuerdo. El
Panchito vendría al día siguiente, de mañanita.
Con todo, hubo una última
dificultad.
—¿Le darás la comida, amitu?
Orejuela protestó. ¿Comida?
¿Pero es que también había que darle de comer al huambra? ¡Elé,
eso no! Iba a salir muy caro así. Que, trajera su maíz
tostado y su máchica. Bueno... Agua sí le daría...
Balbuca suplicó. La choza
estaba muy lejos. De traer su fiambre, como era galgón el
chico, se lo tragaría en dos jornadas.
Consintió, a la larga,
Orejuela, en darle de comer todos los días... menos los
domingos.
Se rió a carcajadas.
—Los domingos que coma misa.
En la hacienda no se mantiene ociosos: el que no trabaja no
come, igual que diz que ha de ser en el comunismo. Y como es
mando santo que los días feriados se han de guardar... Tú
sabes que el patrón es enruchupa.
Balbuca aceptó la excepción,
ya se cerró el trato.
—Trai, pues, la platita.
Orejuela manifestó que antes
había de suscribir un documento.
—Hay que asegurarse. El chico
es minor de edad, y tú has de darlo representando como su
padre... Las leyes son unas fregadas.
Fuéronse en busca del
teniente político, que despachaba en el traspatio de una
casa de vecindad, en un sucucho oscuro.
Formalizóse el contrato y,
como el indio Balbuca no sabía leer ni escribir, puso en
lugar de firma una cruz.
A seña de Orejuela, el
funcionario introdujo en el contrato algunas variantes; como
que Balbuca había recibido diez sucres y comprometía el
trabajo personal de su hijo por dos meses llenos.
Orejuela pagó en tres
moneditas blancas, que Presentación guardó celosamente en
bolsa del fiambre.
—A mano. No olvidarás mandar
mañana misu al huambra.
Lo prometió Balbuca y salió a
la calle.
Estando frente a la tienda
del abogado, hizo alto y llamó desde fuera.
—Amitu doctor. Te traigo los
tres sucres esus que me dijiste para los derechus de
correo.
Mostróse el doctor a la
puerta y extendió mano ávida.
—Con estos tres sucres se
completan los cinco que hay que Ponerle al expediente cuando
vaya en la apelación.
Apretó entre los dedos las
monedicas, que se encarrucharon, blandas, y el amito doctor
se agitó iracundo.
—¡De plomo son! ¡Falsas como
tu misa madre!
Soberbio e indignado, tiró el
abogado las monedas al rostro del indio.
—Has querido engañarme, runa
hijo de mula. ¡A mí! ¡A mí! ¡A un letrado!
Balbuca, silencioso, recogió
el dinerillo del suelo.
Trepó de nuevo la cuesta
hasta la plaza. Buscó a Orejuela.
Lo encontró en una barraca,
sentado a la mesa, bebiendo chicha con el teniente político.
Se fue a él:
—Amito Orejuela, no valen –y
le dejó las monedas en la mesa. Amitu Doctor las vio.
Orejuela irguióse, violento.
¿Cómo? ¿Qué era lo que decía
el desgraciado éste? ¿Que él, Felipe Neri Orejuela, le había
dado al indio monedas falsas? ¡Por Dios! ¿Eso decía? ¿Eso?
¿Le imputaba la comisión de un delito? Y ahí,... ¡delante de
la autoridad! ¿No habría algo para hacerse respetar y hacer
respetar a un libre ciudadano ecuatoriano vejado por un
indio miserable?
¡Qué horror! ¡Y a qué
extremos de corrupción se ha llegado en este país perdido!
Balbuca escuchó sin rechistar
el latoso discurso de Orejuela, que dijo esto y mucho más.
Cuando concluyó, dijo sencillamente:
—Si no cambias, no mandaré
huambra.
Entonces, llenas, sin duda,
las medidas, intervino la autoridad. Pasaban dos longos
cargadores y los conminó el tenientepolítico:
—¡Llévenlo preso a este
arrastrado!
Los longos obedecieron,
medrosos.
Volviéndose a Balbuca, el
teniente político agregó:
—Estarás detenido hasta que
llegue tu hijo. El contrato es sagrado y hay que cumplirlo.
Balbuca forcejeaba débilmente
entre las manos de sus apresores; tenía sus ojos
desorbitados y se mordía los labios. Algo murmuró en su
quichua y después calló y dejó hacer.
Orejuela intervino, con aire
compasivo, y se ofreció a que él mismo enviaría un propio a
la choza de Balbuca para que viniera el hijo lo más pronto
posible.
No estaría mucho tiempo
privado de su libertad el indio, porque él, Orejuela, no era
de alma perversa que gustara de ver sufrir a los demás, aun
cuando se tratara de estos mitayos alzados que rompen todos
los frenos sociales.
... En efecto, a la alborada
del día siguiente llegó el huambra Panchito, con sus ocho
años fatigados y su carita sudorosa, los Pómulos tostados y
enrojecidos por el frío de los páramos.
Presentación salió de la
cárcel y no quiso ver a su hijo.
Abandonó el pueblo, tomando
la ruta de su choza lejana. Cuando pasó por frente a la
puerta de la hacienda del patrón de Orejuela, tomó una
piedra, se cercioró de que nadie lo veía, y la lanzó contra
la tapia, rabiosamente; con un golpe seco, algo del revoque
de cal y arena se desprendió. El indio sonrió sin expresión
para nadie, vagamente, estúpidamente, y escondió la mano
bajo su poncho colorado a grandes rayas aplomadas...
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