Literatura Iberoamericana del Siglo XX
 
   
   
Cuentos
José de la Cuadra
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José de La Cuadra

Ayoras falsos

Relato

© De esta edición EDYM, 2012
ISBN 978-84-84615-015  Depósito Legal V-4100-1993

 

l indio Presentación Balbuca se ajustó el amarre de los calzoncillos, tercióse su poncho colorado y a grandes rayas plomas, y se quedó estático, con la mirada perdida en el umbral de la sucia tienda del abogado. 

Éste, desde su escritorio, le dijo aún: 

—Verás, verás, no más, Balbuca... Claro de que el juez parroquial, ... ¡longo simoníaco!, nos ha dado la contra; pero, ¿quiersde contra? Nosotros le apelamos. 

Y añadió, todavía:

—No te olvidarás de los tres ayoras1

El indio Balbuca no lo atendía ya. 

Masculló una despedida; escupió para adelante, como las runallamas, y echó a andar por la callejuela que trepaba, en cuesta empinada, hasta la plaza del pueblo. 

Parecía reconcentrado en exceso; su rostro estaba ce ido, fosco; pero esto era sólo un gesto. No pensaba en nada, en realidad; absolutamente en nada. 

De vez en vez, se detenía, cansado. 

Escarbaba, detenido, con los dedos gordos del pie el suelo y se metía gruesamente aire en los pulmones, expeliéndolo luego con una especie de silbido ronco, como un juh!, prolongado, que lo dejara exhausto hasta el babeo. Enseguida tornaba a la marcha, con pasos ligeritos, rítmicos. 

Al llegar a la plaza se sentó en un poyo de piedra. De la bolsita que pendía de su cuello, bajo el poncho, sacó un puñadito de máchica y se lo metió en la boca impensadamente. 

El sabor dulcecillo llamóle la sed. 

Acercóse a la fuente en el centro de la plaza y espantó de ella la recua de mulas. 

—¡Lado! ¡Lado!

Apartáronse las bestias y el indio Balbuca pudo meter en e agua revuelta su mano ahuecada, que le sirvió de taza. 

—¡Uja!

Satisfecho, se volvió al poyo de piedra. 

Estuvose allí tres horas largas, sin un movimiento que denotara aburrimiento siquiera, con los ojos fijos en sus pies descalzos, sobre los que revoloteaban moscas verdinegras. 

... Y, al fin, pasó quien esperaba: el amito Orejuela. 

—Amito Orejuela, ¿adelantarás tres sucres? Descontará en trabajo el huambra m'hijo Panchito, ¿quieres?

El amito Orejuela, que era mayordomo de una hacienda vecina, se preciaba de saber tratar a los indios. 

Discutió largamente con Balbuca. Convino, a la postre, en que, por cuenta del patrón, le daría los tres sucres; pero que, en cambio, el Panchito prestaría sus servicios durante tres semanas. 

—Le conozco a tu hijo. Huahua tierno nomás es. Ocho años tendrá; nueve, estirando. ¿Qué ha de hacer solito? ¡Perderá los borregos... ! Para una ayuda, no más, valdrá. 

Llegaron a un acuerdo. El Panchito vendría al día siguiente, de mañanita. 

Con todo, hubo una última dificultad. 

—¿Le darás la comida, amitu?

Orejuela protestó. ¿Comida? ¿Pero es que también había que darle de comer al huambra? ¡Elé, eso no! Iba a salir muy caro así. Que, trajera su maíz tostado y su máchica. Bueno... Agua sí le daría... 

Balbuca suplicó. La choza estaba muy lejos. De traer su fiambre, como era galgón el chico, se lo tragaría en dos jornadas. 

Consintió, a la larga, Orejuela, en darle de comer todos los días... menos los domingos. 

Se rió a carcajadas. 

—Los domingos que coma misa. En la hacienda no se mantiene ociosos: el que no trabaja no come, igual que diz que ha de ser en el comunismo. Y como es mando santo que los días feriados se han de guardar... Tú sabes que el patrón es enruchupa. 

Balbuca aceptó la excepción, ya se cerró el trato.

—Trai, pues, la platita. 

Orejuela manifestó que antes había de suscribir un documento. 

—Hay que asegurarse. El chico es minor de edad, y tú has de darlo representando como su padre... Las leyes son unas fregadas. 

Fuéronse en busca del teniente político, que despachaba en el traspatio de una casa de vecindad, en un sucucho oscuro. 

Formalizóse el contrato y, como el indio Balbuca no sabía leer ni escribir, puso en lugar de firma una cruz. 

A seña de Orejuela, el funcionario introdujo en el contrato algunas variantes; como que Balbuca había recibido diez sucres y comprometía el trabajo personal de su hijo por dos meses llenos. 

Orejuela pagó en tres moneditas blancas, que Presentación guardó celosamente en bolsa del fiambre. 

—A mano. No olvidarás mandar mañana misu al huambra. 

Lo prometió Balbuca y salió a la calle. 

Estando frente a la tienda del abogado, hizo alto y llamó desde fuera. 

—Amitu doctor. Te traigo los tres sucres esus que me dijiste para los derechus de correo. 

Mostróse el doctor a la puerta y extendió mano ávida. 

—Con estos tres sucres se completan los cinco que hay que Ponerle al expediente cuando vaya en la apelación. 

Apretó entre los dedos las monedicas, que se encarrucharon, blandas, y el amito doctor se agitó iracundo. 

—¡De plomo son! ¡Falsas como tu misa madre!

Soberbio e indignado, tiró el abogado las monedas al rostro del indio. 

—Has querido engañarme, runa hijo de mula. ¡A mí! ¡A mí! ¡A un letrado!

Balbuca, silencioso, recogió el dinerillo del suelo. 

Trepó de nuevo la cuesta hasta la plaza. Buscó a Orejuela. 

Lo encontró en una barraca, sentado a la mesa, bebiendo chicha con el teniente político. Se fue a él: 

—Amito Orejuela, no valen –y le dejó las monedas en la mesa. Amitu Doctor las vio. 

Orejuela irguióse, violento. 

 ¿Cómo? ¿Qué era lo que decía el desgraciado éste? ¿Que él, Felipe Neri Orejuela, le había dado al indio monedas falsas? ¡Por Dios! ¿Eso decía? ¿Eso? ¿Le imputaba la comisión de un delito? Y ahí,... ¡delante de la autoridad! ¿No habría algo para hacerse respetar y hacer respetar a un libre ciudadano ecuatoriano vejado por un indio miserable?

¡Qué horror! ¡Y a qué extremos de corrupción se ha llegado en este país perdido!

Balbuca escuchó sin rechistar el latoso discurso de Orejuela, que dijo esto y mucho más. Cuando concluyó, dijo sencillamente: 

—Si no cambias, no mandaré huambra. 

Entonces, llenas, sin duda, las medidas, intervino la autoridad. Pasaban dos longos cargadores y los conminó el tenientepolítico: 

—¡Llévenlo preso a este arrastrado!

Los longos obedecieron, medrosos. 

Volviéndose a Balbuca, el teniente político agregó: 

—Estarás detenido hasta que llegue tu hijo. El contrato es sagrado y hay que cumplirlo. 

Balbuca forcejeaba débilmente entre las manos de sus apresores; tenía sus ojos desorbitados y se mordía los labios. Algo murmuró en su quichua y después calló y dejó hacer. 

Orejuela intervino, con aire compasivo, y se ofreció a que él mismo enviaría un propio a la choza de Balbuca para que viniera el hijo lo más pronto posible. 

No estaría mucho tiempo privado de su libertad el indio, porque él, Orejuela, no era de alma perversa que gustara de ver sufrir a los demás, aun cuando se tratara de estos mitayos alzados que rompen todos los frenos sociales. 

... En efecto, a la alborada del día siguiente llegó el huambra Panchito, con sus ocho años fatigados y su carita sudorosa, los Pómulos tostados y enrojecidos por el frío de los páramos. 

Presentación salió de la cárcel y no quiso ver a su hijo. 

Abandonó el pueblo, tomando la ruta de su choza lejana. Cuando pasó por frente a la puerta de la hacienda del patrón de Orejuela, tomó una piedra, se cercioró de que nadie lo veía, y la lanzó contra la tapia, rabiosamente; con un golpe seco, algo del revoque de cal y arena se desprendió. El indio sonrió sin expresión para nadie, vagamente, estúpidamente, y escondió la mano bajo su poncho colorado a grandes rayas aplomadas...  

 

1 Llámanse popularmente "ayoras" a las piezas de plata de a un sucre, más o menos veinte centavos de dólar, porque fueron acuñadas durante la presidencia de Ayora. Nota del autor.
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