Literatura Iberoamericana del Siglo XX
 
   
   
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Índice obra de José de La Cuadra
 

GUÁSINTON

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

José de La Cuadra

GUÁSINTON

Relatos

© De esta edición EDYM, 2012
ISBN 978-84-84615-015  Depósito Legal V-4100-1993

NOTAS INTRODUCTORIAS
 

o he encontrado a los lagartos, esto es, a los cazadores de lagartos, en los sitios más diversos e inesperados, extremos de resultar extraordinarios, de no considerarse la condición trashumante de esos hombres y sus hábitos andariegos, que los llevan a vagar muy lejos de los ríos y de las ciénagas propicias, quizás movidos por un inconsciente anhelo de olvidar los peligros aparejados a su oficio.

Me topé con ellos cierta vez que hacía a caballo el crucero de Garaycoa a Yaguachi. Estaban dos, entonces; el uno, machudo ya, y de cuerpo silgado, era cojo. Alguna ocasión, entre las fauces de los saurios, en quién sabe qué poza distante, se le quedaría perdida para siempre la pierna derecha, seccionado por sobre la articulación de su rodilla. Cojeaba el infeliz de un modo lamentable, apoyándose en una muleta de palo-amarillo, burda y desproporcionada, que le alzaba el hombro y le obligaba a torcer el tronco hacia la izquierda. Formaba, por ello, una figura curiosa, mantenida en oblicua sobre el suelo y que, contra todo sentimiento de humanidad, incitaba un poco a sonreír. No crucé con él más palabras que las rigurosas del saludo; pero, por mi peón, que lo conocía, supe que, a pesar de sus años cansados, se dedicaba aún a su faena de alto riesgo, gozando de una merecida reputación de arponeador habilísimo.

El otro cazador, mucho más joven que el primero, parecía que fuera hijo o al menos pariente suyo. Tenía con el baldado un evidente aire de familia. Mozo fuerte, de ancho tórax y recia complexión. No obstante, bajo su piel cobriza se delataba el Palor de la malaria o de la anquilostomiasis; pero no mostraba herida o huella visible de trato con la fiera verde; antes bien, su cuerpo se conservaba intacto. Hasta entonces, por lo menos, los saurios lo habían respetado.

Cuando los cazadores pasaron camino adelante, pregunté a mi compañero de viaje.

—¿Cómo se llama el viejo?

—Celestino Rosado –me respondió–; ¿no ha oído hablar de él?

—No. ¿Quién es?

—Pues... Celestino Rosado,... me creo que es de los de Balzar o del Congo.

Mi peón pernero contó cuanto sabía del cazador, que no era mucho.

Y concluyo:

—Éste fue uno de los que mató a Guásinton.

—¿A Guásinton? ¿Y quién era Guásinton?

—Guásinton era, pues, Guásinton... un lagarto asisote.

La mano del peón pernero se extendió en un gesto tan amplio que abarcaba metros de senda.

—¡Grandísimo!

Por desgracia, en este instante se recortó contra el horizonte la cruz de la iglesia de Yaguachi, bajo cuyos ámbitos opera san Jacinto sus milagros famosos. Y mi guía señaló con el dedo:

—Ya mismo llegamos. . 1

No sé cómo se enredó luego en una complicada disertación acerca de por qué la cosecha de arroz había sido tan buena y por que, empero, el precio del grano estaba tan elevado en Guayaquil.

—¡Cosas de las fábricas, pues! No hay más vaina...

Las fábricas eran las piladoras, las manufactureras del arroz.

Y ésta fue la primera vez en mi vida que oí hablar de Guásinton

 

No sabía bien, todavía, quién eras tú, Guásinton, lagarto cebado...

No sospechaba que tus diez varas de fiera sobre el agua, obsesionarían algún sueño mío en las noches caliginosas, cuando me tendía a dormir en la popa de las canoas de montaña, navegando por los ríos montuvios.

Y también desconocía que tuvieras la mano derecha mutilada, que te faltara la más poderosa de tus garras... ¡Guásinton, ilustre baldado!

 

 

Recuerdo que otra vez me encontré con los cazadores de lagartos en Samborondón.

Fue de noche.

Al día siguiente se celebraría la fiesta grande del pueblo, la fiesta de su patrona santa Ana, y todo el vecindario se había echado a las calles.

Samborondón ofrecía un aspecto fantástico, iluminado por farolillos chinos y sacudido por cohetes voladores.

Estábamos bebiendo en la cantina de Victoriano Acosta, que queda, o quedaba, en una esquina de la plaza. Yo ocupaba una mesa próxima al mostrador, con otros agentes viajeros. Entonces, en Samborondón el dinero corría a chorros; y para la época de la fiesta vendíamos abundante mercadería de pacotilla. Conduje yo, en esta ocasión, un cargamento enorme de zaraza, que había realizado por completo con un fuerte margen de utilidades; esto me tenía satisfecho y con ganas de divertirme.

Había hecho una gran tarde de gallos; y como entre pelea y pelea trasegaba aguardientes de caña, a la noche debía estar un poco borracho; no recuerdo bien el detalle, pero sí que mi vecino de mesa, el viajante de la compañía de cerveza, me dijo:

—¿Qué te parece, Concha, si contratamos unos músicos para que toquen?

Acepté la invitación de mi colega y, tras de vencer mil dificultades, pues los músicos andaban escasos en el pueblo enfiestado, henchido de turistas citadinos que los traían de aquí para allá dando serenatas, conseguimos lo que era una orquesta reducida a su mínima expresión: es decir, una guitarra y un tiple.

Con nuestra orquesta improvisada, el viajante de la compañía cerveza y yo, con otros agentes que se nos juntaron, fuimos casa de la viuda Vargas, quien, además de ser una de las firmas comerciales más sólidas del pueblo, tenía un muestrario de hijas guapas y amigas del jaleo.

Armamos un baile que fue alegre y divertido, pero yo no intervine mayormente en él. Me sentía cansado y ello hizo que buscara un rincón apacible, en el comedor, al lado de la botellería. Ahí se reunieron conmigo cuantos odiaban el bullicio intranscendente y amaban el alcohol; entre ellos, don Macario Arriaga, gamonal montuvio, personaje de letras y, según me enteré luego, otro de los que mató a Guásinton.

 

Sí, ya lo sabía de tiempo: Guásinton era un gigantesco lagarto cebado, cuyo centro de fecharías era el Babahoyo, desde los bajos de Samborondón hasta las reservas del puertecillo Alfaro, al frente mismo de Guayaquil. Sabía también, hacía poco, que, como uno de esos legendarios piratas que en los abordajes perdían las manos o piernas bajo el hacha de los defensores, era, bizarramente, manco. Pero ignoraba que se había quedado así en un lance heroico y que su garra perdida era, por ello, como un blasón amañoso.

Don Macario Arriaga me refirió la arriscado proeza de Guásinton, donde quedó manco.

—Estaba en celo Guásinton, y venía río abajo, con la hembra, sobre una empalizada. Un vapor de ruedas, creo que fue el Sangay, sí, fue el Sangay, chocó con la empalizada. Guásinton se enfureció; figúrese: lo habían interrumpido en sus coloquios; se enfureció y partió contra el barco. Claro, una de las ruedas lo arrastró en su remolino y no sé cómo no lo destrozó, pero la punta de un aspa le cortó la mano derecha. Chorreando sangre, Guásinton se revolvió y quiso atacar de nuevo; pero el piloto desvió hábilmente el Sangay sobre su banda y lo evitó. Quienes presenciaron la escena dicen que fue algo extrañamente emocionante. Nadie en el barco se atrevió a disparar sobre Guásinton; y fíjese que pudieron matarlo ahí, sin esfuerzo, a dos metros; pero la bravura del animal los paralizó, porque nada hay que conmueva tanto, señor, como el arrojo. Dejaron, no más, escapar a Guásinton, quien fue a juntarse con hembra en la empalizada.

Se nos aproximaron, en eso, dos individuos que yo no había visto antes; invitados, como don Macario mismo, de la viuda Vargas.

Don Macario me los presentó:

—Jerónimo Pita... Sebastián... el señor... Y vea, señor, la casualidad: estos también estuvieron en la cacería de Guásinton, cuando lo acabamos, con Celestino Rosado, con Manuel Torres, con... éramos catorce, ¿sabe?, la partida. Y anduvimos con suerte, sólo hubo un muerto y un herido. Nada más. Anduvimos con suerte, de veras.

Pita y Vizuete eran cazadores profesionales de lagartos, Amaban su oficio como una costumbre cruenta y salvaje, pero próvida con los sujetos. Para ellos, la verde fiera de los ríos, el lagarto de las calientes aguas tropicales, no era una vulgar pieza de caza. La cacería del saurio era para ellos como la lidia del toro para el torero; un arte que juzgaban noble y digno y que, a mayor abundamiento, les daba para comer.

Pita y Vizuete, corroborados en ocasiones por don Macario, me relataron en esa noche hazañas sueltas, varias, de aquel héroe fluvial, a quien alguno –se ignora cuándo y por qué– bautizó con el nombre amontuviado del general norteamericano.

Podría llenarse un denso volumen con los hechos singulares de Guásinton, y abrigo la esperanza de que se escribirá ese volumen. Por demás, Guásinton se lo merece.

Era un espíritu original el que alentaba en este gigante verdeoscuro, acorazado como un barco de batalla o como un caballero medieval, que medía diez varas de punta de trompa a punta de cola.

Se decía de él que era generoso como un buen dios.

Entre un caballo que pastara a la orilla y una mujer que lavara sus ropas en la playa, Guásinton prefería devorar el caballo. Las comadres afirmaban, ante ello, que no lo hacía por gula sino por compasión, al escoger a la bestia en vez de la mujer.

Sólo durante las grandes hambrunas Guásinton acometía a las gentes.

Lo ordinario era que nadara junto a los bañistas, sereno, poderoso, consciente de su fuerza, sin molestarlos, aparentemente sin advertirlos siquiera.

Se satisfacía entonces con los tributos que cobraba a los reseros: cada vez que estos tenían que pasar ganado de una rivera a otra, ahí estaba Guásinton, llevado por quién sabe qué misterioso aviso, a reclamar sus derechos de señor de las aguas montuvias. Se apropiaba de una res, de una no más, pero de la mayor, siempre de la más lucida. Guásinton seleccionaba bien. Y nada hacía ya al resto del ganado ni a los reseros. Ellos conocían la costumbre del saurio y separaban su res en los negocios.

—Rebájenos un poco en el precio, para que nos salga más barata la vaca de Guásinton.

Río seguro, después de todo, porque Guásinton no consentía en él competidor alguno. Cuando otro lagartuelo imprudente, después de la siesta de las tembladeras, se atrevía a penetrar al Babahoyo, Guásinton daba cuenta inmediata de él.

En las orillas, su fama era casi mítica.

Había para él una suerte de veneración, bien parecida a la religiosa. Comenzó porque asustaban a los niños con su nombre terrible pero, luego, el miedo se contagió a los mayores.

Cuando, entretenido quizás en aventuras amorosas, a las que era particularmente aficionado, o simplemente durmiendo el prolongado sueño de su especie, demoraba en aparecerse por su territorio acostumbrado, las gentes se preguntaban inquietas:

—¿Qué habrá hecho ahora Guásinton?

—¡Mala señá! Este año va a estar seco el río.

En la creencia popular, Guásinton era el señor de las aguas y era él quien las traía consigo.

En ocasiones, Guásinton alteraba sus hábitos antiguos. Ocurría eso cuando las hambres. Se trepaba a los potreros ribereños y arrastraba las presas capturadas. Atacaba a las canoas: las volteaba de un coletazo y devoraba a sus ocupantes. Se convertía entonces en un siniestro poder, en una furia desatada.

Pero esto pasaba en breve, y Guásinton volvía a sus plácidos modos de siempre. Tomaba a gustar de la melancólica música montuvia; porque, aun cuando se cree que los lagartos son casi sordos y se guían sólo por el olfato, parece ser que Guásinton oía muy bien y que hasta encontraba en ello un especial encanto.

Diz que en las noches, cuando los pescadores tocaban sus guitarras mientras conducían su pesca al mercado, Guásinton, como una guardia fiel seguía a las canoas; y si alguno daba un traspié y venía al agua, Guásinton se alejaba a todo nado, sin duda para evitarse la tentación de comerlo.

 

Trece lagarteros experimentados, armados de fusiles de repetición y en dos canoas de fierro, fueron los necesarios para matar a Guásinton.

Y ni aun así les fue fácil; porque el animal se defendió tan tenazmente que, al morir, hizo morir con él a uno de los matadores e hirió gravemente a otro.

Fue don Macario Arriaga quien montó la expedición y quien la dirigió.

Cosa curiosa: don Macario nunca le regateó a Guásinton su tributo de ganado; pero cierto día devoró al perro favorito de don Macario, y éste se decidió a acabarlo.

Hubo de andarse con sigilo al formar la expedición, para que no se enterasen las gentes de las riberas, quienes veían en Guásinton un ser casi sobrenatural.

Con el viejo saurio no valían los cebos.

Seguía de largo frente a los cerdos atados a las canoas o a las balsas, tras las cuales se escudaban los fusilemos avizores. Se burlaba de la faena del sombrerito; ardid éste que consiste en que el cazador, desnudo de busto y munido de cuchillo, se sumerge en el hondo, dejando flotar, en la superficie, su sombrero; si el lagarto se engaña y se lanza en dirección al sombrero, creyendo que ahí está el hombre, éste, desde abajo, en un nado veloz, resurge y le clava a la fiera el cuchillo en el vientre, una, dos, tres veces, hasta que le alcanza la respiración, y el animal se desangra. ¡Peligrosa la faena del sombrerito! Si la primera cuchillada no es decisivamente mortal, el atrevido perece sin remedio en las fauces del lagarto.

Con Guásinton hubo que emplear otras argucias que las comunes. Se lo vigiló durante varios días, hasta asegurarse cómo reposaba en aquel estero, pequeño y remansado, pero profundo. Entró en él cierta mañana y los cazadores taparon rápidamente la boca del estero, con una compuerta de maderos y alambres de púas preparada de antemano.

José Carriel, el más valeroso lagartero que ha existido en el Guayas, se tiró al agua, puñal en mano, a desafiar a la fiera.

En principio, Guásinton rehuyó la lucha. Se comprendió metido en una trampa y quiso forzar la salida, rompiendo la parte baja de la compuerta, sin mostrarse en la superficie herirse en la alambrada, porque, en la boca del estero, el agua se manchó de sangre. Cuando fracasó, retrocedió, furioso, contra el hombre.

Carriel lo esperaba atento, advirtiendo sus movimientos por el fango removido. Se zambulló y lo alcanzó a punzar, pero el lagarto fue más ágil que él y de un formidable coletazo lo trajo al fondo, con la columna vertebral partida y la cabeza deshecha.

En ese momento don Macario Arriaga ordenó que los cazadores se dispusieran en ambas orillas del estero y dispararais contra el agua sus fusiles.

—Alguna bala lo tocará –dijo.

Y sucedió lo asombroso. 

Guásinton, que bajo el agua era invulnerable tras su coraza de conchas, saltó a tierra y, loco, monstruosamente loco, arremetió contra los hombres. Ellos se desconcertaron ante lo imprevisto y de ello se aprovechó la fiera para llevarse de un zarpazo media pierna de Sofronio Morán, que estaba más próximo a sus fauces.

Pero los hombres se sobrepusieron.

Sin cuidarse del herido, se apartaron y una lluvia de balas cayeron sobre Guásinton.

Para morir, se volteó, vientre al cielo. Agitaba los miembros como si quisiera agarrar. Abría y cerraba las enormes tapas de sus fauces y emitía un sordo gruñido, aún amenazante, Se acercó a ultimarlo don Macario Arriaga. No llegó a hundirle la daga, como intentara, porque justamente en ese mismo instante el bravío espíritu de Guásinton partía a fundirse en el gran todo...

Las diez varas de su cuerpo se sacudieron con violencia y la mirada de sus ojos de rubíes se fijó en el vacío.

 

Guásinton, señor de las aguas montuvias, era ya, para siempre, invencible...

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