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José de La Cuadra
Honorarios |
Relato |
© De esta edición
EDYM, 2012
ISBN 978-84-84615-015 Depósito Legal
V-4100-1993 |
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—Pero, doctor, si ella no era virgen...
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—Puede ser, señora; yo no pongo en duda, ¡oh, no!, lo
que usted asevera. Mas, el informe pericial...
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—¡Qué informe pericial, doctor! ¡Nadie me convencerá
jamás de que el peluquero Suipanta, mudo morlaco! Y el
carnicero Martínez saben examinar eso. ¿Es que han estudiado
anatomía? ¿Es que... ?
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—Será lo que usted quiera, señora; pero el comisario, en
el severo ejercicio de las funciones de su noble cargo,
procedió correctamente al nombrar empíricos para el rápido
reconocimiento de la violada. El Código de Enjuiciamientos
en Materia Criminal, en su Artículo 72 –si la memoria no me
es infiel–, faculta, en casos como el que nos ocupa, cuando
no hay profesionales en cinco kilómetros a la redonda...
Verdad es que debió nombrar a mujeres... Pero, ocurre que
las personas del sexo de usted, señora, con perdón suyo sea
dicho, no se prestan para...
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—Sí, sí, doctor. Comprendo. Acaso somos más
honorables... ¡Ah, dispense!
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—Crea usted que si no se me alcanzara, como se me
alcanza, cual es su estado de ánimo, habría pensado que
trata premeditadamente de ofenderme...
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—Ya le pedí excusas. Vuelvo a pedírselas. En fin,
doctor, yo no entiendo nada de nada... Con todo, pienso que
el comisario debió buscar a otras personas, más
cualificadas, más expertas, que no a...
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—Estoy al cabo, señora, de lo que usted insinúa; y, a
este efecto, me permito advertirle que usted hace mal, muy
mal, y lo mismo los familiares de usted, al excederse en
ciertos comentarios desdorosos sobre los señores empíricos
que reconocieron a la menor desflorada por el hijo de usted.
Lamentablemente, se ha hecho público que el otro día, en la
cantina de Severiano Acosta, el hermano de usted dijo que no
se explicaba cómo iban a entender de virginidades el
carnicero Martínez, que sólo habrá visto la de las vacas, y
el peluquero Suipanta, que ni siquiera conoce la de su
propia mujer, porque ésta no estaba como debía cuando con él
se casó... Repito sus palabras... Es de temer, señora, que
esos caballeros, justamente indignados, propongan o intenten
proponer querella criminal por atentado contra su honra y
consideración; y acaso su hermano de usted, usted misma,
quizás, se vean envueltos en el juicio...
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—¡Oh, sería espantoso!
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—Y es muy probable que ya hasta los hayan incoado, según
se me ha referido. Creo que mi colega de estudio, el
talentoso doctor Martillo, hace actualmente gestiones ante
el señor alcalde cantonal primero para...
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Ahora la vieja lloraba ya a gritos. El abogado pasó a
calmarla.
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—Habría un camino salvador, señora.
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—¿Cuál?
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—Que su hijo de usted se case con la desflorada.
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—Bien sabe usted, doctor, que eso no es posible, que él
es casado ya...
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—Lo cual agrava su situación ante la ley. Astrea,
señora...
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—Y aun cuando no fuera casado, ¡cómo iba mi Diego a
unirse con una muchacha que será todo lo que se quiera,
doctor, hasta bonita!, pero que ha pasado por todos los
hombres del pueblo...
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—¡Señora!
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—Sí, doctor. Venga lo que viniere, habré de decirlo
ahora. Hasta usted ha vivido con ella. Es sabido eso. Todo
el vecindario lo dice.
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—¡Señora! Repare en que de mí depende...
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—¿Qué, doctor?
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—La libertad de su hijo.
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—¿Y cómo?
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—¡Ah! Las cuestiones judiciales son tan embrolladas como
las famosas ecuaciones del griego Diofanto, señora: su
número de soluciones es infinito; y, a veces, a veces, se
encuentra alguna tan fácil, tan fácil...
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—Le ruego que se explique.
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—Pues, muy sencillamente. ¿Está en mi mano hacer que mi
cliente, el padre de la violada, retire la acusación... Está
en mi mano que el señor comisario, a quien yo coloqué con mi
influencia, no lo digo por alabarme, destruya el expediente,
lo traspapele, eh? ¡Cualquier cosa!... ¡Todo se
arreglaría... Y su hijo saldría libre mañana... pasado
mañana... hoy mismo! ¿Por qué no?
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—Haga eso, doctor. ¡Se lo suplico! Mi vida, toda mi
vida...
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—Pero, naturalmente, señora, eso que le digo tendría su
precio: Mis honorarios...
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—¿Sus honorarios, doctor? ¿Y de dónde se los pagaríamos?
Bien sabe usted de nuestra miseria. Bien sabe usted que es
el trabajo de Diego lo que nos mantiene: a mí, a mi hija
Emérita, a la mujer de él, a los siete chicos... ¿De dónde
le pagaríamos? La huertita de cacao, once cuadritos, lo
único, está apestada con la escoba de bruja, con la monilla;
no produce nada; la afecta, además, una hipoteca...
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El abogado hizo un gesto vago y lento... No; él no era
un hombre interesado por el dinero... ¿El dinero? ¡Puahf!
¡Quédese para los metalizados, que rinden culto a ese nuevo
Meloch que es el oro!
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Se insinuó, mañoso.
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La vieja intuyó. Comprendió luego, plenamente.
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¡Ah, quería a la muchacha, a la Emérita! ¿La hermana
del violador debía ser violada, no es eso? Una suerte de
Talión a medida del doctorcito.
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El abogado explicó. No; no era un modo de cobrar lo
suyo; era que aprovechaba la ocasión para tratar un asunto
que, de antiguo, habría querido arreglar con la familia...
Él no era feliz en su vida conyugal, ¡ah, no! Era muy
desgraciado. Su mujer no se avenía con él y llevaba maduro
el proyecto de divorcio. Como fuera libre, él se casaría con
la Emérita... ¡Muchacha más digna! ¡Un rey merecía, que no a
él, pobre y modesto profesional, enredado en las cuatro
calles de aquel poblachón oscuro, anónimo! La desposaría...
¡vaya que la desposaría! Pero, había que adelantarse, que
asegurarse. Las mujeres, a lo mejor, salen enamorándose...
y...
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La vieja lloraba. Ya no hacía otra cosa que llorar. Era
una madre infeliz que ya no sabía otra cosa que llorar.
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El doctor, un poco fastidiado, se levantó para
despedirla. Ya le contestaría la señora. Ya hablarían.
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La vieja se secó las lágrimas, y salió.
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En la casa hubo un conciliábulo entre las tres mujeres:
la vieja, la Emérita y la Juana, mujer del preso. Los siete
chicos las rodeaban ignorantes, incomprensivos, pero
atentos.
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¡Oh, era imposible! ¡Cómo iba a ser, Dios mío!
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Fue éste el parecer unánime.
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Pero, en el silencio meditativo de la Juana, había una
vacilación. Y, acaso, una resolución en ciernes, un
propiciarse al sacrificio, en los ojos negros y brillantes
de la Emérita.
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Pasaban los días. En la casa hacíase un ambiente hosco y
pesado. Empezaba a escasear la comida; para un chico que se
enfermó, no hubo con qué llamar al curandero: se le daban
tisanas de hierbas absurdas, cogidas a la medianoche, y
estaba ahí, a medio morir, muriéndose, en el camastro
revuelto...
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La Juana miraba con una envidia sorda a la Emérita.
Comparaba con el suyo enflaquecido, arruinado por los siete
partos llenos y los cuatro abortos, el cuerpo rozagante de
la doncella, y se sentía morir, peor que el chico...
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Emérita creyó adivinar que su cuñada le había cobrado
odio, un odio tan grande como si ella fuera, no ya el precio
de la libertad de su marido, sino la causa de su prisión...
y hasta de la enfermedad del rapaz.
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La seguía... La espiaba...
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Una tarde, mientras la Emérita se bañaba, abrió Juana
bruscamente la puerta del cuarto. Quedóse en el umbral,
contemplando a la desnuda, que hacía empeños angustiados por
encubrirse de las miradas con las manitas...
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—¡Güena hembraza eres, Emérita! Con razón el doctor
Cercado...
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Y los días se venían encima.
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El comisario había dicho que el sumario estaba casi
concluido y que, después de poco, mandaría el expediente a
Guayaquil, a un juez de letras.
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La Emérita acabó por resolverse.
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Sin anunciarlo a nadie, una tarde fuese a casa del
doctor Cercado.
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Recibióla el abogado amablemente y la citó para media
hora después en el estudio.
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Dijo a su mujer, al marcharse para el encuentro:
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—Va a declarar por fin la hermana de Diego Pinto,
¿recuerdas?, el canalla ese que violó a la hija de mi
compadre Jesús Flores. No quería declarar, la perra, y era
indispensable que hablara: ella le alcahueteó la cosa al
hermano; se ha decidido, ahora, por las amenazas del
comisario. Urge que yo esté presente; pero volveré
enseguida. ¡Cuida a los huahuas!
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Besó a la mujer. Besó a los chicos. Acarició al perro. Y
marchó.
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Una vez en el despacho, el doctor Cercado cobró
debidamente sus honorarios profesionales; un poco de dolor y
un poco de placer, rociados de sangre...
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Cuando la Emérita regresó a casa, se acercó a la cuñada
y le susurró al oído:
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—¡Ya!
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Nada más. Pero la Juana comprendió y sonrió,
agradecida.
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El doctor Cercado era un hombre cumplidor de sus
compromisos: al día siguiente, Diego Pinto salía en libertad
irrestricta y el expediente se extravió.
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Mas había que arreglar el asunto de las querellas
propuestas por el carnicero Martínez y el peluquero Suipanta,
los señores empíricos, los caballeros esos...
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Las ecuaciones de Diofanto. Otra vez.
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Se produjeron ciertos gastos.
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La huertita de cacao, atacada por la escoba de bruja y
la monilla –¡once cuadritas, lo único!– hubo de pasar a
propiedad del doctor Cercado, quien suplió las costas.
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Pero había que agradecer siempre –no alcanzarían los
días de la vieja a rezar por él–, porque, generosamente, se
hizo cargo de pagar, cuando fuera oportuno, el crédito
hipotecario que gravaba la finca.
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