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Manos presurosas acudieron así que rasgó el aire dormido
de la estancia aquel largo, larguísimo, alarido estupendo de
la grávida.
He aquí que era varón el recién nacido.
"Nos ha nacido un niño, un hijo nos fue dado"
Ojos listos de viejas consultaron el calendario de las hojas
desprendibles, adherido a la pared cerca de la cama de la
parturienta: Juan tenía que ser nombrado el niño, porque era
–loado sea el Bautista– el blanco día de san Juan.
Lindo san Juan
que en el Jordán
bautizaste a mi Señor,
tenés mi amor.
Y otra vieja repitió la cantiga.
Pero otra vieja modificó, diciendo "Te doy mi corazón..." Lo
cual hizo aparecer desdeñosa sonrisa en los labios de las
que le precedieron en la tonada ritual.
Mientras tanto, en la habitación contigua habían bañado al
pequeño Juan. Envuelto en una gruesa toalla, lo trajeron
para que la madre lo besara. Sólo que la madre no podía
besarlo, porque había muerto. Sin escandalizar –quizás
arrullada por la copla vetusta– o quizás, mejor, por no
oírla, se había estirado cuan larga era, había ladeado un
poco la cabeza y ...
Era preciso enterrarla.
A un examen somero, "la profesora" aventuró:
—Quizás una embolia pulmonar por trombosis de los senos
uterinos...
Con todo, las viejas prestaron curiosa atención al hijo de
la muerta. ¡Ah!, era lavadito... y ojiclaro... y, por lo que
ofrecía, sería pelirrubio, ¿no? Pero... ¡qué mirada bovina!
—Éste será loco.
—Sí. Es porque la madre ha estado muerta por dentro al
parirlo, ¿no ven?
—Una se va muriendo por partes; de los pies para arriba; de
la cabeza para abajo. Cuando llega al corazón...
—En el corazón está el alma.
—El alma... ¿Y qué es el alma?
—¡Dios lo sabe!
—Aseguran que metiéndose bajo la cama de una persona que
está agonizando se oye el grito que da el alma cuando se
arranca. Cuentan que un hombre, en Naranjal...
—¿En Naranjal...?
...Pero era necesario ver quién se hacía cargo del
huerfanito. Se le ofreció a la tía abuela.
—¿Lo aceptará?
La vieja dijo que sí. Que lo tomaría como un presente de san
Juan. Habló algo más. Algo sobre el propio Bautista, sobre
la muerte, sobre los regalos extraordinarios y sobre el sol
de esa mañana...
Pues todo esto ocurría mientras se iba al pasado una clara
mañana. Una clara mañana del día de san Juan.
La verdad, el pequeño Juan no parecía loco. Si lo era, era
la suya una locura mansa, una bella locura pacífica, tal que
un ensueño uniformemente prolongado.
Cuando tuvo siete años aprendió a sonreír; y tanto debió
agradarle el "descubrimiento" de esta bonita ciencia de
nada, que sonreía –siempre, siempre, a todo– aún al látigo
de tres ramas con que lo castigaba la tía abuela.
A los diez años lo metieron en una escuela para que lo
enseñaran a leer; y dominado que hubo bien que mal el
abecedario, diose a leer cuanto libro caía por su lado. Un
amigo que lo fue de su madre, le obsequió por Navidad un
tomo de lindas historias de mar. Nunca hiciérale tamaño
bien. ¡Tanto gozó el pequeño Juan con ese libro! Viajó por
los siete mares: repitió las rutas fabulosas de Simbad; se
aventuró con Odiseo Laertiada en la vuelta a Itaca; resucitó
la osadía multioceánica de Cadmo; viajó con Marco Polo,
Cristóbal Colón, Elcano...
Vivía entonces Juan en un pueblo a la orilla del océano.
Su tía abuela tenía un quintal, cuyas cosechas mandaba a
vender en el poblado vecino: Juan robaba alguna calderilla
al producto y adquiría libros; siempre libros de mar.
Durante cinco años, leyó...
Tenía cumplidos los quince cuando conoció a la primera
mujer.
Mientras acompañaba a su tía abuela a recoger conchas finas
en la playa –para la venta– mirando la extensión ilímite del
Pacífico –el Pacífico nuestro– en los ojos de Juan –bovinos–
hubo un anhelo...
—Tía, yo quiero ser marino.
La respuesta fue cruel.
—Ésa es una locura. Pero... es verdad que tú eres loco.
Escuchó el diálogo una mujer que pasaba al lado en ese
instante.
—Muchacho, he aquí la viuda de un marino.
Le dijo. Era guapa, con sus lustros pulposos y sonreídos.
—El mar es traidor, muchacho.
La tía abuela se adelantó, por el hecho de que no le
interesaban nada esas cuestiones.
—Yo amo el mar, señora.
Dijo él.
—El mar es muy grande y no tiene caminos.
—Por eso; yo amo el mar.
Insistió.
—¿Sabes tú qué es lo imposible?
—...Y en las noches, señora, canta el mar una canción...
—Es la canción del olvido, niño...
—Olvidar lo imposible...
—No... ¡El olvido es imposible!
—A todas partes lleva el mar... ¡Tiene tantos caminos!
—Lo que al mar se va, el mar lo devuelve.
—¿Y ha vuelto alguna vez lo que se fue?
—Vuelve el amor...
—Pero yo no sé qué es el amor.
—Ni yo... Pero yo amé.
El pequeño Juan se calló, porque ya no entendía.
Fue esa la primera, la primera mujer que él conoció.
Tenía veinte años cuando fugó del poder de su tía abuela y
se marchó a la ciudad.
Había oído hablar de la ciudad, y quiso conocerla. Se la
imaginaba tan bella que no resistió a la tentación.
Días y días vagó por los caminos solitarios bajo el sol de
canícula, o en las noches tibias, bajo el blanco amor de la
luna, como un olvidado de sí mismo, en procura de la urbe.
Dormía en la cuneta de las carreteras, haciendo cabezal para
su sueño el hatillo de las mudas. Apenas si comía allá de
vez en vez, cuando topaba con algún campesino generoso que
le brindara la frugalidad hospitalaria de su mesa.
Al fin, llegó.
Desde una colina divisó, allá abajo, la ciudad y descendió
hacia ella con el corazón violentado de latidos.
Ya en el valle, casi en los suburbios, se encontró con un
hombre.
—¿Adónde va, amigo?
Juan explicó. Él iba a la ciudad. Venía del campo, de allá
lejos, junto al pacífico...
—¿Quiere decirme, señor, cual es la entrada a la ciudad?
El hombre señaló...
—Por ahí, recto. Recto. A la mano derecha está el cementerio
y a la izquierda el manicomio.
—El manicomio... ¿Qué es eso?
—Pues... la casa de los locos.
En los ojos bovinos de Juan apareció un destello de sol.
—Esa es mi casa, señor, ¿sabe?
Y ante la sorpresa de su interlocutor, Juan emprendió rápida
carrera hacia el manicomio, cuya ubicación el otro le
indicara.
Corrió... A la puerta del edificio se detuvo y llamó. Llamó,
desesperadamente.
Abrieron.
—¿Quién es?
—Yo... yo... yo, que vengo a mi casa. Porque esta es la casa
de los locos, ¿verdad?
En el manicomio transcurrieron para Juan los días más
felices de cuantos recordara en su vida.
Lo pusieron en tratamiento, con grandes esperanzas de
"reconstruir su cerebro". Y como su locura era mansa, gozaba
de libertad y se le permitía hacer paseos por el jardín, el
cuidado de cuyas plantas se le encomendó.
De acuerdo con su nueva vida, comenzó a hacerse afecciones y
costumbres. Tenía ya un rosal predilecto y un bancal
favorito; cosas nimias que cumplían su horizonte. Adecuado
–"afiatado"– al medio, ya no pensaba en la mar amplia ni en
los caminos que no tienen fin.
Trabó amistades... y adquirió un amigo. Un loco manso, así
como él, que era médico, o se lo creía, que da lo mismo.
—Juan, tú eres loco.
—Es decir, me llaman tal.
—Pero tú, Juan, que eres un campesinote torpe y basto, no
sabes qué es la locura.
—Cuando me parió, mi madre estaba muerta por dentro...
—La locura, Juan, es un cáncer en el espíritu.
—¿Un cáncer? Una pústula... un grano malo...
—Su etiología es la propia etiología del cáncer común, del
cáncer de la carne, diré, para que me entiendas... Cuando el
feto tiene dos meses, se forma en el centro de él el
espíritu. Es una célula, casi como las otras. Sólo que la
alimenta la herencia –que es el soplo primario de Dios–.
Tiene tres capas que se desarrollan conjuntas y armónicas.
Pero, suponte, por cualquier causa –hasta de alimentación, o
sea, de herencia– un punto inaprensible e inapreciable de
cualquiera de las capas... de la central, por ejemplo... se
paraliza en su evolución. (Quizás esas tres capas
correspondan al sentimiento, a la inteligencia, a la
voluntad, de los libros de sicología.) Las otras capas, que
prosiguen en su desarrollo normal, recubren, aíslan,
involucran el punto reacio... y la evolución se completa, en
apariencia. Mas, quedó un punto sin haber concluido su
ciclo; las células que lo constituyen viven en perfecta
potencia. Una causa, otra causa –un golpe, una emoción, que
es suerte de golpe– altera su estabilidad, las despiertan de
su marasmo... y evolucionan aprisa, aprisa, desorganizando
el mecanismo total del espíritu, rompiendo el equilibrio,
que es la normalidad... He ahí al loco: su espíritu, sus
células inteligentes, está alterado por la presencia del
cáncer... En el hígado sería lo mismo, ...o en el páncreas.
—¿Y ese cáncer es curable?
—Sí; como el otro, como el de la carne. Pero sólo con
antipirina.
Juan se quedaba pensativo. Pero esto de quedarse pensativo,
...era ya una buena señal.
Una mañana, a las nueve –ya había regado su jardín– Juan fue
llamado a la dirección.
Le hicieron llegarse al despacho privado del director.
—Doctor...
—44: He de decirte que ya estás bueno, bueno. Tu locura se
fue y no volverá.
Juan pensó –sintió, mejor– que él nunca había estado loco.
Pero prefirió no decir nada de esto, de lo que, por otra
parte, en realidad no estaba muy seguro.
—Y así, pues, amigo, has de abandonar esta casa. El mundo te
reclama. Fue esto un remanso en tu naufragio. Pero tienes
que vivir tu vida, allá fuera.
Inició Juan un ruego. Él quería quedarse allí, marginado,
arrumado, exento.
—No es posible. Otros llaman a la puerta. Sobras tú; pero tu
lugar será ocupado.
Se resignó. Había de ser enseguida,. Se encaminó a su celda
–¡tan querido el hueco!– y se arregló el pobre lío de sus
ropas. Despidiose luego de sus amigos: el médico, su banco,
su rosal, su rincón de jardín... Y se dirigió a la cancela,
trémulo todo él, el paso torpe... y un poco de lágrimas en
los ojos bovinos.
Junto a la reja estaba una mujer: una muchacha apenas púber.
Bajo el cielo de esa mañana, ella era como una gran mancha
heráldica: rosa, nieve, oro, mar... Mar, los ojos.
Supuso Juan que sería la hija del director: la señorita
Bebé. No la conocía; había oído hablar de ella lejanamente.
Cuando al franquear la puerta pasó delante de ella, se
despidió.
—¡Adiós, señorita Bebé!
—Adiós, Juan.
Juan se detuvo. ¡Ah, lo conocía! ¿Sabía que se llamaba
Juan...?
Comprendió ella que él quería hablarle, y se adelantó.
—¿Adónde va, ahora?
—A mi pueblo. Queda allá abajo, junto al mar.
—Usted, Juan, amará al mar, ¿verdad?
—El mar es bello, profundo y azul. Nada hay tan azul y tan
profundo.
Mentía a propósito. Hubiera querido decir que los ojos de la
señorita Bebé eran más profundos y más azules que el mar. No
se atrevía... Hubiera querido decir...
—¡Adiós!
Le extendió ella la mano, en un gesto dulce y compasivo.
—Adiós, Juan...
Salió al camino Juan; al camino aquel que llevaba a todas
partes, porque llevaba a la vida. Iba dando trompicones
contra las piedras, bamboleante, bambuloso como un barco;
ebrio –sí, ¡ebrio!– de una extraordinaria ebriedad.
Ahora sí se sentía loco. Ahora sí estaba loco, real y
definitivamente loco...
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