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José de La Cuadra
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Novela
corta |
© De esta edición
EDYM, 2012
ISBN 978-84-84615-015 Depósito Legal
V-4100-1993 |
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Los
Sangurimas |
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Prólogo a esta edición |
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a
novelina (que él llamara así, como a La Tigra) Los
Sangurimas es de naturaleza bíblica, emblemática,
sustancial en la creación literaria. Es novela casi
cabalística, exigente de cierta iniciación para
comprenderla; es catequizante, se queda en el espíritu del
lector y lo caracteriza con algo nuevo, revelador e
imborrable.
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Difícilmente puede dársele a
quien no sea un verdadero creador literario la posibilidad
de organizar el entramado dramático de una pieza a base de
símbolos y que, sin embargo, ese entramado resulte ser una
tragedia tan humana como las entrañas de una mujer, la
mirada de un hombre o la descendencia de ambos. Los
Sangurimas es un edificio levantado sobre efigies
montuvias, un bosque de fósiles de selva, de torrentes y de
tormentas, de naturaleza, en fin; pero un bosque fosilizado
que toma vida a medida que De la Cuadra lo va rebautizando
con sus nombres de seres humanos, impregnándolos de odio, de
pasión, de avaricia, de apetitos, de vicios, de hermosura o
de sensualidad. Así la Naturaleza y los hombres se funden
hasta dentro de sus mismas raíces, se enredan en las ramas
al punto de encarnar un género nuevo de seres, los montuvios
Sangurimas, puros, endogámicos, abstraídos de una creación
distinta, de un universo que, a buen seguro, el genio del
novelista descubrió que existía dentro del caos que formaron
las culturas andinas ancestrales y las culturas ibéricas
conquistadoras.
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A muchos parecieron
convincentes (y muchos otros no quieren admitirlas) las
opiniones de ese extraordinario erudito peruano que es Luis
Eduardo Valcárcel, autor del cuño Tempestad en los Andes,
quien con su razón de historiador, antropólogo y sociólogo
dice que el laberinto andino ha forjado, en su tempestad
milenaria, una raza de indio genuina de rebeldía, acendrada
en su resistencia a las adversidades y precoz en los limites
extremos de la vida, en la transición en ambos sentidos de
la vida a la muerte. La aguda inteligencia de José de la
Cuadra comprendió este fenómeno en toda su profundidad,
muchos años antes de que lo hiciera Luis E. Valcárcel; y
comprendió de igual modo la aventura singular del mestizaje
de la cultura extranjera en ese mismo laberinto. Los mitos y
los símbolos arcaicos del solar andino y costeño se
entremezclan en 1a fachada del edificio montuvio con los
viejos blasones ibéricos, criollos, llegando incluso a la
hibridación más compleja, aquella que con los genes gringos
le da al montuvio patriarca sus ojos alagartados y su tez
blanca. Si el mundo montuvio no hubiera existido antes de
José de la Cuadra, lo recrea él con tal verosimilitud que
después de su obra habría comenzado a ser real y verdadero.
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Darío Herreros
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Valencia, España, 1993.
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