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Lago
Agrio
donde los indios se llaman secoyas |
NOVELA |
©
Darío Herreros, 1990
©
EDYM, 1998
ISBN 84-604-1054-4 Depósito Legal
V-4185-1991 |
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3. Chivito, Cantuña y Rumiñahui
Una forma elemental de acreditarse en el entendimiento
de un país y sus gentes es conocer su lengua. De no ser así,
ocurre que muchas de las interpretaciones dadas a los hechos locales empiezan
siendo erróneas, y cayendo en un error de este tipo difícilmente
se sale.
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Ernesto Galárraga, personaje quijotesco que exhibía
repetidamente tarjetas de la Cámara española de Comercio
a modo de presentación y credencial irrefutable, nos iba refiriendo
la leyenda de Llanganati en una dosificada serie de entregas. Debiera dedicarse
a cobrar sus cuentos contados en vez de cobrar las huacas falsas que vendía
por auténticas, y no ayudar así al turista a cometer delitos
que no eran delitos, porque sacaba del país de forma ilegal piezas
arqueológicas que no eran tales y se dejaba allí dólares
a cambio, que sí lo eran.
-
Aquella noche Ernesto Galárraga, alias Chivito, nos
sorprendió junto a la barra del bar en el hall del hotel. Un grupo
de indígenas con su poncho rojo ponían música viva
de quenas, guitarras y tambores, y cantaban canciones que hablaban de otros
indios y otros tiempos y de cóndores que sobrevuelan las quebradas
de los Andes, y de ríos que recorren la América entera con
paciencia infinita. Yo tenía en la mano, para mi deleite personal,
la copa del dry martini. Nuestro inseparable compañero nocturno
había venido esta vez con una gran cartera de cuero repleta de papeles,
fotocopias, cartas y más carpetas con más papeles, mapas,
planos, fotografías e incluso diapositivas cuya imagen era necesario
adivinar en la penumbra del bar. Dijo haberse retrasado por tener que venir
en taxi desde su casa en el campo; era mucho más fácil escucharle
con el martini en la mano. Como en las noches anteriores también
en esta su Interés se centraba en los mismos puntos: Fumar nuestro
tabaco, vendernos sus estatuillas de cerámica sacadas de tolitas
inexistentes y convencernos de la veracidad sobre la historia de los Llanganati
por él contada. Era un tipo de puro esqueleto ecuatoriano mestizo,
procedente de la tercera generación de emigrantes Españoles
que ya no llegaron a ser indianos porque cayeron en América cuando
las naciones eran repúblicas y no virreynatos coloniales. Tenía
una garra personal difícilmente resistible, fruto de una prolongada
brega en buscarse la vida. A medida que se lo conocía ofrecía
más variedad en su carácter. En noches sucesivas agotó
todas las posibilidades de vendernos más huacas falsas, agotó
las razones de extraernos más regalos de brandy y tabaco, a la vez
que desveló su afición al whisky con hielo siempre que se
le invitaba. Su trato con nosotros empezó a ser familiar cuando
abandonó la primera actitud de sanguijuela descarada y se ofreció
como guía desinteresado. Ocurrió en el momento de conocer
las funciones de cada uno en el equipo de rodaje y percatarse de quién
era la jefa de producción, que no había participado en las
sesiones nocturnas de la habitación 403. Tan pronto como saludó
a la productora, sacó a relucir su antigua profesión de periodista
turístico, que había ejercido en algunos periódicos
e instituciones de la capital y de la que ahora estaba jubilado. El ofrecimiento
causó efecto tan de inmediato que al día siguiente Chivito
se sentó con nosotros en la mesa del desayuno. Su condición
de madrugador acostumbrado no le permitía desayunar con nosotros
por haberlo hecho antes ya en su casa. Pero esta condición y esta
costumbre tan radical la modificó a la segunda oportunidad que tuvo
y también vino a dar cuenta del suculento bufete que el restaurante
del hotel ofrecía cada Mañana; él lo hacía
por cuenta de producción. La Dodge Wagon que era nuestro medio de
transporte le deparaba una espléndida ocasión de disfrutar
del asiento delantero, al lado del conductor, donde nadie de nosotros hasta
ese día había querido sentarse.
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Chivito conocía todas las calles de Quito y los metros
que medía cada cuadra. Conocía los puntos kilométricos
de los caminos de tierra, donde, por supuesto, no existían puntos
kilométricos. Se dirigía a los guardias municipales como
si supiera de todos ellos sus nombres y apellidos. Con sesenta años
que tenía, parecía estuviera esperando su primera oportunidad;
y es que hay seres humanos, por extraño que resulte a veces, que
Después de toda una vida aún tienen ganas de vivir otra.
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Yo soy callado y Chivito era locuaz; él era descarado
y yo soy tímido; por esto tuve de él, al principio, una impresión
que me lo hacía distante, me produjo incluso rechazo; su trato me
pareció inapetente si bien no llegué a intentar evitarlo.
Y fue esto último una suerte para mí, porque al final terminó
siéndome, y lo es hoy, un ser entrañable. Yo llevaba siempre
a mano el guión del documental que rodábamos y quizás
esto nos acercó espontáneamente, hasta el punto de que, en
la tercera jornada de rodaje en que viajó con nosotros, no solo
no eludí el relato de sus historias sino que yo mismo me aficioné
a ir tirándole del hilo.
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Nunca llegué a saber cuánto cobró Chivito
por su colaboración en la filmación de estos programas, ni
siquiera si cobró algo o no cobró nada. Tengo la impresión
de que su inteligencia y su astucia eran mayores de la medida que al principio
le dimos, y que él no solamente consiguió vendernos su baratillo
de arqueología sino que compró nuestra confianza y nuestro
afecto de la manera más sutil, haciendo el mejor negocio en la compra
y en la venta.
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Cuando hacíamos exteriores, se cubría la cabeza
con una gorra visera como la de los capataces en las ganaderías
de reses bravas; llevaba siempre un jersey de pico sobre la camisa; sus
gruesas gafas con montura de pasta le ayudaban a clavar los ojos en él
mientras te hablaba. Demostró además un aguante físico
incansable durante las largas caminatas del rodaje, en las que llegaba
antes que nadie al punto más elevado de una colina, plantaba el
trípode de la cámara y quedaba erguido con los brazos cruzados,
tieso, como las llamas cuando levantan el hocico de pacer en el suelo.
Su piel era incombustible bajo el sol, a pleno día, mientras que
yo me quemaba una y otra vez, a pesar de mí precioso sombrero de
paja toquilla y de mi crema protectora. Sin embargo aguanté en pie,
a solas junto a él, en plena plaza de San Francisco, mientras me
inició en la leyenda del indiecito Cantuña.
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Tiene esta plaza ese trazado arquitectónico perfecto,
común a todas las plazas españolas en las ciudades de América;
la mejor herencia urbanística que la cultura europea, ya desde la
época de la Grecia arcaica, ha transmitido al resto del mundo. Pero
la plaza de San Francisco es aún más peculiar, pues se asemeja
a un gran altar al servicio de un soberbio relicario que tiene detrás,
la propia iglesia de San Francisco de Quito. Y todo tiene su explicación.
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La mayoría de estas plazas, que en España se
conocen como Plaza Mayor de tal o cual ciudad, en Hispanoamérica
son llamadas Plaza de Armas, y su estructuración es aún más
forzada para dar asiento a las principales actividades de la vida de la
ciudad, del municipio y de la provincia, y aún del estado o la república;
acogen la actividad del comercio en el espacio para sus mercados; centran
el ejecutivo del poder político en la casa del cabildo; el ejecutivo
militar en la capitanía general; y, por su puesto, y sobre todo,
centran la soberanía eclesiástica en la catedral o la basílica
correspondiente. Uno de los ejemplos más claros de esto, y acaso
el más bello, es la Plaza de Armas de Arequipa, en el Perú.
Con el tiempo, la historia de las repúblicas ha ido desplazando
los distintos centros de poder a otros enclaves urbanos; pero en la Época
fundacional española y en la posterior colonial, cuando la vida
política y social giraba en torno a la municipalidad, –aquella vieja
democracia municipal que habiendo sido tan respetable podría haber
pasado de ser colonial y criolla a ser americana íntegra y habría
beneficiado mucho, y posibilitado mejor, la democracia de todos los pueblos
de América– las características de estas plazas eran más
definidas y visibles.
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Pues bien, la Plaza de San Francisco es como una Plaza de
Armas, pero no lo es; allí no hay palacio de armas que centre este
poder; tampoco es una Plaza Mayor, en el sentido de esta denominación
en España, porque no tiene una casa consistorial que la presida;
ni siquiera es esta la plaza de la catedral, porque esa está en
otra plaza. Para mayor abundancia en la antítesis, tampoco es la
plaza del mercado, aunque hoy un vasto comercio campesino se extiende por
los alrededores a ras de suelo. En su momento los constructores de esta
plaza, deliberadamente, se proponen que no sea un lugar de mercadeo, pues
la dejan desprovista de soportales, que son los elementos arquitectónicos
funcionales por antonomasia para tal actividad. Y el último fin
al que pueda sustraerse una plaza pública, en cualquier ciudad,
es que sirva al menos para reunión y concentración de los
pobladores de la ciudad o de los forasteros. Pues ni eso; porque si hay
una plaza en todo el mundo más inhóspita que todas las demás
para celebrar una reunión convencional de gentes esa es, sin lugar
a dudas, la plaza de San Francisco de Quito.
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¿Cuál es entonces la utilidad de esta plaza
tan singular?
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—Ninguna. Es un puro lujo, una ostentación.
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Hay algún documento gráfico, de tiempos pasados,
en el que se ve la plaza concurrida por comerciantes, más abundantes
que los dos o tres tenderetes que se ponen ahora. En primer lugar es de
sospechar que al fotógrafo le apeteciera más inmortalizar
la plaza con gente, en vez de vacía, y aprovechara el momento para
ello. Por otra parte, las calles adyacentes, donde el mercado se asienta
hoy, no son una ubicación atractiva para un negocio que quiera ser
presentable.
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La plaza de San Francisco es, pues, un sacrificio, una inmolación.
Y un verdadero sacrificio fue para mí permanecer a pie enjuto, en
medio de aquel cuadrilátero, gran parte de la mañana, bajo
un sol despiadado, mientras Chivito me desmenuzaba, hilo por hilo, el tejido
legendario del lugar. Pero para entonces Chivito ya era mi amigo y el deleite
suyo por hablar y el mío por escucharlo eran parejos.
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La plaza es un cuadrado casi perfecto, situado en un segundo
nivel por debajo del de la iglesia, delante de la cual una amplísima
balconada hace de intermedio entre los dos espacios, plaza e iglesia; flanqueada
en los tres lados restantes por calles de intensa circulación, cada
una de ellas también en niveles distintos, hacen que el acceso a
la plaza sea por escalones. Su suelo, lo mismo que su contorno, es de roca
dura de gran calidad y resistencia, cortada en piezas rectangulares engarzadas
a la perfección. Es pues la plaza un cuerpo pétreo cuya geometría
y solidez han conseguido aquello que sus constructores se propusieron,
enaltecer el cuerpo de la iglesia franciscana y provocar su respeto y veneración.
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¿Quién pudo, en qué términos
y con qué medios, acometer esta obra tan singular?
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Hay un prototipo de personaje dado en la América hispana
que sería el empresario más apropiado para llevar a cabo
acciones de estas características; es el indiano, la persona que
llega de España a las Indias y se hace dueño de una gran
fortuna en muy poco tiempo.
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¿Quién es este indiano que está detrás
de esta gran empresa?
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—Ni más ni menos que el mismo indio Cantuña
a quien la leyenda popular confunde con el diablo, por ese afán
que los crédulos y los incrédulos excesivos tienen en travestir
las historias y hacer milagrosas las que no los son.
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En el diario EL COMERCIO, de Quito, del catorce de agosto
de 1957, hay una portada con fotografías y grandes titulares sobre
un sensacional y misterioso hallazgo dentro de la iglesita situada al lado
mismo de la mayor de San Francisco, la dedicada a Nuestra Señora
de los Dolores, conocida más que por este nombre por el de iglesita
de Cantuña. Debían renovarse las viejas tablas que hacen
el suelo de esta humilde capilla y, al hacerlo, parte del suelo se hundió
dejando ver una gran bóveda subterránea construida con ladrillos;
dentro de ella, y dispersados sin ningún orden, había huesos
humanos.
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Estos tipos de criptas sepulcrales se dan frecuentemente
en iglesias de Hispanoamérica, hechas no a modo de un enterramiento
ortodoxo con ataúd, con losa que lo cubre y lo señala, sino
que, abierto un hueco bajo el suelo, allí se depositó el
cadáver, seguramente embalsamado y encerrado en una caja. Es difícil
determinar con exactitud la finalidad que tenía este alojamiento
del muerto, ya que, si los cerramientos eran herméticos en principio,
no tiene sentido que les dejaran hecha una puerta y escalinata de acceso;
y si el cierre no era definitivo sino accesible, los cadáveres debieran
haberse embalsamado mejor, protegidos mejor en ataúdes y así
sus restos hoy no aparecerían descompuestos y dispersos.
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Un ejemplo muy completo de estos sepulcros se pueden ver
en la Iglesia de la Compañía de Jesús en El Cuzco,
en una de cuyas sepulturas están los restos, se supone, de uno de
los Almagro.
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Pero la bóveda descubierta bajo el suelo de la iglesita
de Cantuña tenía dimensiones muy superiores a los que se
conocían en otras iglesias. No era lógico que tal obra fuera
hecha para un enterramiento individual. A pesar de ello, la opinión
pública y los periódicos, por esa fecha, no lo relacionan
con otro motivo. Fue necesario el paso del tiempo y sacar a la luz la historia
olvidada de esa iglesia humilde, de la menos humilde de San Francisco y
la del propio convento de los franciscanos.
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En el año 1964 y en las páginas de otro periódico
de Quito, el Ultimas Noticias, reaparece la historia de Cantuña,
su iglesita, la de San Francisco, el convento de los Franciscanos y, por
fin, el indiano junto con el oro de sus riquezas. ¿Cuáles?
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—Riquezas que formaron parte del tesoro de Atahualpa.
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Esta teoría, a todas luces verosímil, de que
parte del oro escondido de los incas vino a financiar la obra insigne de
la plaza de San Francisco, viene explicada en una serie de artículos
del Últimas Noticias titulada Historietas de Quito, firmadas con
el nombre de El Quitense y que corresponde al investigador y escritor ecuatoriano
Luciano Andrade Marín.
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El Quitense desempolvó antiquísimos libros
de la ciudad en la Crónica de la Compañía de Jesús
del padre Juan de Velasco, el primer historiador del Ecuador, y da con
la clave para desvelar el secreto de la bóveda sepulcral de la iglesita
de Cantuña.
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Parece ser que el indiecito al que pertenece el nombre sin
apellidos nació en el reino de Quito cuando estaba en las postrimerías
de su esplendor y que al tiempo de la conquista sería un niño
de doce o trece años. Así lo relata Juan de Velasco.
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Cantuña nació y vivió en Quito y allí
estaba cuando ocurrió el desastroso final de Atahualpa. La retirada
de la ciudad por parte de los indios, ante la invasión de los Españoles
que capitaneaba Benalcázar, supuso su devastación total.
Los testimonios que le llegaron al historiador, escritos por él
hacia el 1750, hablaban del Cantuña adulto, mayor de edad, mientras
vivía con los franciscanos, y lo describían como un hombre
deformado físicamente, lesionado por accidente sufrido siendo aún
Niño, por quemaduras y otras heridas. Lesiones que le pudieron ser
ocasionadas en el incendio de su vivienda, cuando Quito ardió entero
aquel año de 1534. Cantuña era, además, huérfano,
sin que se le conociera un solo familiar.
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La burda tradición oral, que tramó una leyenda
tópica en torno a la iglesia y plaza de San Francisco, atribuía
a Cantuña la edificación de todo ello en una sola noche,
por obra y gracia de un pacto con el diablo; su firma está en un
bloque de piedra que falta de colocar en el suelo.
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¿Dónde nació esta tradición?
¿Qué motivos fueron su origen?
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Desde luego no es difícil imaginar cómo un
jorobado deforme, pero hábil y rico, inspiraría recelos de
alianzas diabólicas, y si además fuese indio, como lo era
Cantuña, con mayor razón aún para aquellos creyentes
predispuestos a la superstición. Si por otra parte tal obra monumental
fue realizada en un corto espacio de tiempo y con gran alarde de medios,
muchos malpensantes no se recatarían en fomentar celos y discusiones
a cuál más disparatados.
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Pero esta parte de la leyenda es aclarada textualmente por
el propio historiador Velasco, quien dice que los frailes recibieron gran
cantidad de oro para la obra de un convento e iglesia entregado generosamente
por el indio Cantuña, su protegido, quien lo había heredado
de su señor el indiano Hernán Suárez. Bien entendido
que indiano, aquí, tiene la acepción que a esta palabra se
le ha dado tradicionalmente en España, y no significa que fuera
indio sino que era un español enriquecido en las Indias.
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Continuamos la narración de Velasco, porque amplía
el campo de la sospecha de El Quitense investigador, cuando dice no sólo
que Cantuña donó gran cantidad de oro a los frailes por causa
de haberlo heredado de su amo, sino que el tal amo enriquecióse
grandemente cuando el huérfano indio, que estaba viviendo en su
casa y a su servicio, tenía la edad de veintitantos años;
sin que por otra parte explique cómo el señor Suárez
amasó tal fortuna.
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En esos artículos del periódico se aprecia
a Cantuña como de ser un indio tullido pero inteligente; y no cabe
la menor duda acerca de esto último, con tal que sea verdad alguna
de las proezas que tanto la leyenda como la historia dicen de él.
Pasando de la intuición al terreno de la lógica, por ser
Cantuña un niño de mente despierta, como suelen ser los niños,
quedó impresionado al ver cómo su casa y su ciudad desaparecían
bajo las llamas, vio el trasiego del oro que sus compatriotas llevaban
de un sitio para otro, primero hacia el rescate de su rey prisionero y
luego hacia el escondite en la huida; vio la muerte de su familia y cómo
se quedaba solo; y si fue capaz de sobrevivir a todo ello ya era más
que inteligente, era audaz; vio llegar a los Españoles y los conoció
fundando un nuevo Quito sobre las ruinas del viejo; por ese inteligente
afán de supervivencia fue capaz de adaptarse a ellos, convivir con
ellos y ganarse su cariño y su amor, al menos respecto de su amo
Hernán Suárez o Juárez.
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Añade una apreciación anecdótica Velasco,
diciendo que Suárez era un caballero más bien solitario y
por eso terminó amando como a un hijo al feo Cantuña. Según
los cronistas oficiales, la población española de Quito fue
hecha por poco más de doscientos hombres y ni una sola mujer; eran,
pues, hombres solitarios todos ellos.
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Tocado el indio Cantuña por una cierta dosis de cariño,
y teniendo en cuenta que bien la Habrá necesitado, no dudaría
en revelar a su padre adoptivo cuanto supiera del tesoro que sus parientes
de sangre guardaran un día ante sus ojos.
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Notoria es la afición que aquellos Españoles
tuvieron por fundir cuanto oro caía en sus manos, tanto si las piezas
de oro eran soles, alhajas, espejos o dioses, como si eran pepitas, o piedras
grandes o pequeñas, sacadas de sus yacimientos naturales. Todo pasaba
a hacerse lingote.
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Cantuña heredó de su amo la gran fortuna, además
de la casa de su propiedad, que era situada contigua al convento de los
frailes. Y la fortuna heredada no podía se otra sino aquella de
la cual el indio hizo a su amo partícipe; es decir, el tesoro de
los incas, cuyo escondite Cantuña conocía y que los dos juntos
fueron reciclando.
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¿Dónde tenía lugar este reciclado?
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—Naturalmente en la propia casa de Juárez o Suárez,
puesto que no iban a pregonar el secreto llevando el oro a la fundición
de casa ajena. En la casa contigua al convento de los franciscanos.
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Al postrer tiempo de su vida, Cantuña sería
un anciano necesitado de compañía por su soledad, además
de por las dificultades físicas que lo habían llevado a la
invalidez en su deformado cuerpo. Murió en el año 1574. De
haber sido niño en el 1533 moriría de unos cincuenta y tantos
años de edad.
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La capilla conocida hoy como de Cantuña es contigua
a la iglesia de San Francisco. De la dedicación que los frailes
rindieron a Cantuña es palpable el hecho de que le dieron a él
sepultura en el propio convento; en el corredor bajo se señala esta
sepultura con una preciosa lápida.
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Cantuña vivió pues dentro del convento en sus
últimos años, y se hizo merecedor de tan grande reconocimiento
porque el gran tesoro que poseyó endosólo generosamente a
los franciscanos; con la misma mano con que lo tomó y lo entregó
a su amo Hernán Juárez, y a la muerte de este lo recobrara,
con esa misma mano lo donara al final. Un abultado tesoro inca salió
de su escondite por obra de un quiteño y fue a parar a manos de
los frailes, quienes con ello construyeron su gran convento, su fastuosa
iglesia y su soberana plaza, y les sobró, además, para construir
otra iglesia como perenne tributo a la generosidad del indio que a ellos
los hiciera ricos.
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Hoy conocemos la iglesia de Cantuña; ¿pero
dónde está su casa que era contigua al convento?
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—La casa de Cantuña no es otra que la iglesia de Cantuña.
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¿Qué significa el socavón abierto en
el suelo de la iglesia?
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—Nada más y nada menos que el horno de fundición
del oro del indio Cantuña.
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Teniendo en cuenta cómo sería en aquel entonces
el solar de la plaza y el convento, según los dos niveles actuales,
la casa de Cantuña estaría más elevada y, por tanto,
un hueco que excavaran en el suelo aún podría servir de horno
por donde circulara el aire para la combustión del carbón
y la fundición del oro. Los guairas incas fueron hornos de fundición
de metales que los Españoles siguieron utilizando hasta principios
del siglo XVIII; hecho este que corrobora el conocimiento avanzado que
ellos tenían de la técnica de fundición, conocimiento
al que no iban a ser ajenos ni el indio Cantuña ni el indiano Juárez
o Suárez.
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Tiempo Después de que Chivito me contara esta historia,
y aún Después que yo me peleara por ella dentro de libros
antiguos, he caído en la cuenta de ese olor a viejo que tienen las
cosas de la conquista y la colonia hispanoamericana; no ya solamente por
el lenguaje suyo en el que rancias palabras y estilos castellanos perviven
hoy en día, porque a esa edad del siglo XVI allí se transplantaron,
sino por las cosas mismas, su solera de siglos que conserva lo rancio de
lo rancio. Incluso en lo novedoso que allí llegó se denota
un cierto valor añadido de antigüedad; véase sino en
el barroco de la arquitectura y la imaginería, cuyas obras parecen
ser de una época anterior a la que son, si las comparamos con sus
contemporáneas de la España.
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Lo cierto es que todo lo colonial español desprende
un aroma inconfundible de añejo, de vieja historia, y está
recubierto de una pátina sombría imposible de decapar. No
es esto un menosprecio de esa cualidad; es una apreciación.
-
Ahora que he podido verlo de lejos, he comprendido con exactitud
la sensación de comodidad que aquel día yo tenía en
el cuerpo, vestido sencillamente con unos jeans y una camiseta, porque
la historia es mucho más complicada, y la historia estaba allí
mismo bajo mis pies. La tierra es quien mejor guarda los secretos; en su
corteza sedimentan acontecimientos unos sobre otros; los hombres, sin embargo,
llegamos a olvidarnos de nosotros mismos o depositamos los recuerdos en
clave que acabamos por ignorar en la siguiente generación.
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A falta de restos literarios del quechua y quichua antiguos,
es necesario irse a estudiar el nombre de los lugares para, extrayendo
de ellos su significado, levantar la verdadera historia. La toponimia es
una narración sintetizada, más aún en casos como en
el de la lengua quechua y otras americanas antiguas, donde amplios conceptos
están encerrados en palabras breves.
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Voy buscando la razón por la que los indios quiteños,
que al fin y al cabo no eran más que súbditos recientemente
conquistados y dominados por el inca Atahualpa, se aprestaron a pagar por
él una cantidad tan exorbitante de riquezas para liberarlo de la
prisión de los Españoles. ¿Cómo unos vasallos
pueden entregar voluntariamente un tributo semejante por su señor?
No es suficiente la hipótesis de que el lugarteniente militar de
Atahualpa, Rumiñahui, fuera el tirano que cuenta el cronista oficial
español y que obligara a los indios sometidos a dar de Sí
todo el oro y riqueza que poseyeran.
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El Emperador Inca Atahualpa,
conquistador del antiguo reino Sinchi de Quito. Busto de gran tamaño
situado en las afueras de Riobamba, en el camino a las laderas de Cacha. |
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¿Quién era, para los indios quiteños,
el emperador Atahualpa y quién era su capitán Rumiñahui?
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El imperio del Cuzco transandino era un inmenso aunque frágil
edificio político, pluriétnico y pluricultural. Pero algo
había en esa pluralidad con una fuerza cohesionadora tan potente
como para federar a los pueblos vencidos por el poder central; y este algo
es razón suficiente para provocar un extenso estudio antropológico
de los imperialismos y, más todavía, un estudio de Historia
comparada.
-
A la muerte de cada emperador la cúpula política
del Tahuantinsuyu se desmoronaba por completo y el poder imperial se veía
forzado a renacer de sus propias cenizas; este poder no era precisamente
hereditario de forma indiscutible, sino más bien al revés.
Así venía ocurriendo desde la fundación del Cuzco.
Y así hubiera ocurrido a la muerte del grandioso Huayna Capac, poco
antes de 1530, si en esas fechas la expedición de Francisco Pizarro
no hubiera desembarcado en las costas del Perú.
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Al morir Huayna Capac no solo se desmoronó un poderío;
más aún, se inmoló voluntariamente con él.
Dos hijos de este emperador y de madres distintas se dispusieron a luchar
encarnizadamente por la supremacía: Huáscar y Atahualpa.
-
En torno a los emperadores, que tenían que refundir
el poder y reconstruirlo tan rápidamente, se movían grandísimas
riquezas, influencias y otros poderes con gran agilidad; los favores y
los servicios prestados se pagaban a muy corto plazo y tan generosamente
como se pudiera. Las alianzas se establecían de inmediato y tan
estrechamente como las guerras de conquista lo requerían; la infidelidad
política y la enemistad se hacían pagar hasta llegar a la
aniquilación cruenta y despiadada de los adversarios. En el ínterin
de la conquista del poder a la hora de la sucesión imperial, el
aliado, el partidario y el súbdito lo eran de su señor hasta
el límite de su ser y su tener.
-
En el momento del apresamiento de Atahualpa por Pizarro la
guerra interna del Tahuantinsuyu estaba a punto de concluir y, además,
en favor de Atahualpa; es pues creíble que en torno a él
hubiera concentrada una muy considerable riqueza.
-
La mayor parte de la guerra de conquista la hicieron para
Pizarro los propios indios adversarios de Atahualpa. Las cosas terminaron
así: Huáscar preso de Atahualpa y este, a su vez, preso de
Pizarro.
-
Los tres generales que dirigían el poderoso ejército
de Atahualpa en el norte del imperio del Cuzco, en torno a Quito, los tres
brillantes sinchis, se llamaban Quisquis, Challcuchimac y Rumiñahui.
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Desde 1527, año en que Pizarro conoció las
costas del Perú, hasta principios del 1533 en que decidió
pasar a tierra, el conquistador extremeño se dedicó a acechar
y estudiar escrupulosamente no solo la vida de los pobladores andinos sino
hasta los entresijos de su entramado político: El complicado sistema
de alianzas étnicas entre los indios lo conocía Pizarro tan
bien que supo manejarlo en su provecho, igual que los emperadores incas
lo habían hecho antes que él.
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Estos sinchis significativos eran la cabeza de cada una de
estas alianzas que Atahualpa había ido estableciendo en la frontera
norte del Tahuantinsuyu.
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No es probable –no se puede probar– que Atahualpa naciera
en la ciudad de Cuzco ni que naciera en lo que entonces era la frontera
norte del imperio, el reino de Quito. Son estas dos probabilidades que
la historia nos da. Pero es casi seguro que su madre fue una oclla procedente
de una etnia Quiteña, una doncella que Huayna Capaz tomó
como otra esposa más, de entre las princesas indígenas del
nuevo reino que incorporó al Tahuantinsuyu. Atahualpa vivió
desde su niñez en esta provincia norteña; esto sí
es algo conocido y probado.
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La parecida edad de Rumiñahui y Atahualpa y la, acaso,
proximidad geográfica de sus orígenes y la proximidad política
que ambos demostraban cuando llegaron los Españoles, hacen que sea
difícil desdecir la opinión de algunos investigadores, y
la versión de algunas tradiciones locales, que señalan que
entre ellos dos existía un parentesco muy próximo. Por otra
parte, la rapidez con que Rumiñahui se proclama rey al apresamiento
de Atahualpa... ¿no hace sospechar que aquel lo fuera ya antes,
por su linaje?
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¿Qué quiere decir el nombre propio Rumiñahui?
Algunas explicaciones de los cronistas oficiales no pasan de ser pueriles
y se dejan llevar del cuento de la clase de tropa de conquistadores gañanes.
Rumiñahui no es un nombre propio sino un apodo en lengua quichua,
apodo que se refiere a uno de sus ojos deformado o a una arruga en esa
parte de la cara.
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