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INDICE DEL LIBRO
01. Un poncho entre los Andes
02. Llanganati
03. Chivito, Cantuña y Rumiñahui
04. Los Ati y el derrotero del padre Valverde
05. Costales o el Apu de Cochasquí
06. Galina y el Valle del Guápulo
07. Lago Agrio
08. Un lugar en la selva amazónica
09. Petróleo
10. El Guasmo y la seda
 
 
 

Lago Agrio

donde los indios se llaman secoyas

NOVELA

© Darío Herreros, 1990 © EDYM, 1998
ISBN 84-604-1054-4  Depósito Legal V-4185-1991

5. Costales o el Apu de Cochasquí


   
Para un extranjero en este país, como yo, que había entrado con mucha precaución y pocas esperanzas de enamorarme una vez más, que había tenido el Ecuador como una isla dentro del conocimiento de toda América, para mí se había hecho todo sorprendente y, de un día a otro, todo enardecía. En Ecuador he tenido, más que en ninguna otra parte, la sensación de vivir cerca del paraíso. La viveza de las emociones se me ofrecían tan fácilmente que me abrumaba tal gratitud. Y no hice más que estar allí para merecerlo; las cosas me iban llegando una tras otra y cada una añadía un encanto más grande a la anterior. Galina Andrade, la muchacha mestiza, la quintaesencia del mestizaje, que reblandecía mi cuerpo y me afilaba los sentidos con su voz de color y su aliento afrutado; el sol virgen y vertical; la inmensidad del valle del Guápulo, que salía de mi habitación en el hotel y llegaba al Cotopaxi; y, cada día más, esta historia penetrante de Llanganati hasta que pude encontrarle un final. Ecuador es algo de lo mejor que ha ocurrido en mi vida. Gracias a Ecuador yo celebraré haberme encontrado con América, sin ningún género de duda, definitivamente. Cada vez que necesite sentirme más joven volveré al Ecuador, a su selva, a sus Andes nevados y a su costa pacífica de Esmeraldas y del Guayas.
  

De izquierda a derecha, el autor de este libro, el profesor Alfredo Costales, en el centro, y Ernesto Galárraga Chivito; dos auxiliares del profesor en el cuidado del sitio arqueológico de Cochasquí. (Ecuador, mayo de 1989. Foto del autor). 

 

El profesor Alfredo Costales es un hombre de gran tamaño, en todos los sentidos. Lo conocí en estos días en que embarcarme en una nueva aventura de leyendas me producía un cierto escozor, debido a que con la historia de Llanganati había ido ya demasiado lejos.

Hablo así porque estando frente al profesor Costales se necesita una cierta valentía para permanecer; es un compromiso, un desafío a la opinión, a la conciencia, a los sentimientos; imposible pestañear siquiera y prestarle atención a la vez. Diría que se trata de una persona que la civilización de los incas ha obligado a sobrevivir en nuestros días como un baluarte humano de sí misma, como un vocero de su cultura, para dictarnos y tomar nota antes de que las cosas se olviden definitivamente. Habla tan despacio y tan claro que parece estar invitándote a copiar lo que dice.

Era mi primer contacto con el indio vivo -aun siendo Costale mestizo-; yo, un español de las tierras altas de la meseta del Duero; en medio de nosotros estaban quinientos años conteniendo la etapa de la conquista y la colonización, el mestizaje y las guerras napoleónicas de Bolívar, la independencia criolla y las repúblicas protocolarias, patrioteras, inconclusas e ignoradas por ellas mismas.

Estamos en lo alto de Cochasquí, uno de esos lugares en donde se puede contemplar el cielo y la tierra como lo hacen los dioses, como los hacen los Apus. Pudo ser Cochasquí el Olimpo Inca. Las pirámides están todavía erguidas apuntando el interrogante perenne acerca del pasado y del futuro de la vida; las llamas que pastan entre ellas nos miran con una altivez tal que parecen asegurarnos su saber pastar en una pradera sagrada.

Cuando llueve en Cochasquí, a más cuatro mil metros de altura, el agua que cae todavía es celestial, todavía está bendita y no contagiada con el mal aliento atmosférico que exhalan otros lugares mal civilizados.

Quizás este sitio fue elegido en su tiempo por los constructores y usuarios de las pirámides para lo mismo que yo lo quiero ahora, para purgar la cultura superficial, para lavar el odio y rellenar el hueco de los errores. La transparencia que el día y la noche tienen en Cochasquí limpia la mirada tanto como para recuperar la nitidez de las imágenes.

Alfredo Costales Samaniego, con la piel del mismo color que la han tenido los quitus, los incas y los cachas, con mucha más estatura de la que tenían estos ascendientes suyos, con unos setenta y cinco años de edad tras sus gafas, con unos jeans de talla super grande, y su gorra, vestido para una constante labor de investigación de campo, en el salón-museo-refugio de Cochasquí, sentado frente a mí y mis compañeros, al lado de sus colaboradores de programa, a punto estuvo de arrollarme con su sabiduría, su pasión en la lucha por la recuperación histórica de la dignidad indígena; indomable un hombre sesentón e intelectual hecho de pura fibra india. Pero apasionado y todo, era un cuerpo de sobreabundante bondad. Creo que es un elegido, un enviado por sus ancestros para que la historia de América no tenga ningún eslabón perdido.

Sentarse con él y los suyos a la mesa para compartir la comida que nos ofrecieron, ha sido mucho más que una invitación cortés, más que un acto de hospitalidad, ha sido una llamada vocacional, una iniciación a la vida comunicativa, a la comprensión y al amor entre los seres humanos, tan diversos, que cohabitamos este planeta pequeño. Yo lo conocí así, cuando a su cintura había echado tantas y tan largas caminatas por las comunidades indígenas de los Andes y por la Amazonia, a pie y a caballo, tratando de penetrar en el secreto de la tierra y del hombre que en ella vive, de la magia, de las danzas, del diálogo entre los indios y la diosa Naturaleza, de su historia soterrada, para sacarla del desdén perdurable e incorporarla a esta nuestra filosofía de la vida, tan parcial, tan incompleta, tan dedicada a la moda de cualquier cosa. Así, sentado a la misma mesa que estaba sentado el profesor Costales, yo, por primera vez, oía de boca de un indio vivo hablar de los otros indios, de los cayapas desaparecidos, los colorados, los quijos, cofanes, sionas, secoyas, los quichuas, los aucas, otavalos, cañaris, jívaros, coaiqueres, los cachas, los coltas; y comprendí el paso radical que existe en el trayecto de su civilización a la nuestra. Nosotros tomamos el nombre del territorio en que vivimos; pertenecemos a él. En su caso es al revés; están imbricados en su tierra de forma que esta les pertenece y es el territorio lo que toma el nombre de su etnia; son sus naturales en el propio sentido de la palabra, nacidos, criados y habitantes de su solar, al que se mantienen esencialmente unidos; ellos son los cayapas, colorados, quijos, y su territorio, su nación, es el territorio de los cayapas, el de cada etnia que lo puebla.

Necesitaba hacerme una fotografía con el profesor Alfredo Costales para agarrarme a ese momento, tan afortunado para mí, en que nos encontramos. La guardo como si fuera un título.

Habíamos comenzado el trabajo esa Mañana en el pucará de Rumicucho, cerca de la línea que ha dividido el mundo en dos mitades geográficas, Norte y Sur. En este lugar los indios preincaicos se fortalecieron, a media altura entre los valles y las cumbres de los volcanes. El sol era tórrido como debía ser en esa latitud, con calor suficiente para asar el polvo de los caminos de tierra. Distribuido el personal del equipo en dos grupos, uno aéreo y otro terrestre, los de a pie, el grupo en el que yo estaba, nos perdimos en una de las innumerables carreteras sin nombre que hay en América; en ellas los kilómetros son mucho más largos y las poblaciones están más separadas. Al final pudimos encontrarnos en Cochasquí dos horas más tarde de lo previsto.

En la tarde regresé a Quito y al hotel con los ojos más abiertos que nunca porque la admiración se había adueñado de mí; me poseía una especie de renacimiento personal, un acercamiento real a nuevos principios de la vida. Mentalmente repasaba veloz notas de las tradicionales filosofías latinoamericanas; primitivas utopías, desde el descubrimiento; idealismos cosmopolitas, que arrancaron con Bolívar y no han cesado aún; románticos; impresionistas; místicos de salón; y otros utópicos e idealistas modernos, de las universidades y la jurisprudencia, que han venido disertando en las últimas tertulias hasta que el café dejó de ser barato; es la suya una forma de pensar y hablar, con un punto de vista alto, privilegiado, bastante por encima de esta tierra, ancha y larga, que va desde el Plata a la desembocadura del Magdalena y desde Bahía a Esmeraldas. Costales me lo ha enseñado, sin ninguna arrogancia, como se lo enseñaría a un catecúmeno, a un párvulo; sus ideas no son de un punto de vista distante del nivel de vida de su gente, sino sacadas de sus botas, arrancadas del terruño mismo con sus propias manos; son las mismas ideas que tienen los indios cabizbajos, las que se han hecho los indios que han tenido que aprender a pensar antes de aprender a leer, antes del primer día de escuela. De la enorme separación que hay entre estas cuestiones de abajo y la alta moda filosófica se me adelanta una comparación, una semejanza con la distancia, sempiternamente saltada, entre las dictaduras y las democracias latinoamericanas. La verdadera ciencia, la sabiduría de la vida, pensaba yo, será aquella que lo haga al hombre capaz de regenerarse, de alcanzar los niveles más altos del progreso sin perder la pureza del origen.

De entre todo el cúmulo revelador que es para mí la conversación con Costales, escucharlo más que conversar, sobre todo unas palabras me excitaban, me daban pálpitos, me calentaban la lengua con ese calor que da el asombro o el miedo; esas palabras eran selva y Amazonia; contenían lo absolutamente desconocido para mí y también lo más inquietante.

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