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4. Los Ati y el derrotero del padre Valverde
Viejas tradiciones indígenas permanecieron vivas
en el pueblo hasta finales del siglo pasado, cuando por fin los investigadores
fueron recogiéndolas en libros de apuntes para la historia del Ecuador.
Descendientes directos de los que fueron caciques de la región contaban
que el antiguo rey de Píllaro de San Miguel y de Mulalillo con Panzaleo,
se llamaba Pillahuaso Ati, hijo del Pillahuaso Ati de San Miguel. El Pillahuaso
se casó con la primitiva reina Choazanguil de Huainacusi, y fue
taita de la hija que un día se casó con el Inca Huayna Capac;
de su casamiento nació en Píllaro el general Rumiñahui.
Esta afirmación que hace un miembro de vieja y noble
familia india parece convincente, porque cuadra con las dotes de poder
de que Rumiñahui hace demostración, no solamente antes de
la caída del emperador, como general suyo que es, sino después
también.
Coinciden las versiones históricas de uno y otro bando,
español e indio, en afirmar que la entrevista de Atahualpa con Pizarro
responde a una estrategia que aquel había planeado para emboscar
al pequeño grupo de invasores, las huestes de Pizarro, a quienes
Rumiñahui con el grueso de su ejército encerraría
por sorpresa. Francisco Pizarro se adelantó y apresó a Atahualpa
con mayor rapidez. Si bien el emperador fue hecho prisionero, Rumiñahui
quedó libre y organiza de inmediato la resistencia y, a la vez,
la independencia de lo que eran sus dominios, precisamente todo el reino
de Quito. ¿Por qué esta doble acción política
de enfrentarse a los españoles, por un lado y al resto del imperio Inca, por el otro? Hay que pensar que Rumiñahui se sentía
con poder real para hacerlo. La reacción contra los españoles
es de obvio razonamiento; pero para responder a la segunda pregunta hay
que dar por supuesto que Rumiñahui estaba emparentado con la cúpula
del poder que aspiraba al bastón de mando del Tahuantinsuyu. Muerto
a su vez Huáscar por el otro ejército de Atahualpa, que había
tomado el Cuzco capitaneado por Quisquis, quedaba Rumiñahui siendo,
quizás, la cabeza más alta en el imperio Inca completamente
desmembrado.
Desde noviembre de 1532, en que Pizarro apresa a Atahualpa,
hasta agosto de 1533, en que lo ejecuta, pasaron nueve largos meses del
trágico final del imperio de los Andes. En este tiempo Pizarro se
dedica a adueñarse de la gran confederación del Tahuantinsuyu,
etnia por etnia, ya con razones ya con armas, y Rumiñahui a lo mismo
además de hacer acopio de oro con que subvencionar la libertad de
Atahualpa.
El prefinal de esta tragedia fue la ejecución capital
de Huáscar en el Cuzco; y se cerró cuando, ese día veintinueve
de agosto, Francisco Pizarro cortó el cuello de Atahualpa Inca.
Recapitulando esta apretada historia, el ilustre Ati apodado
Rumiñahui es del tronco de los Ati Reyes de Píllaro; muy
probablemente hijo de princesa Ati y de la convivencia de esta con Huayna
Capac, en los tiempos en que sentó sus reales por la conquistada
y federada provincia de Quito. Por esta doble razón de familia -Ati
e Inca-, Rumiñahui asume decidido la empresa de reconquistar la parte
del Tahuantinsuyu que ya sabe ocupada por los extranjeros blancos. Grandes
caciques se unieron a él, Nazacota, Jacho y Ati, Zopozopangui, Pintac,
Quimbalimbo, Chaquitinta, Nuenango, los Angos, Mainaloa y otros viejos
enemigos de etnias que, como los bravos cañaris, antes habían
estado aliados con los blancos para independizarse de los incas.
Hay una muy larga y cruel guerra que el conquistador español
Sebastián de Benalcázar mantiene contra Rumiñahui;
son más de dos años persiguiéndolo a él y su
tesoro, a fuerza de espías y delatores, a fuerza incluso de torturas.
Más de una vez lo asedia, a Rumiñahui, en las varias fortificaciones
que los incas habían construido y era el indio, con su habilidad,
quien conseguía escabullirse; pero su tropa era demasiado mermada
a medida que presentaba una nueva batalla. El apresamiento definitivo del sinchi, del rey Ati e Inca Rumiñahui, no deja de estar enredado
en la misma incertidumbre que tienen todas las leyendas; lo más
probable es que muchos de sus guerreros en el momento de ser apresados
o muertos confesaran ser el idéntico Rumiñahui, precisamente
para defender la propia identidad del auténtico. Lo que sí
es evidente, por todos los testimonios conocidos, es que la misma obstinación
que Benalcázar tenía por apoderarse de los tesoros la tenían
también los indios por ocultarlos. Solamente pequeños pellizcos
de oro y plata eran el fruto de esta persecución incansable, conseguidos
con la confidencia casual de algunos. Uno, que era de la provincia de los carates,
dijo que él sabía donde estaba el tesoro escondido; fueron
allí y hallaron once cántaros grandes de plata y tres de
oro; y preguntándole por lo demás dijo que cada señor
escondió el tesoro.
El indio Cantuña, que era niño por esta fecha
y que años después terminó viviendo en el convento
de franciscanos de Quito, también vio algunos señores indios cómo
y dónde escondían su tesoro.
El gran señor Ati Rumiñahui, ... ¿ Dónde
escondió el suyo?
Píllaro, la patria chica del Ati Rumiñahui,
es hoy la capital de su demarcación cantonal, en la provincia de
Tungurahua. Su población anda por los ocho o nueve mil habitantes.
En el mapa catastral minero del Ecuador, en su edición
de diciembre de 1981, figura un permiso de explotación minera –en
trámite todavía en ese año– sobre una superficie aproximada
de treinta kilómetros cuadrados, denominada Cerro Hermoso, y que
pertenece a este cantón de Píllaro. Otros mapas y libros
menos especializados caracterizan esta región como productora de
ganado y minas de oro y plata.
El Cerro Hermoso es la montaña central de la cordillera
de Llanganati, que no es exactamente una cordillera sino un sistema raro
de tres sierras agrupadas, metidas en esta parte del callejón interandino
y que salen como ramificaciones de la Tercera Cordillera de los Andes ecuatorianos.
Los que conocen este lugar de los Llanganati, que no son muchos, coinciden
en señalar que se trata de una especie de oasis geológico
dentro del mundo de los Andes.
Esa protuberancia del planeta, que dio origen
al alargado continente americano, se caracteriza por ser una formación
que vive en perpetuo movimiento geológico: Los Andes no están
quietos, todavía no están parados. Las carreteras que se
trazan por los altiplanos y los valles interandinos se mueven; las obras
hidráulicas de canalizaciones, construidas en hormigón, se
tuercen y se quiebran –ha ocurrido así en parte de la obra agrícola
realizada en el Perú–; los nevados se calientan de vez en cuando
y dan origen a nuevas e inmensas corrientes de aluviones. Todo el sistema
andino es un promontorio de rocas partidas, rotas; son la cicatriz de
una gran rotura de la corteza terrestre, de la que surgieron los grandes
agujeros volcánicos. A su alrededor se amontonaron los escombros
de esta rotura y formaron la ingente cordillera. Rara vez se ven rocas
sólidas en los Andes; todo está cuarteado, calcinado o triturado.
Los cerros
y los picos de los Andes volcánicos son formados de arriba para abajo. Los de Llanganati,
en cambio, son de abajo para arriba. Hay observadores extranjeros
que quieren singularizar los Llanganati diciendo que son los Andes alpinos;
pero es necesario insistir en que son más diferentes aún,
son exclusivamente Llanganati: Un modelo nuevo de arquitectura de las
montañas.
Si la peculiaridad geológica es tan interesante no
lo es menos su climatología; ni una sola de las historias que te
cuentan de Llanganati se salva de venir envuelta en una espesísima
niebla o en tempestades que suenan a hecatombes. Llanganati es un gran
misterio; y la gran razón por la que este misterio sigue siéndolo
es que a muchos de los que entraron en Llanganati no se los ha visto salir.
Por cada excursionista que queda dentro el enigma aumenta.
Desde siempre Píllaro ha sido el punto de partida
hacia Llanganati y resulta que no existe otra entrada que ésta.
Llanganati es un lugar seguro para esconder algo. Más
que escondite puede ser un sepulcro definitivo, una tumba insondable donde
lo que caiga una vez difícilmente puede ser extraído nunca.
Dicen que se dan allí temperaturas polares junto con
tormentas asombrosas; que las inundaciones son sorprendentes y se acompañan
de ruidos sobrecogedores; que la vegetación es sumamente extraña,
que el musgo es tan crecido que puede hundir en él a un ser humano
y puede cubrir la boca entera de un abismo.
¿Qué hay dentro de Llanganati que atrae con
tal fuerza a los aventureros, cuando se sabe que entrañan tanto
peligro?
Desde hace cuatrocientos años hay una leyenda, una
tradición oral y escrita, que habla de las incursiones a las misteriosas
montañas de los Llanganati; porque allí, supuestamente, fue
enterrado por Rumiñahui una parte del tesoro impagado por el rescate de Atahualpa.
Ese fabuloso tesoro, que un ejército de indios llevaba a Cajamarca,
fue ocultado en Llanganati, en lugares que solamente el Ati Rumiñahui
conoció muy bien, el Ati señor de aquellas tierras, el Ati
descendiente de los Atis de Píllaro, de Pillahuaso. Allí,
decididamente, el Ati Rumiñahui escondió las riquezas todas
que estaba dispuesto a entregar para recuperar a su soberano; lo hizo para
que nadie se las cobrara.
¿Y qué significa la palabra Llanganati,
que para el profano no dice más que el nombre de un siniestro paisaje
montañoso en el que desaparecen excursionistas y acompañantes?
Dejemos fijado definitivamente ese lugar geográfico,
Llanganati, en el triángulo formado por Latacunga, Baños
y Puyo, donde la Cordillera Occidental o Real se anuda y produce una tercera
cordillera, limitando ya con la selva amazónica de las cuencas del
Napo y el Pastaza.
En enciclopedias, mapas, e incluso algunos libros de texto
antiguos del Ecuador, como el de Maldonado y Sotomayor, aparece una denominación
diversa y confusa: Llanganates y Llanganatas. El significado etimológico
nos conduce a fijar también el correcto nombre geográfico,
el que sin duda tuvo siempre, el original. Richard Spruce y James Orton
yerran el tiro apuntando hacia vocablos aborígenes que para ellos
resultan equívocos y que conducen a una errónea interpretación
de la palabra Llanganati.
No se precisa demasiada listeza para intuir que la terminación
de este nombre -ATI- suena igual que el de la regia estirpe del Píllaro
indígena, los Ati, y que algo o mucho tendrán que ver cuando,
además del parecido fonético, coinciden también en
el tiempo y el espacio, perteneciendo a la misma geografía y al mismo
momento histórico. Vamos a mantener el supuesto inicial de que el
nombre Llanganati está formado por la aglutinación de las
dos palabras Llangana y Ati, y que la ortografía desglosada de este
nombre, en su sentido original, fuera Llangana-Ati. Veremos si al final
este supuesto tiene sentido.
Escrito Ati con inicial mayúscula resulta idéntico
al gentilicio de los Ati de Píllaro; así es que lo vamos
a dejar tal cual, de momento. Nos queda, pues, interpretar una palabra
más corta ya: Llangana. Por corta que sea esta palabra, de tres
sílabas, aún resulta larga para la lengua quechua; y se da
además la casualidad de que la terminación "na" es, puede ser,
una partícula gramatical de esta lengua, pero con un significado
conceptual más amplio que el que tienen las preposiciones –en este
caso no "pre" sino "post" posiciones– de la gramática del castellano.
La partícula "na", en el quechua cuzqueño y en
el quichua de Quito, designa el sitio de producción de algo, de
laboreo o de procedencia de una cosa, o el lugar de actividad de un sujeto.
El uso de esta partícula es tan común que no
es necesario estar familiarizado con el quichua para comprenderlo; atendiendo
a la gran cantidad de palabras que actualmente se utilizan para designar
lugares, resulta ser más que verosímil la versión
de "na" como preposición gramatical del lugar. Antisana, por ejemplo,
es el país de origen de los Antis; Cundurguachana es el paraje o
lugar donde anidan los cóndores; Ayasamana es el lugar donde reposan
los muertos.
Llanga es un nombre sustantivo del quichua quiteño,
equivalente a Llanka en el quechua de Cuzco. Por lo general, en todas las
palabras del quechua la "k" se suavizó en "g" al ser hablado por los
indios de Quito.
Llanka o Llanga, tanto en quechua como en quichua, significa
jarro de cerámica, arcilla, tierra, mineral. La forma verbal correspondiente
a este sustantivo es Llankai o llangai y significa laborar, o trabajar.
En quechua la partícula na, puesta en lugar de la "i" del infinitivo,
forma sustantivos que significan el instrumento con que se ejecuta algo
y/o el lugar donde esa acción se realiza.
El reino de Quito, el preincaico, fue un país de poderosa
minería y metalurgia. Teniendo en cuenta que referida a Llanganati
la llanga tierra tiene muy pocas posibilidades como cultivable -o
ninguna-,
es casi una obviedad aceptar ésta con el significado de tierra mineral
en vez de tierra de labor agrícola.
Desglosada la palabra en las tres partes que la componen
Llanga - na - Ati, y conocido el significado de cada una de esas partes,
tenemos la traducción de todo el nombre completo: "lugar de laboreo
minero del Ati"; más castellanizado, podría ser: la mina del
Ati, la fundición del Ati o la fragua del Ati.
Desde finales del siglo XVIII hasta el año setenta
de este siglo se pueden contabilizar cerca de cincuenta expediciones a
los Llanganati, de ellas más de treinta con predominio de participación
extranjera; y el resto, algo más de una docena, fueron protagonizadas
por ecuatorianos e hispanos de otros países.
La más documentada de todas ellas es la efectuada
por el investigador quiteño Luciano Andrade Marín, en 1933
y 34, quien en compañía de dos italianos, Humberto Re y Tullio
Boschetti, anduvo un mes y medio por la región de Llanganati. Este
erudito aventurero, Andrade Marín, publicó por dos veces
las experiencias e impresiones de aquel viaje, en 1937 y en 1970. De la
expedición hay más de un centenar de fotografías interesantes.
La mayor dificultad que todos los aventureros han encontrado en Llanganati
ha sido enfrentarse allí, de pronto, a un mundo totalmente desconocido,
ni sospechado siquiera. Cada cual ha pretendido saber demasiado sobre la
antigua guía que existe al respecto, el famoso Derrotero del Padre
Valverde, y manejarla como si se tratara de una moderna guía de
montaña, cuando en realidad el dicho Derrotero es poco menos que
una guía esotérica.
Para comprender el Derrotero es preciso haber comprendido
antes a Llanganati como tal; y esta premisa, que es ineludible, es la mayor
causa de fracasos al ser olvidada.
El Derrotero de Valverde encierra en sí, de una manera
un tanto cabalística, datos suficientes para acceder al conocimiento
de Llanganati y de aquello que Llanganati significa. Pero se revela tardíamente
a los curiosos, reservándose ante los que quieren comprobarlo precozmente.
Es preciso acercarse antes al cuerpo de los Llanganati y meterse muy en
ellos para luego comprender bien el espíritu del Derrotero. Y tal
vez al final, y únicamente al final, una luz se abra espontánea
sobre todo el contenido como una revelación, como una comprensión
definitiva.
El Derrotero del padre Valverde, que fueron las primeras
palabras de aquella noche inquietante en mi habitación del hotel,
había sido, también, siglos atrás, el inicio de la
leyenda de los Llanganati.
La verdadera historia del Derrotero se pierde en la noche
de los tiempos conquistadores y coloniales. Es absolutamente preciso dar
con el auténtico original para hablar con certeza de su edad y de
su contenido. Es necesario introducirse en el Archivo de Indias, dispuesto
a gastar mucho tiempo rebuscándolo entre los miles de legajos y
entonces, quizás, al pie de la última línea, junto
a la firma de su autor, habrá una fecha que, aun sin estar escrita,
ayude a su datación.
Situados en el pueblo de Píllaro.....
Estas eran las palabras enigmáticas a pronunciar para
trasladar el ansia al lugar de la aventura, al escenario real de la leyenda.
Después de tantos días y noches viviendo esta
obsesiva historia de Llanganati, no podía por menos de sentirme
agraciado al tener por fin en mis manos el famoso Derrotero en letras impresas.
Muchos han oído hablar de él pero muy pocos lo han visto
y los más ya han olvidado cundo y cómo lo vieron. Llegó
a mí gracias a Miguel -el director de fotografía de nuestro
equipo- quien, a su vez, lo trajo prestado de manera muy confidencial por
un guía turístico orgulloso de poseer tan raro ejemplar.
De pronto le da a uno la impresión de que está ante un viejo
catecismo escrito por un cura iluminado, por un santón, un clérigo
de tez morena, manos rudas y palabras graves, como debían ser los
de antaño en esas tierras, mirada penetrante y presencia que infunde
respeto y veneración.
El Derrotero Del Padre Valverde.
Me puse a leerlo con tal avidez que, en principio, no conseguía
enterarme de su contenido.
Algo hay en este texto que no puede comprenderse a primera
vista, algo que necesita de la experiencia y el conocimiento de los iniciados
para acceder a su comprensión, algo que impide que cualquier extraño
pueda interpretarlo siquiera someramente. Y este algo se percibe aunque
sea sin sentir el olor y el tacto de los viejos manuscritos, ese tufillo
que desprenden todos los documentos que permanecen olvidados durante largo
tiempo y que, de pronto, aparecen ante uno surgiendo de bajo un soplo de
polvo.
Dice así:
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Situados en el pueblo de Píllaro, preguntad por la
hacienda de la Moya y dormir la primera noche a buena distancia sobre ella
y preguntad allí por la montaña de Guapa... desde cuya cima,
mirando al Este y teniendo Ambato a la espalda, podréis divisar
los tres Cerros Llanganati en la forma de un triángulo, en cuyos
declives hay un lago, hecho por la mano del hombre, dentro del cual los
antiguos arrojaron el oro que ellos habían preparado para el rescate
del Inca cuando ellos supieron de su muerte. Desde el mismo cerro Guapa
también podrás ver la selva, y en ella un manchón
de sangurimas que sobresalen de la dicha selva, y otro manchón que
llaman flechas, y esos manchones son la marca principal por la cual te
guiará, dejándolos un poquito a mano izquierda. Id adelante
desde Guapa en la dirección y según las señales indicadas,
y después de que hayáis avanzado un buen trecho, y habiendo
pasado algunas haciendas de ganado, encontrarás el borde de un dilatado
pantano sobre el cual tendrás que cruzar y, saliendo al otro lado,
verás a mano izquierda un pequeño camino fuera de un juncal
sobre una ladera, por el cual tendrás que pasar. Habiendo salido
del juncal veréis dos pequeñas lagunas llamadas Los Anteojos,
por tener entre ellas una punta de tierra como una nariz.
Desde este lugar podréis otra vez divisar los cerros
Llanganati, lo mismo que los visteis desde la cima de Guapa, y os advierto
que dejéis las dichas lagunas a la izquierda, y que al frente de
la punta o nariz hay un llano, que es el lugar de pasar la noche. Allí
deberéis dejar vuestros caballos porque no pueden ir más
adelante. Siguiendo ahora a pie en la misma dirección saldrás
a una gran laguna negra, la cual dejarás a la mano izquierda y,
más allá de ella, trata de descender por la ladera, de tal
manera de llegar a una quebrada por la cual baja una chorrera; y aquí
encontrarás un puente de tres palos, o si este ya no existe, pondrás
otro en el lugar más conveniente y pasarás sobre él.
Y habiendo proseguido un corto trecho dentro del bosque, buscad la choza
que servía para dormir o los restos de ella. Habiendo pasado allí
la noche, seguid adelante en vuestro camino al día siguiente a través
del bosque en la misma dirección, hasta que llegues a otra quebrada
profunda y seca, a través de la cual tendrás que tender un
puente y pasar sobre él, despacio y con mucha cautela, porque la
quebrada es muy profunda; esto es si no logras hallar el paso que existe.
Seguid adelante y buscad los restos de otro lugar de pernoctar, el cual,
os aseguro, no dejaréis de hallar por los fragmentos de ollas y
otras marcas, porque los indios pasan continuamente por allí. Proseguid
adelante y veréis una montaña toda ella de margasitas, la
cual dejaréis a vuestra mano izquierda, y os advierto de rodearla
en esta forma de G. A este lado encontrarás un pajonal en una pequeña
llanura, la cual, habiéndola pasado, llegarás a un encañonado
entre dos colinas, el cual es el Camino del Inca. Desde allí, conforme
sigas, verás la entrada del socavón, que es en la forma de
portada de una iglesia. Habiendo salido del encañonado e ido una
buena distancia más allá, percibirás una cascada que
desciende de un hijuelo del Cerro Llanganati y corre dentro de una tembladera
a la mano derecha; y sin pasar el arroyo, en dicha tembladera hay mucho
oro, de manera que poniendo en tu mano lo que tú puedas empuñar,
al fondo todo es granos de oro. Para ascender la montaña, dejad
la tembladera y seguid por la derecha y pasad sobre la cascada, yendo alrededor
del hijuelo de la montaña. Y si por casualidad la boca del socavón
estuviese cerrada con ciertas yerbas que llaman salvaje, quitadlas y hallaréis
la entrada. Y a la mano izquierda de la montaña podréis ver
la guayra (porque así llamaban los antiguos al horno donde ellos
fundían metales), que es tachonado de oro. Y para llegar a la tercera
montaña, si no pudierais pasar al frente del socavón, es
la primera cosa pasar detrás de él, porque el agua de la
laguna cae dentro de él.
Si os perdiereis en la floresta, buscad el río, seguidlo
a la mano derecha más abajo, tomad la playa, y llegaréis
al encañonado en tal suerte que, aunque intentes pasarlo, no hallaréis
por dónde; trepad por lo alto, la montaña a la mano derecha,
y de esta manera de ningún modo podrás perder el camino.
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Mandó el Rey de España a los corregidores
de Latacunga y Ambato que buscasen el tesoro, cuya orden y guía se
conservaron durante mucho tiempo en los archivos del Cabildo de
Latacunga, hasta este siglo en que se pierde su rastro.
Pero, .... ¿Quién era el padre Valverde,
autor de este Derrotero de Llanganati?
Me sentía tan preso de estas preocupaciones
que, una vez tuve leído el Derrotero, quise inmediatamente salirme de
ellas. Pero sé muy bien que antes de acercarme a Llanganati yo
intentaría con ahínco un primer acercamiento a su autor, ese misterioso
cura, tal vez de Latacunga, que se marchó al otro mundo dejando aquí el
tesoro del Inca dos veces sepultado.
Cuando pude por fin desentrañar todo lo que
he contado de Llanganati, con la ayuda que me prestaron los demás, hice
una reverencia, en forma de implorar perdón, a la primera noche de
charla de Ernesto, después llamado Chivito y ahora querido amigo. Suele
ocurrir con cierta frecuencia que, al no dejarse seducir en un primer
momento, a la postre acaba uno por ser mucho más enamorado. El uno en
este caso soy yo y el caso es Llanganati y mi amigo Chivito a partes
iguales.
Aquella noche en que yo me agazapaba como
espectador huraño y quería escaparme del cuento antes de que Ernesto
empezara a hablar, cuando pronunció... El Derrotero del padre Valverde
..., lo oí como una campanada mezcla de madera y bronce, mezcla de un
sonido profundo que venía de la antigüedad y de otro sonido más
familiar, más tocante a mi tierra natal, a historias oídas por boca de
mis abuelos, que me las referían al amor de la lumbre en las largas
noches de invierno. Ese campanazo no dejó de retumbarme hasta que supe
todo lo que quise saber. Lo he sabido después, meditando en todo lo que
había escuchado. He sabido así que Llanganati tiene un hondo sentido, un
profundo y sólido sentido histórico, que encierra en sus entrañas gran
parte de las raíces históricas del antiquísimo reino de Quito.
Del secretismo de Llanganati aflora la
lógica de la historia; y lo que solamente parece una leyenda adquiere la
imponente fuerza de una verdad categórica.
Me había subyugado el enigma; me había
cautivado la leyenda.
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