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6. Galina y el Valle del Guápulo
Al día siguiente de regresar de Cochasquí
íbamos a tener, por la tarde, la primera reunión con nuestros
agentes de turismo, quienes preparaban el viaje que debíamos hacer
al Oriente de la selva amazónica del Ecuador. Este era el motivo
principal de nuestro trabajo y la meta final de nuestra salida desde España.
Amazonia es la palabra más larga que yo he pronunciado
en cuanto a aventura, misterio, exotismo, ansiedad. Es ya ensoñadora
en sí misma esta palabra desde el instante en que me proponen el
trabajo en Madrid, un viernes por la tarde para emprender vuelo a Quito
el domingo siguiente.
En la habitación de mi hotel, contemplando el equipaje
y pertrechos de que nos habíamos provisto para vivir en la selva,
pensaba que debía haberme preparado mentalmente mejor; un entrenamiento
sicológico echaba de menos, para que hubiera puesto a punto y a
toda prueba cada sentido, cada recurso de mi personalidad, de mi carácter,
y que nada de cuanto ocurriera me pasara desapercibido; más todavía,
que yo fuera capaz de captar eso que no suele estar a primera vista cuando
pasamos ante ello y que casi siempre se nos escapa, porque quizás
por ese sitio no me fuera posible volver a pasar. En esta ocasión
recurrí al centro de mis creencias y recé, imploré
la que pudiera ser óptima disposición de mi espíritu
y que yo acertara a responder adecuadamente a esta especial ocasión
que se me ofrecía.
Viernes, 21 de abril de 1989.
El silencio nocturno del valle del Guápulo se
extiende frente a mi ventana; hay luna llena, tan grande, tan potente y
tan blanca que el paisaje tiene el aspecto de una noche americana de película;
o como si esa luna perfectamente redonda fuera un gran flash continuo colgado
en el cielo. La exquisitez de la atmósfera es tal que se entrevé
de lejos el nevado Cotopaxi. A los pies del hotel, la piscina llena e iluminada
se asemeja al nicho de una nave espacial. Los seres de otros mundos están
observando la coquetería de nuestro planeta azul y blanco.
Galina ha estado aquí y le he regalado perfumes
y cosméticos. La emocionaron tanto que afloró un rubor visible
de sus mejillas de piel morena y sus labios y sus ojos se pusieron brillantes.
Hemos paseado en taxi por la ciudad, por las calles del Quito colonial,
hemos subido al Panecillo y de vuelta paramos en la plaza de la Catedral
para hacernos fotografías. La tarde de este entretiempo permanente,
que le dona a la ciudad su clima, es larga y apacible y, para mí,
resulta difícil distinguir en qué día de la semana
estamos; de un barrio a otro cambia el aire e incluso la temperatura, la
humedad, y no digo la fecha porque resulta imposible creerlo aunque en
los alrededores del hotel Colón, a estas horas, siempre es fin de
semana en cualquier día Lindas damas y señoritas reciben
ramos de flores en el hall del hotel. Galina y yo entramos y durante largo
rato nos deleitamos visitando las boutiques de la planta comercial, las
tiendas de artesanía y las librerías; los dependientes tienen
un sofisticado look quiteño for export y se esmeran en vender con
amabilidad. La genial Olga Fisch, húngara de nacimiento, universal
y quiteña de adopción, tiene aquí una tienda de artesanía
por la que continuamente pasan visitantes como si de un pequeño
museo se tratara. Galina habla y al hacerlo mueve sus ojos en todas direcciones,
haciéndolos botar y rebotar; cuando me escucha, en cambio, abandona
la mirada en cualquier parte de mí. Estoy recordándola nada
más se ha ido. Se sentó en mi escritorio y mirándose
en el espejo se pintó los labios como una flor de hachiote, se puso
un gorro azul y junto a la puerta se volvió para decirme ... que
lo pase usted bien en el Oriente. Ella ha salido, como otras veces, cerrando
la puerta como si no se cerrara. Ante el otro espejo grande que hay en
el pasillo se recompone de cuerpo entero y se sonríe consigo misma.
Galina es feliz y yo dichoso. Le hubiera querido decir que se fuera conmigo
al Oriente. Me gustaría -diría- ¡Qué lindo!
Pero no vendrá. Cuando ha salido yo apago la luz del cuarto para
que no se vele la última imagen que de ella tengo. Descorro las
cortinas de la pared ventana y me voy a la noche de luna llena y de Guápulo
interandino.
Mañana otro viaje más... Otro día
más de viaje.
De Quito a Riobamba 180 km., cuatro horas por
la Panamericana, en una furgoneta Ford que ha sido desalfabetizada y para
nada recuerda la ingeniería con que fue construida; por la carretera
pierde tuercas, tornillos, puertas y aceite. Las puertas traseras volvieron
a cerrarse sin mayor percance que el susto que nos dieron al abrirse solas,
cuesta arriba, en la misma salida de Quito. El aceite se rellenó
y continuó rodando sin las otras piezas perdidas o rotas; casi completa
el viaje de ida y vuelta, sino fuera porque en los últimos veinte
Km del regreso nos dejó definitivamente tirados. He visto carros
más duros.
Consumí la paciencia de mis compañeros recorriendo
todos los hoteles de Riobamba, hasta encontrar el más grande, y
me anticipé para alquilar la habitación más amplia
del hotel. Quería tener espacio propio suficiente para alojar en
él todos mis recuerdos, mi abultado bagaje de sorpresas, mi cargamento
de emociones, de inquietudes, de amores; necesitaba disponer de una cama
mayor de lo corriente donde escogollar con el sueño mi desazón.
No tengo ni remota idea de qué huéspedes habrán
ocupado este cuarto antes que yo. Una salita de estar, el dormitorio y
el cuarto de baño suman sesenta y cinco metros cuadrados; los he
medido. No hay más muebles que los indispensables, simples y baratos;
el teléfono fabricado por AT&T no funciona, el televisor y el
frigorífico sí; en el baño hay un armario - botiquín
que me reprimo de abrirlo, las toallas parecen estar pensadas para secar
con cada una de ellas una mano y la ducha es un tercio de todo el suelo
con el desagüe a un lado. Extraña concepción esta de
la hostelería que, casualmente, coincide bastante con mis pretensiones
del momento.
Frente a la ventana de mi suite, rebajada de estrellas, me
siento a escribir otra carta amorosa. Veo toda la ciudad de Riobamba y
los montes, con vértices de nieves, donde se apoyan las nubes blancas.
Se oyen campanas de las iglesias que tocan a no sé qué. A
la espalda del hotel tengo el Chimborazo, uno de los volcanes nevados más
altos de toda la cordillera andina; antes de encerrarme en la habitación
quise comprobar cual era mi situación con respecto a él;
impone cierta veneración con su presencia que se hace inevitable
desde cualquier punto, aún a muchos Km de distancia.
A la madrugada del día siguiente nos esperaban los
indios en sus comunidades. Algunos habían caminado durante la noche
para llegar al punto de encuentro; iban vestidos para una fiesta que nunca
comprendí. A las diez de la mañana, por todos los caminos
de la montaña se movían hileras de ponchos en la misma dirección
en que lo hacíamos nosotros en coche; ellos andando, excepto unos
pocos a caballo; alcanzamos algunos grupos y comenzaron a vitorearnos.
En esta ocasión quise ser obispo para echarles una bendición
y largarme; pero no lo hice, no sé si por fidelidad a alguien o
porque no soy obispo ni bueno ni malo. Durante la marcha, y después
de llegar, mientras la fiesta de danzas, de desfiles y de fútbol,
la chicha corre abundante entre hombres y mujeres.
Me es desconocida la sicología del indio borracho.
Sin embargo está muy claro, para mi entender, que tienen una gran
facilidad para hacer reír a los blancos, con risa burlona, despectiva,
caritativa o de compasión; supongo que así ha ocurrido desde
la primera vez que se encontraron y uno bebió en presencia del otro.
Me resulta tan extraño este comportamiento etílico en ellos
que no consigo salir de la perplejidad.
Esta es la provincia del Ecuador con más población
indígena. Los mestizos son dueños de los valles mientras
que los indios labran las montañas, hasta tres mil quinientos y
cuatro mil metros de altitud; así es que para verlos hay que echar
las posaderas en camionetas todo terreno y trepar durante horas por las
pistas trazadas entre los desniveles de sus propiedades.
Los terrenos de cultivo son cordilleras de enormes promontorios
de cenizas volcánicas, fertilizadas durante milenios por la copiosa
lluvia y por un clima benigno y constante. La bondad de este suelo es evidente,
pero cultivarlo así debe ser como hacerlo sobre el lomo de una mula,
donde resulta harto difícil mantenerse en pie.
No puedo aceptar la obsesiva invitación a beber chicha,
a pesar de que mi estómago es de los más rústicos
entre los de mi especie.
Se llama Pedro uno de los indios que se mantienen serenos.
Se queja de los políticos, de todos, que no les enseñan a
labrar con máquinas modernas, que no les facilitan créditos
para comprarlas, que no les explican la sociedad de consumo a la que, irremediablemente,
tendrán que incorporarse si no sucumben antes. Pedro vive cerca
de Punín. Otros son de San Miguel, San Sebastián, San Pedro
Cacha. Me cuenta que ha oído hablar de lucha a muerte contra blancos
y mestizos en otros tiempos por estas mismas tierras; historias de fusilamientos,
de incendios, de pueblos arrasados, de crucificados y descuartizados, de
Fernando Daquilema, el rey cacha, de José Morocho, de la fiera Manuela
León; historias como las que yo oí a Costales en Cochasquí.
El presidente García Moreno (1859-1865 y 1869-1875) se empeñó
en abrir tumbas y levantar a los muertos para cambiarlos de mentalidad;
ni los muertos ni los vivos, ni los blancos ni los indios, cambiaron su
forma de pensar y de hacer y el intento desembocó en insurgencia,
sublevación, rebeldía, represión, guerra, odio, venganza,
muerte, y un muladar de sufrimiento se agolpó sobre todas las penas
y castigos anteriores. Un siglo después, el cura Leónidas
Proaño ha querido liberar la teología católica para
poner a los campesinos indígenas del Chimborazo a salvo de la ignorancia
y el desprecio, para que su vida sea algo más que el mero hecho
de sobrevivir. Los niños y las niñas conservan la belleza
infantil hasta los ocho o nueve años, y muy raramente más,
porque, a partir de esa edad, la tristeza, la suciedad y el dolor en su
cara pueden más que la hermosura; las mujeres, mientras dura su
fertilidad, viven gestando permanentemente, con un hijo en el vientre o
en el nido a su espalda, o en los dos sitios a la vez, sin interrumpir
su ocupación laboral más que para parir y, quizás,
para hacer el amor; los hombres, a pesar de su antigua religión
y culto a la Pacha Mama, llevan el trabajo como si fuera un auténtico
castigo; la vida les da escasamente lo poco que le piden; puede afirmarse
que nadie de ellos sabe que nuestra civilización ha logrado, desde
hace siglos, un gran invento llamado bienestar y que acostumbramos a practicarlo.
Mi amigo Pedro ha comprendido que la economía de subsistencia, tradicional
en su raza, se ha transformado definitivamente en pobreza, en miseria;
cinco o seis meses de cada año viene dejando solos a su mujer y
sus cuatro hijos para marchar a Guayaquil y ganar jornales de peón
en la construcción; también fue cargador en el puerto y marinero
de pequeño cabotaje; ahora ya sabe trabajar por su cuenta como maestro
de obras. Le deseo a Pedro que haya podido asegurarse la dignidad para
su trabajo y su economía, y que otros, como él, puedan hacerlo
sin dejar por esto de sentirse indios y orgullosos.
En la cara del gobernador de Riobamba, mientras cenábamos,
un día después, percibía idéntica tristeza
a la que sentí recorriendo los cerros de las comunidades indígenas
el día anterior. Todavía hay tufo de sangre sacada a empellones
de odio.
Cada noche cuando se regresa al hotel, de nuevo la saliva
tiene una consistencia distinta en la boca, porque hay sabores y sabores.
A veces el paladar está ligero, alegre, fresco, chispeante, y la
saliva es fluida, no se nota; otras, con menos suerte, se han quedado un
regusto de algo sin tragar o tragado pero indigesto, entonces no te libras
de la pasta y el mal aliento, por más que aprietes la lengua e intentes
sacar los pulmones fuera de la garganta para respirar el aire sin tocarlo.
Sandra Les era amiga de las amigas de mis compañeros
y con ellas llevaba ya una semana de jarana en las fiestas de la ciudad;
estaban en la cafetería, nada más atravesar la recepción,
con mucha marcha en el cuerpo.
La discoteca no era nada acogedora; pero la escasa luz del
ambiente, la música de salsa, con rumbas, palmas y bailongo, podían
ayudar a cambiar mi estado de desánimo por otro más llevadero
que el que tenía. Antes de que saliera la última pareja escaleras
arriba, Sandra y yo cogimos las bebidas para apurarlas en mi habitación.
En el fondo de su conciencia también había unas cuantas emociones
rotas, que me costó tiempo descubrir pero que empecé a sospecharlas
por cada risa que se le cortaba con melancolía o con preguntas dudosas
de responder. Yo no tuve el cuidado suficiente en callarme esas preguntas.
Se dedicaba a pintar en el estudio de otro artista en Quito, o bien lo
hacía en su casa de Guayaquil, donde solía vivir. Hacer el
amor le sirvió de desahogo, pero un nerviosismo posterior la impedía
hacerse con el sueño; para ayudarla, me puse a contarle un cuento,
porque yo igualmente me encontraba necesitado de fantasías. Y así
nos dormimos los dos, en la cama grande, aupados al nevado del Chimborazo
donde dicen que habitaba una bellísima diosa indígena enamorada
del valle, el bamba, que veía lejano a sus pies, y de la laguna
cristalina donde se reflejaba el volcán; cuando la niebla la oscurecían
por días enteros y después el sol la sacaba del frío
sopor entre las nieves perpetuas, se quedaba horas y horas absorta en la
contemplación de la llanura apacible; no podía evitar, a
pesar de ser diosa, sentir envidia por el valle; envidiaba a la lluvia
cuando la veía caer, envidiaba al aire que daba vueltas por donde
le apetecía; no se le ocurría más que aspirar, con
todas las ganas, las nubes de agua que subían y se disolvían
en el nevado...
—¿Qué puedo hacer yo, se preguntó al
fin, agotada su paciencia, para dejar mi altura y descender al valle...
?
Entonces se oyó un sonido ronco en la altísima
cumbre del Chimborazo, la diosa sintió un vértigo tremendo,
y, un instante después, una gran bola de nieve descendía
arrolladora por las laderas de la montaña, chocando contra las rocas,
rompiéndose en mil pedazos; siguió rodando, a trompicones
con piedras más pequeñas, lo que le producía no dolor
sino placer y carcajadas; más despacio ya, resbalaba por la arena
y los primeros charcos de agua le hacían cosquillas, hasta que...
no le dio tiempo a pensar en ello y ... zaasss!!!, se encontró hundida
dentro del lago. Con un mareo dulce sentía que se elevaba despacio,
rozando a los peces; un escalocalor recorrió todo su ser; era una
extrañísima sensación para ella que no comprendió
hasta verse a flote; se fundía en una infinidad de gotas de agua
y continuaba esa impresión de que seguía elevándose,
muy despacio; vio sobre la tierra que también las otras porciones
de su nieve se derretían y brotaban hierbas y flores donde antes
no había más que piedras y polvo, y a la laguna le salieron
hojas verdes, y, por encima de la pradera nueva, estaban creciendo árboles
robustos; siguió ascendiendo y percibió el aleteo de los
pájaros que acababan de llegar; del lago salieron reptiles y, poco
más tarde, otros animales pastaban en el prado; apareció
el puma, con aires de ser el guardián de todo cuanto se veía.
Se quedó la princesa allí contenta, pensando que le había
valido la pena bajar de las alturas. Unos días después vinieron
al valle seres humanos, que construyeron casas y que saludaban a otros
hombres y mujeres que iban llegando.
Le dije a Sandra que había leído una leyenda
india que narraba así la forma en que el Gran Apu del Chimborazo
había creado el valle y la ciudad de Riobamba y que por eso tenía
tanta belleza; pero no sé si lo oyó, porque ya estaba dormida.
Tampoco estoy seguro de que exista esa leyenda.
30 de abril.
Cada mañana de domingo, el centro del Quito
comercial es un espontáneo mercado de arte popular. Innumerables
Oswaldos Guayasamines madrugan para ajardinar el parque frente al Colón
con sus cuadros de pintura naïf impresionista abstracta pop sudamericana,
con tallas de madera y bisutería artesanal.
Este domingo, en solitario por el Quito amplio, disperso
y diferente, me ha servido para recordar cuanto he visto hasta aquí.
Hoy mejor que nunca me he recreado, silencioso, meditando, en esos rostros
de tipos tan distintos, en las gentes, los indios de una y otra región,
los otavaleños y los colorados, los coltas y los cachas de las comunidades
de San Pedro y San Miguel, los mestizos de Riobamba, tan diferentes a los
de Quito.
El mestizo de primeras generaciones y, sobre todo, el indio
de aquí tienen una fotogenia tan peculiar, tan original y tan sugerente
que hacen sospechar un artista en cada uno de ellos.
Están desfilando por mi mente cadenas de imágenes
y cada una me parece espontánea obra de arte, arquetipos de museo,
obras de una estética tan natural que emboban, adormecen de placer
contemplativo, místico. Los primorosos tupos otavaleños,
las alfombras, los ponchos brillantes como banderas, los sombreros de fieltro
o de paja toquilla, la imagen misma del hombre, la mujer o el niño
indio que están sentados, quietos, posando para la historia. Las
canastas, las hamacas y las cerámicas, los collares y las pieles,
los tejidos, las marimbas, los tambores, y, lo más llamativo, los
tintes naturales de colores tan puros que resultan aromáticos.
Un indio, un poncho y un sombrero son elementos para definir
nuevos cánones de belleza.
La expresión de una idea artística en forma
tan sencilla, lineal y esquemática, sorprende; porque tiene la fuerza
de la transparencia y de la pureza.
La creación propia del pueblo indio, del artista indio,
se corresponde con la necesidad que tiene de usar su imaginación
y, cuando lo hace, esa expresión tan escueta que le sale es porque
el artista no tiene otra cosa en que pensar, porque ninguna segunda idea
le roba la idea primera de su creación. Los indios hacen su arte
sin que el gran problema en que está inmerso el mundo los afecte,
todavía. De los indígenas de América me ha interesado
todo; pero nada me ha fascinado tanto como la idea que tienen de la belleza.
Recuerdo a Bertila, una guaraní, en San José, cien kilómetros
al sur de Asunción, Paraguay. De Bertila tengo en mi casa dos jarros
iguales de cerámica café con leche oscuro, hechos sin torno,
cocidos con leña en el horno de adobe; recorrí con ellos
veintidós mil kilómetros en mis maletas, durante un mes,
hasta traerlos a Madrid.
Bertila tenía el mismo color de piel que la tierra
con que hacía sus cacharros. Estuve con ella filmando un programa
que televisión nunca quiso emitir. Trabajaba junto a la carretera
detrás de una discreta valla publicitaria de BENSON & HEDGES
que patrocinaba su tienda de artesanía. Con sus pies desnudos, como
si fueran sus manos, Bertila amasaba el barro ante mí y yo la contemplaba
con la misma actitud con que hubiera contemplado el principio de la creación
de haber vivido ese momento; el polvo mojado se hacía compacto entre
sus pies y de la forma de lodo pasaba por las manos de Bertila a tomar
forma de arte, con tal perfección que no necesitaba de un soplo
para vivir. Tenía fuerza física incluso en las palabras.
Estaba divorciada y vivía con un cuñado; había dado
a luz cuatro niñas y tres niños. Amalia, una de las niñas,
de doce años, quise tenerla por hija mía; tenía el
candor de la arcilla sin cocer, húmeda y brillante todavía;
fue a comprarme un atillo de cigarritos puros, los mismos que fumaba su
madre; el último de estos cigarritos, guardados como oro en paño,
lo he fumado hace tan solo unos días, con el mismo ritual que me
inspiran siempre estas guaraníes de San José al recordarlas,
su barro marrón, el corral soleado donde secaban las piezas recién
hechas, el horno en medio, del que yo saqué la cernada una vez para
demostrarle que lo sabía hacer. El cuerpo de Bertila era músculos
de bronce contables uno a uno bajo la piel. Nos abrazamos para despedirnos
y a la hija Amalia le pedí pusiera la mejilla para darle un beso;
me sentí uno de los seres más queridos de la tierra. Los
dos jarros color café con algo de leche que compré a Bertila
los guardo en la misma alacena donde hay fotos de mis hijos en marcos de
plata.
Yo le regalé a mi esposa, al parir ella el niño
que es mi cuarto hijo, un tupo hecho por los indios de Otavalo, Ecuador;
es grande, labrado, con una aguja para prender y con una piedra de color
en el centro.
A las seis de la mañana por la fachada principal del
hotel Quito hay una neblina perezosa; en la fachada posterior, mirando
al Guápulo y al Cotopaxi, la luz es brillante de sol despejado.
Así es esta ciudad, como la luz y la sombra; admite
los contrastes con toda naturalidad.
Los taxis amarillos del hotel hacen una pequeña fila
de solo tres o cuatro. El mozo de la puerta viene a coger mi equipaje de
turista de aventura y lo mete dentro de la cajuela del carro que está
primero. En mi mochila, embutida de abajo arriba con sumo cuidado, he intentado
poner poco de muchas cosas. En la cartera adosada a ella, bolígrafos
y un grueso cuaderno sin empezar.
No suelo hablar con los taxistas, porque sé que todos
los clientes les hablan de los mismos temas, a no ser que el taxista se
anticipe en el inicio de la conversación y suscite como tema aquello
que a él le apetezca; yo no hago nada para evitarle al mío
que tenga un viaje de descanso. A esas horas de la mañana acostumbro
a estar durmiendo y si no lo estoy prefiero entrar calladamente en el día
que empieza; por otra parte, no me atrevía a hablar de mi viaje
al Oriente, así, de improviso. Cuando el taxista me dijo "viaja
usted muy temprano", contesté que sí.
—¿Adónde va, pues?
—A Lago Agrio.
—¡Ah... ! Laaago Agrio.
El Lago pronunciado por él era mucho más largo
que el Agrio.
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