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10. El Guasmo y la
seda
Guayaquil tiene en el mar una orilla negra llamada Guasmo,
un arrabal de seiscientas mil almas que viven en construcciones de caña
sobre el agua sucia y salada. Esta es otra cara oscura que se le pone a
la América de ojos ensangrentados. El barrio se asea cuando llueve
y se ventila, si puede, con la brisa del mar. De los moradores del lugar,
quienes más suerte tienen se asientan en un segundo suelo sobre
el agua; pero los más respiran el sueño desde su hamaca a
un metro y medio por encima de una manta de excremento indefinible, que
el mar mantiene siempre en la superficie, inseparable de la tierra. Cuando
el calor es suficiente para evaporar la humedad, un vaho hediondo sube
del subsuelo de las casas y apesta a podredumbre empedernida de pobreza.
Entre los frágiles pilotes de bambú que sostienen las cabañas-viviendas,
la basura y la muerte total flotan mezcladas en la misma dosis: sobresaturadas.
Nuestras amigas del C.A.M. (Centro de Acción de Mujeres) nos acompañan
en este paseo; son mujeres con poesía y sufrimiento, que luchan
denodadamente en la batalla que tienen perdida contra la marginación,
el abandono, la penuria y el hambre, pero que a cada rato se levantan de
esa derrota con tal alegría que la convierten en triunfo; mujeres
que escriben versos a renglón seguido de soportar una paliza; a
mí, junto a ellas, me es imposible llorar. Nos reunimos a las nueve
de la mañana en la dirección que nos han dado, una casita
aseada, con perros en el jardín enrejado y enredado de plantas,
pintura reciente en la fachada y todas las puertas y ventanas abiertas.
Era una mañana tan húmeda y caliente que me tenía
predispuesto a no emocionarme con ningún motivo. Entraron en nuestra
minibús de la filmación y fuimos presentados; el beso risueño
de una mujer luchadora tiene efectos prolongados en cualquier hombre que
lo reciba.
Esta sede del C.A.M. se encontraba a unas cuantas cuadras
del Guasmo, mediando entre ese barrio y el resto de la ciudad. Rodamos
hasta que se acabaron las calles y comenzaron los desperdicios, las paradas
de las guaguas sin señalizar y los niños desnudos.
He oído decir, por boca de una persona ilustre, que
América tiene tanta riqueza como para que no haya pobres. Y le sobran
fundamentos de razón a esta propuesta. Pero en lugares como en el
que nos encontramos la pobreza y la riqueza se dan juntas con la más
descarada connivencia: Se ayudan mutuamente por medio de la incomunicación,
con la insignia de odio que cada una lleva por su lado; cualquier contacto
entre ellas es netamente clandestino, porque, a no ser que un cura, periodista
o suicida deambule entre ambos mundos, no hay ser humano que traspase los
límites de su zona para ir a la otra.
Anduve pegado a la cámara toda la mañana, durante
la filmación, queriendo ver las cosas a través de ella y
no hacerlo yo directamente.
Desde los pasillos de madera que unen las chabolas lacustres,
nos miran los niños con ojos de cristal negro como un negativo velado.
Son criaturas que están en la vida sin haber visto más que
toda la pena y cuya única gloria la tuvieron en la teta de su madre;
allí empezó y allí mismo se les terminó con
la última gota de leche.
La pequeña piragua desde donde filmábamos también
estaba rota y remendada, y hacía tanto agua que, al subir a ella,
el barquero nos dio dos latas advirtiéndonos que fuéramos
achicando unos mientras los otros trabajaran.
Cuando más relatamos a algunos nuestro paseo por el
Guasmo, ni siquiera se tomaron el trabajo de hacerse incrédulos
ni asombrados. Nos lo habían dicho antes de que fuéramos.
—¡Estáis locos! ... ¡Ahí te pueden
matar a la segunda calle que andas!
Ahora, al decir la verdad de lo ocurrido, compartir con los
guasmeros unos cigarrillos y beber de su fresca cerveza al mediodía
en el local de su escuela, no merecíamos de nuestros oyentes el
más mínimo comentario.
En la terraza jardín del Ramada Inn, en el patio interior
del hotel, yo sentía un golpeteo sobre mis sienes por todas las
sensaciones, convicciones e ideas que pujaban en mi interior, buscando
hueco y asentarse. Percibía en el paladar el gusto del aperitivo
y por encima de mi cabeza las aspas de todos los ventiladores eléctricos,
colgados del techo, aireaban el olor de las macetas y de los ramos de flores;
el surtidor absorbía todos los ruidos desagradables que pudieran
haber en el ambiente y los convertía en gorgoritos de agua sin maldad;
pero mi olfato era ocupado por la acidez de toda la mañana, a intervalos
tan penetrante, que se me iba haciendo irrespirable en esta situación.
Cuando marqué su número de teléfono
desde el hotel y le dije que estaba en Guayaquil la oí reírse.
— ¿Por qué?
— ¿Pues no sabe que esa es mi patria chica?
— No lo sabía.
— ¡Qué pena! Me gustaría ir.
— A mí me gustaría que vinieras.
— ¡Ay... !
Quito está de Guayaquil a veinte minutos de vuelo.
En ese breve intervalo de tiempo se atraviesa la sierra de occidente y,
al bajar del avión, una bofetada de calor húmedo en pleno
rostro te obliga a reconocer dónde estás.
Debiera haber tenido a mano un formulario para continuar
con ella esta conversación, porque se me quedaba vacía la
línea telefónica. Lo sabía de antemano, pero me atreví
a hacer la llamada pensando únicamente en su voz, que estuviera
dispuesta para mí, que me contestara aunque fuera sin palabras;
ello me recompensaba lo suficiente. La llamé con la mínima
esperanza de que aceptara mi invitación; lo hice porque, recordar
aquella habitación del hotel, donde nos conocimos, me atraía
sin soltarme un momento; incluso durante el paseo por la mañana,
en medio de la putrefacción, Galina seguía sin apearse de
mis sentidos.
¡Que ella suspirara por mí! ... Era como pedir
la luna.
— Te espero en el aeropuerto, si vienes.
— ¡Claro! Podía estar ahí enseguida.
— Me llamas cuando salgas.
No me llamó en las tres horas siguientes, durante
las cuales intenté que las cosas se repitieran como en el primer
día; me bañé, con todo el relajo y la parsimonia de
que era capaz, sobreponiéndome al nerviosismo; pedí una botella
de champagne al servicio de habitaciones; di aviso a la centralita de que
esperaba una conferencia interurbana; comprobé que la nevera funcionada
y me quedé cavilando si debía alquilar otra habitación
o no; rehusé la llamada de mis compañeros para cenar y cenaron
ellos sin mí; yo no cené con nadie. Me vestí para
salir a la calle sin querer estar derrotado.
Volví a tocar el mismo número de Quito, pero
ya no obtuve respuesta. Sonó el timbre de la puerta y, al abrirla,
... ¡No era Galina! Era Sandra quien estaba allí.
Por delante del Ramada pasa el Guayas lleno de agua y jardinería
flotante atraído por el Pacífico. Paseamos juntos por el
malecón. El buque-escuela Guayas, de la Armada Ecuatoriana, es el
único barco que está amarrado en ese muelle del puerto fluvial,
como un gran cacique solitario que abandera lo que queda de patria. Más
abajo empieza el estuario a abrirse, separando la ribera opuesta hasta
perderla de vista, la estrecha línea verde de los arrozales y, finalmente,
el golfo de Guayaquil convierte al río en océano. Aquí
inició Sucre la última campaña de la independencia
del Ecuador y también aquí se esfumaron las últimas
posibilidades del imperio bolivariano, (el sueño de El Libertador)
al no haber sitio para dos emperadores juntos, Bolívar y San Martín.
5 de mayo.
Una playa en el Pacífico.
Esmeraldas es parte de lo que antes era
El Edén.
En Atacames hemos cumplido las últimas jornadas de nuestro programa
y ahora puedo por fin balancearme y no hacer nada más.
A mi bungalow llegan con toda nitidez los efectos sonoros
del Pacífico, que está a un tiro de piedra.
Se ha puesto el sol.
La casita que he alquilado es un refugio contra mosquitos;
tiene dos dormitorios, en uno de los cuales hay una cama grande; un cuarto
de baño con capacidad para ducharse juntos media docena de huéspedes;
una cocinita, office y un porche en el que cuelga mi hamaca.
Esta tarde de domingo, a nuevemil Km de nuestra casa,
siento toda la fuerza del amor nuestro que me enlaza contigo desde cualquier
parte de la Tierra.
En la radio escucho cumbias y mensajes de publicidad.
Así comienzo a sentirme solitario, mientras bebo a sorbos el café
que cariñosamente me regalan la asturiana y el chileno gerentes
de este negocio.
Me asaltan las secuencias desordenadas de acontecimientos
y sensaciones vividos durante el viaje; un tropel de nombres, revelaciones
e ideas nuevas han entrado en mi memoria y no pararán de hervirme
dentro hasta que no las asimile por completo; Pichincha, Cotopaxi, Rumicucho,
Cochasquí, Guápulo –¡Ay ... ! Guápulo luminoso,
valle de mis amores–, Guayaquil, Riobamba, Chimborazo, Lago Agrio, selva
virgen de mariposas azules, indios entrañables de la Amazonia pacífica.
Muchas cosas han cobrado un nuevo significado o tienen un sentido nuevo
para mí, adquirido durante las últimas semanas; la más
importante de ellas ha sido entrever las verdaderas raíces del amor
y la felicidad.
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Andaban los extranjeros visionarios vadeando corrientes
marinas por el océano y escrutando las costas de verdor y de arena.
El sueño de la prolongada navegación y el cansancio de aquella
aventura hacían que el acecho a la tierra firme se hubiera convertido
ya en un sufrimiento y la bruma enmoheciera los catalejos y nublara la
vista de los vigías. Pero eran marineros avezados en el ansia por
descubrir, con una estrategia probada ya en su paciencia y en el estudio
exhaustivo de los peligros, con una terquedad increíble para superarlos.
Entre la desembocadura de un río y un cabo en punta de roca, una
gran ensenada parecía ser el fondeadero apropiado para resguardo
del mar abierto, echar anclas y solazarse de este trabajo de merodeo que
vienen trayendo durante millas y millas a lo largo de la costa. La flotilla
de dos navíos y poco más de cien hombres barbudos se detuvo
en el remanso de esta bahía. Un grupo de marineros se dispuso a
desembarcar, para una incursión de espionaje e información,
como en muchas otras ocasiones habían hecho.
Ya iba para un año que andaban en esta labor, desde
que zarparon a finales del 1526 de la ciudad de Panamá. Esta era
una madrugada de principios de primavera en el calendario de a bordo; pero
nadie se atrevería a asegurar qué estación del año
estuviera dándose, con un clima casi constante, interrumpido nada
más que por lluvias torrenciales de vez en cuando. Nunca habían
descendido tan al Sur; la brújula rondaba un solo grado de Latitud
Norte. La extrema bondad del sol y la humedad les traía un padecimiento
mucho más cruel que la más cruda intemperie; aquellos mosquitos
descomunales, golosos de sangre europea, no les dejaban vivir.
Con la luna del creciente, una marea alta había aproximado
al máximo las naves de poco fondo al borde de la selva, y quedaba
entre ambas una estrecha franja de arena que podía salvarse de dos
zancadas. Empujaron los pequeños botes hasta encallarlos en la playa
y echaron pié al firme para adentrarse en la espesura; ya tenían
bastante herrumbre las armaduras como para meterse con ellas por los pantanos,
así es que resultaba muy difícil caminar entre las juncias
que se clavaban en las carnes y cortaban como espadas cimbreantes. Pequeños
promontorios cercanos animaban la marcha para alcanzarlos, otear algo el
terreno y librarse, de paso, de las tierras bajas y encharcadas. Sin encontrar
indígenas contra quienes tuvieran que luchar, la propia naturaleza
ofrecía una obstinada resistencia a ser penetrada.
Llegaba la noche y se desvanecía la esperanza de hallar
fuentes de aprovisionamiento para la tripulación; el hambre arañaba
en las entrañas. A pesar de que en los altozanos mejoraba la ardiente
y pegajosa calima, con ascender solamente unos metros sobre el nivel del
mar, fue en la llanura donde vieron las primeras construcciones que sin
duda eran habitaciones humanas, cabañas con techados de palmeras
de hoja muy ancha y suelo de palos gruesos, asentadas sobre otros palos,
a modo de barbacoas que estaban clavados en las lagunas.
El crepúsculo vino con el ataque furibundo de los
terribles zancudos que se cebaban en sus mal nutridos cuerpos y contra
los que no había resguardo posible.
Más desarrapados de como habían salido, más
hambrientos y más desesperados, regresaron a las naves tres días
después y su desánimo se agrandó con el de toda la
tripulación. Habían encontrado unos pocos indios que, desde
luego, no hablaban en cristiano pero tampoco les mostraron animadversión;
les enseñaron piedras preciosas que, según explicaban, sacaban
de un gran río cercano en el que también se daba el oro y
otras riquezas, pero que con tal penuria de medios era impensable por su
parte ponerse a buscar. Dieron a estos indígenas el mismo nombre
que habían dado a sus viviendas y comprobaron que además
de su lengua conocían otra, que muy bien podría ser la de
ese gran imperio que se extendía desde el sur y del que ya tenían
más que vagas noticias; en ese mismo idioma sabían expresarse
también los naturales de otros territorios muy distantes de aquel
donde ahora se encontraban. Quizás se dé la suerte -pensaban-
de habernos topado con un idioma universal, propio de un vasto reino con
innumerables señoríos, en cuyo caso bien valdría la
pena aprenderla, porque, con el uso de esta, se abrían incalculables
posibilidades para la conquista. Fue la única consecuencia de provecho
extraída de toda la exploración, por demás tan penosa
y desafortunada.
Agotadas las provisiones a bordo y temiendo la imposibilidad
de reponerlas, temiendo al hambre, a los calores, a los aguaceros inesperados
e impetuosos que les acarreaban mayores nubes de los sanguinarios zancudos,
decidieron volverse atrás poniendo proa hacia el norte, en espera
de mejores tiempos y mejores condiciones para descubrir y conquistar.
Casi cinco siglos después de estos hechos la bahía
de Atacames conserva ese arma de doble filo; por un lado el encantamiento
que se siente al contemplarla y por otro la resistencia que opone a poseerla,
a abandonar su estado salvaje; condición que solamente la propia
Naturaleza es capaz de soportar. Aún pervive en ella un extraño
hibridaje de la belleza con lo inhóspito, el ardiente sopor de la
ciénaga con la pureza y el frescor de las playas, la limpieza del
aire y las nubes de mosquitos que no ceden a ninguna clase de conjuro.
No sobrevivieron los barbacoas y de sus descendientes, los
cayapas, queda no más que el nombre en algún centro turístico.
En su lugar, la región se repobló con africanos procedentes
del desembarco de esclavos, tal vez náufragos, originando el único
mestizaje de indios, europeos y africanos que se ha dado en El Ecuador.
El estilo de las antiguas construcciones palafíticas ha sido acomodado
a recientes urbanizaciones de bungalows y de barecitos sobre la arena,
a la orilla del mar.
El río Esmeraldas llega lento con sus pesadas aguas
grises. Cerca de él, la refinería de petróleo ha fabricado
lagunas de alquitrán y echa lenguas de fuego al aire.
Salí del bungalow hacia el pueblo, con un cigarrillo
encendido por si el humo distraía a los mosquitos. Iba a repetir
el intento de llamar a mi familia; sin lograrlo, ya que la centralita telefónica
no se abrió. Sí que estaban abiertas las cantinas y la iglesia
y los balcones de las casas alrededor de la placita; los niños gritaban
jugando y las muchachas cuchicheaban de un lado a otro, de un banco a otro
del jardín sin quedarse quietas en ninguno de ellos, respondiendo
con risitas a los galanteos que mi acompañante el parroquiano y
yo les dirigíamos cada dos por tres. José Costa esperaba
conmigo que apareciera por alguna parte la mujer del teléfono, y
me desgranaba, mientras tanto, la historia de su vida; sus años
de navegación a bordo del pesquero español, sus amoríos,
sus vainas del casorio y del divorcio, motivo este que lo tenía
allí en espera de una conferencia urgente. José criaba langostinos,
cerca de Atacames, en sociedad mercantil con su hermano.
Terminamos la conversación con dos cervezas en el
bar de la esquina, que soltaba música de pick-up y la mezclaba en
la calle con los cantos religiosos de la iglesia lindera. Pero no entramos
en la cantina por continuar la charla sino por ampliarla con la morena
que estaba de brazos cruzados en la puerta, a contraluz de las bombillas
rojas y amarillas. En el local había una muchacha más, fregando
los suelos, que desde fuera nosotros no habíamos visto. Tampoco
vimos nada de la primera, comparado con lo que ofrecía su presencia
en el interior; era de una exuberancia turbadora, incluso para el apetito
más agresivo que se vaya a imaginar cualquiera. Sería impreciso
todo cálculo sobre su edad y no lo llegué a saber después
de hablar con ella un día entero, pero su piel era estirada como
para reventarla por los labios y la frente; tenía un tono negro
subido sin saturar, negro y criollo -un mestizaje de blanco, negro y colorao,
acaso-, hija de purasangres, sin duda, porque era el suyo un color cernido,
afinado en un tamiz impalpable. Tenía la voz con el timbre erótico
y resbaladizo que tienen las mujeres de Guayaquil; de allí sería;
no podría ser de otra parte. Mirarla mientras hablaba, o hablarle
a sus ojos, era obtener de ella un favor completo que, siendo regalado,
daba rubor tomarlo. La otra chica había terminado su labor de limpieza
y estaba sentada en un taburete al extremo del mostrador. Cuando mi contertulio
José me dejó a solas con las dos, creí que no encontraría
el modo de resolver mi timidez; no me atreví más que a pedirles
señas sobre el camino de vuelta a los bungalows Cayapas donde yo
vivía.
— ¡Es fácil, ve!. Hacia esa parte está
nuestra casa. ¿Ya se va usted?
Caminamos en esa dirección, los tres, separándonos
de las luces escasas que tenía el pueblo; yo iba a tientas, cohibido
un poco por la oscuridad y mucho por su compañía.
Al salir del bar, mientras echaban el cierre a la puerta,
había tenido tiempo de reparar en la tez negra y brillante de la
muchacha fregona, en su nariz ancha, su pelo ensortijado, y en la tela
de su vestido, una sencilla bata abotonada de arriba a abajo en la delantera,
desgastada tanto por el uso que lo había aligerado hasta el extremo
de no ser sino un sutil guardapolvo. Mi inseguridad en el camino me disculpó
para cogerme a su talle. La sutileza de su vestimenta era tal que no significaba
más que una débil telilla; tenía en el cuerpo la consistencia
de un plátano verde; no llevaba ninguna otra prenda interior; su
propia piel era la envoltura de su intimidad.
Cenamos langosta y vino frío, sobre manteles de hule,
en uno de los restaurantes abiertos al otro lado de la ría, en la
fila de casetas, bares y discotecas que bordeaban la playa. La mesa suculenta
y el rosado fresco de las copas desbordó mi aprensión y me
envolvió con ellas en un círculo de confianza espontánea;
así encontré fácil la oportunidad de invitarlas a
continuar la celebración, dando cuenta de la botella de champagne
que yacía sin esperanza en el fondo de mi maleta.
Nos llegó el lunes, que hicimos festivo y lo atravesamos
desnudos por la playa, a bocajarro con el sol y la brisa oceánica,
tendidos en la arena, con los cangrejos que nos expiaban desde sus agujeros
redondos. En su piel mojada la luz reverberaba como en las aguas tranquilas.
Dos veces me arrimé al límite de los cañizales
donde empezaba la ciénaga, queriendo soñar en días
de hace siglos, en un intento tenaz de soslayar la distancia enorme entre
unos tiempos y otros, pero la imaginación se me desprendía
de la voluntad y no lograba acapararla por completo; persiguiéndola,
avancé decidido hacia el agua y nadé mar adentro cuanto me
valió la respiración y el acopio de fuerzas; volvía
la vista a la arena y a las chicas que yacían en estado original
y puro.
En la tarde quedé solo y volví a ver de cerca
la ría ennegrecida que olí tan mal la noche anterior al atravesarla
sobre el puente de tablas; la vi más negra todavía, sin agua;
rondaban por ella gallinazos que aprovechaban la carroña; era una
ría corta que discurría paralela a la playa y se llenaba
solamente con las mareas altas.
Me reuní con los compañeros para acordar el
viaje de vuelta a Quito.
Sobre la mesilla de noche estaba la misma tarjeta color
de rosa y con la repetida insinuación desnuda, recostada, ambigua,
dispuesta a definirse con una simple llamada al teléfono que me
había aprendido ya de memoria.
Ella tardó en llegar cincuenta y siete minutos, que
se me hicieron mucho más largos de una hora. Cuando entró
en mi habitación sonrió abiertamente, sin ninguna formalidad.
— ¿Cómo le fue?
Su liviana queja explicanba los motivos de no ir a Guayaquil.
Se sentó en la cama dejando con cuidado la mochila en el suelo y
dijo Psss; o no lo dijo, se le escapó sonriendo. Tenía más
sentido así.
— ¡Ah! No me dejaron, ... por el trabajo.
Había yo abierto de par en par las ventanas de la
habitación para que no quedara dentro otro olore que el puro aire
respirable; así, cuando apareciera con su perfume de sombrero, de
ojos, de manos, de su boca entreabierta, con el perfume de su nombre, yo
lo aspiraría libre, original, tal como salía de ella misma.
Es ese minuto cincuenta y siete, contados después de preguntar por
Galina, las cerré, sabiendo que los golpecitos que oía en
mi puerta eran los suyos. Iba a ser medianoche Ecuador.
Me aguantaba en pié, sin estar frente a ella, cuando
se sentó. La cama estaba como recién hecha, las cortinas
amarillas echadas hasta la mitad y los visillos blancos por entero, las
toallas del baño sin usar, el inodoro con la banda de esterilizado,
no había colillas en ningún cenicero, ni periódicos,
ni bebidas abiertas; ni siquiera el cepillo de dientes estaba a la vista;
mis maletas estaban cerradas y yo estaba allí de pié como
si acabara de llegar, como si hubiéramos entrado los dos, ella y
yo, juntos; como si entre mi llamada a su teléfono y su llamada
a mi puerta no hubiera pasado más que un instante; como si en ese
prolongado tono de alambre no hubiera ocurrido absolutamente nada, más
que el escueto y único acontecimiento de volver a vernos. Era mi
deseo de abreviar el tiempo en unos segundos lo que me impelía a
verlo así; y era, a la vez, la obsesión por tenerla a ella
dentro de la acción el motivo que me retenía para comenzarla.
Fui hacia la mesa del escritorio donde dejé puesto mi portafolios,
busqué la combinación en la dos cerraduras y lo abrí,
sin prisa, viendo en el espejo que tampoco ella la tenía; lo dejé
abierto y, con las llaves de la Samsonitte en la mano, me dirigí
a abrir ese maletón duro y grande que viaja conmigo; haciendo ostentosa
la ceremonia de apertura delante de ella, haciéndola a ella confidente
de las interioridades de mi equipaje, tendí la valija en el suelo
y la abrí por la mitad para que todo su contenido estuviera a la
vista de nosotros, ofreciéndole una inspección visual e incluso
táctil; si metiera las manos entre mis ropas yo las sentiría
pegándose a mi cuerpo y bajo la piel, amasándome los músculos
y estirando mis tendones, acariciando mis nervios desde el cerebro a las
ingles, desde la médula a los plexos, a las vísceras; sus
manos eran haces de hondas que me traspasaban con toda la dulzura de una
electricidad suave. En el centro geométrico de la maleta estaba
escondido un envoltorio en papel de seda, con lazos de seda casi invisibles,
lo tomé en mis manos y avancé al centro de la habitación
donde ella permanecía sentada sobre la cama; era un paquete blando,
sin crujir, sin ruido, y lo mantuve a la altura de sus ojos hasta que se
alzó a soltar el nudo, desdoblar los pliegues de la envoltura y
sacar de dentro, con la punta de los dedos, una larga túnica blanca
en auténtica seda japonesa piel de ángel bordada en hilo
de seda blanca; quinientos gramos de pétalos naturales de rosas
blancas cayeron a posarse sobre el suelo de moqueta.
Ya tenía el regalo en sus manos.
Apagué las luces de la habitación.
— Desnúdate; le dije.
Descorrí las cortinas y los visillos y abrí
las ventanas que daban al Guápulo transparente desde el hotel al
Cotopaxi nevado.
Sobre su desnudez india sofisticada vestía la túnica
que yo compré de contrabando para ella en Guayaquil. Le tendí
mi mano derecha y me ofreció las dos suyas tendidas hacia mí,
hice que me adelantara hasta quedar ella en el balcón. Y quedó
allí, en el primer término del cielo y la tierra que tenía
ante mi vista. Era Galina. Era una diosa joven y yo culminaba la ascensión
de mi sueño.
A la noche siguiente, 20 de mayo de 1989, estaba la luna
enteramente llena. La vi en Madrid. |