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INDICE DEL LIBRO
01. Un poncho entre los Andes
02. Llanganati
03. Chivito, Cantuña y Rumiñahui
04. Los Ati y el derrotero del padre Valverde
05. Costales o el Apu de Cochasquí
06. Galina y el Valle del Guápulo
07. Lago Agrio
08. Un lugar en la selva amazónica
09. Petróleo
10. El Guasmo y la seda
 
 
 

Lago Agrio

donde los indios se llaman secoyas

NOVELA

© Darío Herreros, 1990 © EDYM, 1998
ISBN 84-604-1054-4  Depósito Legal V-4185-1991

10. El Guasmo y la seda


Guayaquil tiene en el mar una orilla negra llamada Guasmo, un arrabal de seiscientas mil almas que viven en construcciones de caña sobre el agua sucia y salada. Esta es otra cara oscura que se le pone a la América de ojos ensangrentados. El barrio se asea cuando llueve y se ventila, si puede, con la brisa del mar. De los moradores del lugar, quienes más suerte tienen se asientan en un segundo suelo sobre el agua; pero los más respiran el sueño desde su hamaca a un metro y medio por encima de una manta de excremento indefinible, que el mar mantiene siempre en la superficie, inseparable de la tierra. Cuando el calor es suficiente para evaporar la humedad, un vaho hediondo sube del subsuelo de las casas y apesta a podredumbre empedernida de pobreza. Entre los frágiles pilotes de bambú que sostienen las cabañas-viviendas, la basura y la muerte total flotan mezcladas en la misma dosis: sobresaturadas. Nuestras amigas del C.A.M. (Centro de Acción de Mujeres) nos acompañan en este paseo; son mujeres con poesía y sufrimiento, que luchan denodadamente en la batalla que tienen perdida contra la marginación, el abandono, la penuria y el hambre, pero que a cada rato se levantan de esa derrota con tal alegría que la convierten en triunfo; mujeres que escriben versos a renglón seguido de soportar una paliza; a mí, junto a ellas, me es imposible llorar. Nos reunimos a las nueve de la mañana en la dirección que nos han dado, una casita aseada, con perros en el jardín enrejado y enredado de plantas, pintura reciente en la fachada y todas las puertas y ventanas abiertas. Era una mañana tan húmeda y caliente que me tenía predispuesto a no emocionarme con ningún motivo. Entraron en nuestra minibús de la filmación y fuimos presentados; el beso risueño de una mujer luchadora tiene efectos prolongados en cualquier hombre que lo reciba.

Esta sede del C.A.M. se encontraba a unas cuantas cuadras del Guasmo, mediando entre ese barrio y el resto de la ciudad. Rodamos hasta que se acabaron las calles y comenzaron los desperdicios, las paradas de las guaguas sin señalizar y los niños desnudos.

He oído decir, por boca de una persona ilustre, que América tiene tanta riqueza como para que no haya pobres. Y le sobran fundamentos de razón a esta propuesta. Pero en lugares como en el que nos encontramos la pobreza y la riqueza se dan juntas con la más descarada connivencia: Se ayudan mutuamente por medio de la incomunicación, con la insignia de odio que cada una lleva por su lado; cualquier contacto entre ellas es netamente clandestino, porque, a no ser que un cura, periodista o suicida deambule entre ambos mundos, no hay ser humano que traspase los límites de su zona para ir a la otra.

Anduve pegado a la cámara toda la mañana, durante la filmación, queriendo ver las cosas a través de ella y no hacerlo yo directamente.

Desde los pasillos de madera que unen las chabolas lacustres, nos miran los niños con ojos de cristal negro como un negativo velado. Son criaturas que están en la vida sin haber visto más que toda la pena y cuya única gloria la tuvieron en la teta de su madre; allí empezó y allí mismo se les terminó con la última gota de leche.

La pequeña piragua desde donde filmábamos también estaba rota y remendada, y hacía tanto agua que, al subir a ella, el barquero nos dio dos latas advirtiéndonos que fuéramos achicando unos mientras los otros trabajaran.

 

Cuando más relatamos a algunos nuestro paseo por el Guasmo, ni siquiera se tomaron el trabajo de hacerse incrédulos ni asombrados. Nos lo habían dicho antes de que fuéramos.

—¡Estáis locos! ... ¡Ahí te pueden matar a la segunda calle que andas!

Ahora, al decir la verdad de lo ocurrido, compartir con los guasmeros unos cigarrillos y beber de su fresca cerveza al mediodía en el local de su escuela, no merecíamos de nuestros oyentes el más mínimo comentario.

En la terraza jardín del Ramada Inn, en el patio interior del hotel, yo sentía un golpeteo sobre mis sienes por todas las sensaciones, convicciones e ideas que pujaban en mi interior, buscando hueco y asentarse. Percibía en el paladar el gusto del aperitivo y por encima de mi cabeza las aspas de todos los ventiladores eléctricos, colgados del techo, aireaban el olor de las macetas y de los ramos de flores; el surtidor absorbía todos los ruidos desagradables que pudieran haber en el ambiente y los convertía en gorgoritos de agua sin maldad; pero mi olfato era ocupado por la acidez de toda la mañana, a intervalos tan penetrante, que se me iba haciendo irrespirable en esta situación.

Cuando marqué su número de teléfono desde el hotel y le dije que estaba en Guayaquil la oí reírse.

— ¿Por qué?

— ¿Pues no sabe que esa es mi patria chica?

— No lo sabía.

— ¡Qué pena! Me gustaría ir.

— A mí me gustaría que vinieras.

— ¡Ay... ! 

Quito está de Guayaquil a veinte minutos de vuelo. En ese breve intervalo de tiempo se atraviesa la sierra de occidente y, al bajar del avión, una bofetada de calor húmedo en pleno rostro te obliga a reconocer dónde estás.

Debiera haber tenido a mano un formulario para continuar con ella esta conversación, porque se me quedaba vacía la línea telefónica. Lo sabía de antemano, pero me atreví a hacer la llamada pensando únicamente en su voz, que estuviera dispuesta para mí, que me contestara aunque fuera sin palabras; ello me recompensaba lo suficiente. La llamé con la mínima esperanza de que aceptara mi invitación; lo hice porque, recordar aquella habitación del hotel, donde nos conocimos, me atraía sin soltarme un momento; incluso durante el paseo por la mañana, en medio de la putrefacción, Galina seguía sin apearse de mis sentidos.

¡Que ella suspirara por mí! ... Era como pedir la luna.

— Te espero en el aeropuerto, si vienes.

— ¡Claro! Podía estar ahí enseguida.

— Me llamas cuando salgas.

No me llamó en las tres horas siguientes, durante las cuales intenté que las cosas se repitieran como en el primer día; me bañé, con todo el relajo y la parsimonia de que era capaz, sobreponiéndome al nerviosismo; pedí una botella de champagne al servicio de habitaciones; di aviso a la centralita de que esperaba una conferencia interurbana; comprobé que la nevera funcionada y me quedé cavilando si debía alquilar otra habitación o no; rehusé la llamada de mis compañeros para cenar y cenaron ellos sin mí; yo no cené con nadie. Me vestí para salir a la calle sin querer estar derrotado.

Volví a tocar el mismo número de Quito, pero ya no obtuve respuesta. Sonó el timbre de la puerta y, al abrirla, ... ¡No era Galina! Era Sandra quien estaba allí.

 

Por delante del Ramada pasa el Guayas lleno de agua y jardinería flotante atraído por el Pacífico. Paseamos juntos por el malecón. El buque-escuela Guayas, de la Armada Ecuatoriana, es el único barco que está amarrado en ese muelle del puerto fluvial, como un gran cacique solitario que abandera lo que queda de patria. Más abajo empieza el estuario a abrirse, separando la ribera opuesta hasta perderla de vista, la estrecha línea verde de los arrozales y, finalmente, el golfo de Guayaquil convierte al río en océano. Aquí inició Sucre la última campaña de la independencia del Ecuador y también aquí se esfumaron las últimas posibilidades del imperio bolivariano, (el sueño de El Libertador) al no haber sitio para dos emperadores juntos, Bolívar y San Martín.


 

  

5 de mayo.
Una playa en el Pacífico.

Esmeraldas es parte de lo que antes era El Edén. En Atacames hemos cumplido las últimas jornadas de nuestro programa y ahora puedo por fin balancearme y no hacer nada más.

A mi bungalow llegan con toda nitidez los efectos sonoros del Pacífico, que está a un tiro de piedra.

Se ha puesto el sol.

La casita que he alquilado es un refugio contra mosquitos; tiene dos dormitorios, en uno de los cuales hay una cama grande; un cuarto de baño con capacidad para ducharse juntos media docena de huéspedes; una cocinita, office y un porche en el que cuelga mi hamaca.

Esta tarde de domingo, a nuevemil Km de nuestra casa, siento toda la fuerza del amor nuestro que me enlaza contigo desde cualquier parte de la Tierra.

En la radio escucho cumbias y mensajes de publicidad. Así comienzo a sentirme solitario, mientras bebo a sorbos el café que cariñosamente me regalan la asturiana y el chileno gerentes de este negocio.


Me asaltan las secuencias desordenadas de acontecimientos y sensaciones vividos durante el viaje; un tropel de nombres, revelaciones e ideas nuevas han entrado en mi memoria y no pararán de hervirme dentro hasta que no las asimile por completo; Pichincha, Cotopaxi, Rumicucho, Cochasquí, Guápulo –¡Ay ... ! Guápulo luminoso, valle de mis amores–, Guayaquil, Riobamba, Chimborazo, Lago Agrio, selva virgen de mariposas azules, indios entrañables de la Amazonia pacífica. Muchas cosas han cobrado un nuevo significado o tienen un sentido nuevo para mí, adquirido durante las últimas semanas; la más importante de ellas ha sido entrever las verdaderas raíces del amor y la felicidad.

 



Andaban los extranjeros visionarios vadeando corrientes marinas por el océano y escrutando las costas de verdor y de arena. El sueño de la prolongada navegación y el cansancio de aquella aventura hacían que el acecho a la tierra firme se hubiera convertido ya en un sufrimiento y la bruma enmoheciera los catalejos y nublara la vista de los vigías. Pero eran marineros avezados en el ansia por descubrir, con una estrategia probada ya en su paciencia y en el estudio exhaustivo de los peligros, con una terquedad increíble para superarlos. Entre la desembocadura de un río y un cabo en punta de roca, una gran ensenada parecía ser el fondeadero apropiado para resguardo del mar abierto, echar anclas y solazarse de este trabajo de merodeo que vienen trayendo durante millas y millas a lo largo de la costa. La flotilla de dos navíos y poco más de cien hombres barbudos se detuvo en el remanso de esta bahía. Un grupo de marineros se dispuso a desembarcar, para una incursión de espionaje e información, como en muchas otras ocasiones habían hecho. 

Ya iba para un año que andaban en esta labor, desde que zarparon a finales del 1526 de la ciudad de Panamá. Esta era una madrugada de principios de primavera en el calendario de a bordo; pero nadie se atrevería a asegurar qué estación del año estuviera dándose, con un clima casi constante, interrumpido nada más que por lluvias torrenciales de vez en cuando. Nunca habían descendido tan al Sur; la brújula rondaba un solo grado de Latitud Norte. La extrema bondad del sol y la humedad les traía un padecimiento mucho más cruel que la más cruda intemperie; aquellos mosquitos descomunales, golosos de sangre europea, no les dejaban vivir.

Con la luna del creciente, una marea alta había aproximado al máximo las naves de poco fondo al borde de la selva, y quedaba entre ambas una estrecha franja de arena que podía salvarse de dos zancadas. Empujaron los pequeños botes hasta encallarlos en la playa y echaron pié al firme para adentrarse en la espesura; ya tenían bastante herrumbre las armaduras como para meterse con ellas por los pantanos, así es que resultaba muy difícil caminar entre las juncias que se clavaban en las carnes y cortaban como espadas cimbreantes. Pequeños promontorios cercanos animaban la marcha para alcanzarlos, otear algo el terreno y librarse, de paso, de las tierras bajas y encharcadas. Sin encontrar indígenas contra quienes tuvieran que luchar, la propia naturaleza ofrecía una obstinada resistencia a ser penetrada.

Llegaba la noche y se desvanecía la esperanza de hallar fuentes de aprovisionamiento para la tripulación; el hambre arañaba en las entrañas. A pesar de que en los altozanos mejoraba la ardiente y pegajosa calima, con ascender solamente unos metros sobre el nivel del mar, fue en la llanura donde vieron las primeras construcciones que sin duda eran habitaciones humanas, cabañas con techados de palmeras de hoja muy ancha y suelo de palos gruesos, asentadas sobre otros palos, a modo de barbacoas que estaban clavados en las lagunas. 

El crepúsculo vino con el ataque furibundo de los terribles zancudos que se cebaban en sus mal nutridos cuerpos y contra los que no había resguardo posible.

 

Más desarrapados de como habían salido, más hambrientos y más desesperados, regresaron a las naves tres días después y su desánimo se agrandó con el de toda la tripulación. Habían encontrado unos pocos indios que, desde luego, no hablaban en cristiano pero tampoco les mostraron animadversión; les enseñaron piedras preciosas que, según explicaban, sacaban de un gran río cercano en el que también se daba el oro y otras riquezas, pero que con tal penuria de medios era impensable por su parte ponerse a buscar. Dieron a estos indígenas el mismo nombre que habían dado a sus viviendas y comprobaron que además de su lengua conocían otra, que muy bien podría ser la de ese gran imperio que se extendía desde el sur y del que ya tenían más que vagas noticias; en ese mismo idioma sabían expresarse también los naturales de otros territorios muy distantes de aquel donde ahora se encontraban. Quizás se dé la suerte -pensaban- de habernos topado con un idioma universal, propio de un vasto reino con innumerables señoríos, en cuyo caso bien valdría la pena aprenderla, porque, con el uso de esta, se abrían incalculables posibilidades para la conquista. Fue la única consecuencia de provecho extraída de toda la exploración, por demás tan penosa y desafortunada.

Agotadas las provisiones a bordo y temiendo la imposibilidad de reponerlas, temiendo al hambre, a los calores, a los aguaceros inesperados e impetuosos que les acarreaban mayores nubes de los sanguinarios zancudos, decidieron volverse atrás poniendo proa hacia el norte, en espera de mejores tiempos y mejores condiciones para descubrir y conquistar.

 

 

Casi cinco siglos después de estos hechos la bahía de Atacames conserva ese arma de doble filo; por un lado el encantamiento que se siente al contemplarla y por otro la resistencia que opone a poseerla, a abandonar su estado salvaje; condición que solamente la propia Naturaleza es capaz de soportar. Aún pervive en ella un extraño hibridaje de la belleza con lo inhóspito, el ardiente sopor de la ciénaga con la pureza y el frescor de las playas, la limpieza del aire y las nubes de mosquitos que no ceden a ninguna clase de conjuro.

No sobrevivieron los barbacoas y de sus descendientes, los cayapas, queda no más que el nombre en algún centro turístico. En su lugar, la región se repobló con africanos procedentes del desembarco de esclavos, tal vez náufragos, originando el único mestizaje de indios, europeos y africanos que se ha dado en El Ecuador. El estilo de las antiguas construcciones palafíticas ha sido acomodado a recientes urbanizaciones de bungalows y de barecitos sobre la arena, a la orilla del mar. 

El río Esmeraldas llega lento con sus pesadas aguas grises. Cerca de él, la refinería de petróleo ha fabricado lagunas de alquitrán y echa lenguas de fuego al aire.

Salí del bungalow hacia el pueblo, con un cigarrillo encendido por si el humo distraía a los mosquitos. Iba a repetir el intento de llamar a mi familia; sin lograrlo, ya que la centralita telefónica no se abrió. Sí que estaban abiertas las cantinas y la iglesia y los balcones de las casas alrededor de la placita; los niños gritaban jugando y las muchachas cuchicheaban de un lado a otro, de un banco a otro del jardín sin quedarse quietas en ninguno de ellos, respondiendo con risitas a los galanteos que mi acompañante el parroquiano y yo les dirigíamos cada dos por tres. José Costa esperaba conmigo que apareciera por alguna parte la mujer del teléfono, y me desgranaba, mientras tanto, la historia de su vida; sus años de navegación a bordo del pesquero español, sus amoríos, sus vainas del casorio y del divorcio, motivo este que lo tenía allí en espera de una conferencia urgente. José criaba langostinos, cerca de Atacames, en sociedad mercantil con su hermano.

Terminamos la conversación con dos cervezas en el bar de la esquina, que soltaba música de pick-up y la mezclaba en la calle con los cantos religiosos de la iglesia lindera. Pero no entramos en la cantina por continuar la charla sino por ampliarla con la morena que estaba de brazos cruzados en la puerta, a contraluz de las bombillas rojas y amarillas. En el local había una muchacha más, fregando los suelos, que desde fuera nosotros no habíamos visto. Tampoco vimos nada de la primera, comparado con lo que ofrecía su presencia en el interior; era de una exuberancia turbadora, incluso para el apetito más agresivo que se vaya a imaginar cualquiera. Sería impreciso todo cálculo sobre su edad y no lo llegué a saber después de hablar con ella un día entero, pero su piel era estirada como para reventarla por los labios y la frente; tenía un tono negro subido sin saturar, negro y criollo -un mestizaje de blanco, negro y colorao, acaso-, hija de purasangres, sin duda, porque era el suyo un color cernido, afinado en un tamiz impalpable. Tenía la voz con el timbre erótico y resbaladizo que tienen las mujeres de Guayaquil; de allí sería; no podría ser de otra parte. Mirarla mientras hablaba, o hablarle a sus ojos, era obtener de ella un favor completo que, siendo regalado, daba rubor tomarlo. La otra chica había terminado su labor de limpieza y estaba sentada en un taburete al extremo del mostrador. Cuando mi contertulio José me dejó a solas con las dos, creí que no encontraría el modo de resolver mi timidez; no me atreví más que a pedirles señas sobre el camino de vuelta a los bungalows Cayapas donde yo vivía.

— ¡Es fácil, ve!. Hacia esa parte está nuestra casa. ¿Ya se va usted?

Caminamos en esa dirección, los tres, separándonos de las luces escasas que tenía el pueblo; yo iba a tientas, cohibido un poco por la oscuridad y mucho por su compañía.

Al salir del bar, mientras echaban el cierre a la puerta, había tenido tiempo de reparar en la tez negra y brillante de la muchacha fregona, en su nariz ancha, su pelo ensortijado, y en la tela de su vestido, una sencilla bata abotonada de arriba a abajo en la delantera, desgastada tanto por el uso que lo había aligerado hasta el extremo de no ser sino un sutil guardapolvo. Mi inseguridad en el camino me disculpó para cogerme a su talle. La sutileza de su vestimenta era tal que no significaba más que una débil telilla; tenía en el cuerpo la consistencia de un plátano verde; no llevaba ninguna otra prenda interior; su propia piel era la envoltura de su intimidad.

Cenamos langosta y vino frío, sobre manteles de hule, en uno de los restaurantes abiertos al otro lado de la ría, en la fila de casetas, bares y discotecas que bordeaban la playa. La mesa suculenta y el rosado fresco de las copas desbordó mi aprensión y me envolvió con ellas en un círculo de confianza espontánea; así encontré fácil la oportunidad de invitarlas a continuar la celebración, dando cuenta de la botella de champagne que yacía sin esperanza en el fondo de mi maleta.

Nos llegó el lunes, que hicimos festivo y lo atravesamos desnudos por la playa, a bocajarro con el sol y la brisa oceánica, tendidos en la arena, con los cangrejos que nos expiaban desde sus agujeros redondos. En su piel mojada la luz reverberaba como en las aguas tranquilas.

Dos veces me arrimé al límite de los cañizales donde empezaba la ciénaga, queriendo soñar en días de hace siglos, en un intento tenaz de soslayar la distancia enorme entre unos tiempos y otros, pero la imaginación se me desprendía de la voluntad y no lograba acapararla por completo; persiguiéndola, avancé decidido hacia el agua y nadé mar adentro cuanto me valió la respiración y el acopio de fuerzas; volvía la vista a la arena y a las chicas que yacían en estado original y puro.

En la tarde quedé solo y volví a ver de cerca la ría ennegrecida que olí tan mal la noche anterior al atravesarla sobre el puente de tablas; la vi más negra todavía, sin agua; rondaban por ella gallinazos que aprovechaban la carroña; era una ría corta que discurría paralela a la playa y se llenaba solamente con las mareas altas.

Me reuní con los compañeros para acordar el viaje de vuelta a Quito. 

 


Sobre la mesilla de noche estaba la misma tarjeta color de rosa y con la repetida insinuación desnuda, recostada, ambigua, dispuesta a definirse con una simple llamada al teléfono que me había aprendido ya de memoria. 

Ella tardó en llegar cincuenta y siete minutos, que se me hicieron mucho más largos de una hora. Cuando entró en mi habitación sonrió abiertamente, sin ninguna formalidad.

— ¿Cómo le fue?

Su liviana queja explicanba los motivos de no ir a Guayaquil. Se sentó en la cama dejando con cuidado la mochila en el suelo y dijo Psss; o no lo dijo, se le escapó sonriendo. Tenía más sentido así.

— ¡Ah! No me dejaron, ... por el trabajo.

Había yo abierto de par en par las ventanas de la habitación para que no quedara dentro otro olore que el puro aire respirable; así, cuando apareciera con su perfume de sombrero, de ojos, de manos, de su boca entreabierta, con el perfume de su nombre, yo lo aspiraría libre, original, tal como salía de ella misma. Es ese minuto cincuenta y siete, contados después de preguntar por Galina, las cerré, sabiendo que los golpecitos que oía en mi puerta eran los suyos. Iba a ser medianoche Ecuador.

Me aguantaba en pié, sin estar frente a ella, cuando se sentó. La cama estaba como recién hecha, las cortinas amarillas echadas hasta la mitad y los visillos blancos por entero, las toallas del baño sin usar, el inodoro con la banda de esterilizado, no había colillas en ningún cenicero, ni periódicos, ni bebidas abiertas; ni siquiera el cepillo de dientes estaba a la vista; mis maletas estaban cerradas y yo estaba allí de pié como si acabara de llegar, como si hubiéramos entrado los dos, ella y yo, juntos; como si entre mi llamada a su teléfono y su llamada a mi puerta no hubiera pasado más que un instante; como si en ese prolongado tono de alambre no hubiera ocurrido absolutamente nada, más que el escueto y único acontecimiento de volver a vernos. Era mi deseo de abreviar el tiempo en unos segundos lo que me impelía a verlo así; y era, a la vez, la obsesión por tenerla a ella dentro de la acción el motivo que me retenía para comenzarla. Fui hacia la mesa del escritorio donde dejé puesto mi portafolios, busqué la combinación en la dos cerraduras y lo abrí, sin prisa, viendo en el espejo que tampoco ella la tenía; lo dejé abierto y, con las llaves de la Samsonitte en la mano, me dirigí a abrir ese maletón duro y grande que viaja conmigo; haciendo ostentosa la ceremonia de apertura delante de ella, haciéndola a ella confidente de las interioridades de mi equipaje, tendí la valija en el suelo y la abrí por la mitad para que todo su contenido estuviera a la vista de nosotros, ofreciéndole una inspección visual e incluso táctil; si metiera las manos entre mis ropas yo las sentiría pegándose a mi cuerpo y bajo la piel, amasándome los músculos y estirando mis tendones, acariciando mis nervios desde el cerebro a las ingles, desde la médula a los plexos, a las vísceras; sus manos eran haces de hondas que me traspasaban con toda la dulzura de una electricidad suave. En el centro geométrico de la maleta estaba escondido un envoltorio en papel de seda, con lazos de seda casi invisibles, lo tomé en mis manos y avancé al centro de la habitación donde ella permanecía sentada sobre la cama; era un paquete blando, sin crujir, sin ruido, y lo mantuve a la altura de sus ojos hasta que se alzó a soltar el nudo, desdoblar los pliegues de la envoltura y sacar de dentro, con la punta de los dedos, una larga túnica blanca en auténtica seda japonesa piel de ángel bordada en hilo de seda blanca; quinientos gramos de pétalos naturales de rosas blancas cayeron a posarse sobre el suelo de moqueta.

Ya tenía el regalo en sus manos.

Apagué las luces de la habitación.

— Desnúdate; le dije.

Descorrí las cortinas y los visillos y abrí las ventanas que daban al Guápulo transparente desde el hotel al Cotopaxi nevado.

Sobre su desnudez india sofisticada vestía la túnica que yo compré de contrabando para ella en Guayaquil. Le tendí mi mano derecha y me ofreció las dos suyas tendidas hacia mí, hice que me adelantara hasta quedar ella en el balcón. Y quedó allí, en el primer término del cielo y la tierra que tenía ante mi vista. Era Galina. Era una diosa joven y yo culminaba la ascensión de mi sueño.

A la noche siguiente, 20 de mayo de 1989, estaba la luna enteramente llena. La vi en Madrid.

 

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