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INTRODUCCIÓN
Las cosas estaban allí dispuestas con la misma mágica
presencia con que yo las había imaginado. Un atardecer del que podía
desprenderse la lluvia en cualquier momento polarizaba el sol ecuatorial
para que la realidad no me deslumbrara por completo; y así fue. Yo hice
otro tanto para esconderme, para disimular mi presencia física y la de
ellas; me cubrí con mi poncho impermeable cuando ya estaba alojado en la
parte trasera de la segunda canoa, la última, junto al indio que la
conducía de pie mirando por encima de todos nosotros y por encima del
río, agarrado al mando del fueraborda con su mano derecha. Todo aquello
era mejor encontrarlo sin que uno estuviera despierto del todo,
permaneciendo cuanto fuera posible en ese límite del sueño en que las
cosas soñadas se tocan con los dedos, ese abrir y cerrar de ojos, ese
instante en que la realidad conserva todo el encanto de la ficción. De
no ser así, no me hubiera sido posible ver lo que estaba viendo como si
no lo viera, como si no fuera más que una premonición correspondiente a
un tiempo pasado, muy lejano, muy pegado a mi niñez, rezumado de mis
fantasías adolescentes.
Yo he podido así convivir con las maravillas y con las emociones más
fuertes; a base de desacelerar los latidos de mi corazón y prolongar las
respiraciones. En la profundidad del aire, en ese aliento que le tomas
está la más completa intimidad que se puede conseguir con el paisaje,
con las cosas visibles e invisibles que te rodean y que más en ese
momento deseas admirar, beber, sangrarte con ellas.
Me relajé tanto en la respiración pausada que me dormí en medio de
aquella fantástica visión. Era bien poco probable dormirse dentro del
bus atestado de maletas de la filmación, de bolsas, de equipajes, de
cajas de víveres, con los asientos tan estrechos y sus bordes metálicos
amenazando al cogote con los baches infinitos. Se hace más largo un
camino cuando sospechas que todo él es malo, que ni un solo trecho de
bondad vas a encontrar.
Esa sensación que se tiene al emprender un viaje incómodo, es parecido a
una dolencia fatal que no sabes por cuánto tiempo tendrás que soportar,
y aunque sea soportable, hasta llegar al alivio.
Sin embargo tomé como un viento a mi favor toda la contrariedad que era
el destartalado bus, la humedad de la media tarde en la selva y su
camino tortuoso. Y dormí parte de los cien kilómetros que separaban el
aeropuerto de Lago Agrio del punto en el río donde embarcaríamos en las
piraguas indias Yamaha. Al fin y al cabo, ni mi vigilia ni mi sueño
condicionaban la existencia maravillosa en la que yo había aterrizado;
era exterior a mí, independiente de mí, antes y después que yo; era otra
vez como el principio de la vida, como el momento de nacer, todo se me
daba hecho; la realidad era un acto involuntario. Tal vez despertar por
completo hubiera sido saturar el asombro y en mi conciencia, en mi
sensibilidad, cristalizaran sensaciones como posos insolubles, incapaces
mis sentidos de asimilarlos. Los mayores dones de la vida se nos dan de
esta manera, gratis, incluso forzados, como la primera respiración. Pero
el sueño en la selva, en ese primer camino de penetrarla, era un sueño
mucho más profundo que los demás, mucho más que el sencillo hecho de
dormir, porque el calor húmedo narcotizaba la vista y el aliento, se
pegaba a la piel como un ungüento afrodisíaco; hasta el ruido del motor
era pegajoso. Se pasaba sin apenas percibirlo de la lluvia al escampado.
Mi estado de ánimo era indefinido entre el temor, el asombro, la
embriaguez de aventura, la borrachera de riesgo, de valor, de
atrevimiento, de osadía ante lo desconocido; aún con todos los peligros
que nos habían pintado. En esa catártica situación mía bullía a
borbotones toda mi conciencia y de lo más hondo me subía un cuajarón de
realidad endiabladamente miserable; yo estaba allí por ganar el pan de
mi casa, por añadir a mi sueldo una cantidad mayor, una extraordinaria a
la muy ordinaria nómina mía de cada mes; a la vez que pugnaba por
ganármelo lo estaba poniendo en el punto crítico. ¿Era eso un pacto con
el demonio?
Aún estando a varios miles de kilómetros de mi casa sentía la presencia
cotidiana de mis seres queridos.
Toda nuestra existencia, en cierto modo, es un pacto satánico
consistente en dejar hacer. Y en esta permisividad nos buscamos la vida.
Pero para quienes ojean a través de la televisión los más recónditos
parajes del mundo, desde la comodidad de su butaca de salón, las
aventuras de los locos que llevan la cámara al hombro cuentan menos de
lo que cuentan las imágenes, cuentan tan poco que tantas veces es
necesaria, incluso exigente, la imagen testimonial, volviendo el
objetivo hacia quien opera la cámara, para hacer notar la presencia
activa de los operadores. Muchas veces el camino del miedo, consiste en
esa senda que se adentra en lo desconocido; y muchas de esas veces es
inevitable que el miedo se vea. Pero solamente los temores se
transforman en miedo cuando hay un fondo de miseria debajo de ellos; de
no ser así esos temores son la aventura organizada, la premeditación del
éxito.
El anochecer en la selva es siempre un ritual de transición, de muerte,
consistente en pasar de una vida a otra vida; porque todo el fulgor del
sol cayendo provoca una condensación de sombras bajo los robles, en la
panza del río y en sus orillas y de allí despierta otro fulgor que es
sonoro y que sobrevive durante la noche; pero nada me sobrecogía como
una amenazante; más bien todo se ofrecía allí, como en mis sueños,
halagador y sublime en lo desconocido.
Este viaje me parecía el más remoto de todos, porque no solo era
geografía la distancia, ni siquiera pasar de un hemisferio a otro lo que
más me separaba; este era un viaje trascendente en la civilización, un
viaje al tiempo arcaico, sencillamente primitivo y puro, de la selva
virgen. |