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INDICE DEL LIBRO
01. Un poncho entre los Andes
02. Llanganati
03. Chivito, Cantuña y Rumiñahui
04. Los Ati y el derrotero del padre Valverde
05. Costales o el Apu de Cochasquí
06. Galina y el Valle del Guápulo
07. Lago Agrio
08. Un lugar en la selva amazónica
09. Petróleo
10. El Guasmo y la seda
 
 
 

Lago Agrio

donde los indios se llaman secoyas

NOVELA

© Darío Herreros, 1990 © EDYM, 1998
ISBN 84-604-1054-4  Depósito Legal V-4185-1991

INTRODUCCIÓN

Las cosas estaban allí dispuestas con la misma mágica presencia con que yo las había imaginado. Un atardecer del que podía desprenderse la lluvia en cualquier momento polarizaba el sol ecuatorial para que la realidad no me deslumbrara por completo; y así fue. Yo hice otro tanto para esconderme, para disimular mi presencia física y la de ellas; me cubrí con mi poncho impermeable cuando ya estaba alojado en la parte trasera de la segunda canoa, la última, junto al indio que la conducía de pie mirando por encima de todos nosotros y por encima del río, agarrado al mando del fueraborda con su mano derecha. Todo aquello era mejor encontrarlo sin que uno estuviera despierto del todo, permaneciendo cuanto fuera posible en ese límite del sueño en que las cosas soñadas se tocan con los dedos, ese abrir y cerrar de ojos, ese instante en que la realidad conserva todo el encanto de la ficción. De no ser así, no me hubiera sido posible ver lo que estaba viendo como si no lo viera, como si no fuera más que una premonición correspondiente a un tiempo pasado, muy lejano, muy pegado a mi niñez, rezumado de mis fantasías adolescentes.

Yo he podido así convivir con las maravillas y con las emociones más fuertes; a base de desacelerar los latidos de mi corazón y prolongar las respiraciones. En la profundidad del aire, en ese aliento que le tomas está la más completa intimidad que se puede conseguir con el paisaje, con las cosas visibles e invisibles que te rodean y que más en ese momento deseas admirar, beber, sangrarte con ellas.

Me relajé tanto en la respiración pausada que me dormí en medio de aquella fantástica visión. Era bien poco probable dormirse dentro del bus atestado de maletas de la filmación, de bolsas, de equipajes, de cajas de víveres, con los asientos tan estrechos y sus bordes metálicos amenazando al cogote con los baches infinitos. Se hace más largo un camino cuando sospechas que todo él es malo, que ni un solo trecho de bondad vas a encontrar.

Esa sensación que se tiene al emprender un viaje incómodo, es parecido a una dolencia fatal que no sabes por cuánto tiempo tendrás que soportar, y aunque sea soportable, hasta llegar al alivio.

Sin embargo tomé como un viento a mi favor toda la contrariedad que era el destartalado bus, la humedad de la media tarde en la selva y su camino tortuoso. Y dormí parte de los cien kilómetros que separaban el aeropuerto de Lago Agrio del punto en el río donde embarcaríamos en las piraguas indias Yamaha. Al fin y al cabo, ni mi vigilia ni mi sueño condicionaban la existencia maravillosa en la que yo había aterrizado; era exterior a mí, independiente de mí, antes y después que yo; era otra vez como el principio de la vida, como el momento de nacer, todo se me daba hecho; la realidad era un acto involuntario. Tal vez despertar por completo hubiera sido saturar el asombro y en mi conciencia, en mi sensibilidad, cristalizaran sensaciones como posos insolubles, incapaces mis sentidos de asimilarlos. Los mayores dones de la vida se nos dan de esta manera, gratis, incluso forzados, como la primera respiración. Pero el sueño en la selva, en ese primer camino de penetrarla, era un sueño mucho más profundo que los demás, mucho más que el sencillo hecho de dormir, porque el calor húmedo narcotizaba la vista y el aliento, se pegaba a la piel como un ungüento afrodisíaco; hasta el ruido del motor era pegajoso. Se pasaba sin apenas percibirlo de la lluvia al escampado.

Mi estado de ánimo era indefinido entre el temor, el asombro, la embriaguez de aventura, la borrachera de riesgo, de valor, de atrevimiento, de osadía ante lo desconocido; aún con todos los peligros que nos habían pintado. En esa catártica situación mía bullía a borbotones toda mi conciencia y de lo más hondo me subía un cuajarón de realidad endiabladamente miserable; yo estaba allí por ganar el pan de mi casa, por añadir a mi sueldo una cantidad mayor, una extraordinaria a la muy ordinaria nómina mía de cada mes; a la vez que pugnaba por ganármelo lo estaba poniendo en el punto crítico. ¿Era eso un pacto con el demonio?

Aún estando a varios miles de kilómetros de mi casa sentía la presencia cotidiana de mis seres queridos.

Toda nuestra existencia, en cierto modo, es un pacto satánico consistente en dejar hacer. Y en esta permisividad nos buscamos la vida. Pero para quienes ojean a través de la televisión los más recónditos parajes del mundo, desde la comodidad de su butaca de salón, las aventuras de los locos que llevan la cámara al hombro cuentan menos de lo que cuentan las imágenes, cuentan tan poco que tantas veces es necesaria, incluso exigente, la imagen testimonial, volviendo el objetivo hacia quien opera la cámara, para hacer notar la presencia activa de los operadores. Muchas veces el camino del miedo, consiste en esa senda que se adentra en lo desconocido; y muchas de esas veces es inevitable que el miedo se vea. Pero solamente los temores se transforman en miedo cuando hay un fondo de miseria debajo de ellos; de no ser así esos temores son la aventura organizada, la premeditación del éxito.

El anochecer en la selva es siempre un ritual de transición, de muerte, consistente en pasar de una vida a otra vida; porque todo el fulgor del sol cayendo provoca una condensación de sombras bajo los robles, en la panza del río y en sus orillas y de allí despierta otro fulgor que es sonoro y que sobrevive durante la noche; pero nada me sobrecogía como una amenazante; más bien todo se ofrecía allí, como en mis sueños, halagador y sublime en lo desconocido.

Este viaje me parecía el más remoto de todos, porque no solo era geografía la distancia, ni siquiera pasar de un hemisferio a otro lo que más me separaba; este era un viaje trascendente en la civilización, un viaje al tiempo arcaico, sencillamente primitivo y puro, de la selva virgen.

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