|
|
|
Lago
Agrio
donde los indios se llaman secoyas |
NOVELA |
©
Darío Herreros, 1990
©
EDYM, 1998
ISBN 84-604-1054-4 Depósito Legal
V-4185-1991 |
-
7. Lago Agrio
No hay vuelos nocturnos en el aeropuerto de Quito.
En el tablero de anuncios de la sala de embarque había uno numerado
de Tame a las 7:10, era el segundo en la lista, a Lago Agrio, con las mismas
iniciales que Los Angeles, LA. TAME es Transportes Aéreos
y Marítimos del Ecuador.
-
Existen tres clases de vuelos con destino a Lago Agrio. Uno
civil, de la compañía Tame, en el que entramos quienes no
tenemos acceso a otro mejor; otro militar, de las Fuerzas Armadas del Ecuador,
que se da a quien corresponda, en un servicio llamado de Acción
Civil, encomiable acción por parte del ejército pero cuyo
disfrute es muy reservado y poco aconsejable para los extraños a
ese ejército. Un tercer tipo de vuelo es el fletado diariamente
por la TEXACO. (Al llegar a Lago Agrio vimos cómo este avión
de TEXACO aterrizaba en una pista más larga y con una terminal en
nada parecida a la nuestra.)
-
La hora que se anuncia para el vuelo de Tame no tiene que
ver necesariamente con su hora real de salida. Los cafés y los pasteles
en la cafetería del aeropuerto son increíblemente grandes
y si además hay que desayunar tres o cuatro veces después
de facturar, esperando el embarque de este vuelo, los tales cafés
son capaces de ensopar al viajero más reseco y hambriento.
-
Apresuradamente en una mañana, días atrás,
y a hurtadillas del equipo, fui a la sede de TEXACO y CEPE y al diario
EL COMERCIO a buscar documentación sobre Lago Agrio. No sabía
casi nada al respecto y necesitaba saberlo, porque siempre me he negado
a ser un viajero ignorante. Las agencias de turismo que se dedican a la
Amazonia informan escuetamente: Se puede ir en avión hasta Lago
Agrio; es decir, se pasa por allí, se pernocta al regreso; nada
más. Por lo general se habla del Oriente y esa es la referencia
de lo que tiene interés. El Oriente es la selva, la Amazonia, ...
y el petróleo.
-
¿Qué es Lago Agrio, entonces? ¿Un volcán
de petróleo en la llanura selvática?
-
De las veinte provincias en que está dividido el territorio
de esta república, cuatro abarcan todo el Oriente; la de Morona
Santiago, Pastaza, Zamora Chinchipe y la del Napo. Pero de los 272.500
Km cuadrados de suelo de la nación (excluidos los 174.500 km que
Ecuador reclama a Perú –Protocolo de Río de Janeiro de 1942–)
resulta que 134.00 Km cuadrados, casi el 50%, está dentro de la
selva amazónica; es decir, poco menos de la mitad del actual Ecuador
es amazónico, selvático. Sin embargo, esta casi mitad del
Oriente ecuatoriano no es más que el 1,86% de toda la cuenca amazónica,
por dar una idea de la inmensa Amazonia. La relatividad en toda América
se da en términos que a mí siempre me han parecido disparatados,
y en el Amazonas más aun.
-
Y así es de disparatada también la evolución
política de este país en cuanto a su dimensión territorial.
Por no ir más allá de la época hispánica, lo
que fue la Audiencia de Quito tenía una extensión de más
de un millón de kilómetros cuadrados; cuando después
del proyecto de imperio bolivariano Quito se aparta de la Gran Colombia,
1830, todavía le quedan 700.000 Km cuadrados; pero esta fue la ocasión
de dejar encendida para siempre una irreconciliable relación con
Perú, al principio de su historia republicana independiente. Es
como si esta república tuviera que sobrevivir a fuerza de ser generosa
con sus vecinas, porque ya tiene poco menos de un siglo de independencia
cuando por el Tratado Muñoz Vernaza - Suárez, de 1916, se
traspasan de Ecuador a Colombia más de 250.000 Km cuadrados de su
solar; de un plumazo; lo arregló quien fuera el Presidente decimoctavo
o vigésimo (no es fácil precisar este ordinal) de la República
del Ecuador. La hasta hoy última reducción territorial, la
de 1942, deja al país en esa cuarta parte de lo que antaño
fuera y con unos límites aún inciertos, con unas fronteras
indecisas.
-
El 70% del total de la Amazonia lo ocupa Brasil, con siete
millones de kilómetros cuadrados; los Estados Unidos de Norteamérica
son un poco más grandes.
-
En Ecuador la extensión selvática ejerce una
fuerte y especial atracción frente a la total del país. Es
un subterfugio que la selva le juega por lo suyo desconocido sobre todo
lo demás; cuanto hay allí dentro todavía se retrae
a la civilización, a la explotación, a la industrialización,
y el que no se sepa qué es lo que encierra dentro es suficiente
para que se sueñe con ello.
-
Cuando Benalcázar, Gonzalo Pizarro y Francisco de
Orellana dominaban ya el Reino de Quito no pudieron resistirse a la fascinación
del Oriente y fueron allá, dejándolo todo, en busca de algo
todavía mayor, en busca de El Dorado. Pizarro volvió a salir
de la selva con los calzones rotos y poco más que su piel pegada
a los huesos; y Orellana, con toda la audacia y la suerte visionario, descubrió
el gran Amazonas para el mundo occidental, desvelándole a la selva
el secreto de su gran dios - río tan celosamente guardado.
-
Cada vez que el hombre se encuentra en situación crítica
intenta adentrarse en la selva en pos de la reserva material y emocional
que se supone ella encierra. En aquellos tiempos fue oro el motivo; poco
después la canela; el caucho en los años de las grandes guerras;
y recientemente la caza de animales exóticos, la agricultura y la
madera. En los últimos años, por fin, después de cuatro
siglos, ha aparecido el oro que los españoles fueron a buscar, aunque
exige extraerlo de las entrañas profundas y salga de otro color.
-
Si se hubiera encontrado petróleo en la zona de selva
ecuatoriana que tomó Perú, en el 42, y no se hubiera encontrado
en los actuales yacimientos Nordorientales, Ecuador hubiera sufrido una
crisis de moral nacional tal vez insuperable y letal. El país entero,
los políticos, los financieros y los civiles de a pie miran al Oriente,
por donde nace el sol; porque hay un relumbrón en la selva que no
se sabe cuánto vale.
-
Durante dos horas se escuchan en la terminal sucesivos anuncios
de retraso para el vuelo de Tame a Lago Agrio. Son más numerosos
los pasajeros que dicen que esto es normal que los que nos extrañamos
de ello.
-
La carga en el avión es tan limitada que nuestras
cámaras y todo el material de rodaje viaja en el vuelo de Acción
Civil de las Fuerzas Armadas.
-
Hasta finales del año 87, desde que comenzaron las
extracciones de petróleo en cantidad considerable, la afluencia
de viajeros a Lago Agrio llenaba la terminal del aeropuerto en Quito, agolpándose
sobre la venta de pasajes y aguantando largas esperas; la demanda superaba
con creces la capacidad de transporte que tenía esta línea.
Unas cien mil personas volaban anualmente a un destino cuyo nombre figuraba
nada más que en las ediciones modernas de mapas del Ecuador. Yo
lo imaginaba como una ciudad grande en ese vasto territorio del Oriente.
-
Por fin embarcamos en un Fokker en el que no quedó
una sola plaza libre.
-
Subir y bajar de un avión se me ha convertido en rutina;
pero esta vez el mismo hecho de siempre me pareció completamente
distinto, absolutamente original.
-
Después de tantas horas de retraso el abordaje se
hizo rapidísimo, andando por el asfalto pocos metros desde la terminal
a la nave. En un instante el Fokker se alzó sobre Los Andes y nos
puso el Cotopaxi en la ventanilla; era una visión sobrenatural;
miles de hombres que han vivido aquí durante milenios fueron privados
de esta vista sobrenatural, reservada a los cóndores y a los dioses.
-
Creo que es necesario esperar a tener la oportunidad de un
punto de vista tan alto como el vuelo de un avión para comprender
la historia geológica de la inmensa cuenca amazónica.
-
El río Napo es el afluente más importante del
alto Amazonas; son novecientos kilómetros de curso los que tiene;
queda más al sur de la ruta que llevamos en este vuelo. Sí
atravesamos el río Acuarico y en este punto en que lo vemos aún
no tendrá hecha más de una sexta parte de su recorrido de
setecientos kilómetros hasta el Napo, sin embargo contemplado por
mí, que estoy acostumbrado a los pequeños ríos de
mi España, este me da la impresión de que fuera el desagüe
de una inundación continental; su lecho, recién iniciado
el correr por la selva, es un aluvión de cieno que se desplaza pesadamente.
-
Los estudios realizados en las cuencas de estos ríos
demuestran que el Oriente ecuatoriano está homologado geológicamente
con toda la cuenca amazónica; esta, al final del período
terciario, se encontraba cubierta por el mar; y las deyecciones de lavas
de la Cordillera Oriental, más antigua que la Occidental, fueron
alejando las aguas hacia el Este. Siguieron después los productos
aluviales que rellenaron progresivamente dicha cuenca, configuraron la
red fluvial del Amazonas e hicieron retroceder las aguas marinas a la posición
que ocupan en nuestra era.
-
Es utópico pretender resumir la tan larga historia
geológica de medio continente a una sola página, querer explicarlo
en unas palabras. Sin embargo, la naturaleza es tan lógica y tan
lúcida que los hechos más grandes los presenta con diáfana
claridad, y comprenderla no exige otra cosa sino verla. Porque es a medida
que uno va acercándose a ella como se te va revelando y es ella
misma quien te introduce en sus secretos. Con una sola mirada se puede
descubrir todo el largo y farragoso contenido de un tratado o de muchas
horas de lecciones magistrales.
-
Yo había sobrevolado la Amazonia únicamente
en vuelos internacionales; a esa altura la selva es sencillamente todo
lo que se ve abajo, sin saber qué es, y eso si no está cubierta
por un opaco mar de nubes. Es preciso contar con la vista especializada
de los astronautas para distinguir algo desde esa distancia. Esta era la
primera vez que pasaba por encima de la selva en un vuelo doméstico
y teniéndola además como punto de destino. Sentía
tocar las copas de los árboles; identificaba, quería hacerlo
al menos, las palmeras y distinguirlas de las papayas o las plataneras.
-
Muchos de quienes nos acercamos al mundo de lo natural que
nos es desconocido, lo antiguo, lo primitivo, lo hacemos desde este plano
de superioridad que creemos nos da el hecho de vivir en la tecnología,
en el poder del dinero, de los medios de comunicación y, en último
término, en una cultura que para nosotros es superior. Por lo general,
seguimos la costumbre de realizar este acercamiento agrupándonos
las personas por motivos afines, por intereses científicos, comerciales,
por turismo o simplemente por curiosidad; razón para sentirnos fuertes
cada uno, arropados por los demás de ese grupo. Pero si se trata
de un acercamiento o de una penetración individual, quien lo realiza
se dispone a una gran aventura, a un paso gigantesco difícil de
calcular previamente, porque entrar en lo desconocido supone correr toda
clase de riesgos.
-
Si esto nos ocurre a nosotros, qué ocurrir a los que
se encuentran abajo, en su mundo ancestral, y soportan la invasión
de un avión tras otro, de un cargamento de cosas desconocidas que
no saben de dónde vienen ni a qué.
-
¿Qué pensarán de mí los indígenas
de la selva?
-
Miraba la tierra verde y húmeda que estábamos
sobrevolando, y no apartaba la vista de ella por no perder un instante
de esta visión, pero me reaseguro en la certeza de estar en un avión
de turbohélices, lleno de pasajeros junto a mí y en la compañía
de mi equipo de rodaje.
-
Ahí abajo se ven los restos de una avioneta que perdió
el vuelo entre los árboles.
-
Llegamos al aeropuerto de Lago Agrio atravesando una espesísima
lluvia. Los alrededores, desde el aire, son explanadas discontinuas donde
parece que muchos convoyes hayan llegado no se sabe por dónde y
dejado su carga; barracones y almacenes al descubierto, sobre un suelo
del que ha desaparecido el verde y est encharcado en aceite mineral usado.
-
La pista de aterrizaje es un tramo de carretera cortada,
en medio de la selva. Por la ventanilla no se ve la terminal, si no es
un cobertizo minúsculo de menos altura que la del Fokker cuando
para los motores. Al abrir las puertas para descender se cerciora uno de
que, efectivamente, nos apeamos en la cuneta. Llueve como si la lluvia
fuera artificial, un efecto de cine a propósito para no dejar ver
dónde hemos caído; al lado del avión hay un gentío
de paraguas, un grupo de personas tan numeroso como el nuestro, que acaba
de llegar; pero no nos están esperando, no han venido a recibir
a nadie, no se trata nada más que del pasaje que debe ocupar el
avión tan pronto le dejemos vacío y que aguantan la esa espera
bajo la lluvia. A pesar del agua tan abundante que está cayendo,
la sensación térmica no es menor de unos veinticinco grados
centígrados. El corto camino entre el avión y el cobertizo-terminal
lleva escasos segundos hacerlo corriendo.
-
Ya estoy en Lago Agrio y el agua me aclara las ideas. Efectivamente
esta parte de la terminal no es más que un abrigo con techo de zinc,
sin puertas y sin ventanas, porque no tiene más que una pared y
media. Mujeres yankees con impermeables de plástico transparente
han querido resguardar de la lluvia sus cabellos rubios, sus sweaters de
punto ligero color de rosa y sus medias de seda artificial. Son altas y
gruesas y tienen un jefe de grupo que reparte entre ellas refrescos de
naranja en vasos de cartón.
-
De las cinchas de mi mochila saco el sombrero de paja toquilla,
saco también la guayabera de poliéster color caqui, que había
comprado en Quito en la fábrica-almacén de las Fuerzas Armadas
y que pensaba tener como uniforme selvático. Me siento en un palo
de la cerca que limitaba este cobertizo, al borde del desagüe de los
canales, y enciendo un cigarrillo para permitirme ver las cosas sin pensar
en ellas. Cambio mis zapatillas sport por las botas de agua de media caña
y me dispongo a que, a partir de ese momento, el tiempo pase sin empujarlo.
Observando las mujeres yankees con sus gabardinas de Sears de la talla
48, me viene a la memoria la imagen grácil de Galina Andrade, con
su maillot y sus rizos negros atados con la cinta. El sudor de la calima
me impide emocionarme e incluso seguir pensando más; dejo reducirse
todas mis emociones a una sola y que esta evolucione lentamente. Ponen
en mis manos en ese momento una lata de cerveza de procedencia desconocida;
y no quiero averiguarla.
-
—No preguntes.
-
El compañero que me la da ve claramente en mi cara
las pocas ganas de preguntar; en esas circunstancias una cerveza ecuatoriana
–elaborada en Guayaquil– no era simplemente una cerveza, era un gran premio,
porque, por supuesto, en ese lugar no había bar, al menos si lo
había, estaba cerrado; había sed en grandes dosis de ansiedad.
-
La aparición de esta cerveza se debía a la
llegada de nuestros guías con su cargamento, su autobús,
y los otros miembros del equipo, el cámara y el técnico de
sonido que habían volado en el avión de Acción Civil
de las Fuerzas Armadas, vuelo este con mucha más pena que gloria.
-
Al otro lado del cobertizo-terminal del aeropuerto nos esperaba
una vieja guagua con la puerta abierta, un coche grande y lleno de kilómetros;
al subir a él me fijo menos en cómo es que en cómo
está atestado de bultos, maletas, cajas de cartón, cestas,
botelleros, más maletas de cámara, trípodes, maletas
de material eléctrico, un pequeño grupo electrógeno,
que era nuevo en el equipaje, y bidones de gasolina. Muchas veces ocurre
que al cargar el material de un rodaje con ello se llena el vehículo
en el que hay que viajar y es una vez lleno cuando subimos el personal,
... en el sitio que queda; así se han hecho muchos viajes, durante
los cuales, además, hay que aprovechar el tiempo para descansar.
-
Me di cuenta después que no se trataba de un bus para
largo recorrido; no tenía asientos con la tapicería vieja
y rota; no tenía tapicería; no eran asientos anchos sino
estrechos y metálicos; no era un autocar ni un autobús sino
un bus a secas, de los que hacen líneas urbanas y a los que uno
se sube para un corto trayecto de solamente algunas calles. Lo raro era
que este bus urbano se hubiera alejado tanto de la ciudad como para haberse
perdido en la selva; era muy raro, pero allí estaba.
-
Comparado con el cobertizo del aeropuerto, el refugio del
bus es bastante mejor; tiene paredes, puertas y asientos, por añadidura
podemos considerarlo como nuestro, del equipo, que es como decir de la
familia.
-
Instalado ya en él no puedo menos de mirar el reloj
para memorizar este instante: Son las 13 horas del día 1 de mayo
y sigue lloviendo a mares. La mesa está servida dentro: Una soberbia
ensalada de atún con aguacate, mostaza, maíz y cebolla; galletas
saladas, pan, queso y fiambres del país, roast beef y más
cerveza muy fría. Por supuesto, todavía más abundante
y variada es la fruta. (Los guías turísticos son gente prodigiosa,
reinventan la vida en un descampado o montan un oasis en el desierto).
-
¡Bienvenidos, por fin, a Lago Agrio!
-
-

Lugar del emplazamiento de la actual población Lago
Agrio, en un principio llamada Nueva Loja, junto al río San Miguel.
(Foto cortesía diario EL COMERCIO, Quito).
Los profesionales del turismo tienen la virtud de familiarizarse
con un cliente; antes, incluso, de haberles sido presentado. Todo el material
de la expedición ha sido trasladado desde Quito a Lago Agrio en
día y medio. Y aquí está todo, hasta el último
detalle, dispuesto para emprender la marcha tierra adentro de la Amazonia.
Almorzábamos dentro del bus aparcado, mientras fuera iba pasando
el raudal de lluvia que nos había recibido.
-
Cuando acaba el aguacero, tengo más clara la sensación
de encontrarme en un sitio donde todos somos recién llegados. Me
fijo de nuevo en el cobertizo y el aeropuerto; el avión de Tame
ya no está allí y tampoco se ven otros; la pista de aterrizaje
y el acceso a ella están relavados por el aguacero, lo mismo que
el césped y la maraña selvática que limita con él.
Todo tiene, dentro de la selva que nos rodea, un aspecto reciente, como
de estar hecho en los últimos días; la carretera de tierra
que nace detrás del cobertizo, y hacia donde mira nuestro bus aparcado,
no parece sino un grueso sendero abierto en en el momento justo antes de
empezar a llover. Terminamos de almorzar y un chófer gordo pone
el diesel en marcha. Muy pronto nos va a demostrar el auto su velocidad.
Quince minutos más tarde estamos en la afueras de Lago Agrio; pero
antes de ver el pueblo vemos enormes tanques metálicos de petróleo
y camiones del ejército con mozos de uniforme muy bien alimentados.
De pronto, y como si de un ignorado paso fronterizo se tratara, surge ante
nosotros una barrera militar defendida por centinelas con cascos y fusiles.
La camioneta se detiene y por la puerta que nunca se ha cerrado antes sube
un suboficial imberbe, camisa remangada y cabeza descubierta, que nos mira
sonriente llevándose apenas la mano derecha a la altura de la frente,
a modo de saludo escaso, y nos pide los papeles con una insinuación
que no precisa de más para que cada uno de nosotros enseñe
el pasaporte español; el jefe de los guías le hace nuestra
presentación y le da las explicaciones de nuestro viaje y nuestra
estancia aquí.
-
Unos metros pasada la barrera repetimos parada en el lateral
de la calzada. Nos adentramos en un poblado ciertamente singular; las calles
no son delimitadas por muros sino cercadas por vallas metálicas,
alambradas robustas, nuevecitas, brillantes todavía, amarradas a
gruesos barrotes y reforzadas por encima con alambres de espino; al otro
lado de ellas, extensos jardines de un césped recién cortado
y, en cada jardín, construcciones prefabricadas de un aspecto impecable,
con árboles plantados en torno a él para más resguardo.
-
—Son las casas de los gringos. Dicen
-
A algo me suena esto.
-
Enormes antenas parabólicas enseñoreándose
de otros espacios verdes; imponentes anteojos de metal mirando al cielo.
-
Es otra vez un militar quien nos indica dónde están
las oficinas de TEXACO y a ellas se dirigen nuestra productora y el jefe
de los guías, porque es necesario asegurarse de poder salir semanas
más tarde de la selva y regresar a Quito. Los jefazos del petróleo
son los dueños del avión que transportar nuestra carga en
la vuelta. Sumamente amables con nosotros, aceptan hacernos el favor sin
el más mínimo reparo, porque entienden la profesionalidad
del trabajo que estamos realizando y las dificultades que tiene la compañía
civil –Tame– con la carga aérea. El rápido y positivo final
de esta gestión representa un alivio inmediato para nuestras preocupaciones.
-
No es extraño que el pueblo no se haya visto desde
el aire; es que no hay pueblo. Una sola calle sin pavimentar, casas de
madera a cada lado y alguna de ladrillo; tiendas, locales indefinidos,
almacenes, restaurantes, todos abiertos y casi todos sin puertas. Se entra
en la calle saliendo de una curva de la carretera y, al final, otra curva
más y acabó el pueblo; continuamos camino bordeando la alambrada
de un campo de petróleo. Se encuentra uno el pueblo tan de súbito
y el encuentro es tan fugaz que no me atrevo a pensar si se trata de una
presencia real o es una aparición, una proyección de otra
calle u otra ciudad lejana, una representación fantástica
en medio de la selva, una alucinación llamada Lago Agrio, fruto
de mi imaginación y mi ansiedad.
-
El amanecer Mío de aquella mañana había
sido brumoso, somnoliento; la espera en el aeropuerto, el colmo de la incertidumbre;
la llegada, un aterrizaje en otro planeta; no era pues extraño que
mi visión de Lago Agrio resultara insegura; a ello ayudaba la lluvia
recién caída, que se evaporaba del suelo a la misma velocidad
con que lo había empapado y daba a la calle, a las casas y a la
gente un aire de irrealidad. Para mí era una fotografía de
algo sin saber qué y sin que la película estuviera correctamente
impresionada; imagen latente a medias, a medias revelada y solamente en
parte visible como transparencia.
-
Recordaré siempre esta visión extraordinaria
porque se me grabó en el borde de la memoria, en la frontera de
lo consciente y lo subconsciente. Sin embargo nada de los sonidos correspondientes
a esas imágenes consigo reproducir en el recuerdo; no sé
si las gentes hablaban y si los autos hacían ruido. No recuerdo
más que lo que vi y no sé siquiera si lo imaginé.
-
Era preciso entretenerse en el pueblo lo menos posible y
continuar el viaje hacia el interior de la selva, a donde debíamos
llegar antes de la noche.
-
—¿Adónde va, pues?
-
—A Lago Agrio.
-
—¡Ah... ! Laaago Agrio.
-
El Lago pronunciado por él era mucho más largo
que el Agrio.
|
|