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Lago
Agrio
donde los indios se llaman secoyas |
NOVELA |
©
Darío Herreros, 1990
©
EDYM, 1998
ISBN 84-604-1054-4 Depósito Legal
V-4185-1991 |
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2. Langanati
La sola palabra Llanganati es ya sensacionalismo, siendo
como es, sin embargo, no más que un lugar geográfico, un
paraje en medio de los Andes, en el centro mismo de la República
del Ecuador. A pesar de tratarse de un nombre propio, este nombre es una
denominación conceptual, como muchas de las palabras de las lenguas
indígenas que se han incorporado a los idiomas de las naciones americanas
actuales. Llanganati es una palabra compuesta de dos palabras quichuas,
el quechua del Ecuador: llangana y ati. Es un nombre indio, leyenda india,
reserva india, misterio indio, que ha magnetizado durante siglos la codicia
de los extranjeros en este país.
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Llanganati en su forma ortográfica es ya un laberinto
misterioso y mágico, un jeroglífico que una vez descifrado
convierte el misterio presentido en un misterio cierto, en un enigma declarado,
y que cuanto más en él penetras más escandaloso se
te revela.
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La prodigiosa ciencia de los incas lo era más aún
porque no estaba escrita en ninguna parte, porque no se almacenaba en documentos
que unos sabios transmitieran a otros sabios y unas generaciones a otras;
los incas no escribían caracteres que podamos leer; escribían
figuras, símbolos, a veces tan grandes que eran gigantescos e imposibles
de leer desde su entorno. Los incas no leían sino el pensamiento,
la Naturaleza, el Cosmos y el Microcosmos; su lengua no comenzó
a escribirse más que tardíamente, cuando su cultura era ya
todo un imperio decadente. Por este motivo las interpretaciones modernas
del quichua han sido muchas veces parciales e incompletas.
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El total del tesoro que el emperador inca Atahualpa pagó
al conquistador Francisco Pizarro por su liberación era de un monto
de 40.860 marcos de plata y 1.014.126 pesos de oro, que los indios dijeron
que era un bohío lleno entero y mucho más, que el emperador
había mandado traer mucho más y más que llevaban sus
súbditos los indios de sus dominios, y que Pizarro no llegó
a cobrar. Tampoco llegó a liberar a Atahualpa, habiendo cobrado
del rescate lo que cobró, y le dio muerte. Por la cotización
del oro y plata de hoy en día el tesoro entregado por el rescate
de Atahualpa valdría unos cuarenta millones de dólares.
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En el Libro Primero de los Cabildos de Lima, Volumen Tercero,
año de 1888, páginas de 121 126, consta el Testimonio de
la Acta de Repartición del rescate de Atahualpa, otorgada por el
Escribano Pedro Sancho. La lista entre quienes se repartía el tesoro,
aparte de los quintos reales, comprende a 146 personas y a cuatro entidades,
a la Iglesia, al hospital de enfermos en Piura, a la expedición
de Hernando de Pizarro en pos del otro emperador inca contemporáneo
de Atahualpa, y otra cuarta para las deudas y los fletes de Almagro.
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Francisco Pizarro y Sebastián de Benalcázar
salieron millonarios en dólares actuales con el cobro de aquel rescate
del Año 1533 en Cajamarca.
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Pero allí, en su desdichada prisión, se le
escapó a Atahualpa decir que Quito era el lugar donde él
más oro había visto; al oírlo, sus conquistadores
buscadores se quedaron con la historia.
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Bien sabían los indios que la codicia de estos extranjeros
por el oro no tenía límites y que no se contentarían
con el bohío lleno en Cajamarca, ... y mucho más..., para
soltar al emperador prisionero. Por eso, y anhelando la forma de hartarlos,
del viejo reino quiteño comenzaron a acarrear oro hacia el lugar
en que estaba encarcelado su señor; más no llegó el
oro a tiempo porque la impaciencia de los carceleros era desmedida, igual
que su codicia.
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Los cronistas oficiales de Indias suelen manejar cifras que
para nosotros son inverosímiles. Tienen fama los andaluces y los
extremeños de ser exagerados; pero a quien estamos refiriéndonos
ahora no era andaluz sino madrileño y, en todo caso, fue enviado
a la conquista, como todos los cronistas, de parte del Rey, para dar fe
de todo cuanto acontecía por medio de escritos hechos de su puño
y letra. El cronista en cuestión es Fernández de Oviedo,
nacido en Madrid, persona culta y, en principio, fiable; pero sepamos lo
que cuenta: ...Sabida la muerte de Atahualpa y partido el Gobernador (Pizarro)
de Cajamarca para El Cuzco, vinieron muchos indios y arrasaron el pueblo
y no dejaron en él piedra sobre piedra, desenterraron el cuerpo
de Atahualpa y se lo llevaron y no se supo dónde lo pusieron. Se
supo y se dijo que el capitán Rumiñahui se fue con doce o
quince mil hombres de guerra y que llevó sesentamil cargas de oro
a Quito y a otras partes donde pareció mejor encubrirlo, que no
se ha hallado ni habido de todo ello sino muy poca cantidad.
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Es necesario un gran esfuerzo investigador para evaluar con
exactitud la equivalencia de estas sesentamil cargas de oro. Si echamos
la carga a cuatro arrobas (aproximadamente a esto por entonces en España
y según regiones) y estas a once kilogramos, el monto resultante
es desorbitado. Haremos otra estimación más prudente, no
por desconfiar de Oviedo sino por calcular a la baja, empleando otro método.
Si de esos doce o quincemil indios súbditos del Emperador, al menos
diezmil cargaban oro y se cargaban a sus espaldas como hoy lo siguen haciendo
sus descendientes, es probable que cada indígena transportara cuarenta
kilogramos; resultaría de ello un total de cuatrocientos mil kilogramos
de oro transportados. Cuatrocientas toneladas de oro. Al tener en cuenta
la pureza de ese oro como en un cincuenta por ciento de la del oro actual
de 18 quilates y al precio mundial del oro hoy, tal monstruosidad de riqueza
alcanza la cifra de tres mil quinientos millones de dólares. ¿Sería
posible una acumulación de oro como esta? Si lo fue, ¿esa
era la parte del rescate de Atahualpa que Pizarro pudo cobrar y no cobró?
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Los rumores de esta huida del rescate se hacen creíbles
por lo que sabemos de las muertes que Sebastián de Benalcázar
dio a unos cuantos indígenas para hacerles confesar; ... ¡y
no confesaron ni vivos ni muertos!
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Oviedo da noticia de otros hechos tan explicativos e incluso
más creíbles que su propio cálculo numérico:
....Se sabe de indios principales que preguntándoles si le quedaba
a Atahualpa más oro del que había dado a los cristianos,
tomaban un celemín o más de maíz y hacían un
montón de ello y de aquel sacaban un grano y decían: Este
grano es lo que ha dado Atahualpa de sus tesoros y lo que queda es eso
otro, señalando el montón con el dedo. Los americanos indígenas
también son dados a exagerar. Pero aquellas palabras del Emperador
preso eran bien claras: .... En Quito hay la mejor mina de plata, porque
sacan de ella más cantidad que en ninguna otra parte. Escribientes
de Pizarro tomaron buena nota de ello.
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¿Dónde pudieron esconder los indios súbditos
de Atahualpa, con su capitán Rumiñahui al frente, tal cantidad
de oro?
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—En algún abismo, sin duda.
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Sin pretenderlo, y sin darme cuenta siquiera, estaba encontrándome
con que el día y la noche de mi viaje se parecían tan poco
que me producían una extraña sensación de estar haciendo
dos viajes distintos. Ocupado en uno, que era mi trabajo, no podía
sustraerme al otro, ni por mi propia voluntad ni por la de los demás
del equipo que cada noche me incluían en la audición de los
relatos.
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Al día siguiente, después de que las manos
de Galina por segunda vez habían pasado sobre mí, dejé
de tomar las pastillas de vitaminas y las vacunas contra peligros de la
selva; era superfluo ponerme más defensas de las que ya tenía.
Los envases de comprimidos quedaron llenos encima del lavabo y en su lugar,
en el equipaje para el Oriente, metí el gel de baño de Rochas
para ducharme bajo la lluvia, en el campamento, si llegaba el caso.
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Son muchos los quiteños a quienes les suena la leyenda
de Llanganati.
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—¿Van por los tesoros del Inca? Nos preguntaban.
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Ya sabían que el equipo español de televisión
iría a la selva en el oriente. Ahora, en broma, hablábamos
de otra expedición a las montañas de Llanganati. Nunca los
comentarios que nos hacían sobre estas segundas intenciones fueron
faltos de ironía, porque es difícil saber hasta qué
punto creen y no creen en lo del tesoro escondido. Desde luego se tiene
noticia de los extranjeros que dejan sus huesos en las misteriosas montañas,
pero de los nativos, si desaparecen en ellas o no, no trascienden las noticias.
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Esta leyenda como otras, y más siendo antigua, de
siglos, de tiempos de conquista, está entremezclada con muchas más;
la de la iglesia de San Francisco, por ejemplo, la del indiano Cantuña,
la del tesoro en el Banco de Escocia,... Hay varias que tienen un tronco
misterioso común. Parte del laberinto creado ha sido la lengua quechua
- quichua en el Ecuador-, que ha pasado a nosotros con su terminología,
su nomenclatura y su toponimia sin traducir, y los nombres que en quechua
eran comunes han quedado en el castellano como propios para quienes desconocemos
su etimología; la otra parte del laberinto legendario viene creado
por la tendencia que las creencias religiosas tienen a mitificar historias
basándose en intervenciones milagrosas o satánicas.
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