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Lago
Agrio
donde los indios se llaman secoyas |
NOVELA |
©
Darío Herreros, 1990
©
EDYM, 1998
ISBN 84-604-1054-4 Depósito Legal
V-4185-1991 |
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9. El petróleo
El río Cuyabeno es afluente del Acuarico, y
este lo es del Napo, que desemboca en el que es ya Amazonas, cerca de Iquitos.
Otros doscientos ochenta ríos le tributan sus aguas al Amazonas,
por eso es el más caudaloso de La Tierra, en una cuenca que ocupa
más de siete millones de kilómetros cuadrados de la parte
más ancha de Sudamérica.
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Al regreso del viaje al interior de la selva desembarcamos
en el mismo lugar en que habíamos embarcado a la ida. Era obligado.
Allí mismo nos esperaba Valentín con su viejo autobús
para llevarnos a Lago Agrio. No sé si porque era de mañana
o porque era de vuelta, vi el mismo lugar con una apariencia distinta;
ya me daba la impresión de que eran alrededores lejanos de un lejano
poblado. Continuaba haciendo el mismo sol limpio que nos despidió
a la salida del campamento.
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Esta vez reparé en el cartel que había sobre
el puente del río y que antes no había visto completo, como
si no hubiera estado escrito ya:
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La capital de este cantón y de esta región
es Lago Agrio. Hacia él retornamos mucho más pausadamente
que en el viaje anterior; el paisaje no estaba enmohecido de lluvia y parecían
más próximas a nosotros las viviendas que se sucedían
a lo largo de la carretera. Pintadas y carteles electorales, rótulos
de ultramarinos, bares, clubes, boutiques (?) y establecimientos sin catalogar;
niños, viejos, motocicletas y camionetas ómnibus; una larga
muestra de indicios de vida prematura y descuidada. Cuando esta serie paralela
a la carretera se interrumpía era porque su espacio lo ocupaba el
oleoducto, el cañoneo de crudo de los pozos dirigido a los depósitos
de Lago Agrio. En todos estos bares, con comedores y mesas de billar, hay
chicas lindas, con su color moreno bronce, exultantes de música
pop de transistor y Pepsi-Cola; reúnen en su cuerpo la frondosidad
de la selva y la que procede de los sueldos de los petroleros.
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En una parada por este camino se nos quedaron Melitón
y su compañera Manuela; bajaron del bus con sus bolsos y cajas de
víveres y regalos de nuestra parte. Me supo a poco el beso de despedida
a Manuela; una mujer así exige un abrazo entero. Desaparecieron
por el sendero hacia su casa, su granjita de chanchos, su hacienda selvática.
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Ahora que marcha Manuela, caigo en la cuenta de que me lleva
el silencio de cosas suyas que yo quería saber. Durante diez días
vivió con nosotros fregando los cacharros, lavando todos los platos
y quitando el negro de humo a todas las sartenes. Sin embargo nada más
que saludos le dirigí y saludos me respondió.
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Intuí en Melitón el tipo de hombre que a fuerza
de vivir en soledad acumula dentro de sí mismo el carácter
múltiple de varios personajes imaginados y con los que le falta
convivencia. El bregador nato que era, esforzado, incansable, acero puro,
se transformaba en violento por la bebida; machista a ultranza, guardián
celoso de su costilla, escoltaba incluso sus miradas; pero dominado era
infantil; silencioso ojo avizor como el de las serpientes. Melitón
y Manuela. Pareja. Manuela y Melitón. Físicamente eran tan
iguales como mellizos. Dos árboles sin corteza, de fibra leñosa
y encerada, de tendón de buey. De tener todos los dientes, Manuela
partiría con ellos la cola de un caimán; una hembra para
sembrar en ella un campo entero. A los dos les sobraba toda la ropa. Son
de esos seres humanos que han transgredido las costumbres del paraíso
terrenal donde nacieron y que llevan a cuestas una condición a la
que permanentemente están rebelados.
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Siendo como era Melitón el obediente de Osvaldo, el
jefe guía, era también, saltaba a la vista en él,
la reencarnación de ese espíritu rebelde que tantas veces
aparece, se esconde y reaparece en la historia americana, el insurgente
nativo, el llanero o montaraz, el cimarrón que se alza contra lo
que está encima de él y puede aguantar peleando días
y días sin descansar ni para comer. Manuela era una bandera de República.

El 29 de marzo de 1967 brotó petróleo en la primera
perforación del pozo Lago Agrio Nº 1,
de TEXACO-GULF. (Fotos
cortesía diario EL COMERCIO, Quito).
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En el Ecuador hay vestigios históricos de petróleo
desde antes del siglo XVI. Los indios utilizaban productos bituminosos
y, posteriormente, las conquistas españolas dan testimonio de ello.
Los rezumaderos naturales en la península de Santa Elena, en el
litoral, eran aprovechados para la impermeabilización de embarcaciones
y para lámparas. Incluso en este siglo XX se llegaron a conocer
pozos excavados manualmente y posteados con madera para evitar el derrumbe.
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Es pues desde muy antaño que el soniquete petrolero,
ese nuevo Eldorado tan fascinante como el viejo, viene oyéndose
en este país. Por situarlo en el contexto mundial, recordar que
es en 1859 cuando brota petróleo en Pennsylvania y que en 1882 Rockefeller
funda la Standard Oil Company. Aquí, en Ecuador, el geógrafo
Manuel Villavicencio publica en 1858 un estudio en el que textualmente
dice: Se aprecian cantidades notables de asfalto y alquitrán en
el lecho del río Hollín y en los manantiales salitrosos de
la cordillera del Cucutá.
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El título de la concesión que la República
del Ecuador otorga en el año 1878 a favor del señor M. G.
Mier Y Cía. dice: ..... para que pueda extraer de los terrenos
comprendidos en la jurisdicción de la parroquia de Santa Elena toda
especie de sustancias bituminosas que en ella se encuentran, como petróleo,
brea y querosina. Pero es pasada la primera mitad del siglo XIX cuando
se consolida su explotación industrial. En 1919 se funda en Londres
la Anglo Oilfield Limited para explorar estos yacimientos y otros en la
costa; en 1923 la empresa ya se había establecido en Guayaquil y
al año siguiente localiza yacimientos explotables. En 1929 tenían
concesiones directas o indirectas en los campos costeros, además
de la Anglo, la Lobitos Oilfield Ltda., la South America Gold and Platinum
Co., y la Wilne Williamson Co., la Petropolis Oil Company, Juan Xavier
Marcos, Ecuador Oilfields Limited y la Manabi Exploration Company.
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Sin embargo todo este pujante principio, llega el año
1967 y la Anglo proclama que los yacimientos de Santa Elena ya no son rentables.
Por otro lado, ese año ya, la misma compañía posee
en la Amazonia del Ecuador una concesión de más de tres millones
de hectáreas.
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Huele a petróleo un viento nuevo que sopla de otra
parte: la selva.
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En 1921 otra compañía extranjera, la Leonard
Exploration Company, de N.Y., había obtenido una concesión
de veinticinco mil kilómetros cuadrados.
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Otra de diez millones de hectáreas poseía la
Shell desde antes del 1940; en 1948 la devolvió al estado porque
no encontró petróleo.
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Oriente es un mito; dijo el presidente Galo Plaza.
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Pero en 1964 el consorcio
TEXACO-GULF se instaló en
la región amazónica sobre una concesión de un millón
y medio de hectáreas. La trayectoria de operaciones es ininterrumpida
hasta hoy. El 29 de marzo de 1967 brotó petróleo en la primera
perforación del pozo Lago Agrio Nº 1, de TEXACO-GULF.
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Puede decirse que hasta este día la selva amazónica
del Ecuador, el Oriente ecuatoriano, había permanecido virgen; esta
primera sangría, bautizada Lago Agrio N11, significó la pérdida
de su virginidad y el principio de una gestación que no ha llegado
a término, ni siquiera tiene plazo.
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El 17 de julio de 1970 se firma el contrato para la construcción
de un gran oleoducto transecuatoriano, entre el consorcio TEXACO-GULF y
la Willbros.
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En el mes de julio del año siguiente se abre la carretera
de Puerto Francisco de Orellana (Coca) a Lago Agrio; en octubre otra carretera
que es paralela al oleoducto Puerto Francisco de Orellana - Quito. Cuatro
meses más tarde, una tercera, de Dureno a Shushufindi. En total
trescientos cincuenta kilómetros de carretera en medio de la selva
y
en menos de año y medio.
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Hasta el año 1967 hay varios capítulos de una
muy truculenta historia petrolera del Ecuador –que resulta ser la víctima
permanente de la pésima política suya y de la exorbitante
avaricia de los demás–. Hay algunos chanchullos de dimensión
internacional que parecen de ciencia-ficción.
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Para 1972, es decir en vísperas de la primera crisis
mundial del petróleo, casi la séptima parte del territorio
de la República del Ecuador, más de cuatro millones de hectáreas,
eran concesiones petroleras en manos de compañías extranjeras,
tanto en la Amazonia como en el Litoral, y entonces se dio el milagro:
el gobierno de la república fue capaz de dar a luz, el 23 de junio,
la llamada Corporación Estatal Petrolera del Ecuador, CEPE, como
entidad ejecutora de una política nacional para los hidrocarburos.
En 1971 la producción nacional de petróleo fue de 1.354.389
barriles. En 1972, 29.000.000 de barriles. Había terminado la época
del petróleo barato, de a menos de 2 US $ el barril, época
durante la cual en Ecuador costaba más producir petróleo
que comprarlo al exterior. Súbitamente, en 1973, el precio se coloca
en 12 US $ por barril; pero todavía hasta iniciados los años
ochenta el gobierno mantiene y fomenta el consumo interno a base de un
precio irreal de los combustibles; una paradoja ecuatoriana más.
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Con la puesta en marcha de
CEPE, el sector petrolero adquiere
una increíble importancia en la economía del Ecuador. Mientras
en 1971 las exportaciones de este producto valieron 1,2 millones de US
$, en 1972 llegaron a 326 millones de US $, y para 1981 saltaron ya a 2.540.000.000
de US $. En términos de porcentaje, estas exportaciones significaban
apenas el 0,6% del total de las ventas al exterior en 1971 y tres años
después eran del 62%. Sencillamente se trataba de otro país,
otro Ecuador muy distinto. Pero no pararía ahí, porque en
el 84 este monto porcentual llega a ser del 70%.
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| En 1986 Ecuador es el quinto país de
América Latina en orden de producción de petróleo,
con una media de 300.000 barriles diarios; le anteceden
Brasil con 450.000 bd., Argentina con 470.000
bd., Venezuela con 1.800.000 bd., y México
con 2.800.000 bd. |
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A la segunda mitad de los ochenta,
CEPE va
a financiar el 50% del presupuesto nacional del Ecuador. Con su actividad
ingresa 1.250.000.000 US en divisas. |
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Tanto la ley de creación de la Corporación
Estatal Petrolera del Ecuador, CEPE, de 1972, como la promulgada en 1988,
van encaminadas a introducir paulatinamente la sociedad ecuatoriana en
el entramado de la industria petrolera; primero en el plano político,
asumiendo el Estado la decisión de controlar los negocios del petróleo;
en segundo lugar, incorporándose a la industria misma como parte
empresarial: Así se formó el consorcio, ampliado, TEXACO-GULF-CEPE;
y finalmente TEXACO-CEPE, cuando esta compra las acciones de la
GULF. El
tercer paso de esta política es el más largo pero el de mayor
importancia. Una vez que es mayoritaria en el consorcio, CEPE va introduciendo
mano de obra y técnicos ecuatorianos dentro de la industria, de
la investigación y exploración, la explotación, el
transporte y el refinado; esto trae como consecuencia que la sociedad ecuatoriana
se conciencie de la gran importancia que las reservas de petróleo
tienen para el país. Presumiblemente, a primeros de los 90, el Ecuador
será dueño único de su riqueza petrolera. Sin embargo,
el crecimiento ha sido tan rápido que está desfasado, con
mucho, respecto al ritmo seguido en el repartimiento de esta riqueza. Y,
sobre todo, lo más grave en principio es que los manantiales del
oro negro están inundando la Amazonia de inmundicias que se depositan
apresuradamente, porque tal precipitación en producir y vender está
siendo desconsiderada con otros aspectos de la cuestión. Basta con
echar una mirada a esas viviendas de madera que se sostienen vacilantes
en unos cuantos postes sobre el suelo, para sentir la desesperanza de unos
junto a la obcecación que otros tienen por el oro viscoso y negro.
La sola riqueza de un sector social no puede erradicar el raquitismo de
otro sector social mucho más amplio.
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En el caso de la explotación petrolera en la Amazonia
ecuatoriana, tal como se empezó a hacer y sin que la corrección
haya llegado todavía, los claros que el petróleo deja no
son también pozos negros, porque el suelo desnudo de la explotación
es de inmediato una gran mancha de crudo. Cada poblado que nace es bautizado
con el nombre del campo que lo rodea: Lago Agrio, Bermejo, Cononaco, Libertador,
Cuyabeno, Guaramo, Sonsahuari, Sachas, Palmeras,...
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Para los índices de población que son comunes
en este país, podría decirse que ciertas zonas del callejón
interandino estaban demasiado pobladas, sobre todo las tierras de cultivo
excesivamente divididas. Cuando aparece petróleo en el Oriente todos
quieren venir aquí, renegando de su miseria, a coger una porción
de la riqueza que, se supone, está desparramándose por la
selva. En el 67 nace Lago Agrio Nº 1. En el 68 y 69 esta efervescencia
petrolera coincide con una gran sequía en la región agrícola
de Loja, al sur del país. Se ha iniciado ya la construcción
del oleoducto que requiere mano de obra con premura. A bordo de un avión
del ejército llegan los primeros treinta lojanos huyendo de la sequía.
En pocas semanas ciento cincuenta familias se han instalado en la zona
petrolera, quizás definitivamente; ya son un nuevo pueblo, la Nueva
Loja, que posteriormente termina llamándose Lago Agrio; y aquí
esta hoy, veinte años después de su fundación, todavía
se trata de un pueblo que no lo es; es un lugar de paso, una posada, una
fonda; comedores, bares, clubes de chicas que se dedican a quitarles a
los jornaleros la costra de petróleo que llevan encima, un hotel
de turistas y comerciantes en tránsito,... Lago Agrio es el pueblo
de la esperanza impersonal; lo que perdura en él es el olvido porque,
sencillamente, la riqueza no hace más que pasar por aquí.
Al lado de la ciudad, pero convenientemente separado, está el campamento
de los gringos de TEXACO, pueblo-jardín de inmaculado césped
y televisión de satélite; el pueblo de una multinacional.
Selva adentro, por los ríos San Miguel, Cuyabeno, Acuarico, Coca,
Napo, Pastaza, Santiago, están viviendo los selvícolas descendientes
de los antiguos Aguaricos, Cofanes, Icahuates, Moyorunas, Quijos, Secoyas,
Sionas, Payaguas, Yaguas, que fueron numerosos y que hoy no son más
de lo que es su escasa supervivencia.
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