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ÍNDICE DEL LIBRO
01. Un poncho entre los Andes
02. Llanganati
03. Chivito, Cantuña y Rumiñahui
04. Los Ati y el derrotero del padre Valverde
05. Costales o el Apu de Cochasquí
06. Galina y el Valle del Guápulo
07. Lago Agrio
08. Un lugar en la selva amazónica
09. Petróleo
10. El Guasmo y la seda
 
 
 

Lago Agrio

donde los indios se llaman secoyas

NOVELA

© Darío Herreros, 1990 © EDYM, 1998
ISBN 84-604-1054-4  Depósito Legal V-4185-1991

8. Un lugar en la selva amazónica

Día 1 de mayo

Partimos de Quito a las 11:00 horas, después de sucesivos retrasos de la compañía. Volamos cuarenta y cinco minutos sobre las sierras de los Andes ecuatorianos hacia los pozos de petróleo de la TEXACO y CEPE; es el nuevo oro de este país.

Tal como dice García Márquez de otro lugar, también aquí "vinieron los gringos", pero no a las plataneras de la ciénaga en el Caribe sino a sangrar las profundidades de la cuenca amazónica, con sus carros de lujo, sus boleras americanas y sus parabólicas de siete metros.

En el aeropuerto de Lago Agrio llovía para que los ríos fueran navegables y atravesamos la pista corriendo hasta llegar al portal - embarque de los no-yankees-texacos. Una camioneta nos dio cobijo y traslado de dos horas o tres a lo largo de oleoductos. 

En el río Cuyabeno nos esperaban dos piraguas.

Río abajo, a algo más de veinte nudos, la felicidad se abre delante de mí. Te quiero en este estado puro, en esta verdadera selva espiritual.

Terminaba de escribir estas notas en mi diario a las diez y media de la noche, en el campamento, a la luz de la linterna, sentado a la puerta de mi tienda. Estaban escritas con la intención de enviarlas a mi mujer tan pronto llegara yo a un buzón de correos.

Hacia las cuatro de la tarde, habíamos llegado con el autobús hasta un punto en la carretera en que ya no pude dormir más. Un pequeño bohío, levantado del suelo sobre pilotes, como todos, y apartado un trecho de la pista. Un puente de gruesos maderos redondos sobre el río, sin barandillas, partiendo su meandro por la mitad, de forma que no se vea de dónde viene el agua ni a dónde va –la superficie de esta selva es tan plana que a los ríos les hace dudar de su cauce–; un cartel junto al puente: Zona petrolera de Cuyabeno.

Todos nosotros, más los dos indígenas que nos estaban esperando, trasladamos la carga de la camioneta a las piraguas con gran rapidez. Podría volver a llover en cualquier momento y resultaría ruinoso tener nuestros equipos de cámaras bajo esa lluvia torrencial; nos dábamos mucha prisa en la faena para que el aguacero no nos sorprendiera; así y todo se amarraron gruesas lonas sobre el material una vez instalado en las canoas. Los constructores de estas son los sabios selvícolas cuya ciencia consiste en comprender a la naturaleza y dar de ella una versión aplicada a su utilidad. Once o doce metros de eslora y ochenta centímetros de manga, medio metro escaso de calado y un Yamaha robusto y ágil en cada una de ellas.

Los troncos de los árboles secos, desnudos de sus ramas, van río abajo sin que otros árboles caídos los detengan, ni la estrechez de los caños ni la espesa maleza de las márgenes los amarre; siempre abren con la punta el camino para seguir deslizándose longitudinalmente y giran en las curvas del río con la misma prontitud que lo hace la corriente. A ese tronco que flota, los selvícolas le han vaciado su interior y afilado los extremos para hacer la popa y la proa. El motor fuera borda consigue que ese tronco que flotaba espontáneamente sobre el agua sea ahora una flecha hueca rasando la superficie del río, con la destreza con que los indios las dirigen.

La densa vegetación acelera el ritmo al que cae el crepúsculo; los árboles tan altos, el río que discurre silencioso en su cauce oscuro, hacen que anochezca rápidamente nada más se va el sol.

Yo no hubiera podido nunca conducir la piragua tan veloz por este camino y menos en la penumbra como ellos lo estaban haciendo. Más tarde me di cuenta de que los pilotos indígenas conocían el trayecto de memoria, sin que hubiera una sola indicación y sin que necesitaran de ella.

De vez en cuando, árboles enteros estaban inclinados sobre el agua y servían de pasarela gratuita para los monos; los que cerraban el paso de las canoas habían sido cortados ya a hachazos, aunque seguían siendo un peligro de tropiezo con las embarcaciones o con la cabeza de sus viajeros. A pesar de que los pilotos sorteaban estos obstáculos con mínimas precauciones, aparentemente, no tuvimos ni el más insignificante percance.

Eran las 20:45 h cuando redujeron la marcha de los motores.

El cielo, aunque sin llover, se había quedado cubierto y encapotado de nubes. Resultaba imposible saber cómo era el paisaje donde nos deteníamos, pero se adivinaba un ancho espacio de agua todavía más oscura por la opacidad de la noche.

Unas lucecitas amarillas, dos o quizás hubiera más, se vislumbraban ligeramente elevadas y hacia la derecha; por un recodo de agua nos pusieron de cara a ellas: Este era el campamento, nuestro destino. Pero ni una sola voz salía de aquellas luces. Yo, como ser primitivo de sociedad de consumo, inconscientemente esperaba oír de allí el sonido de alguna radio y hasta el parpadeo de algún televisor; pero de esto menos aun que de voces. Las únicas que se oían eran de sapos, de las mil familias de sapos que pasan la noche entera de parranda.

Cuando oímos la primera voz humana era en quichua, porque pertenecía al único habitante del campamento que nos estaba esperando y que hablaba con los indios de las canoas. Era Melitón, quien resultó no ser indio sino mestizo, y que es un tipo antropológico adecuado para catalogarlo como pieza de museo.

Por peldaños de madera enterrados en el suelo se subía el ribazón desde el embarcadero hasta el campamento, cinco o seis metros sobre el nivel del río. Con la poca luz existente se podía distinguir que lo formaban dos construcciones de madera en exquisita arquitectura amazónica: Dos cabañas rectangulares con techo de palma a dos aguas, suelo de tablas gruesas, sobre pilotes, elevado por encima de la tierra tal vez un metro en algunos tramos; sin paredes, con barandas de madera y con corredor saliente de esta baranda en una de las fachadas; a cada paso que dábamos, era inevitable la curiosidad por ver cuanto antes cómo era el entorno.

Se instaló el pequeño grupo electrógeno que nosotros habíamos alquilado y en veinte minutos ya teníamos luz eléctrica cuando nos sentamos a la mesa para cenar en la cabaña principal; en la otra estaban montadas las tiendas para dormir y se llegaba a ellas por un pasillo de tablas.

¡Qué buena sabe una taza de café caliente, de noche, en un campamento en plena selva, recibidos amistosamente por los nativos del lugar! 

Así di con mis huesos cansados en la puerta de mi tienda. Tenía, dentro de mí, abierto el signo de admiración más grande que jamás he tenido. Daba gracias a Dios con todo mi entusiasmo por hacerme partícipe de esta vida tan hermosa y de esta experiencia tan rica. 

La segunda pared de la tienda de campaña, la interior, era una tela de gasa tan tupida como para no permitir más que el paso del aire y ni el insecto más diminuto; el cierre de cremallera era perfecto. Mi compañero dormía ya cuando yo entré en ella. La humedad cálida del ambiente iba a empaparnos el sueño.

Parque Nacional de Cuyabeno, que incluye las grandes lagunas de este río, afluente del Acuarico y subafluente del Napo, Marañón, Amazonas. Este parque nacional es el territorio de los actuales indígenas sionas-secoyas. Junto a la Laguna Grande hay una barbacoa, construcción al estilo selvático, donde nuestro equipo acampara durante la filmación en este lugar de la Amazonia. (Foto del autor).

 

Martes, 2 de mayo.

 

Aquí nadie podrá dudar que tenga la vida a su favor. Esta vida consiste en respirar el instante profundo y místico del encuentro de la luz con la oscuridad, del olor del aire y del agua. Cada hoja de los árboles tiene escrito un mensaje que es comprensible en todos los idiomas del mundo: Soy un ser vivo. 

Anoche me resistía al sueño por seguir oyendo esta ronda nocturna y gratuita que la selva me ofrece. Seres diminutos y primitivos tienen una voz de alta escuela y cantan sin desviarse de su tono, porque o cantan bien o no cantan.

Nos hemos levantado a las seis de la mañana para desayunar y trabajar inmediatamente. Te escribo mientras navegamos por esta selva de árboles y de ríos; vamos en silencio para registrar limpio el sonido ambiente; los de cámara no cesan de rodar metros y metros de película; el realizador está encantado y supongo que el señor Eastman lo estará más todavía con el gasto que le hacemos. A mis espaldas se encuentra Israel, un muchacho indígena de diecisiete años, mirando la selva con ojos comprensivos; yo con los míos admirados. Vamos en la piragua fueraborda que pilota Rogelio, el indio con la sonrisa grande; siempre sonríe para escuchar.

 

Mi primer día de vida en el paraíso.

Río abajo alejándonos de la Laguna Grande hacia la comunidad de Puerto Bolívar; indios sionas-secoyas; aproximadamente a 0º de longitud sur.

Hay mariposas con vestidos azules recién estrenados y planeando sobre el río de una orilla a otra. Hay monos voladores, enormes árboles caídos al agua, tucanes cantando en las ramas. 

9:15 horas. Sol nublado.

Las piraguas, hechas de una sola pieza, son el tronco del árbol llamado chuncho. Rogelio pilota una de ellas y su hijo William pilota la otra. El chico tiene trece años. Sigo inflándome a respirar este aliento selvático que curó mi pituitaria nada más llegar.

15 horas. Pleno sol.

Regresamos río arriba hacia la Laguna Grande de este Cuyabeno oscuro. Guardamos la margen derecha, por la sombra, ya que el sol manda un calor despiadado. Voy sentado delante del anciano chamán, abuelo de veintidós nietos en la ribera del río (y del nieto número veintitrés que nacer esta tarde o mañana). Hemos almorzado en su casa, y con su familia, la comida que nos prepararon nuestros guías. Al pie del río, Vitoriano ha mandado cortar un haz de ayahuasca para la ceremonia de mañana en nuestro campamento; veremos el efecto que la liana mágica produce en nosotros.

Una nutria corre por la tierra a esconderse bajo el agua por no vernos pasar. Pido perdón a los indígenas por haberme retratado con ellos; pero quiero agradecerles que se pusieran conmigo en la foto; darles las gracias a esos niños y señores, habitantes de las riberas del Acuarico, que me dignificaran con su compañía en ese testimonio gráfico de amistad; los amaba de forma espontánea y los recordaré siempre con cariño y con un profundo y total respeto a su dignidad.

 

Habíamos encontrado a Vitoriano en una curva del río, a bordo de una piragua más pequeña que la nuestra. En ella viajaba una joven pareja de indígenas con un bebé en brazos que, parece ser, llevaban a Lago Agrio para consulta médica.

Oír el rumor de una motora en el río es ya parte de una conversación; más pronto o más tarde esa motora se llegar a ver; por tanto, el coloquio, o al menos el saludo, está asegurado ya. Pero no hay dos barcas que sean del todo iguales, ni iguales dos motores, porque los indios no los compran por docenas sino de uno en uno, así es que cada motor suena diferente y ya con su rumor identifica a su dueño. Ese es fulano, que va a Puerto Colón, o mengano que va al campamento católico.

Todos los viajeros del río se conocen por el ruido que producen en la selva. Así es que cuando apareció Vitoriano ante nosotros, su hijo Rogelio y su nieto Willy ya lo habían visto venir, nosotros no. Fueron hechas las presentaciones del patriarca a nosotros y de nosotros ante él con un protocolo lento, pausado, equilibrado de familiaridad, gentileza y respeto.

Saludarse a bordo de una piragua requiere un aplomo especial, porque hay que demostrar entusiasmo y guardar equilibrio a la vez.

Yo no conocí la identidad de Vitoriano hasta minutos después de haber apretado su mano; así es que tuve tiempo de conjeturar sobre este personaje que apareció en el remanso del río. Nosotros salíamos de la sombra bajo los árboles, de un caño más estrecho, y ellos estaban a pleno sol, con el motor parado, esperándonos. Ni en ese momento ni después de convivir varios días con esta familia nos fue posible cifrar con exactitud la edad de Vitoriano; por su fe era nacido en el año once, pero contaba por números de uno en uno y no por cantidades; su edad decía siete ocho, sin embargo todos le echábamos veinte años menos.

Vestido con la cushma blanca estaba resplandeciente sentado, como apareció, en el centro de la piragua. Llevaba sobre la cabeza una coronilla de flores trenzadas. En tanto que estuvimos algunos metros separados, Vitoriano era una princesa india; al acercarnos y ver ya su rostro curtido, era una reina; al verlo de cerca, por fin, y oírle hablar, para mí era el dios de los secoyas, la vara primitiva de la estirpe, el tronco divino de su raza.

Tanto sol puro, tomado sin diluir, directamente del inmenso azul del cielo, produce un éxtasis permanente al no poder evitar la contemplación de la exuberante belleza de la selva. Vitoriano andaba divinamente por el río.

Hay otras familias de indios que utilizan la cushma o cushma como prenda de vestido común. Los sionas, los taitetes y los cofanes. Es una túnica de algodón de origen quechua. Todos los cushmas se han asentado en los afluentes del río Acuarico.

En el siglo XVI, cuando los españoles que se comían el mundo llegaron aquí, la población de los secoyas alcanzaba tal vez la cifra de cinco mil habitantes; es un cálculo deducido de las relaciones geográficas que los misioneros hicieron desde mediados de ese siglo XVI. Hoy los secoyas pasarán poco del centenar, probablemente no más que la familia de Vitoriano, pobladora difusa de un tramo en la ribera del río Cuyabeno. No son los secoyas una gran nación, no lo fueron nunca. Tribus vecinas fueron más poderosas. Los cofanes, por ejemplo, tienen una historia más nutrida; si bien hoy están igualmente en el punto crítico de la supervivencia, cuando llegaron los jesuitas en 1569 eran más de cincuenta mil.

 

Con Vitoriano a bordo de nuestra piragua continuamos Cuyabeno abajo, hacia puerto Bolívar, cuando apareció en el cielo una nube inventada de la nada y en unos instantes el cielo se vio encapotado.

Cuando llueve, el indio se pone sombrero y acaso levanta algo la vista para saber exactamente cuánto va a llover; la lluvia no le concierne. Los que somos urbanos y no selvícolas nos preocupamos de inmediato porque llueve, porque nos contraría, nos molesta que nos moje, lo comentamos, lo discutimos, lo difundimos con críticas de por qué llueve y por qué no, nos quejamos y, en definitiva, nos cambia la cara. El indio, sencillamente, deja llover.

No habíamos rodado cincuenta metros de película con luz de día nublado cuando volvió a salir el sol. Entrábamos en un ensanche del río y un meandro más en cuyo codo la selva se entreabría. Dos pequeñas piraguas sin motor estaban amarradas en la orilla opuesta. Allí arriba unos niños cuidaban un rebañito de chanchos del mismo color del Cuyabeno. Se trata de una pequeña hacienda donde vive otra familia secoya, otros hijos y otros nietos de Vitoriano.

Pienso cómo vivirán aquí estas gentes, en esta finca sin límites que es su selva alrededor de su casa. Cómo viven cuando no estamos nosotros, visitantes ocasionales, tan extraños a su vida. Cómo serán el silencio y las voces en este poblado de un solo vecino; cómo oirán la lluvia sin que nada rompa el ruido del goteo en las hojas de los árboles; cómo será el rumorcillo del Cuyabeno lento. Quiero pensar cómo se vive solo en medio de la selva amazónica.

El machete es la herramienta multiuso en la hacienda de los secoyas. Con él se desentierra la yuca, que está casi a flor de suelo; se corta el racimo de banano; se limpia de hierbas y arbustos el camino. Con el machete se hace la matanza del chancho. Ni siquiera un arado hay en esta granja tan peculiar, el más arcaico apero de labranza, que demostraría un punto de contacto entre sus costumbres naturistas y las nuestras agrícolas.

Pero en el río, afuera borda de las piraguas, están los motores Yamaha evidenciando la verdad de que los productos japoneses, en esta punta del segundo milenio D. de C., son los valores más universales.

Sí tienen los secoyas, como nosotros, la misma lengua del español transoceánico, además de su propio quechua.

Al mediodía todos los atisbos de nubes se habían deshecho y, en los claros de sol que los árboles han dejado en torno a la casa, el calor volvió a amenazarnos.

Vitoriano tenía su vivienda en esa misma margen del río, la derecha, veinte minutos más abajo. Nos la ofreció gentilmente como refugio de sombra para el almuerzo. La edificación es enteramente de madera, sin cimientos, clavada en la tierra con gruesos troncos sobre los que se fijan las vigas maestras: Dos alas rectangulares y perpendiculares entre sí. Toda la casa es una balconada porque solamente una pequeña porción tiene paredes completas, la dedicada a pernoctar, y el resto es abierto, con baranda nada más, entre el techo de palma y el piso de tablas gruesas. Una parte de este piso está dedicado a cocina; sobre altillo de barro la lumbre de leña a fuego abierto, en el borde de la baranda para que los humos escapen fuera –si el viento es a favor–. Bien es verdad que la vida en la selva, tan amistosa como es, incluso en el clima, no necesita mejor refugio que este; pero es preciso que uno se sienta muy puro para saber vivir en tan puro estado de naturalidad.

Nuestro guía Osvaldo y su intendente cocinero Fernando son tan diestros que en cualquier sitio improvisan un suculento yantar. Las copiosas ensaladas de atún, la carne asada, los fiambres, las frutas y las cervezas frías. Si no hubiera moscas en este planeta, casi todo él sería un paraíso terrenal.

Vitoriano nos muestra las cercanías de su selva doméstica. Los árboles de café tienen un fruto tan grande como huevecillos de pájaro. Las plataneras, allí mismo plantadas por Dios. La yuca crece sola. Las guabas, una especie de algarrobo, tienen vainas de casi medio metro de largas.

En la misma casa de Vitoriano habita Israel, el menor de sus muchos hijos.

Este chico desborda salud y bondad. Está casado y su mujer, más joven que él, se encuentra en vísperas de dar a luz por primera vez. Terminado el almuerzo, Israel cambia la cushma blanca por el jean y la camiseta y sale con su canoa Yamaha y la futura mamá a bordo río arriba a Lago Agrio. Un secoya más va a nacer mañana junto a un pozo de petróleo, al lado de un aeropuerto escuálido, en un pueblo fantasma que recibe los canales de televisión norteamericanos vía satélite. Un secoya va a nacer, hijo de secoyas habitantes de la Amazonia; va a nacer en un tiempo más impreciso de definir que su ascendencia.

 

 

Martes, en la noche.

 

Ha finalizado el día muy cansado. 

La noche está descubierta con todas las estrellas sobre el campamento.

 

 

Miércoles 3 de mayo.

A las seis treinta de la mañana hay un sol acostumbrado ya a los amaneceres espléndidos. En el agua de la Laguna Grande se reflejan acuarelas del cielo, que han estado pintándose solas durante la noche. Por la bocana de la laguna, río abajo, pretendíamos adentrarnos silenciosamente en la selva, desde la piragua, para conocer de cerca sus pobladores que viven en exquisita libertad. En los alrededores los riachuelos son innumerables, tan estrechos y sinuosos que parecen rizos de agua sobre el grueso verdor. Las avenidas fuertes inundan grandes extensiones y son capaces de derrumbar los árboles gigantes que crecieron orgullosos durante años y años; están acostados ahora en la panza del río con su expresión esquelética; mueren los troncos para dar vida a los hongos; y otras ramas, extrañas a ellos, nacen a sus expensas, varias especies en cada árbol.

Desde esta mañana sé, con más experiencia ya, que la selva encierra un inagotable secreto y solamente la larga vida en ella te lo da a conocer. Si yo navegara solo por aquí no vería nada; el aturdimiento de mi soledad me ensordecería y me cegaría durante días y tendría que pasar mucho tiempo para que mis sentidos se acostumbraran a este mundo. La unión con mis compañeros y, sobre todo, el contacto con los nativos me anticipan la percepción de cosas que de otra forma yo seguiría ignorando. Para ser yo capaz de vivir aquí sin auxilio de los demás, tendría que morir antes.

El jueves, día cuatro, hicimos una marcha a través de la selva para sentir su vida bajo los pies y encontrarnos los árboles cara a cara. Huele a incienso, a alcanfor, a caucho. A lo lejos se oye una conversación de monos en voces muy altas. Las lianas son de verdad, colgadas con sus músculos tensos desde las ramas; se puede viajar por medio de ellas pero no antes de haber hecho un largo entrenamiento. Vitoriano conoce cada planta y sabe un nombre y un uso para todas ellas. Rogelio fabrica una flecha con dos golpes de machete; tiene la precisión de esta herramienta innata en sus manos.

A la vuelta de esta caminata, Willy nos ha querido asustar encaramándose a la copa de un árbol. Es la primera vez que los indígenas nos sorprenden con alguno de sus trucos selváticos; a nosotros nos hubiera gustado soportar más bromas de este tipo. Melitón, que es muy grande pero conserva muchas cualidades de pequeño, también ha jugado a escondernos las canoas. Quizás este amago juguetón, este escarceo de grupo, sea por su parte un galanteo hacia nosotros, un juego de su sociedad que intenta, a propósito, dar muestras de acercamiento hacia otro grupo social que ha llegado a ellos amistosamente; puede que fuera una sutil invitación a quedarnos con ellos más tiempo. 

 

Calzábamos gruesas botas de goma hasta la rodilla, con pantalones vaqueros, protegiéndonos contra la supuesta hostilidad del terreno. El viejo chamán, en cambio, caminaba descalzo y tan despreocupado como lo haríamos nosotros sobre la moqueta del hotel. 

 

Se tiene la idea de que la selva es justamente el polo opuesto a la civilización; y nada más. Que sus habitantes son una jauría de seres primitivos a quienes el fango y el desorden vegetal los impide evolucionar y progresar. Que los seres vivos de la selva son seres salvajes y los humanos selvícolas son salvajes sencillamente. Con este prejuicio te esperas que la selva te sorprenda con su feracidad dañina, con sobresaltos bestiales, con fieras asesinas, con insectos descomunales, con reptiles diabólicos y, a ser posible, con caníbales también. Pocos se imaginan caminar por la selva sin que un temblor constante recorra su cuerpo. Sin embargo, nada tan lejos de la realidad como esta imaginación. 

Otra sorpresa de la selva es su intimidad infinitamente acogedora, el silencio imperturbado por ningún escándalo, la fragancia de las cosas que exhuman su verdad original y la luz imposible de ensombrecer. En este silencio de la Amazonia las voces de los animales son tan claras que con poco estudio uno puede ponerse a traducirlas. Pero es preciso convivir con ellos para percibir, un día tras otro, lo que nos transmiten de su vida. Ellos no se abalanzan sobre él ni para devorarte ni para asombrarte con su exotismo. Los monos tienen su intimidad en las copas de los árboles, una familia aquí y otra lejos; los caimanes viven en el secreto de la maraña de ramas y raíces a la vera del agua; las pirañas en las aguas poco profundas, donde a ellas les es más fácil pescar. Los pájaros dentro del color de las hojas, de las flores y de los frutos vírgenes de las plantas que crecen en doble capa sobre el suelo amazónico. Todos tienen su hábitat propio y reservado. 

La Amazonia tiene las características de un cultivo intensivo de proporciones gigantescas, de un inmenso invernadero, una gran maceta semejante a como fue el planeta entero en tiempos remotos. Como todos los cultivos de esmerado cuidado, tiene una extraordinaria producción, en cantidad y en calidad, de extremada pureza. Fácilmente vulnerable a los ataques contra su exquisitez y su virginidad natural, es precoz en su recuperación, en su regeneración, a no ser que la agresión sea devastadora, asoladora, porque la selva vive y crece en su frondosidad más que en su suelo. El incendio en la selva produce el mismo efecto que borrarla del mapa. Las tierras de cultivo se pueden transformar, mejorar, realimentar. La selva de la Amazonia, sin embargo, una vez devastada no se puede reconstruir. Es imposible replantar mil especies distintas en cada kilómetro cuadrado; imposible recrear su atmósfera de humedad, en estado crítico, permanentemente próximo a la saturación; imposible reconstruir los filtros de luz tan perfectos, la anarquía tan armoniosa en que conviven los reinos vegetal y animal.

De todo cuanto existe en la Amazonia, lo más débil es la especie humana. De 1535 a 1638, en solo 103 años, los descubridores y conquistadores españoles, los godos visionarios, recorrieron todas las selvas del Amazonas, y todo aquello que era la América impenetrable quedó siendo, por algún tiempo, parte de las Españas conquistadas. Pero de esta constancia histórica no sobrevivió nada en la Amazonia sino solo en los relatos, en los libros, en las minuciosas relaciones de descubrimientos y conquistas, porque el vigor vegetal de la selva todo lo ha borrado; las reducciones de los misioneros, las encomiendas y las haciendas de los colonos han sido borradas; y lo malo fue que los primeros pobladores de la selva cayeron también dentro de este borrón. Todo lo que tuvo de destructiva la exploración y la conquista lo sufrieron los indígenas vencidos por las armas y las enfermedades; no estaban preparados para ello y no se les dio tiempo para adaptarse.

 

Cincuenta años antes de la llegada de los españoles a la mitad norte de los Andes, el poderoso Imperio Inca dominaba tan vastísimo territorio, que, extendiéndose desde el Cuzco a Colombia, por el norte, llegaba hasta Chile y Argentina, por el sur.

Según la tradición, fue en el reinado de Tupa Yupanqui cuando los incas se aventuraron, por primera y única vez, a internarse en la selva persiguiendo a los anti, bárbaros y antropófagos guerreros que los hostigaban periódicamente con incursiones hasta cerca de El Cuzco. Pero esta ofensiva inca se malogró perdiéndose casi todo su ejército en las frondosidades de los bosques; a punto estuvo el emperador de perecer también y tal fue el desastre que, para disimularlo, se propagaron por el imperio leyendas sobre la existencia de monstruos horrorosos que prohibían el acceso a la selva.

Fue precisamente la dominación de los españoles sobre los incas, y conocerlos en su esplendoroso poder y riqueza, lo que enardeció a aquellos fascinándolos con la magnificencia de estos y los empujó al más todavía en busca del mundo dorado. Ya no era suficiente para ellos haber culminado la conquista de los Andes imponentes; los superaron, los atravesaron y se lanzaron a las selvas con una audacia que parece inconcebible. 

La nómina de conquistadores de estas tierras es tan numerosa y su caminar por ellas es tan largo que trazarían una red tan tupida como la que los ríos amazónicos dibujan en la geografía:

Alonso o Alfonso de Alvarado, natural de Burgos y muerto en Lima en 1553, recorre el río Chachapoyas en 1536.

Juan Poncel anda por el territorio de los indios bracamoros también en ese año. Diego Palomino vuelve en el 1549 y funda Jaén de los Bracamoros.

Salinas de Lozoya, en 1531, anda por el Marañón, el Pastaza y el Ucayali.

Pedro Vergara por el río Zamora, zona al este de Loja, y por el territorio de los Naltas (en Ecuador), en 1537.

Alonso de Mercadillo recorre el Guallaga y el Ucayali en 1538.

Gonzalo Díaz de Pineda, el Coca y el Napo, en 1538 y 1539.

Rodrigo Nuñez de Bonilla por la tierra de los quisna y macaras, 1540. Después, Álvaro de Paz y Diego de Torres en este mismo territorio.

Hernando Benavente, por el de los jíbaros en 1549.

Juan Palacios, por el río Acuarico en 1569.

Gonzalo Pizarro, nacido en Trujillo (Cáceres) 1502, y muerto en Xaxahuana en 1548, el río Coca.

Francisco de Orellana, nacido como Pizarro en Trujillo, y 28 años más joven que él, continúa la expedición que abandonó Gonzalo y navega todo el Amazonas hasta el Atlántico. En el mismo Amazonas murió en 1550. Con toda su agitada vida alcanzó los ochenta años de edad. Por imponerse el mito a la realidad, el gran río no se llama Orellana sino Amazonas.

Pedro de Ansúrez sucede a Orellana y recorre el alto Beni.

Yuflo de Chaves, el río Pilcomayo en 1543; del 1546 al 51, el río Paranaporé; a principios de 1555, el norte del río Paraguay. El fraile Agustín Zapata explora el río Mamoré en 1693.

Álvarez Maldonado remonta el río Madre de Dios en 1547, a donde habían llegado ya antes los frailes Mercedarios de El Cuzco.

El Napo fue la vía principal para llegar al Amazonas, tanto en el camino de Francisco de Orellana como en el que los Jesuitas y Franciscanos emprendieron para la evangelización de las tribus orientales; estas vivían en un gran territorio de selvas y montañas desprendidas de la Tercera Cordillera, en torno a los ríos Napo, Coca, Acuarico y sus muchos afluentes. La lengua quechua que hablan hoy estos indígenas fue implantada por los misioneros españoles que la utilizaron como elemento cohesionador entre los nuevos cristianos.

Lo mismo que los ríos fueron vía de penetración para conquistas y misiones, han sido también históricamente las líneas de referencia para el estudio de las tribus selvícolas. Cuando empezó la tarea de misionar a los indígenas de la Amazonia de Ecuador, Bolivia y Perú, estos alcanzaban una población aproximada de un millón de habitantes. Con la expulsión de los Jesuitas en 1768, última etapa de la colonización española en las selvas, desaparecieron los vestigios históricos a muy poco de ser abandonados; pero gran parte de estos selvícolas había sucumbido antes en el encuentro. De un total de 137 grupos étnicos de la selva, contabilizados desde 1534, a finales del siglo XIX sobrevivían 58; otros 38 estaban en proceso de extinción, 10 grupos estaban integrándose en mestizaje y 79 habían desaparecido.

En la actualidad (1990) existen grupos etnolingüísticos que no aparecen en las relaciones de conquistadores y misioneros, pero es muy probable que existieran siempre y que se trata de supervivencias que han cambiado de identidad y de hábitat. 

 

Jueves, noche.

Salimos a buscar caimanes en la laguna. El maestro de caza es Melitón. El artilugio es rudimentario, un mango de unos dos metros de largo en cuyo extremo cuelga un cordel con lazada en nudo corredizo. Con el pequeño haz de luz de nuestras linternas se descubren los ojos rojos del caimán, por muy lejos que estén, brillando igual que un par de rubíes flotando en el agua. Paramos el motor de la canoa y sigilosamente nos acercamos a intentar ponerle el lazo alrededor de sus mandíbulas; si esto se consigue, con un ligero tirón, con los movimientos del reptil, el lazo corre cerrándose y, una vez que el nudo se moja, no puede descorrerse, con lo que el caimán ser peligroso únicamente por la cola, no por la boca que ya no podrá abrir. Apenas hay caimanes, porque durante los años cincuenta dejaron la pura señal. Un lagartijo que medir menos de metro y medio es nuestra única presa, cazado por el placer de palpar su piel cuadriculada y devolverlo a su libertad.

Está formándose una fuerte tormenta que llegará al campamento hacia las dos de la madrugada. Los indios y nosotros, de civilizaciones tan distantes, a bordo de una piragua milenaria con un fueraborda prodigio de ingeniería física, cazando caimanes como lo hicieran ellos al principio de su historia, en este planeta que divide su tiempo en días y noches, que gesta tormentas en el cielo y cría vida en el agua...

 

Efectivamente aquella noche llovió muy a gusto. Nos despertó la lluvia torrencial cayendo sobre los árboles.

A la mañana siguiente el sol era tan radiante como en los días anteriores y, para sorpresa mía, la tierra apenas estaba encharcada. La explicación es muy sencilla: en la selva no llueve sobre el suelo sino sobre la gruesa y espesa capa de vegetación que puede tener veinte metros de altura; esta empieza en las copas de los árboles, los de gran tamaño, los menos grandes y, en último término, la manta de residuos vegetales que forman un poderosísimo sumidero esponjoso encima de la tierra. Es probable que al suelo propiamente dicho no llegue más de un veinte por ciento de la lluvia que cae; el resto es absorbido por las plantas y asimilado o evaporado por ellas mismas; de aquí el efecto natural de invernadero producido con valores constantes bajo la sombra y la penumbra de los árboles, con una subatmósfera que contiene un altísimo porcentaje de humedad, y una temperatura cálida y regular.

Separando de este viaje el componente aventurero que tenía, queda por contrastar los hechos vividos con los soñados. A los cuatro días de llegar al campamento las tensiones que teníamos por el miedo oscuro y húmedo a la selva se habían relajado ya. Cierto que quien es viajero por profesión se familiariza muy pronto con los lugares nuevos, con el ambiente y con las personas desconocidas, porque vive y llega predispuesto a ello. En este caso la confianza tomada con el campamento y su entorno, con la vida en nuestro pequeño pueblo amazónico, había ido más allá de la familiarización rutinaria, era algo netamente afectivo, emocional. En buena medida se dio en nosotros una especie de enamoramiento hacia lo que nosotros mismos estábamos viviendo.

Los alrededores de la Laguna Grande estaban explorados ya. A través de la selva habíamos hecho dos largas caminatas. Los indígenas nos habían enseñado sus hogares y conocíamos sus familias. 

En las dos piraguas nos adentramos en la laguna, al atardecer, lejos de la zona de pirañas y caimanes y nos lanzamos al agua todos; el viejo chamán, el indio Rogelio, Willy, Melitón el bregador, nuestros dos guías y nosotros seis, todos los del equipo. Ni siquiera el más leve roce de un pez, zambullidos en el agua, para producir el temido escalofrío de una piraña o un reptil; ni siquiera eso rompió el encanto de vivir en la paz y la quietud permanente. Muy lejos de esto, en el tiempo, estaban los sueños de mi adolescencia de colegial, en el internado donde leía viciosamente los libros de aventuras a hurtadillas de los curas. En aquellas lecturas la selva era solamente paradisíaca, un sitio donde se podía vivir desnudo y convivir en el jolgorio de los animales exageradamente exóticos y salvajes. Para un colegial educado por religiosos, la primera imagen selvática coincide con el bíblico paraíso terrenal. Pero la realidad de la Amazonia contrasta con esa ancestral ilusión. La entrada a la selva es el paso de la aventura a la acometida del riesgo. Se llega pertrechado contra los peligros y se sufren los efectos de esta primera lucha; los sudores por la vestimenta excesiva y la humedad inhabituada, los mosquitos que te atacan porque no te conocen, el temor a los ruidos extraños, la sorpresa de la lluvia, el pavor a la fiereza de los animales. Superada la barrera del riesgo viene la de la incomodidad: El sendero a la letrina, recoger agua de lluvia para ducharse y cocinar y, sobre todo, darse cuenta de que en la selva más que fieras hay insectos, muchísimos más y más variados. Pero una vez inmerso en este mundo tan vivaz bajo los árboles se te ofrecen multitud de satisfacciones gratuitas, en contra de los temores y los peligros prejuzgados; entonces resulta fácil obviar estos prejuicios y, de forma natural, en donde se hablaba no más que de incomodidades también se encuentran placeres exquisitos; si se consigue llegar a este punto, es el momento de volver a explorar la imaginación y los sueños de cada uno. 

Hay en la selva un placer superior a todos, con la particularidad de que éste acentúa el valor, la calidad y el disfrute de los demás. Tal placer supremo se llama intimidad. Algún tiempo después de este viaje descubrí la perplejidad que me había producido un hecho que a simple vista no parecía más que anecdótico. Al visitar las viviendas de los indios, vimos cómo el acceso a ellas, algo elevadas sobre el suelo, era un grueso madero - escalera, con los peldaños hechos a golpe de la azuela, del hacha o el machete. Este madero - escalera no está fijo, clavado, sino que es fácil de mover; en alguna de las viviendas se dio el caso de encontrarlas sin los moradores, ausentes, y entonces el madero - escalera estaba vuelto hacia adentro, con el lado de los peldaños puesto al revés de como estaría si se subiera por ellos; es decir, la escalera estaba puesta para no subir por ella porque no había nadie en la casa. En cierto modo la puerta estaba cerrada. Pero como la casa no tiene pared, únicamente baranda, la tal puerta no es puerta, no pasa de ser más que una llave, tomando la parte por el todo. Esa era la forma tan simple de cerrar la casa: poner la llave al revés. Y, en definitiva, cerrar la casa no era más que un gesto simbólico: Con él quedaba a salvo la intimidad del hogar. De esta perplejidad he salido al comprender con más exactitud que en la selva la intimidad es imperturbable. La selva de la Amazonia no es la jungla que se ha entendido como sinónimo de jauría y desconcierto vegetativos, antes bien es la sabia armonía de la naturaleza en plena libertad; y le ofrece su disfrute al ser humano de una manera que puede sentirla como exclusiva, propia, personal, desde la luz pura del sol a la visión plena del firmamento, los sonidos y la presencia de los animales libres, la contemplación de la vida y la contemplación de uno mismo. Esta intimidad selvática es esencia de la vida misma de sus humanos indígenas, las aves, las hormigas, los monos, los reptiles, los insectos de miles de especies diversas, los árboles, los arbustos, las flores y las hierbas, la lluvia que cae y el vapor que se levanta, los cientos de ríos, de los dioses y del gran Dios, el Amazonas, que vive en el lugar más acogedor que hay en el mundo. La antigua y la nueva filosofía de la vida está archivada, encerrada, hermética, misteriosa, secreta, en la Amazonia.

 

Domingo, 7 de mayo.

 Nuestros amigos los guías, Osvaldo y Fernando, tuvieron la increíble amabilidad de tomar en serio un capricho mío que solamente había dicho en broma; y aquí está servida la sorpresa. Hasta el interior de la selva virgen han traído los escogidos ingredientes para hacer una paella valenciana: Aceite de oliva español, almejas, cigalas y gambas y unos mejillones de calidad aceptable; lo habían comprado fresco en el mejor mercado de Quito y ellos mismos lo habían congelado; también unas judías verdes muy buenas y otras blancas tiernas. Yo no les había dado la receta, así es que tuvo que ser Fernando, el intendente, quien se ocupó de documentarse y averiguarla. Incluso el arroz era valenciano, con la etiqueta de exportación todavía visible. Yo he cocinado una paella en plena selva amazónica; no puedo juzgar si la hice bien o mal pero nos supo buenísima. Para mayor asombro, hubo también una botella de vino del Penedés.

 La tarde ha sido de siesta, húmeda y somnolienta. 

Vitoriano vuelve a tejerse una nueva corona de flores, para la ceremonia de curación con ayahuasca, por la noche. 

A las 21:00 h. apenas cenamos. Algunos comen las pirañas fritas, pescadas por la mañana en la laguna. Comienza a llover; cuando llegamos a tomar el café ya lo hace de manera torrencial.

 

Sobre la baranda, muy cerca de la mesa donde estamos sentados, aparece, sin saberse cómo, un sapito, un batracio, tan animalote él que pesar quizás trescientos gramos. Permanece mirándonos en son de paz durante largo rato y se ha ido después, pero nadie lo ha visto marcharse; es la última amistad que hemos hecho en la selva. Cabe sospechar de este sapito que era él quien sobresaltaba siempre nuestro paseo nocturno a la letrina con un berrido ronco como de cabritilla borracha. 

Durante horas han hervido en el agua los trozos de la raíz de ayahuasca. Del haz que Vitoriano recogió nos ha regalado algunos del tamaño de cigarros habanos, pero retorcidos, porque la raíz, aérea y no subterránea, tiene el aspecto intermedio entre un tubérculo de lirio y un trozo de liana. Todo el pote de un par de litros de agua ha quedado en poco más de un cuartillo después de tan larga cocción. El caldo resultante parece un café muy concentrado y con algo de leche. Ya estamos montando las dos cámaras y el sonido cuando traen la curativa colada en un tazón, más otro vacío. Se habían encendido dos candiles frente a Vitoriano y su hijo Rogelio, sentados en dos poyetes de espaldas a la baranda. Es el mismo lugar en que hacíamos las comidas, ahora con la mesa y los bancos hechos a un lado. El viejo chamán y su hijo visten la cushma tradicional; la de Rogelio es blanca y la de su padre de un color añil violado. Nosotros esperamos en el más absoluto silencio.

El chico Willy duerme al fresco en la balconada exterior y Melitón y su mujer lo hacen en su propia tienda.

Se oye nada más el rezo del chamán en tono de susurro y las repeticiones del hijo en voz más callada. Con un ramito de hojas el chamán airea el espacio de su derredor; moja el ramo en la pócima y repite la operación esparciendo gotas del caldo. De su cuenco aparta la mitad del contenido al del hijo y los dos beben tres veces hasta dejar menos de un dedo. La cara del viejo no se inmuta con la ingestión del caldo; pero la del hijo sí cuando bebe con leves espasmos, primero en el rostro y después en todo el cuerpo, lentamente, tanto que quizás no los percibiéramos de no estar tan atentos como estamos.

En el exterior cae una lluvia serena, aunque no se sabe con certeza si es la lluvia propiamente dicha o si esta es la segunda lluvia, la que cae de los árboles al suelo. Se siente una brisa agradable que rellena de frescor el ambiente de la velada.

Vitoriano y Rogelio han quedado en absoluto silencio, cerrados los ojos y sentados. Así permanecemos nosotros hasta que Vitoriano nos mira sonriente.

—¡Ya está!

Como si fuera la invocación final de una oración. Lo ha pronunciado con la misma serenidad y quietud con que las hojas están respirando el aire de la noche, es la sencillez con que él sonríe a todas horas.

—Ahora a dormir.

—¿Qué sientes, Vitoriano? ¿Qué ves?

Él dice que así se descansa más, que podrá tener sueños blancos y de grandes luces y que al día siguiente se verán las cosas mucho más claras.

El autor y Vitoriano, el viejo chamán de los secoyas. Campamento del Parque Nacional del Cuyabeno. Mayo de 1989. (Foto del autor).

 

Miércoles, 10 de mayo.
Ha llegado el día del regreso.

El amanecer es azul y verde, igual que el pleno día, porque el sol está ya alto cuando se ve. Las hormigas han devorado durante la noche las pirañas que les pusimos el día anterior, han dejado cepilladas las mandíbulas de dientes puntiagudos para llevarlas de souvenir a España.

Una laboriosa tarea la de levantar el campamento; pero todo es muy rápido y preciso.

Vitoriano anda con su corona de flores y además se pinta la cara de achiote para la gala de nuestra despedida; es una yema color rojo azafranado y lo toma del matorral que hay justamente en la pequeña pradera jardín del campamento; huele un poco a lima y a rosas. 

El pequeño montículo sobre el que se alzan las cabañas se encuentra algo resbaladizo por el agua caída –ya no es un suelo de selva sino un prado cultivado– y es preciso mucho tiento en el acarreo de las cajas y el equipaje desde el campamento a las canoas; pero los indios son fuertes y diestros en ello, y nosotros también; Melitón hace él solo el trabajo de cuatro hombres.

Nos hacemos las últimas fotos de recuerdo.

Un cuarto de hora más tarde ya estamos viajando río arriba. El lomo del Cuyabeno se estira para que la piragua trepe por él con su pequeño Yamaha. Como siempre, Willy navega más rápido con su barca, delante de la nuestra. ¿Qué ser de este guapo muchacho dentro de unos años? Me gustaría saber que es feliz y que el progreso no lo ha traicionado con desdén ni con engaño. 

¡Adiós, Amazonia verde de mariposas azules! Adiós, árboles gigantescos e ignorados. Adiós, oro selvático, y que nunca una multinacional de acciones anónimas se atreva a destilarte hasta dejarte exhausta.

Llegamos a Lago Agrio a las once de la mañana.

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