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8. Un
lugar en la selva amazónica
Día 1 de mayo
Partimos de Quito a las 11:00 horas, después de sucesivos retrasos de la
compañía. Volamos cuarenta y cinco minutos sobre las sierras de los Andes
ecuatorianos hacia los pozos de petróleo de la TEXACO y
CEPE; es el nuevo oro de
este país.
Tal como dice García Márquez de otro lugar, también aquí "vinieron los
gringos", pero no a las plataneras de la ciénaga en el Caribe sino a sangrar las
profundidades de la cuenca amazónica, con sus carros de lujo, sus boleras
americanas y sus parabólicas de siete metros.
En el aeropuerto de Lago Agrio llovía para que los ríos fueran navegables y
atravesamos la pista corriendo hasta llegar al portal - embarque de los no-yankees-texacos.
Una camioneta nos dio cobijo y traslado de dos horas o tres a lo largo de
oleoductos.
En el río Cuyabeno nos esperaban dos piraguas.
Río abajo, a algo más de veinte nudos, la felicidad se abre delante de mí. Te
quiero en este estado puro, en esta verdadera selva espiritual.
Terminaba de escribir estas notas en mi diario a las diez y media de la
noche, en el campamento, a la luz de la linterna, sentado a la puerta de mi
tienda. Estaban escritas con la intención de enviarlas a mi mujer tan pronto
llegara yo a un buzón de correos.
Hacia las cuatro de la tarde, habíamos llegado con el autobús hasta un punto
en la carretera en que ya no pude dormir más. Un pequeño bohío, levantado del
suelo sobre pilotes, como todos, y apartado un trecho de la pista. Un puente de
gruesos maderos redondos sobre el río, sin barandillas, partiendo su meandro por
la mitad, de forma que no se vea de dónde viene el agua ni a dónde va –la
superficie de esta selva es tan plana que a los ríos les hace dudar de su
cauce–; un cartel junto al puente: Zona petrolera de Cuyabeno.
Todos nosotros, más los dos indígenas que nos estaban esperando, trasladamos
la carga de la camioneta a las piraguas con gran rapidez. Podría volver a llover
en cualquier momento y resultaría ruinoso tener nuestros equipos de cámaras bajo
esa lluvia torrencial; nos dábamos mucha prisa en la faena para que el aguacero
no nos sorprendiera; así y todo se amarraron gruesas lonas sobre el material una
vez instalado en las canoas. Los constructores de estas son los sabios
selvícolas cuya ciencia consiste en comprender a la naturaleza y dar de ella una
versión aplicada a su utilidad. Once o doce metros de eslora y ochenta
centímetros de manga, medio metro escaso de calado y un Yamaha robusto y ágil en
cada una de ellas.
Los troncos de los árboles secos, desnudos de sus ramas, van río abajo sin
que otros árboles caídos los detengan, ni la estrechez de los caños ni la espesa
maleza de las márgenes los amarre; siempre abren con la punta el camino para
seguir deslizándose longitudinalmente y giran en las curvas del río con la misma
prontitud que lo hace la corriente. A ese tronco que flota, los selvícolas le
han vaciado su interior y afilado los extremos para hacer la popa y la proa. El
motor fuera borda consigue que ese tronco que flotaba espontáneamente sobre el
agua sea ahora una flecha hueca rasando la superficie del río, con la destreza
con que los indios las dirigen.
La densa vegetación acelera el ritmo al que cae el crepúsculo; los árboles
tan altos, el río que discurre silencioso en su cauce oscuro, hacen que
anochezca rápidamente nada más se va el sol.
Yo no hubiera podido nunca conducir la piragua tan veloz por este camino y
menos en la penumbra como ellos lo estaban haciendo. Más tarde me di cuenta de
que los pilotos indígenas conocían el trayecto de memoria, sin que hubiera una
sola indicación y sin que necesitaran de ella.
De vez en cuando, árboles enteros estaban inclinados sobre el agua y servían
de pasarela gratuita para los monos; los que cerraban el paso de las canoas
habían sido cortados ya a hachazos, aunque seguían siendo un peligro de tropiezo
con las embarcaciones o con la cabeza de sus viajeros. A pesar de que los
pilotos sorteaban estos obstáculos con mínimas precauciones, aparentemente, no
tuvimos ni el más insignificante percance.
Eran las 20:45 h cuando redujeron la marcha de los motores.
El cielo, aunque sin llover, se había quedado cubierto y encapotado de nubes.
Resultaba imposible saber cómo era el paisaje donde nos deteníamos, pero se
adivinaba un ancho espacio de agua todavía más oscura por la opacidad de la
noche.
Unas lucecitas amarillas, dos o quizás hubiera más, se vislumbraban
ligeramente elevadas y hacia la derecha; por un recodo de agua nos pusieron de
cara a ellas: Este era el campamento, nuestro destino. Pero ni una sola voz
salía de aquellas luces. Yo, como ser primitivo de sociedad de consumo,
inconscientemente esperaba oír de allí el sonido de alguna radio y hasta el
parpadeo de algún televisor; pero de esto menos aun que de voces. Las únicas que
se oían eran de sapos, de las mil familias de sapos que pasan la noche entera de
parranda.
Cuando oímos la primera voz humana era en quichua, porque pertenecía al único
habitante del campamento que nos estaba esperando y que hablaba con los indios
de las canoas. Era Melitón, quien resultó no ser indio sino mestizo, y que es un
tipo antropológico adecuado para catalogarlo como pieza de museo.
Por peldaños de madera enterrados en el suelo se subía el ribazón desde el
embarcadero hasta el campamento, cinco o seis metros sobre el nivel del río. Con
la poca luz existente se podía distinguir que lo formaban dos construcciones de
madera en exquisita arquitectura amazónica: Dos cabañas rectangulares con techo
de palma a dos aguas, suelo de tablas gruesas, sobre pilotes, elevado por encima
de la tierra tal vez un metro en algunos tramos; sin paredes, con barandas de
madera y con corredor saliente de esta baranda en una de las fachadas; a cada
paso que dábamos, era inevitable la curiosidad por ver cuanto antes cómo era el
entorno.
Se instaló el pequeño grupo electrógeno que nosotros habíamos alquilado y en
veinte minutos ya teníamos luz eléctrica cuando nos sentamos a la mesa para
cenar en la cabaña principal; en la otra estaban montadas las tiendas para
dormir y se llegaba a ellas por un pasillo de tablas.
¡Qué buena sabe una taza de café caliente, de noche, en un campamento en
plena selva, recibidos amistosamente por los nativos del lugar!
Así di con mis huesos cansados en la puerta de mi tienda. Tenía, dentro de
mí, abierto el signo de admiración más grande que jamás he tenido. Daba gracias
a Dios con todo mi entusiasmo por hacerme partícipe de esta vida tan hermosa y
de esta experiencia tan rica.
La segunda pared de la tienda de campaña, la interior, era una tela de gasa
tan tupida como para no permitir más que el paso del aire y ni el insecto más
diminuto; el cierre de cremallera era perfecto. Mi compañero dormía ya cuando yo
entré en ella. La humedad cálida del ambiente iba a empaparnos el sueño.

Parque Nacional de Cuyabeno, que incluye las grandes lagunas
de este río, afluente del Acuarico y subafluente del Napo, Marañón,
Amazonas. Este parque nacional es el territorio de los actuales indígenas
sionas-secoyas. Junto a la Laguna Grande hay una barbacoa, construcción
al estilo selvático, donde nuestro equipo acampara durante la filmación
en este lugar de la Amazonia. (Foto del autor).

Martes, 2 de mayo.
Aquí nadie podrá dudar que tenga la vida a su favor. Esta vida consiste en
respirar el instante profundo y místico del encuentro de la luz con la
oscuridad, del olor del aire y del agua. Cada hoja de los árboles tiene escrito
un mensaje que es comprensible en todos los idiomas del mundo: Soy un ser vivo.
Anoche me resistía al sueño por seguir oyendo esta ronda nocturna y gratuita
que la selva me ofrece. Seres diminutos y primitivos tienen una voz de alta
escuela y cantan sin desviarse de su tono, porque o cantan bien o no cantan.
Nos hemos levantado a las seis de la mañana para desayunar y trabajar
inmediatamente. Te escribo mientras navegamos por esta selva de árboles y de
ríos; vamos en silencio para registrar limpio el sonido ambiente; los de cámara
no cesan de rodar metros y metros de película; el realizador está encantado y
supongo que el señor Eastman lo estará más todavía con el gasto que le hacemos.
A mis espaldas se encuentra Israel, un muchacho indígena de diecisiete años,
mirando la selva con ojos comprensivos; yo con los míos admirados. Vamos en la
piragua fueraborda que pilota Rogelio, el indio con la sonrisa grande; siempre
sonríe para escuchar.

Mi primer día de vida en el paraíso.
Río abajo alejándonos de la Laguna Grande hacia la comunidad de Puerto
Bolívar; indios sionas-secoyas; aproximadamente a 0º de longitud sur.
Hay mariposas con vestidos azules recién estrenados y planeando sobre el río
de una orilla a otra. Hay monos voladores, enormes árboles caídos al agua,
tucanes cantando en las ramas.
9:15 horas. Sol nublado.
Las piraguas, hechas de una sola pieza, son el tronco del árbol llamado
chuncho. Rogelio pilota una de ellas y su hijo William pilota la otra. El chico
tiene trece años. Sigo inflándome a respirar este aliento selvático que curó mi
pituitaria nada más llegar.
15 horas. Pleno sol.
Regresamos río arriba hacia la Laguna Grande de este Cuyabeno oscuro.
Guardamos la margen derecha, por la sombra, ya que el sol manda un calor
despiadado. Voy sentado delante del anciano chamán, abuelo de veintidós nietos
en la ribera del río (y del nieto número veintitrés que nacer esta tarde o
mañana). Hemos almorzado en su casa, y con su familia, la comida que nos
prepararon nuestros guías. Al pie del río, Vitoriano ha mandado cortar un haz de
ayahuasca para la ceremonia de mañana en nuestro campamento; veremos el efecto
que la liana mágica produce en nosotros.
Una nutria corre por la tierra a esconderse bajo el agua por no vernos pasar.
Pido perdón a los indígenas por haberme retratado con ellos; pero quiero
agradecerles que se pusieran conmigo en la foto; darles las gracias a esos niños
y señores, habitantes de las riberas del Acuarico, que me dignificaran con su
compañía en ese testimonio gráfico de amistad; los amaba de forma espontánea y
los recordaré siempre con cariño y con un profundo y total respeto a su
dignidad.
Habíamos encontrado a Vitoriano en una curva del río, a bordo de una piragua
más pequeña que la nuestra. En ella viajaba una joven pareja de indígenas con un
bebé en brazos que, parece ser, llevaban a Lago Agrio para consulta médica.
Oír el rumor de una motora en el río es ya parte de una conversación; más
pronto o más tarde esa motora se llegar a ver; por tanto, el coloquio, o al
menos el saludo, está asegurado ya. Pero no hay dos barcas que sean del todo
iguales, ni iguales dos motores, porque los indios no los compran por docenas
sino de uno en uno, así es que cada motor suena diferente y ya con su rumor
identifica a su dueño. Ese es fulano, que va a Puerto Colón, o mengano que va al
campamento católico.
Todos los viajeros del río se conocen por el ruido que producen en la selva.
Así es que cuando apareció Vitoriano ante nosotros, su hijo Rogelio y su nieto
Willy ya lo habían visto venir, nosotros no. Fueron hechas las presentaciones
del patriarca a nosotros y de nosotros ante él con un protocolo lento, pausado,
equilibrado de familiaridad, gentileza y respeto.
Saludarse a bordo de una piragua requiere un aplomo especial, porque hay que
demostrar entusiasmo y guardar equilibrio a la vez.
Yo no conocí la identidad de Vitoriano hasta minutos después de haber
apretado su mano; así es que tuve tiempo de conjeturar sobre este personaje que
apareció en el remanso del río. Nosotros salíamos de la sombra bajo los árboles,
de un caño más estrecho, y ellos estaban a pleno sol, con el motor parado,
esperándonos. Ni en ese momento ni después de convivir varios días con esta
familia nos fue posible cifrar con exactitud la edad de Vitoriano; por su fe era
nacido en el año once, pero contaba por números de uno en uno y no por
cantidades; su edad decía siete ocho, sin embargo todos le echábamos veinte años
menos.
Vestido con la
cushma blanca estaba resplandeciente sentado, como apareció, en
el centro de la piragua. Llevaba sobre la cabeza una coronilla de flores
trenzadas. En tanto que estuvimos algunos metros separados, Vitoriano era una
princesa india; al acercarnos y ver ya su rostro curtido, era una reina; al
verlo de cerca, por fin, y oírle hablar, para mí era el dios de los secoyas, la
vara primitiva de la estirpe, el tronco divino de su raza.
Tanto sol puro, tomado sin diluir, directamente del inmenso azul del cielo,
produce un éxtasis permanente al no poder evitar la contemplación de la
exuberante belleza de la selva. Vitoriano andaba divinamente por el río.
Hay otras familias de indios que utilizan la
cushma o cushma como prenda de
vestido común. Los sionas, los taitetes y los cofanes. Es una túnica de algodón
de origen quechua. Todos los cushmas se han asentado en los afluentes del río
Acuarico.
En el siglo XVI, cuando los españoles que se comían el mundo llegaron aquí,
la población de los secoyas alcanzaba tal vez la cifra de cinco mil habitantes;
es un cálculo deducido de las relaciones geográficas que los misioneros hicieron
desde mediados de ese siglo XVI. Hoy los secoyas pasarán poco del centenar,
probablemente no más que la familia de Vitoriano, pobladora difusa de un tramo
en la ribera del río Cuyabeno. No son los secoyas una gran nación, no lo fueron
nunca. Tribus vecinas fueron más poderosas. Los cofanes, por ejemplo, tienen una
historia más nutrida; si bien hoy están igualmente en el punto crítico de la
supervivencia, cuando llegaron los jesuitas en 1569 eran más de cincuenta mil.
Con Vitoriano a bordo de nuestra piragua continuamos Cuyabeno abajo, hacia
puerto Bolívar, cuando apareció en el cielo una nube inventada de la nada y en
unos instantes el cielo se vio encapotado.
Cuando llueve, el indio se pone sombrero y acaso levanta algo la vista para
saber exactamente cuánto va a llover; la lluvia no le concierne. Los que somos
urbanos y no selvícolas nos preocupamos de inmediato porque llueve, porque nos
contraría, nos molesta que nos moje, lo comentamos, lo discutimos, lo difundimos
con críticas de por qué llueve y por qué no, nos quejamos y, en definitiva, nos
cambia la cara. El indio, sencillamente, deja llover.
No habíamos rodado cincuenta metros de película con luz de día nublado cuando
volvió a salir el sol. Entrábamos en un ensanche del río y un meandro más en
cuyo codo la selva se entreabría. Dos pequeñas piraguas sin motor estaban
amarradas en la orilla opuesta. Allí arriba unos niños cuidaban un rebañito de
chanchos del mismo color del Cuyabeno. Se trata de una pequeña hacienda donde
vive otra familia secoya, otros hijos y otros nietos de Vitoriano.
Pienso cómo vivirán aquí estas gentes, en esta finca sin
límites que es su selva alrededor de su casa. Cómo viven cuando no estamos
nosotros, visitantes ocasionales, tan extraños a su vida. Cómo serán el silencio
y las voces en este poblado de un solo vecino; cómo oirán la lluvia sin que nada
rompa el ruido del goteo en las hojas de los árboles; cómo será el rumorcillo
del Cuyabeno lento. Quiero pensar cómo se vive solo en medio de la selva
amazónica.
El machete es la herramienta multiuso en la hacienda de los
secoyas. Con él se desentierra la yuca, que está casi a flor de suelo; se corta
el racimo de banano; se limpia de hierbas y arbustos el camino. Con el machete
se hace la matanza del chancho. Ni siquiera un arado hay en esta granja tan
peculiar, el más arcaico apero de labranza, que demostraría un punto de contacto
entre sus costumbres naturistas y las nuestras agrícolas.
Pero en el río, afuera borda de las piraguas, están los motores Yamaha
evidenciando la verdad de que los productos japoneses, en esta punta del segundo
milenio D. de C., son los valores más universales.
Sí tienen los secoyas, como nosotros, la misma lengua del español
transoceánico, además de su propio quechua.
Al mediodía todos los atisbos de nubes se habían deshecho y, en los claros de
sol que los árboles han dejado en torno a la casa, el calor volvió a
amenazarnos.
Vitoriano tenía su vivienda en esa misma margen del río, la derecha, veinte
minutos más abajo. Nos la ofreció gentilmente como refugio de sombra para el
almuerzo. La edificación es enteramente de madera, sin cimientos, clavada en la
tierra con gruesos troncos sobre los que se fijan las vigas maestras: Dos alas
rectangulares y perpendiculares entre sí. Toda la casa es una balconada porque
solamente una pequeña porción tiene paredes completas, la dedicada a pernoctar,
y el resto es abierto, con baranda nada más, entre el techo de palma y el piso
de tablas gruesas. Una parte de este piso está dedicado a cocina; sobre altillo
de barro la lumbre de leña a fuego abierto, en el borde de la baranda para que
los humos escapen fuera –si el viento es a favor–. Bien es verdad que la vida en
la selva, tan amistosa como es, incluso en el clima, no necesita mejor refugio
que este; pero es preciso que uno se sienta muy puro para saber vivir en tan
puro estado de naturalidad.
Nuestro guía Osvaldo y su intendente cocinero Fernando son tan diestros que
en cualquier sitio improvisan un suculento yantar. Las copiosas ensaladas de
atún, la carne asada, los fiambres, las frutas y las cervezas frías. Si no
hubiera moscas en este planeta, casi todo él sería un paraíso terrenal.
Vitoriano nos muestra las cercanías de su selva doméstica. Los árboles de
café tienen un fruto tan grande como huevecillos de pájaro. Las plataneras, allí
mismo plantadas por Dios. La yuca crece sola. Las guabas, una especie de
algarrobo, tienen vainas de casi medio metro de largas.
En la misma casa de Vitoriano habita Israel, el menor de sus muchos hijos.
Este chico desborda salud y bondad. Está casado y su mujer, más joven que él,
se encuentra en vísperas de dar a luz por primera vez. Terminado el almuerzo,
Israel cambia la cushma blanca por el jean y la camiseta y sale con su canoa
Yamaha y la futura mamá a bordo río arriba a Lago Agrio. Un secoya más va a
nacer mañana junto a un pozo de petróleo, al lado de un aeropuerto escuálido, en
un pueblo fantasma que recibe los canales de televisión norteamericanos vía
satélite. Un secoya va a nacer, hijo de secoyas habitantes de la Amazonia; va a
nacer en un tiempo más impreciso de definir que su ascendencia.
Martes, en la noche.
Ha finalizado el día muy
cansado.
La noche está descubierta con todas las estrellas sobre el campamento.
Miércoles 3 de mayo.
A las seis treinta de la mañana hay un sol acostumbrado ya a los
amaneceres espléndidos. En el agua de la Laguna Grande se reflejan acuarelas del
cielo, que han estado pintándose solas durante la noche. Por la bocana de la
laguna, río abajo, pretendíamos adentrarnos silenciosamente en la selva, desde
la piragua, para conocer de cerca sus pobladores que viven en exquisita
libertad. En los alrededores los riachuelos son innumerables, tan estrechos y
sinuosos que parecen rizos de agua sobre el grueso verdor. Las avenidas fuertes
inundan grandes extensiones y son capaces de derrumbar los árboles gigantes que
crecieron orgullosos durante años y años; están acostados ahora en la panza del
río con su expresión esquelética; mueren los troncos para dar vida a los hongos;
y otras ramas, extrañas a ellos, nacen a sus expensas, varias especies en cada
árbol.
Desde esta mañana sé, con más experiencia ya, que la selva encierra un
inagotable secreto y solamente la larga vida en ella te lo da a conocer. Si yo
navegara solo por aquí no vería nada; el aturdimiento de mi soledad me
ensordecería y me cegaría durante días y tendría que pasar mucho tiempo para que
mis sentidos se acostumbraran a este mundo. La unión con mis compañeros y, sobre
todo, el contacto con los nativos me anticipan la percepción de cosas que de
otra forma yo seguiría ignorando. Para ser yo capaz de vivir aquí sin auxilio de
los demás, tendría que morir antes.
El jueves, día cuatro, hicimos una marcha a través de la selva para sentir
su vida bajo los pies y encontrarnos los árboles cara a cara. Huele a incienso,
a alcanfor, a caucho. A lo lejos se oye una conversación de monos en voces muy
altas. Las lianas son de verdad, colgadas con sus músculos tensos desde las
ramas; se puede viajar por medio de ellas pero no antes de haber hecho un largo
entrenamiento. Vitoriano conoce cada planta y sabe un nombre y un uso para todas
ellas. Rogelio fabrica una flecha con dos golpes de machete; tiene la precisión
de esta herramienta innata en sus manos.
A la vuelta de esta caminata,
Willy nos ha querido asustar encaramándose
a la copa de un árbol. Es la primera vez que los indígenas nos sorprenden con
alguno de sus trucos selváticos; a nosotros nos hubiera gustado soportar más
bromas de este tipo. Melitón, que es muy grande pero conserva muchas cualidades
de pequeño, también ha jugado a escondernos las canoas. Quizás este amago
juguetón, este escarceo de grupo, sea por su parte un galanteo hacia nosotros,
un juego de su sociedad que intenta, a propósito, dar muestras de acercamiento
hacia otro grupo social que ha llegado a ellos amistosamente; puede que fuera
una sutil invitación a quedarnos con ellos más tiempo.
Calzábamos gruesas botas de goma hasta la rodilla, con pantalones
vaqueros, protegiéndonos contra la supuesta hostilidad del terreno. El viejo
chamán, en cambio, caminaba descalzo y tan despreocupado como lo haríamos
nosotros sobre la moqueta del hotel.
Se tiene la idea de que la selva es justamente el polo opuesto a
la civilización; y nada más. Que sus habitantes son una jauría de seres
primitivos a quienes el fango y el desorden vegetal los impide evolucionar y
progresar. Que los seres vivos de la selva son seres salvajes y los humanos
selvícolas son salvajes sencillamente. Con este prejuicio te esperas que la
selva te sorprenda con su feracidad dañina, con sobresaltos bestiales, con
fieras asesinas, con insectos descomunales, con reptiles diabólicos y, a ser
posible, con caníbales también. Pocos se imaginan caminar por la selva sin que
un temblor constante recorra su cuerpo. Sin embargo, nada tan lejos de la
realidad como esta imaginación.
Otra sorpresa de la selva es su intimidad infinitamente acogedora, el
silencio imperturbado por ningún escándalo, la fragancia de las cosas que
exhuman su verdad original y la luz imposible de ensombrecer. En este silencio
de la Amazonia las voces de los animales son tan claras que con poco estudio uno
puede ponerse a traducirlas. Pero es preciso convivir con ellos para percibir,
un día tras otro, lo que nos transmiten de su vida. Ellos no se abalanzan sobre
él ni para devorarte ni para asombrarte con su exotismo. Los monos tienen su
intimidad en las copas de los árboles, una familia aquí y otra lejos; los
caimanes viven en el secreto de la maraña de ramas y raíces a la vera del agua;
las pirañas en las aguas poco profundas, donde a ellas les es más fácil pescar.
Los pájaros dentro del color de las hojas, de las flores y de los frutos
vírgenes de las plantas que crecen en doble capa sobre el suelo amazónico. Todos
tienen su hábitat propio y reservado.
La Amazonia tiene las características de un cultivo intensivo de proporciones
gigantescas, de un inmenso invernadero, una gran maceta semejante a como fue el
planeta entero en tiempos remotos. Como todos los cultivos de esmerado cuidado,
tiene una extraordinaria producción, en cantidad y en calidad, de extremada
pureza. Fácilmente vulnerable a los ataques contra su exquisitez y su virginidad
natural, es precoz en su recuperación, en su regeneración, a no ser que la
agresión sea devastadora, asoladora, porque la selva vive y crece en su
frondosidad más que en su suelo. El incendio en la selva produce el mismo efecto
que borrarla del mapa. Las tierras de cultivo se pueden transformar, mejorar,
realimentar. La selva de la Amazonia, sin embargo, una vez devastada no se puede
reconstruir. Es imposible replantar mil especies distintas en cada kilómetro
cuadrado; imposible recrear su atmósfera de humedad, en estado crítico,
permanentemente próximo a la saturación; imposible reconstruir los filtros de
luz tan perfectos, la anarquía tan armoniosa en que conviven los reinos vegetal
y animal.
De todo cuanto existe en la Amazonia, lo más débil es la especie humana. De
1535 a 1638, en solo 103 años, los descubridores y conquistadores españoles, los
godos visionarios, recorrieron todas las selvas del Amazonas, y todo aquello que
era la América impenetrable quedó siendo, por algún tiempo, parte de las Españas
conquistadas. Pero de esta constancia histórica no sobrevivió nada en la
Amazonia sino solo en los relatos, en los libros, en las minuciosas relaciones
de descubrimientos y conquistas, porque el vigor vegetal de la selva todo lo ha
borrado; las reducciones de los misioneros, las encomiendas y las haciendas de
los colonos han sido borradas; y lo malo fue que los primeros pobladores de la
selva cayeron también dentro de este borrón. Todo lo que tuvo de destructiva la
exploración y la conquista lo sufrieron los indígenas vencidos por las armas y
las enfermedades; no estaban preparados para ello y no se les dio tiempo para
adaptarse.
Cincuenta años antes de la llegada de los españoles a la mitad norte de los
Andes, el poderoso Imperio Inca dominaba tan vastísimo territorio, que,
extendiéndose desde el Cuzco a Colombia, por el norte, llegaba hasta Chile y
Argentina, por el sur.
Según la tradición, fue en el reinado de Tupa Yupanqui cuando los incas se
aventuraron, por primera y única vez, a internarse en la selva persiguiendo a
los anti, bárbaros y antropófagos guerreros que los hostigaban periódicamente
con incursiones hasta cerca de El Cuzco. Pero esta ofensiva inca se malogró
perdiéndose casi todo su ejército en las frondosidades de los bosques; a punto
estuvo el emperador de perecer también y tal fue el desastre que, para
disimularlo, se propagaron por el imperio leyendas sobre la existencia de
monstruos horrorosos que prohibían el acceso a la selva.
Fue precisamente la dominación de los españoles sobre los incas, y conocerlos
en su esplendoroso poder y riqueza, lo que enardeció a aquellos fascinándolos
con la magnificencia de estos y los empujó al más todavía en busca del mundo
dorado. Ya no era suficiente para ellos haber culminado la conquista de los
Andes imponentes; los superaron, los atravesaron y se lanzaron a las selvas con
una audacia que parece inconcebible.
La nómina de conquistadores de estas tierras es tan numerosa y su caminar por
ellas es tan largo que trazarían una red tan tupida como la que los ríos
amazónicos dibujan en la geografía:
Alonso o Alfonso de Alvarado, natural de Burgos y muerto en Lima en 1553,
recorre el río Chachapoyas en 1536.
Juan Poncel anda por el territorio de los indios bracamoros también en ese
año. Diego Palomino vuelve en el 1549 y funda Jaén de los Bracamoros.
Salinas de Lozoya, en 1531, anda por el Marañón, el Pastaza y el Ucayali.
Pedro Vergara por el río Zamora, zona al este de Loja, y por el territorio de
los Naltas (en Ecuador), en 1537.
Alonso de Mercadillo recorre el Guallaga y el Ucayali en 1538.
Gonzalo Díaz de Pineda, el Coca y el Napo, en 1538 y 1539.
Rodrigo Nuñez de Bonilla por la tierra de los quisna y macaras, 1540.
Después, Álvaro de Paz y Diego de Torres en este mismo territorio.
Hernando Benavente, por el de los
jíbaros en 1549.
Juan Palacios, por el río Acuarico en 1569.
Gonzalo Pizarro, nacido en Trujillo (Cáceres) 1502, y muerto en Xaxahuana en
1548, el río Coca.
Francisco de Orellana, nacido como Pizarro en Trujillo, y 28 años más joven
que él, continúa la expedición que abandonó Gonzalo y navega todo el Amazonas
hasta el Atlántico. En el mismo Amazonas murió en 1550. Con toda su agitada vida
alcanzó los ochenta años de edad. Por imponerse el mito a la realidad, el gran
río no se llama Orellana sino Amazonas.
Pedro de Ansúrez sucede a Orellana y recorre el alto Beni.
Yuflo de Chaves, el río Pilcomayo en 1543; del 1546 al 51, el río Paranaporé;
a principios de 1555, el norte del río Paraguay. El fraile Agustín Zapata
explora el río Mamoré en 1693.
Álvarez Maldonado remonta el río Madre de Dios en 1547, a donde habían
llegado ya antes los frailes Mercedarios de El Cuzco.
El Napo fue la vía principal para llegar al Amazonas, tanto en el camino de
Francisco de Orellana como en el que los Jesuitas y Franciscanos emprendieron
para la evangelización de las tribus orientales; estas vivían en un gran
territorio de selvas y montañas desprendidas de la Tercera Cordillera, en torno
a los ríos Napo, Coca, Acuarico y sus muchos afluentes. La lengua quechua que
hablan hoy estos indígenas fue implantada por los misioneros españoles que la
utilizaron como elemento cohesionador entre los nuevos cristianos.
Lo mismo que los ríos fueron vía de penetración para conquistas y misiones,
han sido también históricamente las líneas de referencia para el estudio de las
tribus selvícolas. Cuando empezó la tarea de misionar a los indígenas de la
Amazonia de Ecuador, Bolivia y Perú, estos alcanzaban una población aproximada
de un millón de habitantes. Con la expulsión de los Jesuitas en 1768, última
etapa de la colonización española en las selvas, desaparecieron los vestigios
históricos a muy poco de ser abandonados; pero gran parte de estos selvícolas
había sucumbido antes en el encuentro. De un total de 137 grupos étnicos de la
selva, contabilizados desde 1534, a finales del siglo XIX sobrevivían 58; otros
38 estaban en proceso de extinción, 10 grupos estaban integrándose en mestizaje
y 79 habían desaparecido.
En la actualidad (1990) existen grupos etnolingüísticos que no aparecen en
las relaciones de conquistadores y misioneros, pero es muy probable que
existieran siempre y que se trata de supervivencias que han cambiado de
identidad y de hábitat.
Jueves, noche.
Salimos a buscar caimanes en la laguna. El maestro de caza es Melitón. El
artilugio es rudimentario, un mango de unos dos metros de largo en cuyo extremo
cuelga un cordel con lazada en nudo corredizo. Con el pequeño haz de luz de
nuestras linternas se descubren los ojos rojos del caimán, por muy lejos que
estén, brillando igual que un par de rubíes flotando en el agua. Paramos el
motor de la canoa y sigilosamente nos acercamos a intentar ponerle el lazo
alrededor de sus mandíbulas; si esto se consigue, con un ligero tirón, con los
movimientos del reptil, el lazo corre cerrándose y, una vez que el nudo se moja,
no puede descorrerse, con lo que el caimán ser peligroso únicamente por la cola,
no por la boca que ya no podrá abrir. Apenas hay caimanes, porque durante los
años cincuenta dejaron la pura señal. Un lagartijo que medir menos de metro y
medio es nuestra única presa, cazado por el placer de palpar su piel
cuadriculada y devolverlo a su libertad.
Está formándose una fuerte tormenta que llegará al campamento hacia las
dos de la madrugada. Los indios y nosotros, de civilizaciones tan distantes, a
bordo de una piragua milenaria con un fueraborda prodigio de ingeniería física,
cazando caimanes como lo hicieran ellos al principio de su historia, en este
planeta que divide su tiempo en días y noches, que gesta tormentas en el cielo y
cría vida en el agua...
Efectivamente aquella noche llovió muy a gusto. Nos despertó la
lluvia torrencial cayendo sobre los árboles.
A la mañana siguiente el sol era tan radiante como en los días anteriores y,
para sorpresa mía, la tierra apenas estaba encharcada. La explicación es muy
sencilla: en la selva no llueve sobre el suelo sino sobre la gruesa y espesa
capa de vegetación que puede tener veinte metros de altura; esta empieza en las
copas de los árboles, los de gran tamaño, los menos grandes y, en último
término, la manta de residuos vegetales que forman un poderosísimo sumidero
esponjoso encima de la tierra. Es probable que al suelo propiamente dicho no
llegue más de un veinte por ciento de la lluvia que cae; el resto es absorbido
por las plantas y asimilado o evaporado por ellas mismas; de aquí el efecto
natural de invernadero producido con valores constantes bajo la sombra y la
penumbra de los árboles, con una subatmósfera que contiene un altísimo
porcentaje de humedad, y una temperatura cálida y regular.
Separando de este viaje el componente aventurero que tenía, queda por
contrastar los hechos vividos con los soñados. A los cuatro días de llegar al
campamento las tensiones que teníamos por el miedo oscuro y húmedo a la selva se
habían relajado ya. Cierto que quien es viajero por profesión se familiariza muy
pronto con los lugares nuevos, con el ambiente y con las personas desconocidas,
porque vive y llega predispuesto a ello. En este caso la confianza tomada con el
campamento y su entorno, con la vida en nuestro pequeño pueblo amazónico, había
ido más allá de la familiarización rutinaria, era algo netamente afectivo,
emocional. En buena medida se dio en nosotros una especie de enamoramiento hacia
lo que nosotros mismos estábamos viviendo.
Los alrededores de la Laguna Grande estaban explorados ya. A través de la
selva habíamos hecho dos largas caminatas. Los indígenas nos habían enseñado sus
hogares y conocíamos sus familias.
En las dos piraguas nos adentramos en la laguna, al atardecer, lejos de la
zona de pirañas y caimanes y nos lanzamos al agua todos; el viejo chamán, el
indio Rogelio, Willy, Melitón el bregador, nuestros dos guías y nosotros seis,
todos los del equipo. Ni siquiera el más leve roce de un pez, zambullidos en el
agua, para producir el temido escalofrío de una piraña o un reptil; ni siquiera
eso rompió el encanto de vivir en la paz y la quietud permanente. Muy lejos de
esto, en el tiempo, estaban los sueños de mi adolescencia de colegial, en el
internado donde leía viciosamente los libros de aventuras a hurtadillas de los
curas. En aquellas lecturas la selva era solamente paradisíaca, un sitio donde
se podía vivir desnudo y convivir en el jolgorio de los animales exageradamente
exóticos y salvajes. Para un colegial educado por religiosos, la primera imagen
selvática coincide con el bíblico paraíso terrenal. Pero la realidad de la
Amazonia contrasta con esa ancestral ilusión. La entrada a la selva es el paso
de la aventura a la acometida del riesgo. Se llega pertrechado contra los
peligros y se sufren los efectos de esta primera lucha; los sudores por la
vestimenta excesiva y la humedad inhabituada, los mosquitos que te atacan porque
no te conocen, el temor a los ruidos extraños, la sorpresa de la lluvia, el
pavor a la fiereza de los animales. Superada la barrera del riesgo viene la de
la incomodidad: El sendero a la letrina, recoger agua de lluvia para ducharse y
cocinar y, sobre todo, darse cuenta de que en la selva más que fieras hay
insectos, muchísimos más y más variados. Pero una vez inmerso en este mundo tan
vivaz bajo los árboles se te ofrecen multitud de satisfacciones gratuitas, en
contra de los temores y los peligros prejuzgados; entonces resulta fácil obviar
estos prejuicios y, de forma natural, en donde se hablaba no más que de
incomodidades también se encuentran placeres exquisitos; si se consigue llegar a
este punto, es el momento de volver a explorar la imaginación y los sueños de
cada uno.
Hay en la selva un placer superior a todos, con la particularidad de que éste
acentúa el valor, la calidad y el disfrute de los demás. Tal placer supremo se
llama intimidad. Algún tiempo después de este viaje descubrí la perplejidad que
me había producido un hecho que a simple vista no parecía más que anecdótico. Al
visitar las viviendas de los indios, vimos cómo el acceso a ellas, algo elevadas
sobre el suelo, era un grueso madero - escalera, con los peldaños hechos a golpe
de la azuela, del hacha o el machete. Este madero - escalera no está fijo,
clavado, sino que es fácil de mover; en alguna de las viviendas se dio el caso
de encontrarlas sin los moradores, ausentes, y entonces el madero - escalera
estaba vuelto hacia adentro, con el lado de los peldaños puesto al revés de como
estaría si se subiera por ellos; es decir, la escalera estaba puesta para no
subir por ella porque no había nadie en la casa. En cierto modo la puerta estaba
cerrada. Pero como la casa no tiene pared, únicamente baranda, la tal puerta no
es puerta, no pasa de ser más que una llave, tomando la parte por el todo. Esa
era la forma tan simple de cerrar la casa: poner la llave al revés. Y, en
definitiva, cerrar la casa no era más que un gesto simbólico: Con él quedaba a
salvo la intimidad del hogar. De esta perplejidad he salido al comprender con
más exactitud que en la selva la intimidad es imperturbable. La selva de la
Amazonia no es la jungla que se ha entendido como sinónimo de jauría y
desconcierto vegetativos, antes bien es la sabia armonía de la naturaleza en
plena libertad; y le ofrece su disfrute al ser humano de una manera que puede
sentirla como exclusiva, propia, personal, desde la luz pura del sol a la visión
plena del firmamento, los sonidos y la presencia de los animales libres, la
contemplación de la vida y la contemplación de uno mismo. Esta intimidad
selvática es esencia de la vida misma de sus humanos indígenas, las aves, las
hormigas, los monos, los reptiles, los insectos de miles de especies diversas,
los árboles, los arbustos, las flores y las hierbas, la lluvia que cae y el
vapor que se levanta, los cientos de ríos, de los dioses y del gran Dios, el
Amazonas, que vive en el lugar más acogedor que hay en el mundo. La antigua y la
nueva filosofía de la vida está archivada, encerrada, hermética, misteriosa,
secreta, en la Amazonia.
Domingo, 7 de mayo.
Nuestros amigos los guías,
Osvaldo y Fernando, tuvieron la increíble amabilidad de tomar en serio un
capricho mío que solamente había dicho en broma; y aquí está servida la
sorpresa. Hasta el interior de la selva virgen han traído los escogidos
ingredientes para hacer una paella valenciana: Aceite de oliva español, almejas,
cigalas y gambas y unos mejillones de calidad aceptable; lo habían comprado
fresco en el mejor mercado de Quito y ellos mismos lo habían congelado; también
unas judías verdes muy buenas y otras blancas tiernas. Yo no les había dado la
receta, así es que tuvo que ser Fernando, el intendente, quien se ocupó de
documentarse y averiguarla. Incluso el arroz era valenciano, con la etiqueta de
exportación todavía visible. Yo he cocinado una paella en plena selva amazónica;
no puedo juzgar si la hice bien o mal pero nos supo buenísima. Para mayor
asombro, hubo también una botella de vino del Penedés.
La tarde ha sido de siesta, húmeda y somnolienta.
Vitoriano vuelve a tejerse una nueva corona de flores, para la ceremonia
de curación con ayahuasca, por la noche.
A las 21:00 h. apenas cenamos. Algunos comen las pirañas fritas, pescadas
por la mañana en la laguna. Comienza a llover; cuando llegamos a tomar el café
ya lo hace de manera torrencial.
Sobre la baranda, muy cerca de la mesa donde estamos sentados,
aparece, sin saberse cómo, un sapito, un batracio, tan animalote él que pesar
quizás trescientos gramos. Permanece mirándonos en son de paz durante largo rato
y se ha ido después, pero nadie lo ha visto marcharse; es la última amistad que
hemos hecho en la selva. Cabe sospechar de este sapito que era él quien
sobresaltaba siempre nuestro paseo nocturno a la letrina con un berrido ronco
como de cabritilla borracha.
Durante horas han hervido en el agua los trozos de la raíz de ayahuasca. Del
haz que Vitoriano recogió nos ha regalado algunos del tamaño de cigarros
habanos, pero retorcidos, porque la raíz, aérea y no subterránea, tiene el
aspecto intermedio entre un tubérculo de lirio y un trozo de liana. Todo el pote
de un par de litros de agua ha quedado en poco más de un cuartillo después de
tan larga cocción. El caldo resultante parece un café muy concentrado y con algo
de leche. Ya estamos montando las dos cámaras y el sonido cuando traen la
curativa colada en un tazón, más otro vacío. Se habían encendido dos candiles
frente a Vitoriano y su hijo Rogelio, sentados en dos poyetes de espaldas a la
baranda. Es el mismo lugar en que hacíamos las comidas, ahora con la mesa y los
bancos hechos a un lado. El viejo chamán y su hijo visten la cushma tradicional;
la de Rogelio es blanca y la de su padre de un color añil violado. Nosotros
esperamos en el más absoluto silencio.
El chico
Willy duerme al fresco en la balconada exterior y Melitón y su
mujer lo hacen en su propia tienda.
Se oye nada más el rezo del chamán en tono de susurro y las repeticiones del
hijo en voz más callada. Con un ramito de hojas el chamán airea el espacio de su
derredor; moja el ramo en la pócima y repite la operación esparciendo gotas del
caldo. De su cuenco aparta la mitad del contenido al del hijo y los dos beben
tres veces hasta dejar menos de un dedo. La cara del viejo no se inmuta con la
ingestión del caldo; pero la del hijo sí cuando bebe con leves espasmos, primero
en el rostro y después en todo el cuerpo, lentamente, tanto que quizás no los
percibiéramos de no estar tan atentos como estamos.
En el exterior cae una lluvia serena, aunque no se sabe con certeza si es la
lluvia propiamente dicha o si esta es la segunda lluvia, la que cae de los
árboles al suelo. Se siente una brisa agradable que rellena de frescor el
ambiente de la velada.
Vitoriano y Rogelio han quedado en absoluto silencio, cerrados los ojos y
sentados. Así permanecemos nosotros hasta que Vitoriano nos mira sonriente.
—¡Ya está!
Como si fuera la invocación final de una oración. Lo ha pronunciado con la
misma serenidad y quietud con que las hojas están respirando el aire de la
noche, es la sencillez con que él sonríe a todas horas.
—Ahora a dormir.
—¿Qué sientes, Vitoriano? ¿Qué ves?
Él dice que así se descansa más, que podrá tener sueños blancos y de grandes
luces y que al día siguiente se verán las cosas mucho más claras.

El autor y Vitoriano, el viejo chamán de los secoyas.
Campamento del Parque Nacional del Cuyabeno. Mayo de 1989. (Foto del autor).
Miércoles,
10 de mayo.
Ha
llegado el día del regreso.
El amanecer es azul y verde, igual que
el pleno día, porque el sol está ya alto cuando se ve. Las hormigas han devorado
durante la noche las pirañas que les pusimos el día anterior, han dejado
cepilladas las mandíbulas de dientes puntiagudos para llevarlas de souvenir a
España.
Una laboriosa tarea la de levantar el
campamento; pero todo es muy rápido y preciso.
Vitoriano anda con su corona de flores y
además se pinta la cara de achiote para la gala de nuestra despedida; es una
yema color rojo azafranado y lo toma del matorral que hay justamente en la
pequeña pradera jardín del campamento; huele un poco a lima y a rosas.
El pequeño montículo sobre el que se
alzan las cabañas se encuentra algo resbaladizo por el agua caída –ya no es un
suelo de selva sino un prado cultivado– y es preciso mucho tiento en el acarreo
de las cajas y el equipaje desde el campamento a las canoas; pero los indios son
fuertes y diestros en ello, y nosotros también; Melitón hace él solo el trabajo
de cuatro hombres.
Nos hacemos las últimas fotos de
recuerdo.
Un cuarto de hora más tarde ya estamos
viajando río arriba. El lomo del Cuyabeno se estira para que la piragua trepe
por él con su pequeño Yamaha. Como siempre, Willy navega más rápido con su
barca, delante de la nuestra. ¿Qué ser de este guapo muchacho dentro de unos
años? Me gustaría saber que es feliz y que el progreso no lo ha traicionado con
desdén ni con engaño.
¡Adiós, Amazonia verde de mariposas
azules! Adiós, árboles gigantescos e ignorados. Adiós, oro selvático, y que
nunca una multinacional de acciones anónimas se atreva a destilarte hasta
dejarte exhausta.
Llegamos a Lago Agrio a las once de la mañana.
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