|
|
|
Lago
Agrio
donde los indios se llaman secoyas |
NOVELA |
©
Darío Herreros, 1990
©
EDYM, 1998
ISBN 84-604-1054-4 Depósito Legal
V-4185-1991 |
-
1. Un poncho entre los Andes
Los viajes en avión que son largos ponen al revés las manecillas del
reloj y te dan la oportunidad de invertir la moraleja y hacer por la
tarde lo que dejaste de hacer en la mañana; porque la mañana empieza
cuando llegas a tu punto de destino, o no empieza cuando empieza sino
cuando acaba, o empieza la mañana cuando en tu reloj ha empezado ya la
tarde. En este modo fue la llegada a Quito, al principio de una mañana
que había terminado ya y con el viajero que acumulaba el cansancio de
una noche doblemente larga.
-
Tan pronto fueron abiertas las maletas en mi habitación los nudillos
de una mano golpearon la puerta por fuera y, al abrirla yo, una
sonrisa de flores amarillas me pidió permiso para entrar. La sonrisa
era una bandeja llena de zumos y frutas tropicales que se ofrecían a
refrescar y dulcificar el principio de mi estancia como huésped. No
podía haber un recibimiento más sabroso y más digno de aprecio. Fue
esto lo que me retuvo despierto y me ofreció la oportunidad de mirar
por la ventana.
-
El hotel Internacional Quito está elevado sobre la ciudad y al lado
opuesto al perfil de Sucre en el monte Pichincha, oposición muy
agradecida por mi parte porque este emplazamiento es mucho más exótico
y menos patriota, sin representaciones de batallas heroicas; en esta
parte el paisaje es el de la calma reflejada en el inmenso valle que
parece nacer al mismo pie del hotel.
-
Sobre mi mesilla, en la cabecera de la cama, veo una tarjeta de visita
muy especial en la que se perfila una figura humana desnuda y
asexuada, tumbada, recostada en ninguna parte pero horizontal, con un
número de teléfono y la sugerencia de poner el cuerpo a la altura de
los Andes. En ese momento la bañera ya estaba llena de agua y espuma y
calculé que en ella cabría más de una persona; sin embargo decidí no
abandonarme en ella y no despreciar la invitación de la tarjeta y el
número telefónico.
-
La ciudad de Quito parece un enorme poncho de los quichuas que hubiera
caído del cielo y se quedara aquí tendido bajo el sol vertical del
ecuador, en un suelo privilegiado por las cumbres nevadas de los
cuatro volcanes que están a sus cuatro puntas.
-
El baño caliente y perfumado me devolvió la consciencia sobre mi
cuerpo. En cualquier parte del mundo ocurre que pagando en dólares se
hacen realidad los deseos de confort y es posible sumergirse bajo la
espuma de Rochas aunque sea a cuatro mil metros de altitud.
-
En el instante final de este primer placer que yo me permitía llegó la
respuesta a mi demanda telefónica; era una muchacha quiteña vestida de
azul, con un sombrerito negro sobre la cabeza y una mochila de
colegiala a la espalda. Me pidió hacer uso del cuarto de baño y entró
a cambiarse mientras yo me dejaba caer sobre la cama; en pocos minutos
volvió a salir como si fuera una alumna de las aventajadas en
educación física; me entregué gustosamente a sus manos intuitivas y
adiestradas para distender cada músculo, cada hueso y cada nervio mío,
para recuperarme del insomnio. Mientras permanecí en la ciudad y cada
día que pude volví a solicitar los servicios de esta bella quiteña que
me regalaba trofeos de bienestar.
-
Ojalá pudiera uno encontrar un truco para rebobinar la historia y
hacer un nuevo montaje de ella. Yo haría entonces una película de
canciones indias de todos los pueblos de América, en la que los
conquistadores fueran conquistados, que toda la sangre de las batallas
fuera música y la codicia de los explotadores fuera pasión por ser
amados de estas gentes que, como escribiera Colón en el principio de
su diario, son tan generosas que dan de sí todo cuanto tienen;
entonces alcanzaríamos la simbiosis perfecta de la magia y la utopía,
la alianza de la naturaleza y la razón; entonces no hubieran surgido
monumentos ni a las batallas ni a los mártires.
-
El turista recién llegado a un país es objetivo esperado por quienes
viven de explotar la ignorancia o la buena fe de los demás, por los
buscadores de primos a quienes dar el pego con el broche de oro, la
esmeralda de ganga, la falsa arqueología y el falso folklore con
apariencia de verdadero; si además el forastero es compatriota de
quien lo recibe, entonces pagar también por su sensiblería y con ella
tendrá que pagar el descaro de quien le ofrece fascinantes aventuras a
la vez que le pide no importa qué trozo de patria que lleve en su
maleta. Ese fue el pretexto con el que en mi habitación se consumieron
tres botellas de brandy jerezano y unas cuantas cajetillas de tabaco
negro ardieron, a más de otras tantas desaparecidas sin ni siquiera
dejar allí el humo. A veces no es uno solo de estos cazadesprevenidos
el que aparece sino varios o una nube de ellos. Pero en este caso se
trataba de un tipo especialmente favorecido, porque venía pertrechado
de historias asombrosas y todavía nuestras divisas estaban intactas.
-
Hay palabras misteriosas que encierran mágicos tesoros en su
significado, incluso para quienes las escuchan por primera vez. Es
fácil que en América una palabra tenga connotaciones exóticas, con un
trasfondo de aventura y una promesa de riqueza fascinante, casi
siempre dorada.
-
En Ecuador la sola palabra Llanganati es objeto de mil
interpretaciones y descripciones diversas, porque ese nombre es ya
toda una leyenda.
-
La habitación 403 iba llenándose del humo de Ducados y del aroma de
Jerez, mientras otra bruma, más espesa todavía, llamada Llanganati,
impregnaba el ambiente con historias contadas a retazos por un loco
descarado llamado Ernesto, de barba y cabello blanco, con gafas
gruesas y verborrea incesante, atragantado con el tabaco y el brandy.
No mi generosidad, sino la de mis compañeros me obligó a escuchar
hasta altas horas de la madrugada los cuentos de aquel sonado, remedo
de viejos buscadores de Eldorado. Las oscuras montañas de que nos
hablaba, según salían de su boca, ensombrecían mi cuarto y sentíamos
ya la humedad fría de sus nieblas perpetuas, asfixiantes, encubriendo
el relumbrón de los ingentes tesoros del Inca que los había sepultado
allí y que todavía ningún valiente, ningún audaz aventurero, los había
recuperado.
-
Yo, que no buscaba más aventura que la que en ese momento vivía,
estaba deseando ya que cada día me contaran una historia como esta,
aunque se agotaran las reservas de mis maletas. El colmo de mi
felicidad se hubiera dado de contar con otro narrador, un viejo cura
de aldea, por ejemplo, un profesor de instituto sin ganas de
comerciar, una bruja, un curandero, un alcalde de municipio minúsculo,
insignificante, no un vivaracho presumido y engañabobos como este;
pero aquí estaba él con su mórbido relato que me tomó desprevenido y
que, por tanto, me era imposible sospechar adónde podría llevarme.
-
Al llegar a Quito no hay un solo ciudadano que no se esfuerce en
proclamar la deliciosa climatología que se disfruta, y recalcan en
unas cualidades o en otras según les parezca oportuno; Siempre es
primavera aquí, dicen. Tenemos las cuatro estaciones en un día. Lo que
venga al caso, por muy diferente que sea. Porque efectivamente en una
sola carrera de taxi se puede viajar a través de una tormenta de
granizo, de un sol espléndido y de la más espesa niebla.
-
Pero a mi juicio hay una cualidad más notable todavía que todas estas
y es la pureza del aire. Naturalmente es preciso estar acostumbrados a
vivir en una de esas ciudades enmohecidas por la contaminación
atmosférica para poder sorprenderse ante la pureza del aire de Quito.
-
Más allá de esto, el extranjero se da cuenta realmente de la
climatología de esta ciudad cuando viva en ella una mañana enteramente
diáfana, aunque no haga más que caminar por sus calles, pero sobre
todo si se dispone a un paseo o excursión por el campo; entonces sabrá
lo que significa Ecuador, donde el sol cae vertical sobre la tierra.
Además de la proximidad extra del sol, por su verticalidad, atraviesa
un cielo tan transparente que abrasa la piel del recién llegado. Por
esto los naturales del país tienen la tez de un preventivo filtro
solar.
-
Yo amanecí a mi primera mañana quiteña después de una noche cargada de
brumas de historias extrañas. Mezclar alusiones a los tiempos de la
conquista, –que en el caso de los incas fue especialmente cruenta,
porque, entre otras razones, la sociedad incaica era cruenta ya de por
sí– con la persistente quimera del oro, y ambientarlo en la geografía
inhóspita y fría de los Llanganati, daba como resultado una cierta
desazón.
-
Esa noche había decidido apartarme del velorio cuando iba a comenzar
su segundo capitulo, ese en el que mis compañeros van a morder el
anzuelo lanzado por Ernesto, prometiendo organizar una gran expedición
a los Llanganati, porque, entusiasmados, allí encontrarán el fabuloso
tesoro que hace casi cinco siglos ocultaron los incas para que los
españoles no lo cogieran. La expedición habrá de ser filmada para la
televisión con todo lujo de medios técnicos y de personal y
resultaría, a buen seguro, de un gran interés científico.
-
El segundo día fui capaz de madrugar tanto como para contemplar al
Cotopaxi desperezando su nevado bajo el sol, al otro lado de este
valle del Guápulo por donde, otro día de hace siglos, Orellana salió
de Quito camino del Amazonas. La niebla en el valle reposaba como si
fuera un embalse de nubes, lleno a rebosar, entero, desde mi hotel al
Cotopaxi; todo el camino parecía ser llano. La piscina termal bajo mi
ventana exhalaba en el amanecer andino sus vapores cálidos acentuando
lo paradisíaco del lugar, y una sola bañista, con maillot azul, nadaba
en ella cuando eran las seis de la Mañana.
-
No siempre, pero a veces Sí, despertando pronto se tiene la suerte de
ver lo que ocurre a esa hora y que Después no vuelve a ocurrir.
-
El hotel Internacional Quito es el más frívolo y festivo de la ciudad.
Cada temporada taurina se ve lleno de fiesta española, con los toreros
hospedados Aquí, sus cuadrillas y chicas guapas, otra raza de manolas,
mestizas y mulatas, que son gustosas de acrecentar el folklore y la
juerga. Aun fuera de temporada el hotel mantiene su aire desinhibido y
jovial, lúdico, con muchos empleados vistiendo trajes indígenas,
haciendo gala de una amabilidad permanente y una paciencia sin
límites. Vivir en él es un placer, rozando la lujuria que no resulta
casual sino acostumbrada; jugoso, fresco y aromático, como la piña
tropical, el mango, la naranja y la papaya, dulce como los labios de
una muchacha india y exuberante como el saludo del indígena puro,
incontaminado, que conserva el vigor de la raza americana y el
espíritu montaraz, hombre que lleva dentro algo de dios andino y algo
de puma selvático.
-
Queramos admitir o no como tópicos estas expresiones, por aquello de
que cualquiera que no viste nuestro estándar de diseño occidental ya
es exótico, lo cierto es que me resulta admirable el hecho de que
todavía existan seres humanos con vestigios de raza pura o, al menos,
que se parezcan a su tierra, que tengan una forma de vida peculiar
enraizada en su lugar de nacimiento. Por esto los europeos y los
norteamericanos y los japoneses ya no se me parecen a ningún dios y
los encuentro imposibles de mitificar y, hasta cierto punto,
inhabitables para la poesía. Llevamos el occidentalismo como una
hibridación de raza y hemos perdido la mayor parte de nuestro parecido
con la naturaleza. Quienes nos hemos sumergido tanto en la sociedad
industrial - consumista nos hemos alejado de la naturaleza tanto que,
entre ella y nosotros, resultamos ser unos perfectos desconocidos.
-
Al indio americano, incluso al mulato y al mestizo de pocas
generaciones, no se les quema la piel con el sol porque todavía la
conservan bruñida, heredada de sus antepasados, emparentados con los
naturales de los ríos y de los montes, con los seres míticos de los
bosques y las selvas.
-
Yo sé que cada vez que voy a América vivo sobreexpuesto a esta
impresión de encantamiento, debido a que todavía la veo como la pintan
los relatos de viajes del siglo XVI: El Nuevo Mundo; siento que es un
mundo que conserva mucho de nuevo respecto al nuestro viejo. Pero en
este viaje mi predisposición a creer en la divinidad de los indígenas
era aún mayor, teniendo en cuenta que nuestro objetivo más importante
eran los indios de la selva virgen: Lo más recóndito de aquello nuevo
antiguo, la América original. Por eso el hechizo que me produjo la
muchacha mestiza de sombrerito negro fue tal que, cautivando todos los
sentimientos míos y reduciéndolos a uno solo y feliz, aniquilando
hasta las más pequeñas tristezas o volviéndolas al revés, todo me lo
embebió de esa enjundia especial, del encanto, por muchos conocido,
cuyo síntoma más frecuente es la continua sonrisa en plena cara.
-
Galina Andrade, ... se me va a reír usted, quería ser rockera;
pretendía llegar a formar parte de un grupo de rock que se hiciera
famoso. Tenía la voz como la tendrían las pequeñas viborillas si
cantaran, era como el tallo de un tulipán, como un hilillo de agua
transparente, como el aire dentro de un canuto que sopla el vidrio,
era como las indias de los cuentos de los europeos de hace quinientos
años. Galina Andrade, con su nombre llegado de las riveras del Mármara
y su apellido de oleaje suave y marinero de los mares gallegos, con su
piel acharolada por el hibridaje de barcillo con pedigrí, quería ser
una chica del rock. Podía. Podía ser lo que quisiera. Ojalá lo sea.
-
Las etnias de la selva amazónica y de las cejas de la montaña andina,
mucho más suaves que las de los altiplanos, eran más agraciadas en su
aspecto físico. A estos niveles bajaron los incas de los valles
interandinos, a embellecerse, a medida que los iban conquistando.
Galina Andrade debía descender de un grupo de estos indígenas que
vivían en las lindes de la selva amazónica, cuando algún europeo con
mucha suerte pudo cruzar con ellos su sangre. Tenía plumas en las
manos y su aliento era el aliento que tiene la sangre dentro de las
arterias calientes. Con sus plumas me embrujó como con varitas azules,
igual que si en un resquicio de mí hubiera entrado un grano de maíz
dulce. Sus manos me estremecían con ese sobresalto que sufren dos
hojas verdes al juntarse por medio de una gota de agua.
-
Mientras yo la conocí, Galina terminó los exámenes de grado y
empezaría a estudiar medicina en el curso siguiente. Y ... se me va a
reír usted, yo, por eso, porque quería tener un grupo de rock. No tuve
tiempo de conocer de Galina más que su nombre y su primer apellido, el
celofán humectado y brillante de sus labios, la laca de sus uñas, sus
bambas y sus camisetas, su mochila de colegiala, y ni siquiera supe
qué llevaba dentro; a lo más secreto suyo que llegué fue a verla
mirarse en el espejo del pasillo cuando volvía a salir de mi
habitación; allí recomponía su sobrerito con las dos manos y se miraba
por los dos lados que podía verse, por encima de un hombro y por
encima del otro. Quiteña, diecisiete años al nacer. Valdría la pena,
para más de uno, ser el eterno escritor de tus versos. Porque todavía
no has nacido a la civilización contaminada, la que taladra agujeros
en la estratosfera y que despega tanto las capas superficiales de la
piel de las profundas de los sentidos.
|
|