Opus Nº 20

NOVELA

© Janine Esmelain, 1978 © EDYM,   ISBN 84-88615-20-5  Depósito Legal M-37200-1978

Si esto fuera una película, la sala estaría oscura y aún no veríamos nada en la pantalla de proyección, porque la cámara no se adaptó todavía a la oscuridad. Pero el oído sí percibe los sonidos rítmicos de un vaivén que es a la vez humano y mecánico, y se abre lentamente un reducido campo visual. El somier está combado en el centro, tanto como para sospechar del peso que lo oprime. No está quieto y se hunde por uno y otro lado y se escuchan palabras susurradas en cada movimiento, acompasadas, como en un solfeo de roces y suspiros por encima del colchón. Las pausas de acción y silencio se acortan. El ritmo es moderado. Los suspiros se prolongan en quejidos y se distinguen con precisión voces graves y agudas al unísono. Es indudable la secuencia amorosa que se está viviendo más arriba de lo que se ve, a bordo de la cama. La acción avanza impetuosa y vivaz, en un crescendo de dos fuerzas sumadas hasta desencadenar una tempestad de viento y oleaje en la superficie. El desenlace es expresivo de la profunda satisfacción, bien conseguida.

De la cama caen al suelo los dos pies desnudos de un hombre.

Debajo de la cama sale asustado un gato con un maullido largo. Se ha apeado un mozo de menos de treinta años. La mujer es aparentemente más joven; se ha fatigado más y suelta un bluf sentada en la cama, las piernas abiertas y tapándose el sexo con las manos húmedas. El blusón le quedó arrugado, maltrecho; y tiene que barrerse el cabello negruzco caído entre sus ojos. El mozo se viste rápido y con soltura. Ya no se miran más el uno al otro, sin saber que se hayan mirado antes. Por fin, los dos, un beso de adiós en los labios, y esto es lo que tiene oficio más antiguo y más placentero del mundo: dura poco.

En la calle, la luz no ha perdido todavía su temperatura diurna. Estoy en una ciudad que no conozco y sin embargo se parece a muchas otras; a casi todas. Ojala yo tampoco me conociera y me viera ahora por primera vez. Me gusta. Me gustaría verme así tal como me gusta la ciudad. No es invierno pero tampoco veo nada de lo que se pueda deducir un verano espléndido ni una primavera radiante. La gente viste un cassual alternativo muy liviano, de entretiempo, diría yo; no lo puedo identificar con ningún estilo, ninguna época de moda, ningún país, pero indudablemente esto es “la actualidad”. Ciertamente, las calles y el paisaje urbano que veo no me permiten darle nombre a la ciudad, pero creo que me encuentro en el viejo mundo. Nada de los ambientes que veo pertenece en exclusiva a un sitio concreto de los que tengo noticias. Aunque a determinadas localizaciones pueda darles un nombre, la mezcla de ellas es tal que se me parecen a todo. Creo que estoy en un reducto urbano de la vida ociosa por excelencia, donde los snobs se convierten en trotamundos y los ciudadanos castizos se mezclan con la más variada inmigración de países exóticos.

Me paro a pensar, de pie, apoyado en la pared. Un mozalbete sale del inmueble a calle. Dos pasos e inmediatamente cambia de acera. ¿Soy yo? ¿Él es yo? ¡No! Yo soy quien está despertando de la crisis depresiva. Los densos nubarrones que en la gran depresión acumularon cieno gris en las calles, y en mi memoria. Me quejo de no tener fondos de inversión, de no tener moneda, de no tener. ¿Me quejo? ¡No! Me despierto. Me muevo. Me pellizco. ¿Me intranquilizo? Sueño. Sé que estoy despertando, porque siento al fin la desazón que estaba desarraigada y vuelvo a reconocer. Tengo migraña de un pasado remoto y opulento pero ahora empieza a resultarme familiar el aspecto cansino de mi zapatillas.

La calle tiene el look de barrio chino. Barrio húmedo, barrio antiguo, bajo, oscuro. Vicioso, escondido; pero barrio en definitiva, vividor, habitable, humano. A esta hora caen los primeros visitantes y las calles se van poblando de gente, parados unos en las puertas y otros en medio de la calle, de mujeres que pasean solas su sugerencia, invitación, descaro, de un lado a otro. Portales de casas abiertos de par en par. Calles más estrechas están más concurridas que calles anchas. Al fondo de una de éstas se ve el puerto, como una prolongación más del barrio en esta parte de la ciudad. Las mismas calles estrechas, mojadas, se adentran haciéndose agua entre las barcas de pescadores, por un lado, y los yates de todos los tamaños, por otro.

--->>>