SILVIA CIMAS
PENÉLOPE
Una mañana de
Otoño,
cuando los
pájaros que revoloteaban por el parque
habían emigrado
hacia otras zonas cálidas,
llegaste tú.
Eras pequeña,
casi diminuta,
pero hermosa como
una flor en Primavera.
Llegaste a mi
vida para darme más vida,
me mirabas con la
mirada del alma,
con la mirada de
una amiga.
Fuiste mi
compañera, tú me brindabas tu lealtad
y yo devolvía
todo ese cariño, brindándote mi amistad.
Pero el tiempo
pasa, la vejez nos va pesando,
sin darnos cuenta
tenías ya dieciséis años.
Dieciséis años no
es nada,
pero para una
perrita es mucho.
Tus ojos habían
comenzado a nublarse,
casi no veías tu
camino,
pero en mí tenías
a un lazarillo incondicional.
La vejez, querida
amiga
te pesaba a cada
paso que dabas.
No quería que te
marcharas de mi lado,
qué egoísta fui
contigo.
No quería
reconocer que tú estabas
cansada y que
querías ya dormir.
Dormir el sueño
eterno, el sueño que te llevaría a Dios.
Una tarde de
verano te ordené egoístamente
que no te
marcharas de mi lado,
que no te
durmieras, que no me dejaras.
Pero en cambio tú
me miraste por última vez
como pidiéndome
perdón por dejarme,
y te entregaste
al sueño eterno.
Lloré, lloré
tanto esa tarde.
sólo me quedó el
consuelo de que ya estás descansando en paz.
Cuando le rezo a
San Roque le pido por ti.
Le pido que estés
jugando con los demás perritos ángeles.
que desde que te
has ido de mi lado,
has dejado un
gran vacío en mi pecho.
que algún día nos
volveremos a ver.
También le digo
que te quiero mucho,
que te extraño
mucho y que nunca te olvidaré...
querida amiga y
fiel perrita Penélope.